EL CABALLERO DE LA LUNA DE SANGRE — Gardenia Verhchiel ©

EL CABALLERO DE LA LUNA DE SANGRE — Gardenia Verhchiel ©

Gardenia Verchiel

22/11/2025

Prólogo

Bajo una luna sangrienta que vigila como un ojo maldito, Alden, un herrero acusado del asesinato de su hermano Finn, huye hacia un bosque ancestral donde las leyendas cobran vida. Entre árboles retorcidos y sombras que susurran nombres, se encuentra con el Caballero de la Muerte, Sir Garrick, un guerrero condenado a vagar eternamente por un pacto fallido. Su armadura negra, alimentada por almas, es tanto una prisión como un símbolo de su culpa: Garrick se sacrificó para salvar a su pueblo — pero fue traicionado por su propio hermano, el brujo Eadric— para salvar a los suyos, solo para convertirse en un instrumento de la Dama de la Luna, entidad ancestral que cosecha sufrimiento.

Atrapado en un juego de verdades retorcidas, Alden descubre que su culpa no es por asesinar a Finn, sino por haberlo abandonado a su suerte. El bosque, vivo y hambriento, le muestra visiones atroces: Finn, convertido en un espectro corrupto, y Eadric, ahora una criatura de pesadilla que manipula almas desde las sombras. El brujo ofrece a Alden un trato diabólico: matar a Garrick a cambio de la verdad sobre la muerte de su hermano. Pero la verdad es aún más cruel: el juez del pueblo, quien lo acusó, orquestó el crimen como venganza porque Alden rechazó sus avances siniestros.

En un clímax de horror visceral, Alden destruye el talismán que sostiene la maldición, liberando a Garrick de su tortura, pero desata la ira de la Dama de la Luna. Esta revela que el verdadero pacto no era con Eadric, sino con el amor fraternal: Finn eligió quedar atrapado en el bosque para proteger a Alden, convirtiéndose en un peón más del ciclo de sufrimiento.

Alden enfrenta una elección imposible: tomar el yelmo del Caballero y salvar el alma de Finn, perpetuando la maldición, o liberarlo aceptando que su hermano merece paz, incluso si eso lo condena a vagar como un espectro redentor. Con un acto de sacrificio puro, Alden quema el osito de peluche de Finn —símbolo de su culpa y amor—, rompiendo el ciclo.

Pero en el mundo de la Dama, nada muere del todo. Alden se convierte en un guardián sin nombre, caminando entre los árboles con el osito chamuscado, liberando almas mientras su propia existencia se desvanece. A su espalda, un caballo esquelético sin jinete lo sigue, y en el pueblo, un niño con ojos de brasa juega, recordándole que las sombras siempre susurran…

El Caballero de la Luna de Sangre

El amor, es el mejor cebo para el sacrificio.

— 1 —

El bosque respiraba malicia. Árboles retorcidos como espectros ahogaban la luz con sus ramas. Alden avanzaba entre el fango que le succionaba las botas, el aire espeso de podredumbre quemándole los pulmones. Huía de una acusación falsa; la muerte de su hermano Finn, cuyo cuerpo hallaron en el establo, con heridas profundas en su cuello. El Juez del pueblo lo había acusado directamente a el.

Bajo una luna roja como herida abierta, un sonido metálico le heló la sangre: una espada arrastrándose.

—¿Quién está ahí? —su voz tembló en la oscuridad carmesí.

La niebla se abrió. Surgió el Caballero, armadura negra cubierta de líquenes fosforescentes, montando un corcel cuyos ojos vacíos ardían en azul frío. Su espada oxidada trazaba un surco en la tierra, dejando un rastro de gusanos retorciéndose.

—No temas —resonó su voz metálica—. Estás marcado, Alden.

—¿Marcado? ¡No maté a Finn!

El yelmo se inclinó, brasas oculares estudiándolo.

—No dije «asesino». Dije culpable.

Alden retrocedió. El caballo esquelético relinchó, expulsando vapor de hielo por las fosas nasales.

—En el corazón del bosque hallarás respuestas —señaló el Caballero hacia las sombras—. Pero cuidado, aquí hasta las piedras mienten.

Antes de replicar, caballo y jinete se desvanecieron. Solo quedó el eco de la espada rasgando tierra. Alden miró la luna maldita.

—No hay vuelta atrás —susurró, adentrándose en la espesura.

