En una casa de adobe, lejana, ubicada en los llanos de oriente en Úrica, una mística de nombre de Domitilia Malambo, recibe una visita inesperada. Una comitiva presidencial llega a verla bajo el Sol abrasador de Julio. Figuras reconocidas de la política Venezolana emergen de unos carros blancos con cauchos rústicos.
Unos hombres con guayabera de varios colores, uno de ellos con la bandera venezolana de siete estrellas. ¡La de ocho es la del chavismo! Esa que nadie quiere tener ni quiere ver aunque la octava estrella fue puesta para agregar a la provincia de Guayana, esa que se unió a la república en 1817, no obstante, el trauma de la dictadura la asocia a episodios oscuros del pasado.
Domitilia sale al frente de su casa a recibir a esa comitiva especial. El aire seco y cálido de la sabana le levanta las naguas puestas, y a su vez, el polvo de esa tierra ancestral rociada por la pobreza endémica y el olvido estatal.
Doña Domitilia: ¿Qué se les ofrece mis hijos?
Comitiva: ¿Es usted la señora Domitilia?
¡Sí, soy yo. Pa’ servirles!
Comitiva: «Venimos directamente de Caracas a buscarla, nos dijeron que es usted una mujer especial».
Domitilia: ¿Y que les hace pensar a ustedes que soy especial?
Comitiva: «Que se comunica con las almas de los ancestros»
Domitilia: «Bueno mis hijos, es un don que saqué de una abuela india por parte de mi madre. Lo uso pa’ servir a los demás». ¿Pero.. que hacen ustedes, los del gobierno buscándome a mi, es que necesitan hablar con alguien mas?
Comitiva: ¡Sí, mi señora, venimos de la capital por una razón que tiene pensativa a la presidenta, y la mamá de un ministro nos habló de usted!. ¡Ella es de aquí, de Úrica!
Domitilia: ¡Versiale, muchacho! ¿Y quién esa paisana?
Comitiva: Doña Mercedes: ¿no se acuerda?
Domtilia: ¡Ah, sí, sé quien es!: ¡Tiempo sin verla!. ¡Es la mamá de Joseíto, lo conocí chiquitico. Debe estar grande ese sute!
Comitiva: ¡Es ministro de educación, doña Domitilia¡. ¡Es buen muchacho, bastante preparado! «No pudo venir, él ni la señora Mercedes, pero le mandaron saludos y un mercadito para que tenga este mes»
Domitilia: «No lo necesito, pero muchas gracias. ¡Qué se le devuelva en bendiciones!.. ¡pero pasen, pasen!
Comitiva: ¡Ya va Doña Domitilia! «que la presidenta viene caminando, está visitando a unas familias vecinas. Los Rojas, nos dijeron»
Domitilia: ¡Buenas personas, oigan, y muy necesitadas! ¡Pero ya va!: María Corina Machado está por estos lugares?
Comitiva: «Es la razón de esta visita, mi doña» .. «ella conversará con usted sobre un tema que la ha tenido pensativa por varios meses. No es muy creyente en estas cosas, pero no le quedó otro remedio que venir hasta aquí»
Domitila: ¡Si la puedo ayudá, en lo que esté a mi alcance mijo!
Domitilia: Quieren una agua panela? ¡está bien fría.mis hijos!
Comitiva: ¡Ay, doña Domitilia, eso sí es lo que necesitamos, un buen levanta muertos!
-carcajadas….
La figura de una mujer vestida con una franela amarilla, blue jean azul, botas de caucho negras y un rosario en la nuca, la distingue. Camina alegre hacia la comitiva. ¿Puedo entrar?
¡Es María Corina Machado, presidenta electa de Venezuela!
MCM: ¡Buenas buenas! Domitlia, ¿es usted?
Domitilia: ¡Ay mija, Dios la bendiga! ¡A ver, siéntese…! ¡Por ahí me dijeron que necesitaba hablar conmigo!, ¿pero, según entendí, no sólo conmigo, sino con alguien más verdá?
María Corina M: «Doña Domitilia, le vengo a contar unas cosas sobre unos sueños que he tenido desde hace unos cuatro meses aproximadamente»
Domitilia: ¿Y, eso, cuáles sueños?
María Corina M: ¿Podemos pasar a la sala?
Domitilia: ¡Claro que sí mija!
María Corina M: ¡Muchachos, pueden ir a pesear por ahí a ver el paisaje o quédense en el patio. Estaré ocupada un buen rato. Les aviso!
Comitiva: ¡perfecto, estaremos atento!
María Corina Machado y Doña Domitilia pasan a la sala de la casa. El ambiente de aquél hogar no es cómodo para María Corina, pues hay santos católicos, junto a idolos indígenas y tres bustos del negro primero y uno de José Leonardo Chirinos. La presidenta, a pesar de sus discursos en los que afirma comprender la esencia del pueblo venezolano, le es extraño ese sincretismo religioso al que, las clases altas venezolanas y grupos cristianos radicales acusan, falsamente de «magia negra».
María Corina, con un tono de temor en la voz, pero a su vez de comprensión sobre el espacio que le rodea, dice:
María Corina M: «Discúlpeme Doña Domitilia, le confieso que me he sentido intimidada por la figura del Cacique Guaicaipuro que está sobre la mesa a mi derecha»
Dona Domitilia: «Sé que no se siente cómoda aquí, mija, con este poco de santos africanos y figuras de indios, es normal pa’ alguien como usted no acostumbrada a estas caras no muy comunes» ¡Pero así es la Venezuela profunda, mija! «Bueno, no se preocupe, yo la entiendo». ¡Pero dígame ahora sí!: ¿Qué es lo que necesita?
María Corina M: «Me cuesta entender esta Venezuela, Doña Domitilia, aunque lo intente a diario y me diga a mi misma que el culto a María Lionza es tan normal como las misas católicas, aún es difícil para mí reconocerlo». ¡No quiero, importunarla Doña Domitilia, discúlpeme usted!
Doña Domitilia: «No, mija, ya le dije que no se preocupara, aquí estamos pa ayudarla»
María Corina M: ¡Gracias madre! «Mire, un día antes de asumir el cargo de presidenta, tuve un sueño, un sueño lúcido. Todo fue muy real»
Doña Domitilia: ¿y que soñó mija? ¿Dígame?
