Las sirenas se apagaron, el aire espeso dentro del carro creció mucho más incluso con el ruido ya enmudecido, cada uno podía escuchar su propia respiración, tratando de regularse.

En el asiento trasero estaba el más cobarde, el Sub oficial técnico García, quien miraba por las ventanas con una desesperación inconfundible.

Fue él quién rompió el prolongado silencio luego de que las sirenas callaran.

– ¿Ahora, qué hacemos? – preguntó al aire

Sin una respuesta, volvió a repetir la frase, estructurada de la misma forma si, pero con toques más desesperantes cada vez

En el asiento copiloto, el suboficial brigadier Saldaña lo mandó a callar, poniendo su dedo sobre su labio y mostrando una expresión intensa.

– ¡No volveremos! – fue la respuesta fulminante de Saldaña

Efectivamente, el Comandante López había sido dejado, por su propia culpa tal vez, únicamente García había saltado rápidamente dentro del auto, a los asientos traseros. Estos sin darse cuenta se encontraban ahora en una huida. ¿Por qué? ¿Por qué huir? Si nunca lo habían hecho, a pesar de que sabían los pasos en los que andaban. El coronel había dictado: «Maten a esos muchachos», sin dar muchas explicaciones. El detalle era que en realidad había tenido un desacuerdo agresivo con la persona para la que trabajan aquellos muchachos.

En Barrios Altos se mueven muchas cosas, sobretodo las voces, los susurros, la complicidad que a su vez da un espacio al estado de alerta en el cual se encuentran la mayoría de personas conscientes de sus trapicheos. Las calles burdas dejan paso por el día a la gran cantidad de autobuses que, debido al cierre de la Av. Grau, se ven obligados a tomar esas estrechas pistas hundiendo las ruedas en cada desnivel provocados por agujeros que parecen hechos por un meteorito, en realidad nadie se preguntaba nunca porque esos agujeros estaban allí. Ni porque tenia las calles tan descuidadas siendo tan próxima al centro de la ciudad. Los policías rondaban casi siempre por el día, los halcones negros iban en grupos de dos o tres, cada diez minutos podías ver a uno de estos ir por el lado del cúmulo de vehículos por la hora punta, incumpliendo así tantas normas de tránsito pero que nadie prestaba atención.

En la noche, estos dormían, o más bien estaban despiertos donde tenían que estarlo. Los altos mandos sabían donde tenía que estar cada uno, que cosas tenían que ver y cuáles ignorar. Trabajaban todos por su beneficio, pues ambos salían muy bien recompensados de esta alianza nunca dicha pero muy conocida. Pero así como las cosas dan frutos, a veces algunos no hacen bien su parte, los humanos somos seres fácilmente influenciables por nuestras emociones, por nuestra rabia sobretodo. Quién sabe quién habrá hecho quien sabe que al Coronel, o quizá no directamente a él, podría ser que el asunto involucre a algún superior y sea él, al igual que los oficiales sudorosos y nerviosos, una pequeña oveja.

A las doce de la noche, García y Saldaña, los suboficiales, se encontraban estacionados en la parte trasera del hospital 2 de Mayo, en la esquina que le dejaba ver el parque con este mismo nombre. Tenían las caras muy bien memorizadas, pues de alguna forma ya conocían de vista a sus objetivos, no se molestaron en aprenderse sus nombres.

Entonces vieron a este joven, escuálido y sombrío, saludarse con otro más relleno y más sombrío.

Claramente no podían seguirlos con el carro de policía, provocaría tantos susurros que llegarían rápidamente a oídos de las dos presas, solo les bastaba ver en que esquina doblaban.

Una vez estos siguieron su camino por Jr Huánuco, se lo comunicaron por radio inmediatamente al Coronel. Este les dió la orden de esperar la ubicación. No era la primera vez que tenían que hacer una de estas cosas, al fin y al cabo el bando contrario a los policías suele ser un poco más sumiso a este tipo de represalias. García había matado a unas cinco personas y nunca había recibido un disparo de regreso, Saldaña, siendo el más viejo, llevaba la gran cantidad de catorce, y solo en una ocasión estuvo en medio de un tiroteo, el cual le dejo una fea cicatriz en el costado. Claramente ninguno de estos dos sabía aquella cantidad de muertos que cargaban sobre los hombros, nunca habían pensado en contarlos.

