Cuando era niño le temía al monstruo que vivía bajo la cama.
Ese era mi mayor miedo.

Hoy… le temo a algo mucho más grande:
a no sentir.

Mi vida se apagó muchas veces, pero la chispa siempre estuvo ahí.
Cambié sus besos por un cigarrillo.
Sus caricias por una botella.
Quería sacar ese sentimiento de cualquier forma.

Un día, un hombre ya entrado en años, sabio en sus raíces, me llamó y dijo:

—Hijo, ¿a qué le temes? Si apenas empiezas a vivir… ¿qué sabes tú de la vida?

Mis ojos, fríos como la nieve que nunca he visto, lo miraron mientras respondí:

—Le temo a no volver a sentir.

Él sonrió, encendió un cigarrillo de olor amargo y repitió dos veces:

—Sentir o no sentir es de humanos… pero si sientes o no sientes, ¿qué clase de humano serás?

Mis emociones se confundieron mientras él continuaba:

—Nunca dejarás de sentir. Incluso allí, al borde del abismo, sigues sintiendo dolor y ansiedad, ¿no es así?

Yo no podía responder.
Aquel hombre reía, fumaba sin parar e incluso me incitaba a saltar.

—Entonces deja de sentir —decía—. Da el paso para no sentir más.

—¡No! —gritó una voz femenina.

A mi lado apareció la mujer más hermosa del mundo. Me miró con desesperación y tristeza.

—No lo hagas —me dijo—. Aún te falta camino. Aún te falta vivir. Sigue sintiendo, aunque el mundo esté contra ti. No reprimas. No huyas. De las vivencias nacen las experiencias. Da gracias a Dios por todo, porque lo que has vivido te ayudará en tus próximas vidas.

—¿Quién eres? —pregunté.

Ella sonrió.

—Soy la Muerte.

—¿Y quién es él? —pregunté, señalando al viejo.

Volví la mirada… y descubrí que ese hombre era yo mismo.

Me quedé paralizado.
Estuve a punto de caer en el abismo porque yo mismo me estaba empujando.
Aquel anciano era mi propio monstruo… el que siempre vivió conmigo, y no debajo de mi cama.

—Tú eres tu propio monstruo —dijo ella—. No dejes que nadie ni nada mate lo que sientes. Sigue. