Capítulo I – Entre risas y sombras
El sol caía sobre los pasillos de la universidad, tiñendo de dorado las paredes descascaradas y los árboles que bordeaban el campus. Adrián caminaba junto a su grupo de amigos, con la mochila colgando de un hombro y la risa de Clara resonando como un eco que lo mantenía en pie. Ella era distinta: su voz tenía la capacidad de romper el silencio que él llevaba dentro desde hacía años, y cada vez que lo miraba, parecía decirle que la vida aún podía ser luminosa. En la cafetería, Mateo contaba una historia absurda sobre un profesor que confundió su propio examen con el de los estudiantes. Todos reían, incluso Adrián, aunque su risa era más contenida, como si temiera que la felicidad pudiera quebrarse en cualquier momento. Lucía lo observaba con complicidad, recordándole que él también podía ser parte de las bromas, de los proyectos, de la vida. Samuel, serio como siempre, asentía en silencio, pero sus ojos transmitían una calma que Adrián necesitaba. Por un instante, todo parecía normal. Pero entonces, un ruido metálico en la cafetería —una bandeja cayendo al suelo— lo devolvió al pasado. El sonido se transformó en el estruendo de un choque. El olor a comida se convirtió en gasolina derramada. Y en su mente, volvió a ver el rostro de su madre girándose hacia él, con un gesto de protección que nunca llegó a completarse. El mundo se desmoronaba otra vez.
Era de noche. La carretera estaba iluminada apenas por los faros del auto. Su hermana jugaba con un muñeco en el asiento trasero, mientras sus padres discutían suavemente sobre el destino del viaje. Adrián miraba por la ventana, absorto en las luces lejanas, cuando todo ocurrió en segundos: un camión apareció de frente, el chirrido de los frenos, el impacto brutal. Cristales volando, gritos ahogados, el mundo girando. Cuando despertó, estaba solo entre hierros retorcidos. Sus padres y su hermana ya no estaban. Él había sobrevivido, y desde entonces, la muerte se convirtió en su sombra. Clara le tocó la mano, sacándolo de la pesadilla. “¿Estás bien?”, preguntó con suavidad. Adrián asintió, aunque sabía que nunca estaba del todo bien. Ella lo había conocido en una clase de literatura, cuando él se sentaba siempre al fondo, intentando pasar desapercibido. Fue Clara quien se acercó primero, con una sonrisa que parecía desafiar su silencio. “¿Por qué siempre te escondes?”, le había dicho. Desde entonces, cada palabra compartida fue un ladrillo en el refugio que él nunca creyó posible.
Mateo había sido el primero en acercarse, defendiendo a Adrián la vez que alguien se burló de su retraimiento. “Déjalo en paz, ¿no ves que no quiere hablar?”, dijo con firmeza, y desde entonces se convirtió en el hermano que nunca tuvo. Lucía lo invitó a unirse a un proyecto de ciencias, asegurando que necesitaban alguien que pensara diferente, y fue la primera vez que Adrián sintió que podía aportar algo valioso. Samuel lo encontró una noche en la biblioteca, con los ojos rojos por no poder dormir, y simplemente le dijo: “Si quieres hablar, aquí estoy”. Samuel no necesitaba bromas ni palabras grandilocuentes; su silencio era compañía suficiente. El grupo caminaba hacia el patio central, planeando una salida para el fin de semana. Adrián los escuchaba, pero en su interior, una voz susurraba: “No te acostumbres. La felicidad nunca dura. La muerte siempre regresa.” Apretó la mano de Clara con fuerza, como si temiera que ella también pudiera desvanecerse en cualquier instante. Ella lo miró sorprendida, pero no soltó su mano. Al contrario, la sostuvo con más firmeza, como si pudiera protegerlo de aquello que lo perseguía. El capítulo cerraba con esa dualidad: la calidez de la amistad y el amor en el presente, y la sombra persistente del pasado que lo acechaba en cada recuerdo. Adrián estaba rodeado de vida, pero en su interior, la muerte seguía esperando.
