Entrada 1


La escena punk de Tenerife…

Detrás de los pitillos ajustados y los cargos oversize, de los piercings en la ceja y los septums de cuestionable legalidad, de las botas de combate y las Converse rotas. Detrás de la cerveza barata, del ron Arehucas servido en vasos de plástico, del delineador corrido y de los tintes de pelo mal hechos —rosas, verdes, azules, naranjas—. Detrás de las crestas engominadas y los rapados atroces…

Detrás de todo eso, solo éramos eso:

Un grupo de chiquillos inseguros, con los corazones en carne viva, con demasiados sentimientos en un mundo donde ya no quedaba espacio para ponerlos. Intentando encontrar un lugar donde encajar, un rincón donde poder ser uno mismo.

La mala vida y el suicidio social. Aniquilación de tu ser mundano, sumiso ante una sociedad meritocrática e individualista. Cinco minutos, de no “‘aspirar a’”, si no ser y ya. Respiro y eso es suficiente. Soy yo y es suficiente.

Verano. El calor isleño que nubla las ideas y calienta la sangre.

Miro a mi derecha.

Un porro, un corte, un trago. Estos chicos todos tienen sus mierdas. No juzgo. No miro. No dejo de ser una niña pija intentando jugar a ser rebelde. No pertenezco del todo, pero ninguno realmente lo hacemos.

Le miro, me mira y sonrio. Me sonríe de vuelta con esa dulzura de niño bueno que no se le va ni con toda la sombra de ojos negra del mundo. Aún así su distancia es clara y le echo de menos a mi lado. Le quiero pedir perdón por todo pero las palabras se me agarran a la garganta y vuelven las náuseas. Me alegro de verlo bien. Realmente se le ve feliz y eso es más de lo que yo soy.

–Nerea, ¿tú qué piensas?

–Que eres una estúpida y él no es ningún santo.

Razón no le falta.

Yo añadiría hipócrita y mala persona a mi lista, pero bueno, siempre me ha gustado auto-compadecerme.

A su flanco izquierdo, como siempre, está el otro fulano. El chaval se pasea como si fuese dueño del lugar. Y lo es. Ese cabrón lleva demasiado tiempo dando vueltas por mi cabeza. Hacemos contacto visual. Le apuntó con la barbilla en forma de saludo. Pasa de mí. Me derrito por dentro. Soy gilipollas.

Es hora de otra cerveza. Asquerosa, pero está fresca así que entra bien.

Me hago la chula, voy donde sé que me ve. Pido una calada a un cigarro, me arde por dentro y me repugna el sabor. Miro a ver si me ha visto. Pasa de mí. Me derrito otro poco.

El sudor no es de nadie en un pogo en su máxima violencia. Me encanta. No ser hombre, ni mujer ni nada. Ser tú y ser suficiente. Y soltar esa violencia. Y acabar destrozado, y querer ser destrozado. Que te rompan. Que te rompan y escapar por fin. De repente pega una catarsis casi bíblica. No quedan fuerzas para seguir empujando a la multitud. Respiro y eso es suficiente. No hay más que pensar, no hay más que ser. Mañana volveremos al yo habitual. Sumisa y complaciente. A ser lo que debo y no quiero.

Esta noche soy yo. Esta noche ahogamos el dolor y perdemos los modales.

La adrenalina prende como la pinocha de la Caldera en verano; mirando al cielo, hasta las cejas de sudor ajeno y con el sabor de tierra en la boca, de nuevo ese pensamiento se me atraviesa entre la niebla:

joder, estoy viva.

Y necesito que duela más y más y más.

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