María Corina M: «Mi doña, vi clarito a un hombre pelirrojo, sujetaba un sable de metal con el que decapitaba a puros hombres catires y mujeres catiras. Iba acompañado de un gran ejército de gente negra, muchos indios y hombres morenos de bigote, unos de barba rala y uno que otros de barba completa y negra. ¡Lo recuerdo clarito!, gente llanera, iban en alpargatas, la mayoría sin camisa y muchos de estos hombres sin calzado, se ponían las camisas de estos hombres catires asesinados, y violaban a las mujeres blancas. Yo grité: ¡Basta! ninguno de ellos escuchaba mi voz. ¡Sin embargo, Doña Domitilia, este hombre de pelo rojo y ojos azules me vio, se acercó a mí, su mirada de odio me paralizó!… ¡ay no, recuerdo este sueño y me tiemblan las manos, madre!
Doña Domitilia: «Mija, siga contando, mas o menos voy entendiendo lo que me vas diciendo» «Ya se va perfilando la figura de un hombre que conozco bien». ¿Le traigo algo, un vaso de agua panela pa’ que se me calme?
María Corina M: ¡Por favor, Doña Domitilia!
Domitilia: ¡Aquí tiene, mija! ¡cuando quiera, la escucho!
María Corina M. «Bueno mi doña, ese hombre me habló, era español por el acento. Sus ojos azules se mezclaron con las cabezas, manos y ojos de los muertos, vi que lloraba y escupía sangre, madre.. y seguía amenazándome»
Doña Domitilia: ¿Pero que le dijo?
María Corina M: «Que volvería por mí, que no era sólo un hombre sino una fuerza inconsciente que vive en la sombra de Venezuela»; Sin embargo, lo más terrible fue escuchar: ¡Mueran los blancos, carajo!
Domitilia: ¿Y a partir de ahí ha vuelto a soñar con ese hombre?
María Corina M: ¡Sí¡ cuatro meses seguidos «En uno de los sueños vi mi rostro cubierto de sangre y joyas, muchas joyas de oro. Un mechón rubio a mi lado y unos ojos verdes tirados a mi diestra» «Y otra vez esa voz que se ha vuelto un grito en mi cabeza» : ¡Mueran los blancos, carajo!
Doña Domitilia: ¿Dígame algo: qué la trajo por aquí?
María Corina M: «La mamá de mi ministro de educación, la señora Mercedes, es de aquí de Úrica» «Yo le conté sobre mi sueños» Ella me dijo: «Presidenta, yo soy de Úrica, estado Anzoategui, y ese hombre que usted me describe es el Urogallo, el «Taita» José Tomás Boves». «Según como me lo describe es él y esos hombres negros, indios, pardos era la llamada «legión infernal».
Doña Domitilia: Mercedes me conoce, sabe de mi trabajo como materia. ¡Te mandó al sitio correcto mi niña!
María Corina M: ¿Dígame que puedo hacer para deshacerme de estos sueños, Doña Domitilia? ¡Quiero dejar las pastillas para dormir!
Doña Domitilia: ¿Se puede quedar hoy aquí?
María Corina M: ¿Por qué?
Doña Domitilia: «Ese hombre que se le aparece a usted en sueños es José Tomas Boves, el terrible asturiano, la pesadilla de Bolívar en el año de 1814» «Esa ánima vaga en pena por estos lares, mija» ¡Su cruledad lo tienen penando!. «Y justamente murió aquí en Úrica el cinco de diciembre de mil ochocientos catorce. ¡Usted está donde debe estar!
Doña Domitilia prosigue: «Esta noche es especial, hay luna creciente, el velo antre el otro mundo y este, es tenue» ¡Le preguntaremos al alma del Taita Boves qué quiere y que la deje en paz a usted!.. Exclamó la doña con potestad.
María Corina M: ¡Usted es la que sabe, madre. Me pongo en sus manos!
María Corina Machado sale de la habitación, se dirige al frente de la casa, llama a su comitiva.
María Corina M: «Armando, digale a Carlos Giogonetti que venga, por favor»
Armando: ¡Perfecto, presidenta!
Carlos Giagonetti, un joven político, lider de la resistencia en contra de la dictadura chavista, es, quizá la figura mas conservadora y con tendencias de extrema derecha de la comitiva de María Corina Machado.
Carlos G. ¿Dígame presidenta? ¿Cómo estuvo la reunión con la doña?
María Corina M. «Esta Venezuela, Carlos, se debe comprender. No somos sólo un país cristiano, occidental como pensamos todos los que estamos montados en este proyecto» Debemos tener contacto con ésta Venezuela, que, debo admitir negamos por miedo e ignorancia.
Carlos G. «Me perdona, presidenta, pero no comulgo con brujos, ni con esas figuras indígenas y negros esclavos que están por doquier en este pueblo»- «Todos esos símbolos fueron usados por la dictadura para torturar a nuestra gente»
María Corina M: ¡No entendemos muchas cosas, Carlos! ¡Me siento extrajera en mi propia tierra! ¡Esta noche nos quedaremos!. «Si quieren vayan a Puerto la Cruz, quédense allá, que yo estaré con Doña Domitilia en una actividad importante»
Carlos G: ¡Yo me quedo con usted, presidenta!
María Corina M: ¿Y dónde va a dormir?
Carlos G: ¡Yo me quedo en la camioneta, presidenta. Hay espacio de sobra!
María Corina M: ¡Gracia, hijo!. Sin embargo, dile a los demás que pueden irse a Puerto La Cruz, no está lejos.
Carlos G. ¡Entendido presidenta!
María Corina Machado, pensativa, recuerda haber leído la novela de Boves «El Urogallo» cuando estaba en Nueva York, asistiendo a una conferencia internacional sobre gobernanza democrática. «Claro, ya recuerdo a Francisco Herrea Luque, murió justamente en el año en que nació mi hija Corina: ¡Él escribió esa novela! ¿Cómo olvidarlo?.
