AGUA DE MAR

Sobreviví a la guerra, a las bombas, al hambre, al caos, a lo horrible de las vejaciones. He visto en lo que un ser humano puede convertirse, en algo peor que un animal hambriento. Sobreviví al racismo, al clasismo, a la indiferencia social, al rechazo de los bienaventurados que lo tienen todo, pero hueco el corazón. Por ellos solo sentí pena y vergüenza. Perdí todo lo que amaba y amaba todo lo que perdí. Perdí todo, menos mis recuerdos; recuerdos que se hacen más vivos aquí a la orilla de esta playa. Siento en mi rostro el agua de mar que refresca mis memorias. Ni la guerra ni las bombas, ni mucho menos el éxodo o el hambre, diezmaron mi fuerza de seguir adelante. Sin nada más que lo que traía puesto, decidí partir en busca de un refugio donde pudiera curar las cicatrices de mi alma. Fui todo lo que quise ser y me siento orgulloso de eso.

Sigo aquí, tirado a la orilla del mar. Tengo la mirada perdida, inmóvil; estoy viendo al infinito. Mis ojos no se cierran, sigo viendo pasar mi vida y a todos los que alguna vez amé. Revivo en mi mente una y otra vez el recuerdo de esta aventura; de cómo llegué hasta aquí, hasta este refugio que tanto buscaba, lejos del daño del prójimo y de sus ideas estúpidas, que son las que más hieren. La gente poco a poco se va acercando a mí; me ven con pena, algunos lloran, otros corren desesperados para pedir ayuda.

De pronto ahí está él frente a mí; ese pequeño que cayó al mar cuando el bote en el que embarcamos dio un salto muy brusco inesperadamente. Cuando el niño cayó al mar, yo salté al agua como gato sobre su presa. Las olas bravas y perniciosas golpeaban mi cara desdibujada por la desesperación. El niño se alejaba cada vez más de mi alcance. Su madre desesperada suplicaba ayuda. Hice mi último esfuerzo y lo tomé entre mis brazos y lo arrojé de nuevo dentro del bote. Su madre lo abrazó muy fuerte, mientras que a mí una enorme ola me tragaba y me impidió seguir nadando. Utilicé mi último aliento para luchar contra la marea, pero fueron inútiles todos mis esfuerzos. El mar me engulló con su enorme fuerza; a lo lejos miraba en el bote a toda esta gente que está hoy aquí, junto a mi cuerpo. El pequeño al que rescaté deja una flor junto a mi cuerpo; las lágrimas en su cara no se distinguen por lo hinchado de sus ojos. Sé que está triste por mí, pero yo, si pudiera, le diría: «Por favor, no llores, te rescaté tal como tú lo hubieras hecho conmigo, siéntete orgulloso de eso». Un anciano, que también estaba en el bote, pide ayuda. Se ve muy desesperado.

De la nada, llegan dos hombres y se acercan a mí. Me tocan, me palpan, pero yo no puedo moverme, no siento nada, solo siento lo fresco del agua de mar en mi rostro. Todos lloran, sobre todo el pequeño y su madre, al tiempo que dos hombres levantan lentamente mi cuerpo. Sobreviví a la guerra, a las bombas; al hambre, al caos; al racismo, a la soledad; a las bestias, a mis miedos y a mi llanto.

Sobreviví a todo, excepto al agua de mar.

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