En una cama que está arrinconada con muro a la izquierda, al frente una ventana con una cortina recogida, a la derecha de la cama una mesita con un vaso de agua. Es una habitación espaciosa y al fondo a la izquierda una puerta, con un hombre vestido de traje, pero sin corbata. Había una mujer en la cama; ella despierta y empieza a llorar; el llanto se vio interrumpido, se percató de la presencia del hombre, y no logra evitar el impulso y pregunta:
—¿Y las niñas?
El hombre, mirándola fijamente y con frialdad, dice:
—No sobrevivieron… murieron por falta de comida y deshidratación.
Ella abre los ojos y desconcertada dice:
—Eh, eso no puede ser posible, yo les di el agua y las barras de comida que encontré, n..no puede.
Ella voltea la cabeza a la izquierda, se tapa la boca con su mano derecha; es instinto; de lo contrario, gritaría del dolor. El hombre le pregunta:
—¿Desea ver a los padres? Ella hace fuerza para tragar y respirar, haciendo que la mucosa la deje hablar y dice:
—No.
—¿No?
—¿Por qué querría verlos? ¡Les fallé! No las salvé…
El hombre dice confundido:
—Pero usted no las conocía, usted no conocía a su familia, ¿por qué dice que les falló?
Ella lo ve con los ojos, con la clera de los ojos semirojos y manos temblorosas, su piel pálida, como si todo un glaciar la hubiera arropado, y dice:
—Eran solo unas niñas, ellas…
Agacha la cabeza bruscamente con un puñado de lágrimas que salen descontroladas, hace lo posible por contener el llanto y se recupera la fuerza para decir:
—No me importa quiénes sean sus padres; ellos, al igual que cualquiera, no merecen ese dolor, así que, por favor, solo avíseme cuando me pueda ir; necesito estar con mi madre o mi mejor amigo, con alguien que me contenga mis emociones ahora, porque me siento perdida, me siento rota.
El hombre abandona la habitación; después de terminar de cerrar la manilla de la puerta, comienza a caminar con paso hacia la izquierda por el corredor. En la siguiente habitación a la izquierda, posa su mano izquierda en el borde de la puerta; es una habitación con computadores que la muestran a ella en pantalla y hay dos hombres sentados que lo miran:
—Vigílenla y uno de ustedes llévele sopa.
El hombre baja la mano derecha después de apuntar a los dos hombres sentados. Continúa, avanza un poco más en el corredor y baja las escaleras en espiral que están a la derecha.
En el siguiente piso, da el primer paso hacia la izquierda, avanza cinco pasos e ingresa a la habitación a su izquierda. Hay una niña de 7 años en una cama, al frente del hombre que está en la puerta; diagonal a él, le sigue una niña de 5 años que nada en la superficie de una cama; luego, en la derecha, al fondo, hay una cuna con una bebé de 1 año. Todas tres están conectadas a tubos y cada una con su pantalla de diagnóstico médico.
La niña del medio se despierta y ve al hombre, voltea su pequeña cabecita a la derecha y dice con voz baja, pero se ve en su cuerpo que hace todo el esfuerzo posible para hablar:
—Lili…
La niña al frente del hombre abre los ojos tras escuchar la voz, mira a la izquierda; luego de ver esos ojos pequeños que yacían en esa enorme cama, comienza a llorar, al igual que la niña del medio. Lili lleva su mirada más lejos y ve la cuna; la niña del medio voltea y la ve también. Lili dirige la mirada hacia el hombre y le pregunta:
—¿Qué pasó con la chica? ¿Con Jenna?
La niña del medio dice:
—¿Dónde está Jenna?
El hombre cierra la boca, después de un gesto de sorpresa, se sienta en la cama de Lili, posa su mano en la muñeca de la niña del medio y dice con mirada en el suelo, en medio de las dos camas:
—Ella no sobrevivió, murió por falta de agua.
Las niñas comienzan a gritar en llanto y se empiezan a mover inquietas, haciendo una pataleta. El hombre les dice:
—¡No hagan eso, por favor! ¡Se están lastimando!
El hombre sale de la habitación y llama rápido a una doctora. Llegan dos doctoras y proceden a inyectar a las niñas con tranquilizantes. El hombre se aleja con una lágrima en la mejilla izquierda. Da pasos hacia atrás, saliendo de la habitación lento y viendo la escena de las doctoras intervenir; asustado con los ojos de asombro, voltea a su derecha, se limpia la lágrima y organiza el cuello de su traje, avanza hasta la habitación del fondo a la izquierda. Hay una mesa en la mitad de la habitación y 7 hombres y una mujer que están sentados alrededor. La mujer pregunta:
—¿Qué tal están las cosas?
—Señora Adanna, Jenna Gomez se afectó mucho cuando le dije que murieron.
La señora Adanna interrumpe antes de que él diga alguna otra cosa:
—¿Pero pidió vernos?
El hombre responde:
—No, yo fui quien le preguntó si quería verlos; dijo que no, porque le da vergüenza no haberlas salvado.
Uno de los que están sentados dice:
—Es una trampa, claramente es una espía, ella miente.
Otro de ellos continúa con la opinión:
—Ella miente, vino para tener información, es obvio.
