El Taita Boves

El Taita Boves

Germayed

13/12/2025

En los llanos de Anzoátegui, cerca de Úrica, un baquiano nacido en Zaraza va camino a Soledad a negociar dos cabezas de ganado. Se hace de noche, el viento fresco de la madrugada roza las crines de su caballo. Sus ojos verdes, piel morena y barba cerrada es testimonio del mestizaje del pueblo venezolano. 

Ese mestizaje capaz de integrar al extranjero y hacerlo venezolano sin importar su origen, no obstante, ese mestizaje, esconde rencores de antaño; viejos odios raciales que ni siquiera la independencia ni la república han podido superar. ¿Cómo llegamos a esta situación de crisis e inestabilidad política? Se pregunta José sobre la montura de su caballo Azabache. 

La luna llena ilumina la sabana, las aves nocturnas impregnan de misterio los llanos orientales.  A un día y medio de camino está Soledad, justo a orillas del Orinoco. 

José, hombre de campo, heredó de una abuela apureña, de estirpe otomaca la sensibilidad chamánica de contactar a los espíritus de los muertos. Esa madrugada llanera era él y su caballo Azabache. Ambos sabían que las almas de los soldados patriotas asesinados por las tropas del asturiano Boves vagan sin consuelo por las sabanas oriantales. 

Era la 1. 45 am, cerca de Urica, enganchó su hamaca a dos palos de Cují, recordaba la leyenda que su padre, un hombre catire de ojos verdes, nieto de canarios, le contaba sobre el taitas Boves, «el terror» de la segunda república por allá en el año de 1814. 

Buscó unos maderos de leña y encendió una fogata. Pensaba en Venezuela, en su situación social y política. Creía que la causa del caos de este siglo son consecuencias de traumas históricos no resueltos. ¿Qué pasa en el alma venezolana? Es como si un tormento ancestral, una herida abierta que aún sangra y llena de rojo a estas vastas llanuras generase un terrible dolor incapaz de traer la paz a esta república.

José es lector de la historia, sabe que por esas sabanas Pedro Zaraza acabó con el «jefe de la legión infernal»  el cinco de Diciembre de 1814. Su alma de chamán le permitía soñar con el mundo de los espíritus e invocar a los ancestros a través de vocalizaciones caribes, métodos antiguos capaces de solicitar la presencia de las almas en pena que vagan aún por la llanura en busca de descanso. 

José veía el fuego de la fogata, pensó en José Tomás Boves, aquél español que se sintió negro. El asturiano de pelo rojo y ojos azules que declaró: «venganza a las blancos» en un cumbe de Guayabal.

-«Ese taita guarda secretos mi azabache» «Dicen que está en pena» ¡Ay, Taita, si pudiese venir desde el otro mundo!» 

Un silencio sepulcral cubrió la sabana. José, hombre de tez morena curtida por el Sol, percibió el galope de un caballo a lo lejos. A pesar de ser un hombre solitario, la piel de gallina le hizo recordar a esas leyendas del Silbón recitadas por el nono cuando era un sute. «Qué tenga lo que tenga que pasá» exclamó. 

El sueño lo abate, se recuesta en el chinchorro y no supo de mundo. No obstante, horas después, un hombre blanco aparece detrás de un espino, sus ojos son rojos, brota fuego. Y un alarido lo despierta. 

¿Quién está ahí?

«Azabache, vi a Boves en sueño» 

«Comandante, sé que su alma no descansa, no es pa’ menos. Toda esa gente que mató lo busca pa’ vengarse. Regrese a la mar, a España, la llanura es su cárcel»

José ve dos puntos carmesí a los lejos. Azabache, su caballo, relincha, sobre dos patas, lanza patadas a la nada. José se levanta, pone sus manos sobre su briosa piel negra y le dice: 

«Estamos acostumbrados a  sentir a las benditas ánimas del purgatorio, no le dé miedo mijo, que aquí estoy yo, el único amigo que lo quiere» 

Azabache se calma. José regresa a la hamaca, se acuesta, algo espera. «Mi conjuro está listo» 

«Mi taita, Asturias está lejos, y usted está en estas soledades. Sé que anda por ahí. Lo vi en sueños, ese mechón candela lo distingue, hombre». 

Acto seguido el espectro de un hombre blanco, de barba y pelo rojizo aparece flotando sobre aquellas soledades. 

Una voz ultraterrena, ronca y grave como el Sol ardiente de El Sombrero estremece al baquiano. 

«Vengo a contar la verdad» -dice con autoridad. 

José que lo había visto en sueños, replica. 

Diálogo 

—–

José: ¿Regresaste, comandante? ¿No te vas al mar, como te dije?