Rapidamente entró a la casa y buscó a Doña Domitilia: «Mi doña, yo leí sobre el Urogallo en los años noventa» «No recordaba que Boves fuese pelirrojo. Con tantas responsabilidades de estado, y además, con éstos sueños terribles que por cuatro meses no me han dejado en paz, no he tenido tiempo de pensar con claridad»
Doña Domitilia: ¡Ese mismito es! ¡Esa ánima se quiere comunicar con usted, mija. Nada es por casualidad!
María Corina M: ¡Nunca pensé que estas cosas me fuesen a ocurrir a mí! Pero: ¿qué tendrá ese hombre de la independencia para decirme a mí? ¡No entiendo!
Doña Domitilia: ¡Déjese llevar, mija!. «No tenga miedo y escuche a los espíritus. La Venezuela profunda urge en hablar con usted»
Pasan las horas, el alcaraván vuela rasante por las sabanas de Úrica, su indistinguible canto presagia una verdad que Maria Corina Machado debe escuchar para gobernar con justicia, sí, pero con una justicia que ella ni su equipo conocen. Quizá la memoria del «Taita» Boves le diga cual es. ¡Los extremos no son buenos, dicen los viejos de antes!
Doña Domitilia: «A las 10 de la noche, comenzamos, mija». ¡Estoy preparando el cuarto! «Ya sabremos la verdad, tranquila. Mandé a traer unos tabacos y dos velones»
Doña Domitilia acaricia su cabello, pintado por algunas canas. Allí no ve a la presidenta, sino a una hija en busca de respuesta a los misterios de esos sueños tenebrosos.
Carlos Giagonetti se despide de la comitiva. Pasarán la noche en Puerto La Cruz. Queda él y dos guardaespaldas. No le gusta el lugar. Su profunda convicción católica, valores conservadores y familia italiana, no van de la mano con el sincretismo cultural del pueblo venezolano. Ese mestizaje ajeno a su cosmovisión personal, del que guarda prejuicios raciales, de clase, le hacen, de manera automática rechazar lo que él mismo y sus camaradas de derecha consideran: «santería chavista»
María Corina M: ¡Carlos ven, por favor!
Carlos. G: ¡Dime presidenta!
María Corina M: «La actividad comenzará en veinticinco minutos» ¡No te niego que estoy nerviosa! «Pero mira, quedate en la sala o donde tu quieras» ¡Lo importante es que esté atento a cualquier cosa!
Carlos .G: ¡Lo haré, no se preocupe!, el ambiente no me sigue gustando. ¡Esto me recuerda al asqueroso chavismo, presidenta!
María Corina M: ¡A mi también, Carlos! «aunque la incomodidad nos absorte, debemos aceptar esta parte de la identidad que no nos gusta, pero, inevitablemente es parte de los que somos»
Carlos G: Me disculpa, presidenta, yo no me siento identificado con nada aquí. ¡Con nada!
Doña Domitilia llega a la casa, ya tiene los tabacos y los velones en mano. Carlos la mira con miedo pero también con aires de superioridad aristocrática. Entre dientes y con una sonrisa obligada dice:
Carlos G: ¡Buenas noches doñita! ¡Qué linda es su casa! (Hipócritamente, exclama)
Doña Domitilia: «Sé que a usted no le gusta este lugar, mijo, pero no importa, yo entiendo» «Póngase cómodo. «Allá en el rincón hay una buena silla» El único temor aquí es que se quede dormido.
Carlos G: No se preocupe, Doña Domitilia, estaré afuera. Iré a supervisar al equipo de seguridad. ¡Muchas gracias!
Doña Domitilia: ¡Vaya con Dios, mijo!
María Corina Machado ve su reloj: cinco para las diez de la noche. Se dice a sí misma: Bueno, María Corina, ya eres presidenta: ¿Después de haber cazado el tigre la vas a tener miedo al cuero?
Doña Domtilia: «Acompañame, mija»
Una habitación oscura, en el centro un mesón de caobo con con dos velones blancos seis tabacos sin encender, un altar repleto de figuras de santos católicos, de caras indigenas, héroes de la independencia y antiguos negros esclavos. María Corina Machado no se siente cómoda, quiere irse de allí, de ese lugar sombrío. No obstante, su deseo por saber cuál es el mensaje que el alma del «Taita Boves» tiene para ella, es poderoso. Se persigna, con pasos nerviosos, se sienta en una silla de madera al frente del mesón.
Doña Domitilia: «mija, agarre esos dos tabaco y fúmelos» Ese humo purifica las energías de este lugar y más viniendo de usté, que es a la que llamaron.
María Corina Machado pone el cigarro de tabaco en sus labios, Domitilia busca un viejo encendedor rojo, acerca la candela. «Aspire, aspire ese humo y botelo» María Corina Machado tose, tose fuerte, se queda sin respirar, por sus mejillas corren lágrimas por la irritación química del humo de tabaco sobre los lacrimales de su ojos.
Doña Domitilia: eso mija, ahora botelo despacio, y rece una plegaria en su santo de pila. Yo voy a sentarme por aquí, las sombras ya están rondando este aposento.
María Corina Machado ve de frente a la Doña llanera. Observa sus ojos cerrados, su tez morena, y un pañuelo azul con puntos blancos que le recoge el cabello.
Qué poco comprendemos a Venezuela. Todo este altar con figuras de caciques y esclavos africanos me recuerda a la santería chavista» ¡Me repugna este ambiente!
De repente, el semblante de Domitilia cambia, su otrora tez morena es pálida ahora. Parece otra persona. Alguien distinto. La Doña hace muecas, cómo burlándose de la visita.
María Corina M: ¿Doña Domitilia, me escucha? ¿Sí me escucha?
Una voz ronca, áspera como salida de fosas ultra-terrenas responde con un acento español marcado»
Doña Domitilia: Pa’ que llama a quién no está -dice con los ojos, ésta vez, abiertos. ¡Ah caray! «estos mantuanos no saben de honor ni dignidad porque no comen con los pardos las mismas migajas ni sobras que tiran a la arena sucia pa’ que mis hombres se alimenten de rencor.
María Corina M: ¿Quién habla? ¡Digame su nombre, en el nombre del Dios de mis padres!