Llegaron la una, luego casi llegan las dos y cuando sus mentes ya planeaban hacer turnos para dormir al menos un poco fueron llamados por radio. El sub oficial García, que ya estaba casi dormido, se puso atento súbitamente y logro entender que tenían que ir a Jr. Santa Rosa, poco antes de Cangallo, luego su mente, aún no totalmente despierta, descifró que dictaban el número exacto pero no logró entender ninguno. El Sub oficial Saldaña arrancó el auto, pues el había escuchado claramente todo. Las calles vacías y con sus luces amarillas dejaban paso únicamente a su vehículo. Iban tan lentamente que no se escuchaba más que el girar de las ruedas.

El motor se apagó una vez llegados al destino, con un temblor sordo, sumiendo el callejón en un silencio profundo. La luz amarilla de un solitario farol cercano, escasa y agonizante, apenas iluminaba la figura del Comandante López, quien emergía de las sombras como un ente. No llevaba su uniforme completo, apenas las botas y el chaleco. En su rostro, habitualmente sereno y autoritario, se leía una concentración intensa.

García, en el asiento trasero, contuvo la respiración. Saldaña bajó lentamente la ventanilla.

– Comandante -susurró Saldaña, más como una confirmación que como un saludo.

López se acercó con pasos rápidos y silenciosos, mirando a ambos lados de la calle vacia. Abrió la puerta y se deslizó al lado de un Saldaña que se puso rígido instintivamente.

– Avancen cinco cuadras y doblen a la izquierda, en la entrada del edificio verde -ordenó López, sin preámbulos, su voz era un ronquido seco. Mientras Saldaña obedecía, arrancando y deslizando el auto como una sombra más, el Comandante se ajustó el chaleco y extrajo una pistola, revisando el cargador con movimientos automáticos. – Esos malditos deberían haberse quedado donde ustedes me encontraron…

El comandante indico los datos que logró escuchar mientras estaba camuflado entre la oscuridad del callejón. Indicó el tercer piso, departamento 302. Y que ya no estaban solos sino acompañados por otras dos escorias.

-¿Por qué no vino junto a nosotros, Comandante? – preguntó García

Lanzó una mirada como de lastima – El Coronel no les dió todos los detalles… Eso ya no importa, pero siempre es bueno tener a gente que vaya por delante – explicó, mientras el auto se detenía en el nuevo punto, una bocacalle aún más oscura. – Estos no son simples “muchachos”. El flaco es un vendedor, poca cosa, pero el otro… es el hijo de «alguien» , eso es lo que el maldito Coronel no queria decirnos.

Saldaña comprendió. No era solo una venganza por un desacuerdo; era desatar una guerra silenciosa, discreta, se dió cuenta de su posición de ficha en un juego mucho más grande, no supo que decir. López había estado allí desde antes, haciendo reconocimiento, confirmando movimientos, porque en este tipo de operaciones sucias, donde ni siquiera se podía confiar en tus superiores, la precisión lo era todo. Fue ahí que escuchó la conversación con datos que no tenía que saber.

– ¿Y por qué no…? – comenzó García.

– ¿Por qué no nos largamos? – cortó López, leyéndole el pensamiento. Una mueca parecida a una sonrisa se dibujó en sus labios. – Porque se entenderá porque escapamos, por saber algo que no deberíamos, y nos matarán. Nuestra única chance es hacer esto sin testigos, sin ruido… sin que vean la maldita placa de esta estúpida patrulla que trajeron. Si uno escapa, todo se desmorona. Se correrá la voz de quienes fueron los responsables y nos mataran esos pordioseros.

La explicación flotó en el aire espeso del carro.