Boves: El mar no me quiere. Y esta tierra… y esta tierra no merece paz. Escúchame bien, baquiano, tú que sobrevives en esta «república libre» no habrá paz sí Venezuela no abraza al dolor de sus ancestros los pardos, los indios, los negros, mulatos y los zambos. Sí no me reconoce como su líder, está república caerá una y otra vez. 

José: República libre. Costó mucha sangre, Taita. 

Boves: ¿Libre? ¿Y dime, quién gobierna en esa «libertad»? ¿Los hijos de los mismos mantuanos, los mismos doctores criollos que antes me despreciaron y que antes te ignoraban? ¿Cambió el color de la mano que reparte la miseria? ¡No!

José: Hay hombres de todos los colores en el mando ahora. Las leyes son distintas. Incluso, gobiernan los pardos, Taita.

Boves: ¡Las leyes!. Son palabras huecas. Mientras yo estuve vivo, mi ejército fue el único lugar en toda la América española donde el mulato mandaba al blanco, donde el esclavo podía degollar al dueño. ¡Les dimos una justicia de sangre!

José: Y por eso la guerra fue una monstruosidad. Por eso tu recuerdo es el del caos que devoró a la naciente nación. ¿No recuerdas la masacre en Valencia? ¿Por qué hombres inocente cayeron bajo tu sable? 

Boves: ¡El caos es el fruto de la hipocresía y la injusticia! Estos nuevos gobiernos patriotas hablan de igualdad y de derechos. ¿Pero cuántos de mis pardos subieron realmente a mandar? Los hicieron pelear, los usaron de carne de cañón, y luego les dijeron: «Gracias, hijo. Ahora regresa al llano, que el país lo manejamos los de apellido».

José: Eso no es culpa de la independencia, comandante. Es culpa de los hombres ambiciosos, los que siempre han existido y desangrado naciones.

Boves: No, baquiano. Es culpa de que no existe la justicia racial. Mira a tu alrededor. Estas tierras, toda la América que se sacudió, sigue en la inestabilidad, con guerras civiles y caudillos peleándose por el poder. ¿Sabes por qué?

José: ¿Por qué?

Boves: Porque el resentimiento es un veneno que no se cura con un decreto. La sangre derramada por la independencia fue casi toda de pardos, indios , negros, zambos, mulatos, sin embargo, el poder, la tierra y el dinero… ¡esos siguieron en manos de la misma casta, de los malditos godos! Yo encendí la pira del odio que llevaban dentro, y nadie la apagó. Solo la cubrieron con tierra. Y ese odio se desató con un caudillo de su siglo, de pelo rizado, nacido en la llanura, que fue el vengador por la justicia del esclavo oprimido, del indio abusado y el zambo humillado.

José: Entonces, ¿dices que esta tierra no tendrá paz hasta que se haga una verdadera justicia para el pardo, el indio y el negro?

Boves: ¡Lo has entendido, baquiano! Mientras haya un blanco creyéndose superior por su sangre, mientras los hijos de los esclavos sigan siendo sirvientes de la miseria, esta nación será un volcán. Cada guerra civil, cada dictador popular, cada revuelta, no es más que el fantasma de mi ejército regresando a cobrar la deuda de la igualdad que se les prometió y se les negó.
!Muerte a los blancos, carajo!

José: Eres esa Venezuela oculta, Boves, esa Venezuela que nadie recuerda pero que vive a diario en el alma de los despreciados, de los humillados, de aquellos que jamás podrán vivir con dignidad, porque no son de apellido. Pero la verdad, Taita, es que tu camino solo trajo más dolor. Si la justicia tiene que ser como la tuya, a machetazos y sin piedad, nunca habrá república.

Boves: ¡Qué los blanquitos de esa élite mantuana se cuiden del azote de los pardos, porque, cuando volvamos seremos otra cosa que no es Europa!. 

El taita continua: 

«Somos los pardos, los indios y los negros humillados por los blancos» -«cada revolucionario que agite las armas para vengar al esclavo será una muestra de que no he muerto, que vivo en el alma de Venezuela y en el espíritu de esta América pisoteada por los godos» 

El espectro de Boves prosigue: 

«Mientras los mantuanos sean el núcleo del poder político, jamás existirá estabilidad de ningún tipo, pues mi fantasma clamará por justicia» «Levántese mis negros, pardos e Indios. ¡Hijos míos! Hagamos trizas la república patriota, que no es otra cosa que una estado de blancos»

José: ¿Y qué solución propones, asturiano? ¿Más machetazos y dolor? Venezuela se despedaza ante mis ojos. ¿No será que tus pardos volvieron a cobrar venganza, como gritaste desde ese inframundo triste y oscuro como la noche de luna nueva? 