«Ya no es doña Domitilia»
Voz desconocida: » Ja ja ja: ¿Cómo se atreve la blanquita de Caracas a hablarle así al «Taita» de los llaneros? «En otros tiempos su cabeza rodaría por las calles de Caracas siendo una simple pelota con ojos» ¡Ah, como mis pardos y zambos disfrutarían ver tus vísceras por las sabanas polvorientas de Guárico!. esas misma sabanas rociadas con la sangre de mi legión infernal. De mis negros sedientos de justicia.
María Corina M: ¿Dime quién eres, y qué quieres de mí?
Voz desconocida: «Otra vez la casta miserable de los mantuanos ocupa la silla del mando» ¡De este mando que jamás debió ser de ustedes! porque, como siempre, escupen a mis pardos al verlos pedir en sus haciendas una ración de plátano cocido y casabe amargo. ¡Con autoridad responde. Soy el «Taita» blanquita, José Tomás Boves, ese que has visto en sueños, y que hoy te ve con estos ojos que nos no son míos. Con carne ajena, te desprecio, no sólo a usted, y a su maldita castas de blancos criollos, sino al mantuano de afuera, ese mismo que está con usted en este humilde hogar, bien vestido y peinado está, lo veo ahora mismo sentado en la sala de este casa, pero su odio en contra de mis pardos mantiene encendido el fuego de mi ejército»
María Corina M: ¡Sé quién eres José Tomás! Tu mundo no está, la independencia sólo está en los libros de historia. Eres un hombre del pasado, tú ejército fue derrotado, porque como yo, expulsé a los tiranos del poder. Así como tú legión fue aniquilada por nuestros héroes. ¡No me has visto, asturiano, ni conoces mi alma!. Respiro justicia y doy paz a esta tierra arruinada por el resentimiento y el odio. ¡Algo que tú fomentas y yo enterraré!
¿Dime qué diablos quieres de mí?
Boves: «Te he visto, mujer. Te veo cruzando los pueblos sobre los que yo galopé. Dices que vas a «llegar hasta el final»; Pero yo conozco el final de estas tierras llaneras. El final es siempre el mismo: sangre, fuego y el caos de los que no tienen nada, ni siquiera el pan pa’ calmar las tripas antes de dormir. Usted habla de «libertad» y «familia» palabras finas de mantuana, así como hablan los doctores de Caracas que se creen los dueños de las almas de mis pardos, negros e indios: ¿Crees que con oraciones cristianas y actas electorales vas a domar el hambre y el odio que yo solté hace doscientos años con mis hombres libres degollando a los blancos de Valencia, a los señores de los valles de Aragua y a los doctores Caracas?. Esa rabia está latente, permanece oculta en este estado de blancos que, dices con hipocresía, reconstruirás. Yo si sé quiénes serán los herederos de esa «recontrucción nacional», mujer: son y serán siempre los de tu casta, la de los malditos mantuanos de Valencia y Caracas.
María Corina M: ¡Tú no soltaste hombres libres, José Tomás!. Tú soltaste el dolor de un pueblo que se sintió traicionado por las élites de entonces. Pero te equivocas conmigo. Yo no vengo a hablarle a la «casta» ni a los «señores». Yo le hablo a la madre que quiere traer a su hijo de vuelta, al hombre que quiere vivir de su trabajo y no de la limosna de un caudillo. El «final» que yo busco no es Úrica; es el regreso a casa de todos los hijos que abandonaron forzosamente la patria por culpa de una dictadura. La diferencia es que yo no necesito el odio para mover a este país; me basta con la verdad, con lo vivido en Venezuela a largo de veinticinco años.
Boves: «¡La verdad no monta a caballo, mantuana! El pueblo no quiere «instituciones» que no puede comer ni números abstractos imposibles de entender. El pueblo quiere ver caer a los que están arriba, a esos blancos miserables que tú representas. Yo les di el permiso a mis pardos de ser dueños de la vida de sus amos. Tú les pides sacrificio y paciencia. Mis llaneros me seguían porque yo era su espejo: un hombre que entendió la injusticia desde el dolor de la humillación y el desprecio hacia mis negros, indios y zambos por parte de la casta a la que perteneces. Tú eres blanca, eres pulcra, de modales impecables aunque esa falsa modestia escondida en el corazón mantuano es falsa. Porque en el fondo miran con asco a mi ejército. Conozco bien a los de tu clase. Para mis pardos tú eres el enemigo que yo les enseñé a odiar porque lo merecen, mil veces, los miserables ricos de Caracas.
María Corina M: Ese es tu error, y el de los que hoy usan tu sombra para oprimir. Crees que el venezolano es un esclavo de su resentimiento. Pero yo he visto sus ojos, asturiano. He visto el dolor de las madre que reciben las cenizas de un hijo muerto en el extranjero, del desespero de los enfermos de un hospital porque no hay medicinas para calmar su dolor. No quieren tu lanza, Boves, quieren orden, progreso, ¡una vida tranquila! No quieren el saqueo, quieren propiedad. Tú les diste el derecho a destruir; yo les estoy devolviendo el derecho a construir un nuevo país. El odio que tú sembraste es una cárcel, y este pueblo ya se cansó de vivir encerrado en la tiranía de los que dicen venir del pueblo, de tu ejército, sin embargo, gozan de los placeres de los ricos sin mostrar piedad a los que sufren día a día en las calles de Venezuela. Mi «ímpetu» no viene de la sed de venganza, sino de la fuerza de la dignidad de la gente. Y eso, Boves, es algo que tú nunca pudiste entender porque solo sabías mirar el barro, desde el rencor hacia los de arriba»
Boves: ¡Ten cuidado, mantuana! «Esta tierra se traga a los que quieren civilizarla. La historia es cíclica, aún no comprendes el alma de Venezuela, eres ignorante, así como las gentes de tu clase. Los acomodados, los de linaje, esos que las da miedo un crucifijo al revés y una cabeza de ganado guindando con amuletos africanos. Ese miedo se transforma en desprecio hacia mi ejército. Cuando la «horda» se canse de esperar tu libertad, y vea que ésta república patriota que tú buscas reconstruir guarda consigo la rabia de los negros, indios y pardos que sientan el peso de la humillación mantuana en sus almas, de esos sentimientos de superioridad de los de arriba sobre los de abajo, volverán a buscar mi lanza. Pero el caos, blanquita, el caos es la única realidad que nunca nos falla porque somos espíritus sedientos de justicia racial. Esa justicia que ni tú ni tus doctores mantuanos ni la misma Venezuela, jamás, han comprendido aún.
