
Ese «hola» dio inicio a esta historia. Nunca imaginé que una palabra tan simple pudiera dar inicio a un sentimiento tan profundo. Al inicio, nuestras charlas eran muy cortas y distantes; no había esa conexión especial en ese momento.

Con el pasar del tiempo y sin darme cuenta, hablar con esa persona se volvió una rutina, una muy bella rutina. Cada palabra que decía provocaba que mi ánimo y mi día mejoraran completamente.

Empecé a esperar sus palabras con una emoción y alegría que no había sentido con alguien más; lo hacía sin darme cuenta. La confianza crecía cada día; compartir pensamientos, miedos y anécdotas dejó de atormentarme cuando estaba a su lado.

Me sentía tranquila cuando hablábamos, incluso en esos silencios donde nunca se tiene algo para decir, empezaron a sentirse cálidos. Sus problemas empezaron a importarme más de lo que deberían y los pequeños gestos tomaron un valor especial.

Aquellas noches de desvelo, risas, momentos divertidos y compartidos se hicieron parte de mí, mirando esto como algo amistoso cuando eso no estaba yendo por ese camino. No podía imaginar una vida donde ya no esté y, entonces, comprendí que algo había cambiado en mí.

Su ausencia dolía más de lo que esperaba y aceptarlo fue un proceso difícil. Ya no solo formaba parte de mi vida, ahora era parte de mí, y no sabía en qué momento eso había cambiado: pasar de ser personas extrañas a ser quienes se necesitan de manera mutua. Fue así como entendí que estaba enamorada.

OPINIONES Y COMENTARIOS