— 2 —

Las raíces se retorcían bajo sus pies como venas subterráneas, los árboles susurraban en un idioma olvidado, y el aire, espeso como melaza, arrastraba gemidos que no eran del viento. El Caballero de la Muerte cabalgaba delante de él, su silueta desdibujándose en la niebla rojiza. El caballo esquelético no dejaba huellas, pero Alden notaba que el fango donde pisaba bullía con gusanos blancos y gruesos, como dedos escapando de una tumba.

—¿Adónde me llevas? —preguntó Alden, rompiendo el silencio que pesaba más que la armadura del caballero.

—A donde comenzó todo. A donde tú debes elegir si termina.

Antes de que Alden pudiera responder, el bosque se abrió ante ellos.

Era un claro, pero no uno natural. Los árboles formaban un círculo perfecto, sus troncos retorcidos como brazos entrelazados en oración. En el centro, sobre un pedestal de huesos humanos entrelazados, había un altar de obsidiana. La luna sangrienta se reflejaba en su superficie, creando la ilusión de que el altar sangraba.

Alden se detuvo, el estómago encogido.

—¿Qué es esto? —susurró.

—El lugar donde firmé mi pacto —respondió El Caballero, desmontando. Su armadura crujió como huesos rotos al moverse—. Y donde tú descubrirás si tu culpa es más fuerte que tu miedo.

Extendió una mano enguantada hacia el altar. La obsidiana vibró, y de su superficie emergió una visión:

***

Sir Garrick, fue su nombre. Un noble joven apuesto, con el rostro lleno de vida, arrodillado ante una figura envuelta en sombras. La entidad sostenía un pergamino escrito con sangre. «Salvarás a tu pueblo», decía la sombra, «pero cada alma que rescates del hambre, otra deberá alimentar a la luna». Garrick firmó. Y luego, el grito: cientos de aldeanos, incluida su esposa e hijo, se desvanecieron en polvo negro, absorbidos por la luna roja.

***

La visión se desvaneció. Alden jadeó, sudor frío recorriéndole la espalda.

—¿Por qué me muestras esto? —preguntó, voz quebrada.

—Porque tú y yo no somos tan diferentes —rugió Garrick, acercándose. Sus ojos de brasa ardían con intensidad—. Tú también dejaste morir a alguien.

Alden retrocedió, pero tropezó con una raíz que se enroscó alrededor de su tobillo como una serpiente.

—¡No maté a Finn! —gritó, pero su voz sonó hueca, incluso para sí mismo.

El caballero se inclinó hasta quedar cara a cara con él. El hedor a metal oxidado y carne podrida llenó las fosas nasales de Alden.

—No dije que lo hayas matado —susurró Garrick—. Dije que lo dejaste morir.

Un gemido agudo cortó el aire. Alden se volvió.

Entre los árboles, Finn estaba de pie.

O al menos, algo que llevaba su rostro. La criatura tenía la piel gris y resquebrajada, los ojos vacíos excepto por gusanos que se retorcían en las cuencas. Su boca se abrió en un grito silencioso, y Alden vio que su lengua estaba cortada.

—No es real —murmuró Alden, temblando—. Eres una ilusión.

La criatura avanzó, arrastrando los pies. Cada paso dejaba una mancha negra en el suelo, como si la tierra se pudriera al contacto.

—¿Crees que el bosque necesita crear ilusiones? —rio Garrick, un sonido seco como hojas trituradas—. Las almas atrapadas aquí recuerdan. Y tu hermano… oh, Alden, tu hermano recuerda cómo lo abandonaste en el establo mientras los verdaderos asesinos huían.

Alden se llevó las manos a la cabeza, intentando bloquear la voz del caballero. Pero el daño estaba hecho.

La memoria lo golpeó: Finn, de doce años, sangrando en el heno. Alden corriendo, no hacia él, sino hacia la puerta. El grito ahogado en sangre de su hermano: «¡No me dejes!». Y él, huyendo, porque el miedo le había robado el valor.

—¡Basta! —rugió Alden, lágrimas cortándole las mejillas.

La criatura extendió una mano descarnada. Alden quiso retroceder, pero las raíces lo inmovilizaban.

—¿Por qué me abandonaste, hermano? —la criatura habló con la voz de Finn, pero mezclada con el crujir de insectos bajo tierra.