Boves: La solución es que no hay paz porque no existe la justicia racial. Cada guerra civil, cada dictadura parda que vendrá, es la rabia de aquellos mestizos indios, mulatos y esclavos que no tuvieron justicia. Las almas de mis negros, de mis pardos y de los indios que murieron sin ver la verdadera igualdad, vuelven a ocupar los cuerpos de los venezolanos de hoy. Viven como fantasmas dentro de ustedes. Y estos fantasmas llevan dentro de sí, el rencor racial que es odio de clases. 

¡Muerte a los blancos, carajo! 

José: ¡Qué Dios nos libre, comandante!.  Pero si tu espectro tiene razón, si la rabia de los ancestros nos habita, entonces la paz no llegará hasta que conciliemos al negro, al blanco y al indio en un verdadero mestizaje democrático. Mientras solo sea una mezcla de sangre sin igualdad, vendrá una tras otra dictadura, porque la historia, como tus almas, siempre regresa a cobrar. Y Venezuela hará la alquimia mística de la historia hispanoamericana, pues nuestra guerra de independencia, la más extensa y cruel de la América española, también sirvió para «llevar» esa justicia racial a otras partes de América, no obstante no pudo,  ni tú , -taita Boves-  lograste tus objetivos, porque el mando fue siempre blanco, de los acomodados. «Entiendo tu rencor asturiano»  ¡Tú eres esa sombra que negamos como nación!» ¡Eres el motor de ese resentimiento racial que no  deja prosperar a la república! 

José, continúa: Venezuela, taita, trató de limpiar, a través de este sufrimiento de ahora, de esta catástrofe política de este siglo, mi siglo, la yaga colonial que yace en lo profundo del alma de la América hispana; tu espíritu vagó por todo un continente, llevando el mensaje de que mientras el mulato, el negro, y el indio sean humillados, no habrá sosiego en ningún rincón de la América independiente. 

Boves: ¡Denle justicia al negro, al indio y al pardo!. ¡Extirpen la mentalidad mantuana de las gentes!, porque se puede ser pardo o mulato pero con el alma blanca que todo lo carcome y le agrega más aserrín al fuego de la castas. ¡Nadie es más que nadie, baquiano! Mi espíritu descansará cuando Venezuela no se avergüence de esa sangre  india y negra que le corre por las venas. Los blancos aceptarán la derrota y como iguales verán a mi ejército. Sean mestizos, porque ustedes no son europeos. ¡Son americanos!  Y América es esta mezcla hermosa que parió a una nueva civilización, donde toda la humanidad vino a buscar su «nuevo mundo». No obstante, a mis negros los trajeron con dolor. 

José: Ese nuevo mundo, Taita, tiene nombre y se llama justicia. Me quedó una lección: las tres almas: la europea, la indígena y la africana deben dialogar en aras de la equidad y justicia social. ¡Tu descanso significará la estabilidad política venezolana¡. ¡Nos costará siglos lograrlo! 

Boves: ¡Pues tendrán siglos de sufrimiento, de inestabilidad política, baquiano!   Y ahí estará mi ejército, agitando las banderas de la revolución mientras no haya justicia racial en esta tierra venezolana. Seguiré volviendo, y me hallarán en la sombra, con sable en mano, esperando la oportunidad de destruir, una y  otra vez, a la despreciable casta de los mantuanos.

José: ve tranquilo, Taita, llevaré el mensaje del mestizaje igualitario, de esa justicia racial que necesitamos para superar nuestras penas como nación. A donde quiera que vaya el negro, el indio y el blanco se verán como iguales, pues yo mismo soy mestizo y a través de mi, esa justicia racial, será ley porque la haré ley. ¡Todos somos hermanos!

Boves: «recuerden que son venezolanos, americanos, tengan dignidad como nación, ustedes no son europeos, no vayan a donde los desprecian y los ven como «salvajes». Mi espíritu defenderá esta tierra de los blancos. Y de los que se creen blancos, esos que escupen a mis negros, mulatos y pardos por ser de las castas «realengas». ¡Justicia! 

José. «Yo soy la reconciliación nacional y la justicia racial» tendremos un identidad, Taita. Donde no existan desigualdades entre los hombres y ante la ley,  ante nosotros como país, de verdad, seamos los mismos»

Boves se desvanece en la llanura, dejando solo la fría certeza de que el conflicto racial y social que él explotó sigue latente en las raíces de la nación. Y que Venezuela y la América hispana deben  perdonarse a sí mismas para superar las heridas de ese injusto sistema de castas español. ¡Debemos cerrar la herida con compasión y justicia!

El espectro del español, «el taita Boves», aún sigue vagando por las solitarias sabanas de Guárico y Anzoátegui.  Dicen los baquianos que se lo ve en las noches de luna  llena mirando a la oscuridad y gritando a la nada. 

«Venganza a los blancos, carajo»  

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