María Corina M: El caos es tu legado, pero no es nuestro destino, asturiano. Tú fuiste ese fuego necesario para despertar una tierra dormida por la injusticia de otras épocas pero los incendios no fundan naciones, solo dejan ruinas . José Tomás. Mi lucha es para que esas cenizas se conviertan en tierra fértil, porque superarte a tí, es salir de la miseria. Puedes quedarte en tu tumba en Úrica. ¡Tu tiempo de odio terminó. Ahora es el tiempo de la confianza entre los Venezolanos!
Boves: ¿Confiar en ti? He visto tu tipo antes. Tienes el mismo brillo en los ojos que los patriotas de Calabozo y de los «señores» de Caracas. Vienes con las consignas de restaurar la paz en Venezuela pero has tranzado alianzas con los enemigos de mi ejército. Te codeas con los blancos de europa y los estados unidos, permites que llamen «sucios» a mi gente. Permites el desprecio hacia los pardos de mi nación, que no es la tuya, porque si fuese tuya, de verdad, no venderías tu dignidad a los blancos oligarcas que viven en en el extranjero. ¡Pero bueno! los mantuanos sólo saben negociar con su casta, no importa si está en Caracas o en la europa de donde vengo yo. ¡Son los mismos malditos blancos, hipócritas y miserables! Hablas de libertad, pero es una libertad que huele a perfume y a privilegios. Tú eres de los que mandan a otros a morir mientras ustedes escriben actas en mesas de caoba. Eres la heredera de los que nos despreciaron por siglos. Para mí, no eres más que una mantuana con un discurso que conozco bien porque no basta con que se muestren impecables ante mi gente, sino que dejen de albergar en sus corazones el desprecio por las castas de abajo». ¡Y eso, no te lo creeré ni en cien vidas, mantuana!
María Corina M: Si te quedas en el color de la piel o en el origen del apellido, te quedas ciego, Boves. El país que yo recorro no es el de las castas que tú conociste. En mis concentraciones no hay «mantuanos» y «esclavos» hay venezolanos unidos por el mismo dolor que dejó la dictadura. Tú crees que soy «lo mismo de siempre» porque no puedes concebir que alguien de mi origen sienta el mismo amor por esta tierra que el llanero y el campesino más humilde. Mi apellido no me hace menos venezolana, ni tu lanza y ejército más patriota.
Boves: ¡Los patriotas son traidores y merecen la muerte! ¡Como tú, la mereces, mantuana! «No me compares con esa casta miserable y puéril. Tampoco me hables de amor. El amor de ustedes es de papel, un es veneno puro. Ustedes quieren «orden» para que sus haciendas produzcan y sus bancos estén seguros. Mi gente quería justicia, y la justicia en esta tierra se escribe con sangre, mantuana. Tú les pides que confíen en la ley… ¡pero la ley siempre ha sido de ustedes los señores de Valencia y Caracas. El día que tú mandes, los míos volverán a ser los que limpian tus botas y cuidan tus caballos en las polvorientas haciendas de los valles de Aragua. Yo prefiero el caos donde todos somos iguales ante el Dios de España, que preferir «tu paz» esa paz que sólo beneficia a las élites mantuanas, donde los de tu clase siempre no pierden jamás.
María Corina M: Esa es la trampa en la que has mantenido a este país por doscientos años, José Tomás. Convenciste al pueblo de que su única opción es la rebeldía eterna o la servidumbre perpetúa. Yo les estoy ofreciendo una tercera vía: La propiedad. El esclavo de tu época no tenía nada; el ciudadano de la mía será dueño de su tierra, de su empresa y de su destino. Yo no quiero que limpien mis botas, quiero que sus hijos vuelvan a estudiar con los míos. El verdadero mantuanismo hoy es el de los que estuvieron en el poder, esos que vivieron como reyes y hoy gozan de impunidad, mientras el pueblo sufre. ¡Esos son tus verdaderos herederos, no yo!
Boves: Palabras. Lindas palabras, blanquita de apellido. Pero cuando tus seguidores regresen a Venezuela y los tuyos se cansen de «la democracia» porque la injusticia es la ley de los blancos, volverán a mirar por encima del hombro al hombre de piel oscura. Tu «república» es un disfraz construido sobre el dolor de los humildes. Tú no vienes a liberarlos, vienes a domesticarlos para hacerles creer que son mantuanos, cuando no lo son porque los de tu clase nunca verán como igual a la negra mariolencera o al pardo espiritista. Ni siquiera a un blanco chamán que lee el tabaco. El llanero es una mapanare, y tú quieres convertirlo en un perro de la casa que mueva la cola cuando le hables de «instituciones democráticas». ¡Esas son las falacias de los de abolengo!
María Corina M: «No soy yo quien los domestica, Boves. Es el hambre la que los tiene arrodillados hoy por culpa de veinticinco años de pillaje. Tú los usaste como leña para tu incendio, se desataron como víboras violentas por el país. Encarcelando a los disidentes. Yo los quiero como arquitectos de la nueva Venezuela. ¡Puedes llamarme mantuana si eso alivia tu odio!, pero mientras tú solo podías ofrecerles la muerte del enemigo, yo les ofrezco la vida de sus hijos. Elige tú, asturiano qué legado es más fuerte.
Boves: Míralos bien, mujer. Escucha lo que dicen tus seguidores por todas partes.. Ya no ocultan el asco. Ahora llaman «marginales» a los que antes llamaban «pueblo». Dicen que los que se fueron por la selva ensuciaron tu apellido y tu bandera. Se volvieron «de derecha» y asocian la rebedía de mi ejército a caprichos de hombres sedientos de poder, pero no, yo soy una fuerza impetuosa latente en el corazón venezolano. Soy Boves, el que escupe la piel losana de los blancos de Caracas.