Fue entonces cuando Garrick intervino. Con un movimiento fluido, clavó su espada oxidada en el pecho de la criatura. Esta se desintegró en un remolino de ceniza y susurros.

—El bosque jugará con tus culpas —advirtió el caballero—. Pero si caes, serás de él… y de ella.

Alden lo miró, confundido.

—¿Ella?

Garrick señaló al altar. La luna sangrienta ahora brillaba con una intensidad insoportable, y en su centro, como una pupila en un ojo gigante, se vislumbraba una silueta femenina con un vestido hecho de noche.

—La Dama de la Luna —murmuró Garrick—. La que acepta los pactos. Y la que siempre cobra su precio.

Alden se levantó, las piernas aún temblorosas.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó, desafiante—. Si quieres que tome tu lugar, ¿no sería mejor dejarme caer?

Los ojos del caballero parpadearon, como si por un momento, el hombre bajo la armadura resurgiera.

—Porque yo también tuve un hermano —susurró—. Y lo perdí mucho antes de que la luna me condenara.

Un estruendo sacudió el claro. El altar de obsidiana comenzó a sangrar de verdad, un líquido espeso y negro que olía a muerte.

—Es hora de irnos —dijo Garrick, montando su corcel—. Ella sabe que estás aquí.

Mientras huían, Alden miró atrás. La silueta de la Dama de la Luna ahora estaba de pie sobre el altar, sosteniendo un collar de huesos pequeños… huesos de niño.

— 3 —

El pueblo no estaba abandonado, estaba muerto, pero no dormido.

Las casas, inclinadas como dientes podridos, tenían ventanas que sangraban resina negra. Las puertas, medio desprendidas de sus goznes, se balanceaban al compás de un viento que no soplaba. En el centro de la plaza, una fuente seca exhibía una estatua de piedra descascarada, un hombre con rasgos nobles, sus manos extendidas en un gesto de bendición. Pero alguien le había arrancado los ojos, dejando cráteres que goteaban algo viscoso y brillante.

—Este lugar… —murmuró Alden, sintiendo que el aire le arañaba la garganta—. Huele a carne quemada.

—No es carne —respondió Garrick—. Son almas. Las que Eadric no pudo digerir.

El caballero avanzó hacia la estatua, su espada arrastrándose como un miembro enfermo. Alden lo siguió, cada paso resonando en el silencio antinatural. De repente, una risa aguda, como de cristales rompiéndose, brotó de las paredes.

—¿Escuchas eso? —preguntó Alden, los músculos tensos.

—No le des atención —gruñó Garrick—. El pueblo habla con la voz de los que sufrieron aquí.

Pero Alden veía cosas. Sombras que se deslizaban por los callejones, demasiado veloces para ser humanas. Manos esqueléticas asomándose desde los pozos. Y voces, docenas de ellas, susurrando su nombre en un coro de agonía:

«Garrick… tú nos condenaste…»

—¡No les escuches! —rugió Garrick, golpeando el suelo con la espada. Las losas de la plaza se quebraron, revelando huesos entrelazados bajo tierra—. Eadric los envenenó a todos. Hombres, mujeres, niños… los convirtió en esto.

Señaló hacia la estatua. Alden se acercó y vio que la piedra no era piedra; era carne petrificada, mezclada con raíces y cabello humano. Los «dedos» de la estatua eran reales, fusionados en un espasmo eterno.

—¿Por qué hiciste un pacto con él? —preguntó Alden, sin apartar la vista del horror.

Garrick emitió un sonido que podría haber sido una risa o un quejido.

—Eadric no era un brujo cuando lo conocí. Era mi hermano.

La revelación cayó como una losa. Alden se volvió, los ojos dilatados.

—¿Tu… hermano?

—De sangre, no de espíritu —aclaró Garrick, sus ojos de brasa parpadeando—. Quería el poder de la luna, para salvar a nuestro pueblo moribundo. Yo accedí a ayudarlo… pero él me traicionó. El pacto no era para sanar, sino para robar.

Una ráfaga de viento helado levantó capas de polvo negro, revelando símbolos grabados en el suelo, un ojo dentro de un círculo, idéntico al que Alden había visto en el cráneo de caballo.

—Él te engañó —concluyó Alden—. Y ahora está aquí.

—No aquí —corrigió una voz meliflua, surgiendo de todas direcciones a la vez—. Soy aquí.

