
“Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño”. Zygmunt Bauman
En el gran teatro de la majadería contemporánea, donde las luces de neón del progreso iluminan un escenario atestado de autómatas sonrientes, emerge una figura tragicómica, el Hombre Borrego convencido de ser un lobo. Se yergue sobre un pedestal de supuesta autonomía, proclamando a los cuatro vientos el dogma de su propio interés, sin percatarse de que el guion que recita con tanto fervor fue escrito por los mismos ministros que lo conducen al matadero. He aquí la paradoja fundamental de nuestra era, un egoísmo rampante que no emana del ser, sino que es inyectado, un narcisismo de diseño que sirve como el más eficaz de los mecanismos de control. El Borrego, en su afán de servirse a sí mismo, se ha convertido en el siervo más devoto del sistema que lo anula. Esta persona, convencida de su autonomía, defiende con entusiasmo sus decisiones y preferencias, sin darse cuenta de que sus elecciones están condicionadas por fuerzas externas, como la publicidad, las redes sociales o las expectativas sociales. La paradoja radica en que, mientras se cree libre, sus acciones y pensamientos están moldeados por estructuras de poder que buscan mantener el statu quo. Así, lo que parece ser una expresión genuina de individualidad, en muchos casos, es solo una respuesta programada a estímulos externos.
El egoísmo que hoy se estila no es la afirmación rotunda del individuo frente al cosmos, ni la audaz declaración de una voluntad indómita; es, en cambio, un «egoísmo psicológico» de rebajas, una caricatura hedonista donde el único fin es la búsqueda de una satisfacción tan inmediata como insustancial¹. Este impulso, lejos de ser una debilidad que el poder combate, es el pilar sobre el que se erige el mercado de las almas. Se le enseña al Borrego que desear es su derecho, que satisfacerse es su meta, y se le ofrece un catálogo infinito de placebos para calmar una sed que, por diseño, jamás será saciada. Así, su «interés propio» se reduce a una coreografía de consumo, una carrera sin fin en la cinta de correr de la gratificación instantánea. Qué digo, el egoísmo que predomina hoy no es una manifestación de una personalidad fuerte o de una voluntad auténtica, sino una versión simplificada y superficial, centrada en la búsqueda constante de placeres inmediatos y efímeros. Este tipo de egoísmo no es visto como un problema por el sistema, sino como un mecanismo útil para mantener a las personas enfocadas en el consumo y la satisfacción personal. Se promueve la idea de que desear y obtener lo que se quiere es un derecho, y se ofrecen infinitas opciones para satisfacer esos deseos, aunque la mayoría sean soluciones temporales que no generan felicidad duradera. De esta manera, el interés personal se reduce a un ciclo interminable de consumo, donde la búsqueda de la gratificación instantánea se convierte en el principal objetivo de vida, sin cuestionar si realmente eso aporta bienestar o sentido.
Esta propuesta no busca descalificar a las personas de manera individual, sino analizar críticamente los patrones sociales y culturales que influyen en el comportamiento colectivo. La intención no es señalar a nadie como responsable directo de su propia alienación, sino cuestionar las estructuras y discursos que, de forma sistemática, promueven una falsa sensación de autonomía y libertad. Al hablar del «Hombre Borrego» o del egoísmo superficial, se hace referencia a dinámicas sociales amplia. El objetivo es invitar a la reflexión sobre cómo ciertos mecanismos —como el consumo masivo, la publicidad o las redes sociales— moldean nuestras decisiones, a menudo sin que seamos plenamente conscientes, y no juzgar la voluntad o inteligencia de quienes participan en ellos.
