Las amistades, con el paso del tiempo, tienden a disiparse. Conforme crecemos, ese número de amigos se va reduciendo. Al llegar al tercer piso de la vida, sobran los dedos de una sola mano para contar a quienes aún permanecen; y en muchos casos, ni siquiera eso: el número se reduce a cero.
Ya no los defino como amigos. Prefiero verlos como personas que nos acompañaron en etapas específicas de nuestra vida, de manera temporal. Fue bueno, fue agradable y tuvo sentido en su momento, pero con el transcurrir de los años esa conexión se fue diluyendo, hasta dejar de existir.
No hubo traiciones ni despedidas formales; simplemente la vida siguió su curso. Cada quien tomó caminos distintos, cargando nuevas responsabilidades, nuevos silencios, nuevas prioridades. Y en ese andar, las conversaciones se hicieron esporádicas, los recuerdos más lejanos y las ausencias más normales.
A veces la nostalgia aparece sin aviso, como una canción antigua que duele sin razón. No por lo que fue, sino por lo que ya no será. Hoy comprendo que no todas las personas llegan para quedarse: algunas solo caminan a nuestro lado hasta que el tiempo, con su manera silenciosa de despedirse, las deja convertidas en recuerdo.
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