Bálsamo sagrado

Era tarde, el horizonte estaba rojo, como sangre iluminada por el sol perseguido por la noche predadora de recintos y constituciones, un manto aterciopelado de luces y sombras jugando a ser distancia nos circundába.

Sabes, me dijiste, quiero decirte que nunca he sido más feliz que ahora.

Y un leve movimiento en la comisura de tu boca le arrebató con inocente imprudencia a tu rostro una sonrisa, que brotó como una semilla hambrienta de luz en aquel momento para mí deleite.

Pudiste haberme dicho te amo, pero no podían al parecer aquellas palabras contener tu dicha.

Pudiste haberme insinuado que no querías besar nunca más unos labios que no fueran los míos, más el significado de aquel verso se encontraba ya contenido, en lo que de entre innumerables cosas elegiste para decirme.

Podrías por otra parte haberme declarado, que tu lugar favorito en el mundo es el punto exacto en donde nuestras miradas se encuentran tiernamente, mientras las manos se van entrelazando como luchando tibiamente.

Sin embargo ni la belleza a cuestas de la conjugación de estas letras era suficiente para liberarte de las tribulaciones cobardes del silencio, y de entre tantas declaraciones de amor decidiste que aquella primera me hincharía el alma de glamoures y contentos.

Podrías haberme afirmado que soy yo la convergencia en donde se superponen tus ensoñaciones más profundas, en cambio preferiste expresarme que habías alcanzado el suave bálsamo de la infinidad, y ya no eras prisionera del espacio y del tiempo.

Pudiste haberme dicho que te hacen sentir viva las caricias que he inventado para germinar gozos indecibles en tu lienzo, y que en el instante en el que supiste que sólo mi sangre conquistaría el centro de tu universo, las estrellas y los planetas impactaron furiosamente con la cólera de todos los dioses paganos.

Más en lugar de cualquier vestigio de tregua para la egolatría, en suplencia de todo ápice de encasillamiento yóico, fue tu intención deliberada el que yo supiera que ya eras libre de destinos y mañanas, que amar solo sucede en el presente, que para el amor eterno no existe la promesa del cielo y que sólo sabes de hoy y de ahora. Y respiramos juntos en ese instante la eternidad.

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