Seis cuentos donde el bien duda, la realidad lee y el mundo responde.
Este libro no avanza en línea recta: respira. Cada cuento abre una grieta distinta, pero todas conducen al mismo lugar: ese punto donde la certeza se resquebraja y lo real empieza a murmurar.
El orden propuesto no es cronológico, sino que iniciático: va del temblor moral al despertar de la conciencia, del mito colectivo al lector solitario, y regresa —transformado— al origen.
I. El margen de las cosas
Nadie supo exactamente cuándo empezó, porque estas cosas nunca empiezan: se deslizan.
Al principio fue un detalle mínimo.
Un martes, Julián pensó en una palabra inútil —balcón— sin razón alguna. No tenía balcón, no vivía en un piso alto, ni había soñado con uno. Sin embargo, la palabra apareció como esas moscas solitarias que entran a una habitación cerrada.
Minutos después, al abrir un libro heredado que jamás había leído, encontró una frase subrayada por una mano antigua:
“Todo ocurre desde un balcón que no sabemos que existe.”
Julián cerró el libro con cuidado, como si pudiera asustarlo.
No pensó en magia. Pensó, en coincidencias, que es la forma educada de negar el asombro.
Desde ese día comenzó a notar el margen. No las cosas, sino lo que sobraba de ellas. Lo que no hacía ruido.
El semáforo que tardaba más cuando él dudaba.
La canción que cambiaba de verso justo cuando estaba a punto de decidir algo importante.
Personas que decían frases que no les pertenecían, como si alguien se las hubiera prestado solo para ese instante.
Una tarde decidió probar algo. No un ritual —detestaba los rituales— sino un gesto.
Pensó con claridad una pregunta sencilla, casi tonta:
¿Esto tiene algún sentido?
Y salió a caminar sin rumbo.
En la esquina de su calle, un niño jugaba a tirar una moneda al aire. Cada vez que caía, decía en voz alta:
—Sigue.
Julián sonrió.
—¿Qué sigue? —preguntó, sin saber por qué.
El niño lo miró con la seriedad de quien no tiene dudas.
—Todo —dijo—. Pero de a poco.
Esa noche Julián escribió por primera vez lo ocurrido. No para recordarlo, sino para ver si el mundo respondía.
Al día siguiente respondió.
Un correo que no esperaba.
Un nombre repetido tres veces en lugares distintos.
Un sueño que terminaba con una frase clara: “No es casualidad, es puntuación.”
Entonces lo entendió.
La realidad no gritaba. Editaba.
Desde entonces, el mundo siguió siendo el mismo.
Pero a veces —solo a veces—
una palabra cambiaba de lugar.
Y él la veía.
II. El hombre que no caminaba con nadie
En la ciudad todos avanzaban en la misma dirección, como si una brújula invisible los guiara.
Todos menos Elías.
Elías caminaba en sentido contrario, no por rebeldía, sino por distracción consciente. Se detenía donde nadie se detenía: frente a una grieta en la pared, frente a un reloj detenido, frente a una pregunta sin respuesta.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —le gritaban desde la multitud.
—Porque ya voy —respondía él, sin acelerar el paso.
Lo curioso era que, cuando alguien se perdía, no miraba al grupo, miraba a Elías.
Y el camino aparecía.
No lideraba, no seguía.
Simplemente no se disolvía.
III. La multitud que pensaba en plural
Un día la ciudad amaneció hablando en coro. No había discusiones, no había dudas, no había silencios incómodos.
—Pensamos —decían.
—Creemos —repetían.
—Sabemos —afirmaban.
Nadie recordaba cuándo había sido la última vez que pensó algo a solas. Las ideas llegaban ya masticadas, redondas, sin aristas.
Cuando un hombre intentó formular una pregunta, la multitud tosió al mismo tiempo.
La pregunta cayó al suelo como un objeto fuera de uso.
Esa noche, la ciudad durmió tranquila.
Nadie soñó.
Porque los sueños, se sabe, son pensamientos que aún no han aprendido a obedecer.
IV. Los que leen el mundo
Existen personas que no miran: leen.
Leen las grietas del cielo, las erratas del destino, las repeticiones sospechosas.
Saben que una puerta cerrada es solo una frase incompleta.
Que un encuentro no es casual, sino subrayado.
Algunos escriben. Otros solo observan.
Pero todos participan de la misma magia: saber que el mundo responde.
No hacen hechizos.
Anotan.
Y cuando algo imposible ocurre, no se sorprenden:
corrigen la puntuación y siguen leyendo.
V. El día que llovió sin agua
Ese día la gente salió con paraguas, aunque el cielo estaba intacto.
No cayó una sola gota, pero el aire olía a lluvia. Las calles reflejaban charcos que no existían. Los pasos sonaban húmedos.
—Va a llover —decían todos.
Y llovía.
Llovían recuerdos.
Llovían promesas incumplidas.
Llovía la idea de quedarse en casa.
Al atardecer, alguien se empapó de tristeza sin saber por qué.
Otro sintió alivio.
No hubo agua, pero la ciudad quedó mojada por dentro.
VI. El bien que dormía dentro del mal
Nadie hablaba de él, porque parecía una contradicción.
El mal era evidente: gritos, abusos, silencios impuestos.
Pero dentro, muy adentro, algo respiraba.
No era bondad heroica, ni pureza.
Era un bien pequeño, casi invisible, como una brasa bajo la ceniza.
Un día alguien lo tocó.
No para usarlo, sino para recordarlo.
Y el mal tembló.
Porque el bien no siempre combate:
a veces solo espera el momento de despertar.
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