Capítulo II – La calma antes del eco
Los días en la universidad se sucedían con una cadencia tranquila. Adrián empezaba a acostumbrarse a la rutina: almuerzos compartidos, tardes de estudio, conversaciones que se extendían hasta el anochecer. Clara se había convertido en el centro de todo, la chispa que iluminaba incluso los momentos más simples. Con ella, los pasillos parecían menos grises y las horas menos pesadas. Sus amigos reforzaban esa sensación: Mateo con sus bromas, Lucía con su entusiasmo por los proyectos, Samuel con su silencio que siempre parecía decir más que mil palabras.
Una tarde, mientras descansaban en el césped del patio central, Clara se inclinó hacia él y le susurró:
—¿Te das cuenta? Somos felices.
Adrián sonrió, pero la palabra quedó suspendida en su mente como un presagio. Felices. Cada vez que había sentido algo parecido, la muerte había aparecido. Recordó el viaje con su familia, el instante en que todo se quebró, y cómo desde entonces cada destello de alegría parecía traer consigo una sombra.
El viento sopló fuerte, arrastrando hojas secas por el suelo. Adrián apretó la mano de Clara, como si temiera que el aire pudiera llevársela también. Ella lo miró con ternura, sin comprender la angustia que lo atravesaba. Para todos, él era un joven que había encontrado su lugar. Para sí mismo, seguía siendo un sobreviviente marcado por la certeza de que la calma nunca duraba.
Capítulo III – El día que todo se quebró
El fin de semana llegó con planes sencillos: una salida al campo organizada por Mateo, con risas aseguradas y la promesa de escapar por unas horas de la rutina universitaria. Adrián, aunque dudó en aceptar, terminó cediendo. Clara insistió con esa mirada que siempre lo desarmaba, y sus amigos lo rodearon con entusiasmo. Por primera vez en mucho tiempo, él se permitió creer que la felicidad podía durar.
El viaje comenzó con música en el auto, bromas que se repetían una y otra vez, y la sensación de que nada podía salir mal. Adrián miraba a Clara, que cantaba entre risas, y pensó que quizá la maldición había terminado. Pero en lo más profundo de su mente, un recuerdo se agitaba: la carretera oscura de su infancia, el rugido del choque, el silencio posterior. Cerró los ojos un instante, intentando ahuyentar la visión, pero la sombra seguía allí.
El grupo llegó al campo y extendió mantas sobre la hierba. Lucía hablaba de proyectos futuros, Samuel observaba el horizonte en silencio, y Mateo hacía reír a todos con sus ocurrencias. Adrián se sentía parte de algo real, algo que lo sostenía. Clara se inclinó hacia él y le susurró:
—¿Ves? Todo está bien.
Fue entonces cuando el mundo se quebró. Un accidente repentino —el fuego que se propagó tras una chispa, el derrumbe inesperado de una estructura, el caos que nadie pudo prever— arrasó con la calma. Los gritos se mezclaron con el estruendo, y en cuestión de segundos, la alegría se convirtió en tragedia. Cuando el polvo se disipó, Adrián estaba de pie, temblando, rodeado de silencio. Sus amigos y Clara ya no estaban. Solo él había sobrevivido.
El eco del pasado regresó con fuerza. El mismo patrón, la misma condena: cada vez que encontraba la felicidad, la muerte se la arrebataba. Adrián cayó de rodillas, con las manos en la tierra, sintiendo que el peso de la culpa lo aplastaba. No era coincidencia, pensó. Era la maldición que lo seguía desde aquel primer accidente. Y ahora, más que nunca, estaba convencido de que la muerte lo perseguía, dejando a su paso un único sobreviviente: él.
Capítulo IV – Voces en la penumbra
La universidad quedó atrás. Los pasillos que antes estaban llenos de risas ahora eran un eco vacío que lo perseguía en cada paso. Adrián caminaba solo, con la mirada perdida, incapaz de aceptar lo que había sucedido. Clara, Mateo, Lucía, Samuel… todos se habían ido en un instante, y él había quedado otra vez como el único sobreviviente. La historia se repetía, como si la muerte lo hubiera marcado desde aquel primer accidente con su familia.