García movia los dientes nerviosamente, haciéndolos sonar entre ellos, Saldaña apretaba la mandíbula mientras conducía, y cada metro que avanzaba le aumentaba el latido. El comandante puso dos rayas en el salpicadero del coche, aprovechando el poco movimiento que este hacia, dobló un billete de diez soles en forma de tubo y las inhaló rápidamente. Saldaña se contuvo a pedir un poco. Todos sabían que no podían dar marcha atrás, y buscaban no pensar en lo que ya sabían.

Llegaron al edificio. El portón, divido en dos, estaba semiabierto, se podía ver, por la luz blanca del pasillo, las escaleras al fondo de este, del lado izquierdo, y la continuidad casi infinita del pasillo al lado derecho.

– Saldaña, tú conmigo por la entrada principal. García, tú quedate aquí fuera del coche, vigílalo y a nosotros también de paso. Si ves salir a alguien que no somos nosotros… ya sabes que hacer – ordenó López, abriendo más el portón silenciosamente, seguido por el suboficial más veterano. García se quedó solo, mirando el portón abierto por un lado que ahora parecía la boca de una bestia, conteniendo en su interior al comandante y su compañero apenas entrando.

Una vez desaparecidos de su vista, su mente quedó sin pensamientos, su cuerpo, su mirada, sus piernas, todo «él» se movía por instinto de supervivencia, escuchaba las bolsas que el viento llevaba, las botellas de plástico vacías que rodaban por el piso, podía escuchar incluso a algún perro husmeando por la basura, luego vió que estaba varias cuadras lejos. Su cuerpo y rostro estaban fríos, pero el sudaba gotas que no dejaba caer pues se quitaba desesperadamente con la manga del uniforme. La ansiedad lo mataba, la cual aumentaba con el silencio, ¿Por qué no los escucho? Sabía que en algún momento escucharía los disparos, y los esperaba con el corazón pausado, con sus orejas latiendo y escuchando el cuello palpitar. Todo menos su pecho, que estaba inmóvil, al igual que su respiración.

Toda esta nube de pensamientos fue asesinada por un disparo, al cual le siguió una estampida de pasos desesperados que resonaban en el eco del pasillo en el cual aún no se veia nada. Asomó por el portón, apuntando por si acaso hacia el último escalón antes de que la escalera doblase, esperando que el dueño de los pasos llegará a su campo de visión. El primero fue Saldaña, seguido muy de cerca del Comandante Lopez, corriendo como corren dos niños jugando a las chapadas, bajaban velozmente las escaleras dando la impresión de caer en cualquier momento. Una vez terminaron estás, apareció, igual como habían aparecido ellos, un joven moreno, que se apretaba el hombro mientras sangraba, sin camiseta ni zapatillas, apenas un short. En el mismo instante que García notó que aquel joven tenía un arma en la otra mano, López le gritaba. ¡Dispara, carajo! Con la voz agitada de quien corre por su vida. También a su vez más jóvenes, de diferentes formas, ropas y rostros, pero tan similares a su vez, venían detrás del primer muchacho, Con pistolas y recortadas en mano. Con toda la intención de abrir fuego hacia los dos policías que corrían buscando cobertura en el portón. Una vez oído el primer disparo proveniente de los muchachos, García salió de su ensimismamiento y comenzó a disparar, haciéndolos retroceder levemente, cesando así sus disparos por unos valiosos segundos, que sirvieron a los dos oficiales para llegar al portón y tomar cobertura allí. Saldaña abrió rápidamente el auto, la idea de irse era la única que rondaba por su cabeza. En cambio el Comandante López, cegado un poco por la ira, pues había recibido un disparo certero en la pierna, se quedó en la cobertura que le ofrecía el portón de metal, de forma que mientras bajaban muchachos de las escaleras, y otro grupo salía de lo más profundo del pasillo, entonces el disparaba con su 9mm, logrando atinar a algunos tiros. García, que no se atrevía a asomarse el mismo ni a su arma, le decía que suba al vehículo, que «ya fue», que «no se raye», tirando a la basura el usted. Al parecer las balas habían dejado sordo al comandante, quien no digno ni una mirada de respuesta y siguió disparando. La balacera era ensordecedora. El aire se llenó del olor acre a pólvora y a miedo. García se atrevió al final a disparar sin asomarse ni apuntar, solo para tratar de contener la avalancha. Los proyectiles impactaban en el portón, en las paredes, levantando nubes de polvo y yeso. Fue entonces cuando el sonido llegó, cortando la noche más allá del tiroteo: el ronroneo gutural de motores que se encendían, no uno, sino varios, resonando en el eco de las calles nocturnas de Barrios Altos. Un sonido de muerte móvil.