Boves continúa su monólogo inquisitivo. María Corina Machado lo escucha
He oído con rabia al venezolano de ahora, de este siglo, tu siglo afirmar que el bien común debe dejar de existir porque iguala a los hombres ante la ley. Nadie cree en la igualdad en tu nueva república María Corina, por que mis marginales y tus blanquitos están separados por la descofianza mutua. Esa desconfianza, mantuana, alimenta mi odio hacia los ricos. El venezolano de hoy, ese que dice ser «culto» e «intachable», que se enorgullece de su perfil mantuano, es despreciado en la europa de donde vengo y en las naciones que ustedes, los blancos de Caracas llaman: «civilizadas». Tegan dignidad como nación, y jamás se arrodillen a ningún amo.
Boves hace una crítica a la hipocresia de la elites criollas.
Los venezolanos de ahora, mantuana, alaban el individualismo y el hipócrita decoro mantuano; comentan que no quieren ver a ningún «patas en en el suelo», porque no son representantes de esa Venezuela de bien a la que aclaman como un himno sagrado. ¡Quieren que tú seas el látigo que ponga al canalla de vuelta en su sitio!. Dime: ¿cómo se siente ser la esperanza de los que ahora quieren ser los nuevos amos? ¿De los que imponen con desprecio el léxico erudito de las élites «cultas»? Esa imposición de los cultos, María Corina, hace sentir culpables a mis pardos por no tener «las finas costumbres» de los blancos. Los que por herencia comen y visten bien, sin embargo, mujer, en el fondo de tu alma, sientes asco por mis pardos.
María Corina rompe el monólogo.
María Corina M: Lo que tú llamas asco, Boves, es el cansancio de una nación que vio cómo destruyeron su dignidad. No albergo odio en mi corazón, sino la reconcilización entre mi gente. El asco es un invento de tu rencor, pues en tu mundo sólo existen las castas. En mi gobierno no habrá castas, asturiano. Sino hombre y mujeres libres.
Boves: ¡Justificando el asco hacia los hombres pardos! ¿Por qué mientes, miserable mantuana? ¡Di de una vez que los negros y los indios te estorban! ¡Que no te gustan porque los ve como las castas inferiores que fueron siempre! Y aún así te atreves a decirme a mí, al jefe de los llaneros, que no habrá castas en tu gobierno? Ah, despreciable mantuana.
María Corina M: ¡No malinterpretes mis palabras, asturiano. Dije asco por la barbarie que cundió por el país con la dictadura anterior! La gente quiere orden, quiere que el mérito valga más que la lealtad a un tirano. Si hay dureza en las palabras de algunos, es porque el chavismo pudrió el tejido social. Mi labor no es ser un látigo, sino ser la ley. La ley no mira clases, mira actos.
Boves: «¡Mientes! La ley siempre mira al mantuano. Tus amigos, los dueños del mundo con los que te sientas a beber vino en la europa de mis ancestros no quieren ley, quieren limpieza de esa «sangre sucia» a la que llaman: incivilizada, e inculta por ser del barrio, parda. Y tu gente, esa que ahora desprecia al «marginal» está alimentando mi sombra. Tú crees que traes la libertad, pero lo que traes es la restauración de mi ejército. Vas a levantar un muro de cristal entre la gente educada y los «sucios». Y cuando ese muro esté bien alto, yo volveré a nacer en el corazón del que se siente humillado por ese orden mantuano que jamás desapareció de la historia de este país. El racismo y el clasismo que hoy asoma la cabeza es mi mejor invitación. Y juro que volveré aún con más fuerza y rencor, porque mientras uno solo de mis hombres sea mirado con desprecio, mi alma vendrá a redimirlo con sable en mano.
María Corina M: ¡No voy a permitir que tu ciclo de odio defina nuestro futuro como país! «El resentimiento que tú representas se cura con justicia y prosperidad, no con más odio, José Tomás. Sí, hay gente herida que habla con desprecio, gente que lo perdió todo por culpa de la tiranía pero mi mensaje es la unión de la familia venezolana. No podemos ser una nación de castas otra vez como en tú época. El «marginal» no es el que no tiene dinero, es el que no tiene valores, y eso se educa, no se extermina.»
Boves: Esa es la arrogancia de la mantuana: creer que puedes «educar» el desprecio al ‘marginal. Te lo advierto: si tu gobierno se vuelve el club de los ricos y el castigo de los pobres, de las castas «realengas» como llaman a mis hombres los venezolanos de hoy; si tus seguidores siguen escupiendo sobre los que no tienen tu cultura, estarás pavimentando el camino para el próximo Boves. El chavismo no fracasó, está latente en las catervas del ser de Venezuela. Es una fuerza inconsciente que lleva mi nombre, y eso, Mantuana, no se cura con decretos ni discursos bonitos. El odio que sembró es aún tierra fértil. Si tú traes un orden que solo abraza a los «decentes» yo seré el dios de los «indecentes» de esos humillados por los doctores y pardos con máscara mantuana. Y créeme, mujer… somos muchos más porque vivo en la sombra de Venezuela. Soy la sombra de esta tierra.
¡Mueran los blancos, carajo!
María Corina M: Entonces mi reto es doble: derroté a la tiranía chavista y derrotaré a tu fantasma mañana. Venezuela no va a volver a ser una hacienda, ni tuya ni de nadie. Vamos a ser ciudadanos, todos bajos este mismo Sol omnipresente. Y el ciudadano no nace del odio de clase, nace de la libertad bajo la ley, asturiano. Puedes afilar tu cuchillo todo lo que quieras, pero el país que viene ya no te tiene miedo, porque ya conoció el infierno que tú propones.
Boves: Venezuela seguirá siendo la hacienda de los mantuanos de Caracas. Destruiste a tus enemigos para recuperar las tierras legadas por tus ancestros criollos. ¡No me me mientas en mi cara, miserable mujer!
María Corina Machado guarda silencio. El Taita Boves conoce bastante bien a su estirpe. Engañarlo no es una opción. Él lee las intenciones de los blancos. Y ella, a pesar de su discurso «igualitario» es mantuana. Y en silencio, lo reconoce.