La señora Adanna pregunta:
—¿Y las niñas? ¿Cómo tomaron la noticia de su muerte?
El hombre mira levemente al suelo y luego a la izquierda, para terminar su mirada en la señora Adanna, que preguntó:
—Les tuvieron que inyectar tranquilizante, sus gritos…
La voz del hombre se ahoga un poco. La señora Adanna muestra una mirada de asombro por unos segundos, organiza su compostura y sigue preguntando:
—¿Qué sabe de la vida de la mujer y por qué se encontraba en ese bazar en el desierto de Nigeria?
El hombre comienza a hablar como si fuera Google, diciendo una bibliografía de alguien importante:
- Jenna Bedoya Gomez, 24 años, nacida en Santander, Colombia; hija menor de una familia de 4 hermanos. Fue criada por su madre Sara Bedoya Basques; tiene los dos apellidos de la madre porque ella nunca conoció a su padre. Su madre trabaja en una oficina como secretaria de una microempresa de «caña panelera»; jefe directo, Gustavo Hernández Correa.
La señora Adanna interrumpe un poco irritada:
—Entiendo, ¿y qué hacía aquí en Nigeria?
Jenna había viajado a aprender inglés en Canadá hace 3 años. Luego de su viaje, trabajó para una agencia de viajes, los cuales la recomendaron para venir a Nigeria por un proyecto de turismo que desean en medio del desierto.
Nuevamente la mujer interrumpe como si ya no quisiera escuchar más:
—Ya veo.
La señora Adanna deja un momento de silencio en la habitación, semiagacha la mirada de un lado a otro, analizando, mira al hombre semicerrando los ojos y dice:
—¿Usted qué cree?
El hombre responde:
—Señora Adanna, Jenna llegó después de 3 días de ocurrir la explosión por el misil en el desierto de Nigeria; por sus pies y los de Lili se entiende que llegaron caminando, y que Jenna cargó a Lia (la bebé) en sus manos, mientras Tamara (la niña de la cama de la mitad) colgaba en su espalda; Jenna estaba completamente sin alimento y deshidratada, mientras las niñas aún tenían sustento en su sistema. Las noticias las dieron por muertas, a ella y a las niñas, junto con las demás personas que estaban en el bazar. Lili, antes de desmayarse en la entrada, nos dijo con las voces que tenía: «Yo le dije el camino». Y todos sabemos que Lili no lo habría hecho de no haber confiado en ella.
Uno de los que estaba sentado en el cuarto de vigilancia entra y lo interrumpe:
—Señor, Jenna está tirando todo en la habitación.
El hombre, sin pensarlo, corre en dirección a las escaleras, las sube y va directo a la habitación de Jenna. Al entrar, ve que Jenna había acabado de atravesar la ventana que estaba al frente de su cama con la mano derecha; esto abrió una herida entre los nudillos, y algunas gotas empiezan a caer en el suelo.
—¿Qué está haciendo?
Le pregunta el hombre: Ella le dice:
—Siempre he sido decente, siempre me controlo cuando cosas serias pasan y busco la solución más razonable y estratégica que hay; mantengo el control emocional en balance para cuidarme. Ella semigira la cabeza a la derecha, cierra los ojos y empuña las dos manos. Sale más sangre de la mano derecha. Continúa diciendo:
—Pero no puedo con esto.
Jenna respira fuertemente y ve al hombre comenzando a girar la cabeza de izquierda a derecha:
—Es que no lo entiendo.
Jenna alza el tono de su voz:
—Hice todo lo que se debería de haber hecho, ¿o no?
La señora Adanna pone su mano izquierda antes del borde de la puerta en la parte de afuera de la habitación, se queda concentrada y en silencio para escuchar.
—Les canté, les conté historias, les expliqué por qué debíamos seguir caminando… Distribuí la comida y el agua en intervalos que creí razonables y no fue suficiente.
Con impotencia en las manos, voz desgarradora, Jenna continúa:
—No tenía control de lo que sucedió; pensé en tener el control de lo que pasaría, de qué vivirían; lo veía en mi mente mientras les cantaba, que abrazaban con lágrimas a sus padres por ese enorme susto. Y ya no están…
La mujer afuera no lo soporta más; está:
—Están bien.
El hombre da un paso a un lado para que ella vea a la señora Adanna. La señora Adanna continúa:
—Ellas están bien.
-Que?
—Usted no tiene la menor idea de en medio de lo que se metió.
La señora Adanna se va acercando a ella.
—Ellas son mis hijas; mis enemigos sabían que estarían ahí, ellas eran su objetivo.
La señora Adanna estaría ahí, toma una manta y le empieza a vendar la muñeca que sangra.
—Lamento muchísimo haberle mentido, pero era por seguridad, de pensar que usted era un espía.
Jenna solloza y dice:
—¿Puedo verlas?
El hombre contesta:
—Están sedadas, es que no tomaron bien cuando les dije que usted había muerto. La mujer lo interrumpe:
—Pero apenas despierten, serás la primera en estar ahí.
Termina de fajar la mano y sostiene su mano vendada por un momento mientras dice:
—Muchas gracias por salvarlas.
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