Siempre he querido entenderle, pero solo ahora empiezo a encajarlo. La primera vez que vi a Sastre solo teníamos tres o cuatro años. Bueno, en realidad se llamaba Gaspar, pero todos le decíamos Sastre. Fue en nuestro primer día de colegio y lo sentaron a mi lado por orden de apellido junto a otros cuatro niños en una mesa redonda. Creo que ese día tuvo más fama que el resto de su vida porque nunca fue de los que llamara la atención. Resulta que los uniformes que llevábamos en todos los cursos de infantil, primaria y secundaria los hacía la empresa de su padre. Así que Mercedes, la maestra, se encargó de hacernos saber que habían sido un regalo del empresario para celebrar que su hijo comenzaba su escolarización en el centro. Ya se sabe, ese tipo de favores que son tan comunes en el ecosistema endogámico de los colegios católicos.
Sea como sea, aquellos seis niños que nos sentamos en la misma mesa hicimos pronto una amistad que ha resistido los años hasta día de hoy. Ya en los primeros momentos, Sastre desentonaba. Su cabeza sobresalía en altura sobre el resto, pero su presencia era del todo menos destacable. Aunque era un gigantón rubio con gafas de montura dorada muy poco acorde con su edad, tenía la capacidad de pasar completamente desapercibido. Sastre era un niño callado e inexpresivo, pero de los que siempre estaba ahí. Sonreía muy tímidamente y nunca tomaba la iniciativa para jugar. Indiscutiblemente era uno más del grupo, aunque más por la inercia de la costumbre.
Recuerdo cuándo empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba bien. Era la época en la que quedábamos fuera del colegio y nos invitábamos unos a otros a nuestras respectivas casas. El primer día que pisé la de Sastre, me sorprendió la poca luz que alumbraba las estancias. En otras casas, las madres venían siempre a ofrecernos merienda e intentaban hacerse las enrolladas, pero en aquella, la mujer solo miraba el televisor y apenas atinaba a decirnos que cogiéramos lo que quisiéramos de la cocina.
Mi amigo no era muy distinto dentro de su hogar. Se limitó a enseñarnos su cuarto y nosotros ya nos encargamos de explorar sus armarios, sacar sus juguetes de las cajas y encender el televisor para jugar a su consola. Lo tenía todo, lo último y lo más caro, pero no parecía saber disfrutarlo. Aunque no puedo decir que me sorprendiera, mis amigos pronto entendieron que podían tomarse “licencias”. Tristán afanó unos cuantos cromos de la liga sin miramientos, Roberto y Furió rompieron dos de sus muñecos en una pelea y yo jugaba a la consola mientras él me miraba sin más. Por lo menos creo que se sentía útil enseñándome a jugar a sus videojuegos.
Pero cuando realmente parecía estar sintiéndose útil era cuando tomaba medidas. Lo llamaban en los recreos con apenas diez años y lo dejaban solo para anotar las distintas dimensiones de los trajes que todos pedían a su padre. Desde los trajes de comunión para los hijos de los profesores, hasta las americanas que los chavales querían cuando se graduaban, pasando por todo tipo de encargos como uniformes para alumnos que no tenían una talla “normal”. Todo pasaba por sus manos. Una vez lo acompañé con doce años, cuando tenían que hacer el traje de marinero para el hijo de nuestra vieja maestra Mercedes. Causaba verdadera admiración verle midiendo el contorno de los muslos al niño, el tiro del pantalón, caída de hombros, el gavilán, etc. Todo lo anotaba meticulosamente en su libreta. Actuaba con una diligencia que distaba mucho de parecerse al enlentecido ritmo que llevaba habitualmente. Desde entonces pasé a llamarle “Sastre” y eso pareció agradar al propio Gaspar y a toda la clase.