María Corina M: José Tomás. ¿Crees que la decencia es superioridad racial? En la república el pardo es igual al blanco. Ya no existe tu guerra de castas. Mis tiempos son otros.
Boves: Mírate al espejo, María Corina. Tus seguidores ya están trazando la raya en el suelo. Escucho sus burlas en las redes, su asco por el que «huele a rancho» su desprecio por el que no habla como tú. ¿Y aún así, con descaro repites la falacia mantuana de que la guerra de castas no está, que desapareció de la historia venezolana? Tus seguidores dicen que van a «limpiar» Venezuela. ¡Cretinos! Creen que el clasismo es una escoba, pero el clasismo es la pólvora de mi ejército. Si tú permites que tu «nueva Venezuela» se construya sobre el asco hacia el moreno, hacia el pobre, hacia el que ellos llaman «marginal» entonces yo no soy un recuerdo soy tu futuro, y la llama de la revolución estará eternamente encendida mientras el mantuanaje escupa a mi horda.
María Corina M: Yo no gobierno los prejuicios de cada individuo, José Tomás. Mi lucha es por un sistema donde el mérito sea la única medida democrática. Tú quieres que yo cargue con los pecados de unos cuantos que no entienden el mensaje de unidad. Pero mi mandato es claro: libertad para todos. El odio que tú pregonas es el que nos trajo a esta ruina; ¡yo no voy a alimentar ese fuego nunca más!
Boves: «¡El sistema! ¡El mérito! Palabras huecas para el que nace en la ruina. Si tu «libertad» solo le sirve a los que tienen apellidos y conexiones; si tu «estado de derecho» termina siendo un ‘Estado de Blancos’ donde el de piel oscura es sospechoso por el solo hecho de existir, entonces me estarás llamando a gritos. Yo no me diluyo en el tiempo, mujer. Yo soy el castigo que esta tierra le impone a las élites cuando se vuelven arrogantes. Si el clasismo no se marcha, yo regresaré. Estarás invocando al chavismo en cada desprecio a mis «arrastrados» vendré con el hambre de millones a quienes tus amigos llamaron «marginales». Boves no ha muerto, mantuana. Recuérdalo a cada instante.
María Corina M: No te equivoques, José Tomás. El país que estamos construyendo ya sabe que el resentimiento solo produce tiranos como los que nos oprimieron. Los venezolanos han sufrido demasiado para caer otra vez en tu trampa de guerra de castas. Mi respuesta al clasismo es la igualdad ante la ley y la economía liberal, para que el que hoy es pobre, mañana sea dueño de su esfuerzo . Tu regreso es imposible porque vamos a quitarte el hambre, que es lo único que te da poder.
Boves: Eso dijeron en 1814. Eso dijeron los pardos con disfraces mantuanos de la generación del veintiocho. Y mírame aquí, hablando contigo. El racismo y el clasismo es un veneno silencioso: tú no lo ves en tus salones, pero el que lo sufre lo guarda en el hígado. Si tus «hombres de bien» siguen pensando que el país es de ellos y que el resto es estorbo » los del rancho» los «marginales», yo desmantelaré tu Estado de cristal pedazo a pedazo, como ocurrió en los veinticinco años de gobierno popular. Volveré a ser «el Taita» de los olvidados, de los despreciados por aquellos quienes se creen mantuanos pero les corre sangre india y negra por las venas. Y tu «orden» se quemará en una sola noche de furia, mujer. La única forma de matarme, mantuana, es que los tuyos dejen de mirar con asco a los míos. ¿Podrán tus dueños dejarte?
María Corina M: No son mis dueños, es mi conciencia. Y mi conciencia me dice que Venezuela será de todos o no será de nadie. Mi lucha fue contra el tirano de ayer y contra el fantasma que tú representas, José Tomás. Si el precio de la libertad es derrotar el clasismo, lo haremos. Pero no por miedo a ti, sino por amor a la justicia, asturiano.
Boves: ¡A tu clase no le creo ni media palabra dicha! ¿Ves cómo celebran, escucha mantuana? Escucho sus gritos de victoria. Dicen que el «orden» ha vuelto, que ahora los «decentes» mandarán de nuevo. Se burlan del que huyó por la selva, y regresó sin nada por la frontera. Desprecian al que se quedó en Venezuela, y llaman a hacer «limpieza» de marginales, porque aún, tu casta les da asco mis pardos . Se dicen «de derecha» tus execrables acólitos para sentirse superiores a mi ejército, pero lo que están haciendo es alimentarme con cada insulto, con cada mirada de superioridad hacia el moreno de la calle, hacia el migrante que no consiguió el «éxito» en el extranjero ni al que se quedó en Venezuela al que tu casta llama: «cobarde», «indeciso», «resentido».
El espíritu de Boves, prosigue:
Tú crees que me has vencido porque el chavismo «fracasó» pero no entiendes nada mantuana. El chavismo fue solo uno de mis tantos nombres. Mi verdadera casa no es una ideología, es ese rincón del alma venezolana donde el rico y el que se cree rico desprecia al pobre y el pobre, con justa causa, busca vengarse. Soy la furia de los marginales, mantuana
¡Boves lanza una advertencia!
«Vayan, sigan adelante. Construyan sus torres pulcras, hablen su inglés perfecto, codeense con los dueños del mundo y sigan llamando «marginal» a la sangre que corre por estas tierras. Mientras más se convenzan de que son una casta superior, más fuerte será el grito del próximo hombre que venga del llano con un arma en la mano»
¡Yo no morí en Úrica, María Corina!. ¡Yo soy la sombra de Venezuela. Cada vez que uno de tus seguidores dice que a Venezuela la representa la moral mantuana, yo sonrío porque vendré otra vez. ¿Y sabes que me gusta? «Hacer añicos la república de los patriotas» Cada ve que alguien usa la palabra «arrastrado» para excluir a mi legión, yo afilaré mi lanza y haré brotar sangre mantuana, una y otra vez a lo largo de los siglos.
El espectro del «Taita» sentencia:
«Ustedes me mantienen vivo. Me necesitan para sentirse «civilizados», y yo los necesito a ustedes para seguir teniendo una razón para destruir la hipócrita república de blancos que han sido desde 1810. No te despidas de mí, solo date la vuelta y mira el odio que sienten los «educados» y el profundo desprecio por los marginales al que acusan de «manchar» el gentilicio venezolano.