El andamiaje sistémico, en su infinita y perversa astucia, no se molesta en confrontar el ego del individuo; por el contrario, lo ha convertido en su más preciado instrumento, un lazarillo dócil al que se le susurran destinos prefabricados al oído. Las técnicas de persuasión, refinadas hasta convertirse en un arte invisible, ya no buscan convencer mediante la razón, sino «pre-suadir»², preparando el terreno emocional para que la sumisión florezca como un acto de libre albedrío. Se crea un entorno donde la opción «correcta» es siempre la más atractiva, la más fácil, la que genera la aprobación del rebaño digital. El Borrego, bombardeado por estos estímulos, cree elegir su camino, sin advertir que el laberinto tiene una sola salida, convenientemente señalizada con el logo de la marca de turno. El Borrego guste o no, engrosa las filas de “esa legión de zombis” incapacitados de poder jerarquizar toda la marisma de información, no sabe qué hacer con ella.
Este triunfo de la manipulación sería imposible sin su aliado más fiel, la estupidez. No la ignorancia pura, que es un estado de carencia, sino la estupidez activa y militante que describe Jano García³, una orgullosa renuncia al pensamiento crítico. En esta sociedad dopada de falacias y posverdad, el Hombre Borrego ha externalizado su cerebro. Delega su capacidad de análisis a los algoritmos, sus opiniones a los influencers y su moral a los comités de ofendidos. Su ego, inflado por la confirmación constante de sus prejuicios en su burbuja informativa, se vuelve impermeable a la duda. Pensar es un esfuerzo innecesario y hasta doloroso; sentir y reaccionar es la nueva medida de la existencia. Porque como la ley gravitacional así se cumple que entre más acrítica es la masa es más fácil de moldear al rebaño.
Se consuma entonces la gran inversión, en su búsqueda desesperada por afirmar su «yo», el Hombre Borrego se aniquila. Su identidad no es una construcción interna, sino un mosaico de productos, ideologías de consumo rápido y afiliaciones tribales. Es «egoísta» en la medida en que sus acciones buscan un beneficio personal, pero ese «beneficio» ha sido definido desde fuera. Anhela el último dispositivo tecnológico, repite el eslogan político de moda y adopta la pose virtuosa que más aplausos genere, creyendo que en esos actos reside su individualidad. Es la máxima expresión del conformismo disfrazado de rebelión, la esclavitud perfecta en la que el prisionero no solo ama sus cadenas, sino que las ha comprado a plazos. Hasta hace un poco de una década a muchos les encantaban proyectar una imagen de “sujeto estandarizado” o una persona “muy proactiva” saliendo detrás de un ordenador -aunque al final no sabían manejar mas que lo necesario- copiando y pegando a discreción.
Inevitablemente, esta farsa existencial conduce a un callejón sin salida, un vacío insondable que ninguna compra, ningún like y ninguna consigna pueden llenar. Este es el dilema del Borrego moderno. Ha seguido todas las instrucciones, ha cumplido todos los caprichos que le vendieron como necesidades y, sin embargo, se encuentra con una angustia sorda, una sensación de fraude metafísico.
La felicidad, esa zanahoria perpetuamente colgada frente a él, se revela como un holograma. La acumulación de experiencias y bienes no ha logrado solidificar un ser que, en esencia, es hueco.
¿Y cómo responde a esta desazón? Con una dosis mayor del mismo veneno. La solución que el sistema le ofrece a la infelicidad que el propio sistema genera es más sistema. Si te sientes vacío, es porque no has consumido lo suficiente. Si te sientes solo, es porque no te has integrado correctamente a la tribu. Si dudas, es porque no tienes la suficiente fe en la narrativa oficial. El Hombre Borrego, aterrorizado ante la posibilidad de enfrentar su propia nada, se aferra con más fuerza a las distracciones, se sumerge más profundo en el ruido, radicaliza sus posturas y redobla su obediencia, esperando que el próximo estímulo, por fin, silencie el eco de su vacuidad.
Las herramientas de esta perpetua huida hacia adelante son la persuasión y la falacia, aplicadas con una precisión quirúrgica. Se apela a la prueba social («millones no pueden estar equivocados»), a la autoridad de «expertos» anónimos, al principio de escasez («¡última oportunidad!») y a la simpatía forzada⁴. Cada interacción es una negociación encubierta donde el Borrego cede un fragmento más de su autonomía a cambio de una migaja de seguridad o pertenencia. Se ha vuelto tan predecible que su comportamiento es un dato, una mercancía más en el mercado de la atención.