Supongo que cuando llegó la adolescencia, empezó a ser más evidente que mi amigo se quedaba atrás. Si vas a un colegio católico privado de hombres, tenías dos maneras de entender a las chicas: primero estábamos los salidos, ésos a los que se nos iba la vista por la ventana en busca de cualquier contorno femenino sin importar edad, raza o religión. Y luego estaban aquellos que tenían miedo a las mujeres. No es difícil adivinar a qué colectivo pertenecía Sastre.
Recuerdo indignarme cada vez que comprobaba lo infantil que me parecía. En algunos momentos llegamos a llamarle “De-Sastre”. Hubiera querido que espabilara, pero no había manera de que se diera cuenta de que ya no podíamos escribir la letra enlazada como en Primaria, no debía llevar un chándal gastado si salíamos los viernes por la tarde y no podía ir por la vida sin usar desodorante. Hasta parecía llevarse mejor con el hermano pequeño de Roberto que con nosotros. A veces, le regalaba juegos de consola que ya no quería. Preferí imaginar que era su única manera de recordar tiempos mejores, ésos en los que podía ganarse el favor de otros regalando lo que tenía.
No tardó mucho en cuestionarse su permanencia en el grupo, algunos ya no querían llamarlo cuando íbamos a salir por la noche. Su presencia se volvió difícil de explicar a las chicas que se acercaban en la discoteca. Por aquel entonces, todos empezamos con los ligues, menos él claro. Una vez, movidos por una curiosidad cruel, nos inventamos el perfil de una chica que buscaba a Sastre en los chats de internet fingiendo ser una admiradora secreta. Tratamos de tentarlo, pero nada, él seguía teniendo la misma conversación de bobo que en la vida real. Ni en internet podía fingir ser alguien más interesante. Él prefería chatear en los mismos foros de videojuegos infantiles desde hacía ya años.
Si hay que ser más precisos con Sastre, cabe decir que conforme nos acercábamos a la etapa universitaria parecía estar cambiando, aunque a destiempo. El futuro de la empresa de su padre estaba en entredicho y él era el único heredero. Como había pasado siempre los cursos justito con cuatros, cincos y seises, todos dimos por hecho que se haría cargo del negocio familiar. Mientras los demás tratábamos de preparar el Selectivo, él ya empezó a tomar las riendas de algunas cuestiones. Mejoró en su forma de vestir, parecía más centrado e incluso más sabio hablando de proveedores, patronaje y gestión del personal.
Aquello contribuyó a mejorar su estatus en el grupo pese a que, básicamente, lo que hizo fue actualizar su generosidad. Él nos llevaba en su coche a todas partes, nos pagaba entradas a discotecas caras y a veces hasta los vicios. Se convirtió en un benefactor y en un confidente para mí. Le contaba todo y él respondía siempre con un silencio libre de juicios. En algunos momentos hubiera deseado indagar sobre él, pero su rostro impasible actuaba de parapeto ante mis preguntas incómodas. Incluso la noche de la graduación en la que dijo preferir quedarse un rato más jugando con el hermano de Roberto, no se me ocurrió hacerme preguntas. Lo juro, todo parecía propio y normal en él para mí.
Lo que vino después fue una etapa de latencia en la que nuestra amistad en el grupo perduraba, pero a base de encuentros cada vez más espaciados. Bodas, bautizos y todo ese tipo de cosas mientras cada uno iba medrando a su manera. La mosquita muerta pasó a mostrar cierto desinterés por nosotros y a hacer viajes exóticos que hasta día de hoy no podía encajar en el rompecabezas de una mente que nunca parecía desear nada relevante.
Fue ayer, cuando se atrevió a pedirme algo por primera vez en la vida, él, que siempre nos acompañó como una sombra. Nunca, jamás, me pidió ni un lápiz, ni una goma, ni siquiera un favor. Pero ayer, pese a que yo no se lo pedí, me dijo que sería un honor hacerle un traje a medida a mi hijo para la comunión. Han hecho falta casi treinta y cinco años para entenderle, un solo segundo para atreverme, por fin, a hacerme las preguntas adecuadas, un escalofrío y un tiempo indescifrable hasta que me di cuenta de que debía declinar su oferta.
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