No sé en qué momento empecé a cambiar, ni en qué momento perdí el rumbo, cuando no te cuestionas nada es más fácil vivir, es más fácil levantarte todos los días a las siete de la mañana para ir a ese trabajo que tan poco te llena, que te hace sentir como misera por un puñado de monedas que te permitirán comer a final de mes y mantener una vida que te gustaría no haber vivido. Cuando no te planteas nada resulta más fácil aguantar a esa persona que se hace llamar ‘tu pareja’, esa persona que no recoge nunca el lavavajillas y se lleva mal con tus amigos porque dice que son demasiado histriónicos o narcisistas mientras se seca el cuerpo con la toalla que usas para hacerte el ‘skincare’ todas las noches. Cuando no te planteas nada llegas a casa y te acuestas en la cama tranquilo, sabiendo lo que va a ocurrir al día siguiente, conociendo la rutina en la que vives y te hace sentir vacío, pero como no te planteas nada, aún no sabes que la depresión en la que estás sumido es por eso.

Creo sinceramente que empecé a cambiar cuando me di cuenta de que mi vida no me gustaba, de que yo no me gustaba y en consecuencia de que lo que me estaba ocurriendo en mi día a día no me gustaba. No me gustaban mis parejas, no me gustaba mi trabajo, no me gustaba mi rutina, en general, no me gustaban las decisiones que estaba tomando. Y lo mejor de todo es que en realidad ni siquiera considero que las estuviese tomando yo, si no una persona que a día de hoy no reconozco. 

Miro fotos antiguas y siento que no sé quién es esa persona tan parecida a mí, siento que nos separa un universo de experiencias y aprendizajes, y de alguna manera tampoco me siento mejor que ella, la echo de menos.

En qué momento perdí el rumbo de mi vida y en qué momento volví a recuperarlo. Dejé atrás todo, lo bueno y lo malo, las decisiones y la inocencia que me llevaron a cometer los errores por los que hoy soy. Pero también enterré emociones que no se apagan tan fácilmente, van creciendo contigo, y creo que prestarles atención es lo que hace que empieces a plantear tu existencia, que entiendas que no estamos aquí para nada.

Perdí el rumbo cuando empecé a pensar en quién era, creo que es la primera vez en mi vida que me sentía tan perdida, como un bote en plena mar con tormenta, rayos y truenos y oleaje, veía cómo me alejaba de la orilla hacia ese remolino de incertidumbre y desesperación donde no había nada. Nada. ¿Cómo puede una persona no encontrar nada cuando piensa en sí misma?

Tuve que buscar mucho y sobre todo validar lo que había dentro de aquel huracán, la isla del tesoro no era lo que esperas, era más bien una lista de cualidades y gustos personales. Esperamos encontrar algo especial sin saber que lo especial es lo que te gusta, y ya solo por eso debes darle importancia.

Nos enseñan desde muy pequeños que la vida se basa en crecer, estudiar, trabajar, casarte, tener hijos y morir rodeado de una hermosa familia que te limpia el culo en la residencia y te invita a barbacoas los domingos. No conozco a nadie que haya seguido ese rumbo sin distracciones, lo que pasa es que las distracciones no son consideradas parte de la vida, cuando realmente para mí son la vida, son lo que hace que te encuentres dentro de esa cinta transportadora de personas exactamente iguales, ¿Cómo vas a reconocerte si no es por tus diferencias, tus gustos y cualidades, buenas y malas? 

Dentro de esa barca, escondida bajo una manta mojada por la lluvia solo sabía pensar en el miedo que daba la tormenta, en lo que pesaba la tela húmeda y en lo difícil que sería sobrevivir en alta mar sin saber pescar y sin una botella de agua potable, pasaron días, meses, y yo seguía agazapada debajo del mantón consolándome a base de latigazos emocionales, pensando que no había escapatoria y castigándome por haberme alejado demasiado. Así me sentí cuando empecé a plantearme por primera vez quién quería ser y quién era actualmente, qué quería. Ese miedo a perderme, ese miedo a acabar varada en cualquier isla caníbal y devorada por un niño de doce años, miedo a que el mar me tragase y que una sirena malvada me clavase su tridente, miedo a que un animal me desmembrase. Miedo, en resumen. 

