Cuando el sol, cansado de iluminarte, descubra en tu mirada solo sombras, te quemará los ojos.
Cuando tus pies, exhaustos, se doblen por tanto perseguir estrellas fugaces.
cuando, en la noche, tus recuerdos se extravíen, desorientados, caminando sin rumbo por la vía láctea;
entonces la luna llena —esa que siempre estuvo allí para ti— por fin menguará.

Hoy es el primer día de Navidad, y el placer de mandarte al carajo todavía brilla en mis pupilas.
Dicen que la venganza se sirve fría; pero ay… yo celebro el fuego indómito de esta libertad recién nacida.

Lo admito, a veces, casi esquizofrénico, te miro pasar por la ventana, entre muecas de repudio.
Y recuerdo —con culpa— cuando, navegando en licor, confundí el odio con el amor.
Me persigno. Qué lento es el olvido.

Ellos lo lamentaron. Es duro ver a un avaro padecer por la carne.

Compartieron lágrimas entre maldiciones y embrujos que, al final, sí funcionaron.
Todo por un centímetro de paz.

Y al final se perdieron todos; ni él volvió a ser el mismo frente al espejo, confundido;
ni ellos, despojados de propósito y sentido.

Y yo, que también llegué a eclipsarme, camino ligero, sin gravedad y agobiarme.

Ahora la luz es mía, mientras el silencio —por fin amigo— me recuerda,

no hay destino más digno, que el de quien recoge sus propios pedazos y los acomoda hasta que parecen alas.

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