Eadric emergió de la estatua como una araña saliendo de su presa. Su cuerpo era una amalgama de partes; piernas humanas, brazos terminados en garras de lobo, y un rostro que cambiaba constantemente, mostrando rasgos de todos los que había traicionado. Llevaba una túnica hecha de pieles tatuadas con runas, y en su mano derecha sostenía un cuenco tallado en un cráneo infantil.

—Hermano —saludó Eadric, inclinándose teatralmente—. Has traído un regalo.

Sus ojos, dos pozos negros sin fondo, se clavaron en Alden.

—No lo tocarás —advirtió Garrick, colocándose entre ellos.

Eadric rio, un sonido que hizo que los vidrios rotos de las ventanas vibraran.

—¿Crees que puedes protegerlo? —preguntó, señalando el cuenco—. Cada alma que recoges para la luna… yo me nutro de ellas. Eres mi siervo, Garrick. Siempre lo has sido.

Alden sintió un frío en el pecho. Las sombras alrededor del pueblo se espesaron, tomando formas reconocibles; una mujer con el vientre abierto, un niño con la boca cosida, un anciano con los huesos retorcidos.

—¿Por qué? —gritó Alden, desafiando al brujo—. ¿Por qué hacer esto?

Eadric se acercó, flotando sobre el suelo. Su aliento olía a sangre y muerte.

—Porque el poder no se pide, se toma —susurró—. Y tú, pequeño herrero, tienes algo que quiero.

Antes de que Alden pudiera reaccionar, Eadric le colocó una garra en el pecho. Un dolor insoportable lo atravesó, como si le arrancaran las costillas una a una.

—¡Basta! —rugió Garrick, lanzándose hacia Eadric con la espada en alto.

El brujo lo detuvo con un gesto. La espada de Garrick se desintegró en polvo de hierro.

—Patético —escupió Eadric—. Sigues siendo el mismo niño asustadizo que me rogaba que no le contara a papá sobre su osito perdido.

Garrick se inmovilizó, no por magia, sino por el peso de la memoria.

—Fui un necio al confiar en ti —murmuró el caballero.

—Y yo fui un genio al manipularte —replicó Eadric, acariciando el cuenco de cráneo—. Pero hoy termina esto.

El brujo se volvió hacia Alden, su voz un canto hipnótico:

—Mátalo. Clava tu cuchillo en ese yelmo y libera su alma… y yo te diré quién asesino a tu hermano y como obtener ganancia de ello.

Alden sintió el peso de un puñal en su mano. No recordaba como había llegado ahí.

—No… —tartamudeó, pero Eadric ya estaba dentro de su mente, mostrándole imágenes:

Dos sombras encapuchadas arrastraron a Finn al establo. Alden, oculto entre el heno, contuvo el aliento: manos callosas estrangularon el cuello de su hermano antes de que una hoz lo silenciara. Entre los asesinos, el juez del pueblo susurró: «Negarse a «tocar» mi espada tiene consecuencias».

—¿Ves? —susurró Eadric, mientras las lágrimas caían por el rostro de Alden—. Tú podrías haberlo salvado. Pero ahora… solo puedes vengarlo.

Garrick yacía de rodillas, vulnerable sin su espada. Sus ojos de brasa se habían apagado, dejando solo vacío.

—Hazlo —murmuró el caballero, con voz de hombre, no de monstruo—. Quizás así ambos encontremos paz.

El puñal en la mano de Alden brilló con un fulgor sobrenatural. Las paredes del pueblo comenzaron a derrumbarse, y la luna sangrienta se partió en dos, como un ojo abriéndose.

— 4 —

El mundo se desgarraba. La luna sangrienta latía como un corazón monstruoso, arrojando pulsos de luz carmesí que hacían hervir la tierra. Los árboles se retorcían, sus ramas convertidas en tentáculos con espinas que arañaban el cielo. Las sombras no eran ausencias de luz, sino entidades; criaturas con dientes de cristal y ojos de agujeros que se arrastraban hacia Alden, susurrando promesas en lenguas muertas.

Eadric flotaba en el centro del caos, su cuerpo ahora una masa de extremidades y bocas retorcidas. De su cuenco de cráneo brotaban raíces negras que se clavaban en el suelo, absorbiendo la esencia del bosque.

—¡El talismán! —rugió Garrick, señalando hacia el cuenco—. ¡Debes destruirlo!

