En las calles de . . .

En las calles de . . .

Carlos SAURO

24/11/2025

Era una tarde gris, el cielo parecía arrastrar las nubes como si fueran cortinas sucias, arrugadas por la lluvia, pero la lluvia aún no caía. La Haya, tan imperturbable y ajena, respiraba un aire húmedo, cargado de historia y olvido. Los canales reflejaban las fachadas empotradas de casas viejas, como si las paredes intentaran mirarse entre sí, recordando secretos y olvidos.

Amelia caminaba despacio, sus botas resonando en el pavimento empapado. A su lado, Vincent, con su abrigo largo y su mirada fija en el horizonte, la seguía sin decir palabra. La ciudad tenía la capacidad de engullir el tiempo. Cada rincón parecía una pintura que aún no había sido terminada. La escultura de la paz frente al Binnenhof, el bullicio lejano del mercado de los lunes, todo parecía de alguna manera detenido, aguardando.

«¿Alguna vez te has preguntado cómo es que la ciudad nunca cambia?», dijo Amelia sin apartar la vista de la acera. «Parece como si estuviéramos atrapados en una pintura, Vincent.»

Él se detuvo un momento, con el cuello de su abrigo elevado contra el viento frío, y miró hacia el canal, como si buscara la respuesta en el agua que apenas se movía.

«No sé si cambia», respondió, «pero todo lo que vivimos aquí está marcado, atrapado en algún sitio del aire, en cada grieta de estos edificios, en cada piedra que pisamos. Es… como si los recuerdos se quedaran anclados, pegados a las superficies.»

Amelia hizo una pausa. Observó los reflejos del agua y se acercó un poco más al canal, donde un par de patos nadaban, ajenos al silencio que la rodeaba.

«¿Y eso no te da miedo?», preguntó. «Vivir entre los recuerdos. Entre las cosas que nunca se mueven.»

Vincent la observó como si nunca hubiera considerado esa pregunta. Había algo en él, una calma que desbordaba las palabras, pero la inquietud en su voz emergió cuando habló.

«A veces,» dijo, «pero creo que es más… como estar en una pausa. Todo aquí tiene algo que lo retiene, pero eso también te permite ver las cosas sin prisa, sin que el tiempo te arrastre. Es como si pudiéramos quedarnos mirando sin que nada se nos escape.»

Amelia frunció el ceño. «¿Te refieres a eso, a quedarnos aquí? ¿Mirando sin que nada pase?»

Vincent dio un paso más cerca del agua, y observó cómo un tren pasaba en la distancia, un murmullo lejano, casi un susurro.

«Sí», dijo al fin, «creo que eso es lo que está bien aquí. No el movimiento, sino la quietud que nos permite ver. Hay más… más en el silencio.»

Amelia lo miró, sintiendo cómo la ciudad, a pesar de su calma, la abrazaba con una extraña sensación de nostalgia. «¿Y por qué estamos aquí entonces, si todo está tan quieto?»

«Porque, Amelia», respondió él, con una sonrisa que solo llegó a sus ojos, «en la quietud también hay respuestas. Solo hay que dejar que nos encuentren.»

La tarde pasó, el viento acariciaba las hojas de los árboles, y los canales seguían reflejando el mismo cielo gris. Nadie parecía esperar que la lluvia llegara, ni que el mundo volviera a moverse.

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