Frente a esta figura domesticada, la advertencia de José Ingenieros sobre el «hombre mediocre» resuena con una vigencia aterradora⁵. El Hombre Borrego es la evolución tecnológica del mediocre, aquel que renunció a los ideales no por cinismo, sino por pereza. Mientras el idealista forja su destino en la fragua de la voluntad, el Borrego espera que su destino le sea entregado en una caja, con instrucciones de montaje sencillas y servicio técnico 24 horas. Ha cambiado la gloria de ser artífice de su vida por la comodidad de ser un espectador en primera fila de su propia irrelevancia. “El consumismo tiene una fuerte raíz en la publicidad masiva y en la oferta bombardeante que nos crea falsas necesidades”. Enrique Rojas
La ironía final, la más cruel de todas, es que esta sociedad que idolatra al individuo ha creado el entorno más hostil para la individualidad. Al promover un egoísmo de manual, ha generado una uniformidad de pensamiento y comportamiento sin precedentes. Un rebaño de egoístas, todos persiguiendo las mismas metas pre-digeridas, todos vibrando con las mismas emociones programadas, todos convencidos de su singularidad mientras marchan al unísono. La apoteosis del yo ha resultado ser la erradicación del ser.
¿Existe una vía de escape? Teóricamente, sí. Radica en un acto de rebelión tan simple como hercúleo, atreverse a pensar. Implica desconectarse del flujo incesante de estímulos, cuestionar las verdades reveladas por la pantalla, y emprender la dolorosa tarea de construir un sistema de valores propio, desde los cimientos. Significa aceptar la soledad que conlleva el disentimiento y la angustia que acompaña a la verdadera libertad. Es un camino arduo, un suicidio social para renacer como individuo.
Pero seamos honestos. El Hombre Borrego no tomará ese camino. Le aterra el silencio, le incomoda la duda y le repugna el esfuerzo. Ha encontrado en su jaula dorada una forma de comodidad que, aunque aniquilante, es preferible a la intemperie de la autenticidad. Continuará, por tanto, en su paradoja, persiguiendo con ahínco un «yo» que le es ajeno, llenando su vacío con más vacío, y defendiendo con fiereza su derecho a ser un esclavo feliz. Es el producto perfecto de su tiempo: un egoísta sin ego, un hombre sin esencia, el más devoto carcelero de su propia mente. Muchos individuos sienten que no tienen otra opción que seguir a la manada. Muchos individuos sienten que no tienen otra opción que seguir a la manada. “Es fácil en el mundo vivir según la opinión del mundo; es fácil en la soledad según la nuestra; pero el gran hombre es aquel que en medio de la multitud mantiene con perfecta dulzura la independencia de la soledad”. Ralph Waldo Emerson
¹ Feinberg, Joel. En su análisis sobre el egoísmo psicológico, desmantela la noción de que todas las acciones humanas buscan en última instancia una satisfacción personal vacía, una idea que el sistema de consumo ha explotado al extremo.
² Cialdini, Robert. El concepto de «Pre-suasión» explica cómo la preparación del contexto y la focalización de la atención son más cruciales que el mensaje mismo para lograr la sumisión.
³ García, Jano. Su obra El triunfo de la estupidez argumenta que el peligro actual no es la falta de información, sino la incapacidad o la falta de voluntad para procesarla críticamente. ⁴ Cialdini, Robert. En Influencia, detalla los principios universales de la persuasión (reciprocidad, compromiso, prueba social, autoridad, simpatía y escasez) que son el pan de cada día en la manipulación moderna.
⁵ Ingenieros, José. Su obra El hombre mediocre sigue siendo un diagnóstico clínico de la renuncia a los ideales y la aceptación de una vida sin propósito trascendente, la antesala perfecta del Hombre Borrego.
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