Los ojos del nervioso Garcia, salvajes, se encontraron con los de Saldaña quien ya tenía el cuerpo y el auto listo para la fuga. No hicieron falta palabras, entonces optó por correr sin mirar atrás, subió al asiento posterior, el mismo que había escogido antes, Saldaña piso desesperadamente el acelerador y giro súbitamente en la primera esquina, sin lograr ver nada por el retrovisor. Solo pensaba en alejarse de aquellos rugidos de moto que sonaban al norte, sur, este, oeste.

En el asiento trasero, el uniformado se presionaba la mano izquierda, sin entender bien el motivo. Sólo entonces, gracias a los faroles, vió el oscuro agujero en el dorso de su mano, pintada de amarillo por la luz, y la sangre viscosa que le cubría la manga. El dolor no hacía presencia.

—¡Aguántate! —rugió Saldaña, mirando el espejo retrovisor por instinto. 

—¿Ahora, que hacemos? — preguntó García al aire.

—¡No volveremos!

El Comandante era ya seguramente un fantasma, pues rápido se desvaneció su imagen de la mente de los oficiales, solo quedó el hecho que su locura y terquedad les había comprado  segundos para escapar.

Un volantazo los hizo emerger del dédalo de jirones destrozados a la relativa estabilidad en la pista del Jr. Amazonas. A la izquierda, la larga y vieja Galería Amazonas, con sus rejas cerradas, parecía un cementerio el cual hizo estremecer a ambos.

No hubieron advertencias, ni siquiera tuvieron tiempo de notarlo. El parabrisas estalló como una telaraña blanca al primer impacto. Saldaña maldijo e hizo zigzaguear el auto violentamente. García vió el rostro de su compañero contraerse en un espasmo de sorpresa y dolor antes de que una moto, con dos hombres sin cascos, destrozara la ventanilla del conductor a plomasos y Saldaña se transformó en una masa inerte que se balanceaba levemente, sostenido por el cinturón. El auto, sin control, embistió contra un auto estacionado con un golpe sorprendentemente suave y se detuvo.

García no podía pensar. Vió por el lado derecho otra moto que frenaba, haciendo bajar a un muchacho con un casco cerrado y la casaca abierta que dejaba ver su pecho, con un Jesucristo tatuado. El sub oficial, poseído por un pánico ciego, empezó a disparar a través de la ventana rota. La respuesta fue una ráfaga que le agujereó la mano, el antebrazo, y le golpeó el pecho. Sin pizca de dolor, solo un terror como de quien esta siendo llevado lentamente a la muerte. Cuando vió su mano, convertida en una cosa inútil y sangrante, perdió toda fuerza y dejó caer el arma.

El hombre del casco, que se había cubierto tras un poste, corrió entonces hacia su ventana. García lo vió acercarse, y sin poder hacer nada más, se encogió lo máximo posible en el asiento trasero, un animal acorralado. Cuando el cañón del arma apareció en el marco de la ventana, su cuerpo actuó por un último y absurdo instinto: Estiró los brazos hacia adelante, con las palmas abiertas, como si con esa frágil barrera de carne y hueso pudiera detener lo inevitable.

*

Eran las tres de la mañana, casi las cuatro. La sábana, empapada en sudor frío. La habitación, a oscuras. La mano izquierda, intacta, pero con un dolor fantasma que aún latía, sobre todo en el pecho, encendido allí por el miedo a la muerte. Un recordatorio de unas heridas que nunca tuvo, en un sueño donde fue, por unos segundos eternos, un suboficial técnico que se apellidaba «García».

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