Decidí asomar la cabeza y desprenderme de la manta mojada y pesada para darme cuenta de que me encontraba en el ojo del huracán y estaba todo en calma, ahora todos esos miedos resultaban absurdos, no me había dado cuenta pero tenía una caja llena de botellas de agua, móvil con batería, cobertura y un mapa. Me sentía estúpida, así te sientes cuando descubres que has estado victimizándote en vez de intentando solucionar tus problemas, si tan solo me hubiese fijado en eso antes que en la tormenta, si no hubiese dejado que el miedo me paralizara, si hubiese sacado la cabeza… pero quién te puede juzgar cuando la mayoría no es capaz de atravesar la tormenta, si estamos solos por primera vez y lo único que tenemos son dudas.

Encontré una isla, no del tesoro, si no sobre mí, y gracias a la calma de mi alrededor pude explorarla, encontré música que me gustaba, sueños enterrados bajo tierra, encontré películas, encontré amigos, encontré familia. Decidí quedarme a vivir una temporada en esa isla aunque a mi alrededor todo fuese caos, pues no dejaba de ser el ojo del huracán y de repente veía alguna que otra vaca volando arrastrada por el fuerte viento y mugiendo desesperadamente sin ninguna esperanza. Estaba cómoda y a la vez sentía que en cualquier momento la isla me engulliría y acabaría definitivamente conmigo, estaba cansada, estaba atrapada dentro de una conformidad que me asolaba silenciosamente, y volvieron las dudas y la isla empezó a encogerse y yo comencé a sentirme más vulnerable: sólo tenía dos opciones, quedarme ahí hasta que solo quedase una palmera medio inundada o adentrarme de nuevo en la tormenta y salir de una vez, con toda la información que había recabado, hacia lo que sería mi futuro.

Y salí, me monté en la barca y navegué, y cuando me giré para despedirme la vi, aquella parte de mí que se había quedado en la isla, atemorizada, sola, sentada mirando el mar sin ninguna emoción más que el miedo, creo que había dejado atrás esa parte de mí que no era valiente, pero a su vez y como castigo caprichoso de la vida la acompañó la inocencia y parte de la felicidad de una infancia plena, y creo que eso es lo que más echo de menos, porque aunque emprendes tu camino reconstruida, la que entró en la isla no era la misma persona que salió.

Cuando vuelves a la tormenta ya nada parece para tanto, es más fácil enfrentar las olas y no ves aletas de tiburones asomando en la superficie del agua salada, solo hay nubes, algo de lluvia y de vez en cuando algún que otro ruido estridente proveniente de las nubes, pero nada comparado con la primera vez que te enfrentaste al caos, y definitivamente lo vas a pasar mal, definitivamente vas a estar más cómodo en tu cama aún sabiendo que te tienes que levantar a las siete de la mañana para ir a tu trabajo de mierda que en una barca medio podrida en medio de ninguna parte, pero definitivamente también merece la pena salir de la zona de ‘confort’ con tal de intentar mejorar tu vida y ser feliz, aunque sea doloroso, aunque de miedo y aunque sufras por el camino, aunque la consecuencia sea una incertidumbre constante y un nudo en el pecho que te acompañará el resto de tu vida por no encajar.

Ahora vivo en el huracán y no sé si soy feliz, por lo menos soy más feliz que antes y esa felicidad cada vez dura más, y sobre todo me soporto mucho mejor, tanto tiempo en el bote conmigo misma me ha ayudado a conocerme, y donde antes no encontraba nada ahora me refugio rodeada de praderas verdes salpicadas de flores de colores, como en un capítulo de Heidi. Es irónico todo lo que puede ocurrir en silencio dentro de una persona y todo por lo que pasamos solos. A algunos les merece la pena, a otros simplemente les da igual, cada uno es feliz de la forma que sabe serlo, pero lo que tengo claro es que no voy a dejar que nada dictamine como debe ser la única vida que voy a vivir, luego llegamos a la vejez frustrados por todo lo que no ha sido y todo lo que pudo ser, quiero pensar que cuando sea así de mayor tendré la certeza de que si no ha ocurrido no ha sido porque no lo haya intentado lo suficiente, y que eso me de la tranquilidad para morir consciente de que he sido todo lo que quería ser, por muy difícil que fuese, quiero morir en paz conmigo misma no con los demás, aunque eso implique morir en la barca en medio del mar persiguiendo un rumbo infinito, pero es mi rumbo y viviré perdida y moriré probablemente perdida, pero con la conciencia tranquila y un amor eterno por mi vida.

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