Alden esquivó una sombra que intentó morderle el tobillo. El puñal en su mano brillaba con un fulgor enfermizo, alimentado por la maldición de Eadric.

—¿Y si miento, herrero? —Eadric rio, sus múltiples bocas escupiendo gusanos vivos—. ¿Qué harás si destruyes el talismán y tu hermano sigue culpándote desde el vacío?

Una figura emergió de entre las sombras, Finn, pero ya no era la criatura de antes. Ahora era un espectro translúcido, con el cuello marcado por moretones violáceos y los ojos llenos de lágrimas de sangre.

—Hermano… —la voz de Finn era un gemido de viento a través de huesos—. ¿Por qué no me salvaste?

Alden sintió que el puñal ardía en su mano, tentándolo.

—No fue mi culpa —murmuró, pero las palabras sonaron falsas incluso para él.

—¡Mátalo! —Eadric ordenó, y el bosque repitió la orden en eco—. ¡Y sabrás la verdad!

Garrick se interpuso entre Alden y el espectro de Finn. Sin su espada, parecía más humano, más frágil.

—No lo hagas —suplicó el caballero, las brasas de sus ojos titilando como estrellas agonizantes—. Si me matas, Eadric ganará. Y Finn… Finn nunca descansará.

El espectro de Finn extendió una mano. Alden vio, con horror, que su hermano sostenía el osito de trapo que él mismo le había regalado años atrás. Ahora estaba manchado de sangre seca.

—¿Ves? —susurró Eadric, deslizándose como una serpiente alrededor de ellos—. Hasta en la muerte, te reclama.

Alden gritó, un sonido crudo que se mezcló con el crujir de los árboles. Corrió hacia el talismán, esquivando tentáculos de sombra y raíces afiladas. Las manos espectrales de Finn intentaron sujetarlo, pero Alden las atravesó con el puñal. El espectro aulló, desvaneciéndose en un remolino de ceniza.

—¡No! —rugió Eadric, las raíces negras retorciéndose hacia Alden como serpientes enfurecidas—. ¡Es mío!

Garrick saltó sobre Eadric, sus manos enguantadas cerrando las gargantas del brujo.

—¡Ahora, Alden! —gritó el caballero, mientras las bocas de Eadric lo mordían, desgarrando fragmentos de su armadura—. ¡Destrúyelo!

Alden alzó el puñal sobre el cuenco de cráneo. Por un momento, vio su reflejo en la superficie brillante;no era un hombre, sino un monstruo con ojos de miedo y boca de mentiras.

—Perdóname, Finn —susurró.

El puñal cayó.

El talismán estalló en una explosión de gritos. Las raíces negras se retorcieron, pudriéndose al instante. Eadric chilló, su cuerpo desintegrándose en polvo de hueso y bilis.

—¡No… escaparás…! —el brujo logró escupir, mientras su rostro se deshacía—. ¡Llevarás… la armadura…!

Un remolino de sombras envolvió a Alden. Sintió frío, luego calor, luego un dolor insoportable en el pecho. Cuando el polvo se asentó, el bosque estaba en silencio.

Garrick yacía en el suelo, su armadura agrietada, las brasas de sus ojos casi apagadas.

—Lo lograste —murmuró el caballero, con una voz que ya no resonaba—. La maldición… se rompe.

Alden se arrodilló junto a él.

—¿Y tú? ¿Qué pasa contigo?

Garrick no respondió. Su yelmo se desprendió, revelando por primera vez su rostro, no era un cráneo, sino el de un hombre joven, marcado por cicatrices y arrepentimiento.

—Gracias —susurró, antes de desvanecerse en una ráfaga de ceniza plateada.

El bosque comenzó a sanar. Los árboles se enderezaron, las sombras huyeron, y la luna…

La luna sangrienta palideció, volviéndose blanca como un hueso lavado.

Pero entonces Alden lo sintió.

Un frío metálico le recorrió la espalda. Las cicatrices de su pecho, donde Eadric lo había tocado, brillaban con un tinte rojizo. Y en el suelo, entre las cenizas de Garrick, yacía el yelmo negro del Caballero de la Muerte.

El yelmo se movió. Giraba lentamente, como si una mano invisible lo estuviera colocando… hacia Alden.

— 5—

El yelmo negro danzaba en el suelo, como si el viento jugara con él. Pero no había viento.