«Mientras el desprecio al marginal no desaparezca del alma venezolana, ese mismo hombre y mujer capaz de sacrificarlo todo por dignidad, los que me siguieron hasta los llanos de oriente, aún están aquí esperando mi orden para ir al campo de batalla. Y yo agitaré las banderas de la revolución popular, pues mientras existan clases, mi espíritu no descansará hasta cortarle la cabeza al último de ustedes»
«Por eso aparecía un tus sueños, porque sé que encarnas la moral mantuana, y porque sé, también, María Corina, que Venezuela es un país radical de derecha, por lo tanto, mientras los radicales blanquitos de tu equipo ofendan los símbolos religiosos de los esclavos, y de los indios, yo seguiré, una y otra vez, decapitando a los doctores de corbata fina y a las blanquitas del cafetal»
El Urogallo será el eterno retorno de las castas inferiores porque las heridas del período colonial español no han sanado. ¡Denle justicia al negro, al indio y al pardo!. Sólo así podré irme en paz, de lo contrario mi gritó de guerra será…
¡Mueran los blancos, carajo!
—
Una nube familiar regresa a la habitación. Boves se ha ido. Un aroma a café impregna el aposento. ¿Es usted, Domitilia? –Pregunta la presidenta-
Doña Domitilia: Ese espíritu es muy fuerte, Mija. Me dejó con un dolor de cabeza tremendo. ¡Ay dios!
María Corina M: «Estoy sin palabras, madre. Sin palabras. Ahora entiendo, de verdad lo que fue el chavismo.
Doña Domitilia: ¿Qué te dijo el Taita, mija?
María Corina M: «Mientras el racismo y el clasismo no se extirpen del alma venezolana, Boves seguirá regresando»
Doña Domitilia: ¡En eso el Taita tiene toda la razón!Lo feo que se siente que uno lo miren por ser negro y rezarle a los indios. Ahí está el Taita, porque Boves, mija ya dejó de ser hombre, es un espíritu justiciero. Y eso usted, no creo lo controle.
María Corina M: No, no puedo leer los corazones de las personas ni mandar en ellos. Pero me preocupa, madre, me preocupa que la nueva Venezuela esté pavimentando el camino a Boves otra vez.
Doña Domitila: La «nueva Venezuela» no ha dejado el racismo atrás, ni mucho menos el clasismo, al contrario, volvió con fuerza.
María Corina M. Lo sé, madre. Boves tiene razón, honestamente. No sé cómo enfrentar esta sombra. Hay muchas Venezuelas en conflicto. Por ignorancia, nos desconocemos los unos de los otros. Yo misma siento que este hogar tuyo, madre, es extraño para mí. Sé que me dijiste que no me preocupara. No obstante, esa Venezuela india y negra negada, escondida por vergüenza, a pesar de que nuestra población es mestiza, sigue clamando por justicia, pero una justicia ajena y nueva para a mi: la justicia racial.
Doña Domitila: El taita la llamaba para advertirla, mija. ¡Tome consejo! «Y saque de la mente de los venezolanos el clasismo que, como le dije antes, llegó como un huracán después del gobierno pasado»
María Corina M: Esa fue la consecuencia que dejó el chavismo. Un país radicalizado a la derecha, madre. Y ese odio alimenta a la sombra de Boves.
Doña Domitilia: Boves no se combate con armas; sino con hechos. Prepare un discurso sobre el mestizaje. Hable bonito sobre esa mezcla que somos, donde el indio, el blanco y el negro son iguales. Ponga de su parte, porque el caos de ésta tierra lo arrastramos desde cuando éramos de España.
María Corina M: Lo haré, buscaré la forma de, por primera vez, recordarle a Venezuela de que somos mestizos. Sólo así, reconstruyendo nuestra identidad, superaremos al asturiano» ¡No estoy segura pero se intentará!
Doña Domitila: ¡Vaya a dormir, mija, ya es tarde!
María Corina M: ¡Gracias madre! ¡Dormiré en paz!
Al otro día, la presidenta se levanta preocupada pero con un alivio de espíritu que hacía tiempo no sentía.
Toma un buen café de Turimiquire servido por Doña Domitila. Acto seguido, llama a Carlos Giacometti, su hombre de confianza.
María Corina M: ¡Buenos días, Carlos! ¿Los muchachos?
Carlos G: ¡Están afuera presidenta!. ¿Nos vamos?
Maria Corina: ¡si, todo listo!
María Corina Machado se despide de Doña Domitilia. Se sube a la camioneta y le dice a Carlos Giaconetti: «a partir de este año todos en mi equipo iremos a Sorte a empaparnos del culto a María Lionza. Hemos vivido en una burbuja, desconocemos a esa Venezuela parda. Hemos tenido privilegios económicos y de clase. Lo sé, he injustamente hemos acusado de herejía a creencias antiguas traídas por los esclavos africanos y otras que son nativas de nuestros indios: ¡No quiero alimentar fantasma del pasado, ha sido suficiente!
Carlos Giaconetti se sorprende, su recia alma de mantuano se niega a asistir a ese nido de «brujos» sin embargo, es una orden presidencial.
Carlos G: No estoy de acuerdo, ese núcleo de chavistas en Sorte merecen ser proscritos, prohibidos de nuestra nación, presidenta, pero cuente conmigo si no hay otra manera de «entender «al país»
María Corina M: «Proscirbir y perseguir la religión popular indoafricana es el combustible que alimenta a las hueste de Boves. La psicología venezolana es mas complicada de entender, Carlos. No conocemos nuestra patria a pesar de vivir en Venezuela toda la vida.
—
La comitiva sale de Úrica. «El Taita» Boves aún los persigue; como una sombra permanece en el inconsciente colectivo venezolano.
Un grito retumba en Venezuela cada vez que el racismo y la superioridad de clase aparecen por doquier, dentro y fuera del país.
Y ese es Boves, arengando a su tropa antes de la batalla. El grito resuena en la llanura.
¡Venganza a los blancos, carajo!
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