Las noches se volvieron insoportables. Cerraba los ojos y veía el fuego, el derrumbe, los cuerpos inmóviles de sus amigos. Pero lo peor eran las voces. En sueños, escuchaba a Clara llamándolo, como si aún estuviera cerca. A veces, en la penumbra de su cuarto, creía ver la silueta de Mateo riendo, o a Lucía inclinada sobre un cuaderno, o a Samuel observándolo en silencio. Eran recuerdos, sí, pero también eran presencias que no lo dejaban escapar.
Adrián empezó a evitar a la gente. No respondía mensajes, no asistía a clases, no contestaba llamadas. Se convenció de que era un peligro para cualquiera que se acercara demasiado. “La muerte me sigue. No puedo permitir que alguien más caiga por mi culpa.” Esa idea lo consumía, lo aislaba, lo hundía.
Una noche, sentado en el borde de su cama, miró el reloj roto que había sobrevivido al accidente de su infancia. La aguja detenida marcaba la hora exacta en que su vida cambió para siempre. Lo sostuvo entre sus manos y sintió que todo estaba conectado: su familia, sus amigos, Clara. Cada vez que la felicidad lo alcanzaba, el reloj parecía recordarle que el tiempo de la alegría siempre se agotaba.
El capítulo cerraba con Adrián atrapado entre dos mundos: el presente vacío y las visiones del pasado que lo acosaban. No sabía si eran recuerdos, fantasmas o simplemente su mente quebrándose. Lo único que tenía claro era que la muerte lo seguía, y que él estaba condenado a caminar solo bajo su sombra.
Capítulo V – El peso de la condena
Los días posteriores a la tragedia se convirtieron en un vacío interminable. Adrián apenas salía de su habitación; las cortinas permanecían cerradas y el aire se volvía pesado, como si el mundo entero se hubiera detenido junto con él. La universidad, los pasillos, las risas de sus amigos… todo era ahora un recuerdo que dolía demasiado. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Clara, congelado en el último instante antes de desaparecer.
Las noches eran peores. El silencio se llenaba de voces que no podían estar allí. Clara lo llamaba con ternura, Mateo reía como si aún contara una broma, Lucía lo invitaba a estudiar, Samuel lo observaba en silencio. Eran recuerdos, sí, pero también eran presencias que lo acosaban, como si la muerte no solo se hubiera llevado a sus seres queridos, sino que los hubiera dejado atrapados en su mente. Adrián se preguntaba si estaba perdiendo la razón o si realmente la maldición lo había condenado a convivir con fantasmas.
El reloj roto de su infancia seguía en su mesa de noche, marcando la hora exacta en que su vida cambió. Lo miraba cada madrugada, convencido de que ese objeto era el símbolo de su condena. “Cada vez que soy feliz, la muerte llega. Cada vez que amo, todo se destruye.” La idea lo consumía, lo aislaba, lo hacía creer que su existencia era un peligro para cualquiera que se acercara.
Una tarde, incapaz de soportar el peso de la culpa, salió a caminar por la ciudad. Las calles estaban llenas de gente, pero él se sentía invisible, como un espectro que no pertenecía a ningún lugar. Cada sonrisa que veía en otros le recordaba lo que había perdido, y cada paso lo hundía más en la certeza de que estaba marcado. La muerte no lo perseguía como un azar cruel: era parte de él, un eco inseparable de su propia sombra.
El capítulo cerraba con Adrián frente al mar, observando las olas romper contra las rocas. El sonido le recordaba el choque, el derrumbe, el fuego. Allí, en medio del viento salado, comprendió que no podía escapar. La maldición no estaba afuera, sino dentro de él. Y aunque quisiera huir, sabía que tarde o temprano volvería a repetirse.
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