Alden lo observó, las cicatrices de su pecho ardiendo con un frío que le quemaba las entrañas. Sabía lo que debía hacer. Lo que se esperaba que hiciera, alzar el yelmo, ponérselo, y convertirse en el nuevo Caballero de la Muerte.

Pero Alden no era Garrick.

—No —murmuró, pateando el yelmo. El metal resonó contra las piedras de la plaza, y por un momento, el bosque contuvo la respiración.

Entonces, la luna blanca se quebró.

De la grieta brotó la Dama de la Luna, su vestido de noche ondeando en una brisa inexistente. Sus ojos eran dos lunas sangrientas en miniatura, y en sus manos sostenía un collar de huesos de niños.

—Pobre criatura —susurró, acariciando el rostro de Alden con dedos que dejaban marcas de escarcha—. Crees que destruiste mi juego. Pero los pactos… siempre encuentran un modo de florecer.

Alden retrocedió.

—Tu brujo está muerto. Tu talismán, destruido.

La Dama sonrío, una visión que heló las lágrimas en los ojos de Alden.

—Eadric era un títere. El verdadero pacto no era con él… sino con Garrick.

El suelo se abrió. De las profundidades emergió una figura pequeña, envuelta en luz dorada, Finn, pero no el espectro corrupto ni el niño ensangrentado. Este Finn era como lo recordaba Alden; sonriente, con el osito de trapo intacto en sus brazos.

—¿Hermano? —la voz de Alden se quebró.

Finn extendió una mano.

—Me prometieron devolverme a ti —dijo, y Alden notó que el osito tenía ojos de brasa—. Pero solo si tú, tomas el yelmo.

Alden cayó de rodillas. La verdad lo golpeó como un martillo; Finn había elegido quedarse en el bosque, ofreciendo su alma a la Dama para vigilar a Alden. Por eso las visiones, los susurros, la culpa interminable.

—¿Por qué? —gritó Alden, mirando a la Dama—. ¿Qué ganas con esto?

La Dama se deslizó hasta quedar frente a él, su aliento convertido en vapor de invierno.

—El amor es el mejor cebo para el sacrificio —respondió—. Garrick pactó por su pueblo. Tú… lo harás por él.

Señaló a Finn, cuya luz comenzaba a apagarse.

—Si no tomas el yelmo, su alma se desvanecerá —murmuró la Dama—. Pero si lo haces, él vivirá… como parte de ti.

Alden miró a su hermano. Finn sonreía, inocente, como si no supiera que lo habían convertido en un peón.

—No —susurró Alden, esta vez con firmeza—. Finn merece paz. No ser un fantasma en tu juego.

La Dama frunció el ceño. Por primera vez, algo parecido a la ira cruzó su rostro.

—Entonces morirá —advirtió.

—No —repitió Alden, y tomó el osito de las manos de Finn.

Los ojos de brasa del juguete brillaron con intensidad. Alden lo apretó contra su pecho, sintiendo cómo el frío de las cicatrices se convertía en calor.

—Lo siento, Finn —susurró—. Por no estar allí. Por no ser valiente. Pero esto… dejarte aquí así, eso no es amor.

El osito estalló en llamas doradas. Finn gritó, pero no de dolor, sino de liberación. Su cuerpo se desvaneció en partículas de luz que ascendieron hacia la luna blanca.

—¡No! —rugió la Dama, pero era demasiado tarde.

El bosque se sacudió. Los árboles se deshojaron, las casas se derrumbaron, y la luna… la luna sangrienta volvió, pero esta vez, su color era diferente: un rojo oscuro, como una herida cicatrizando.

La Dama se desvaneció, pero su voz resonó en el viento:

—Esto no termina aquí, Alden. Siempre habrá almas perdidas… y siempre habrá un caballero.

Alden se quedó solo, con el yelmo negro a sus pies. Al salir del bosque, vió a un niño en el borde del pueblo, jugando con un osito de trapo. Cuando el niño se volvió, Alden contuvo un grito; tenía los ojos de Garrick, brillantes como luna llena.

Epílogo.

Un año después, los aldeanos hablaban de un nuevo espectro en el bosque, un hombre sin armadura, que vaga con un osito chamuscado en las manos. Dicen que libera a las almas perdidas, pero que cada vez que lo hace, una parte de él se desvanece. Y en las noches de luna roja, algunos juran ver a un caballo esquelético siguiéndolo… sin jinete.

GARDENIA VERCHIEL

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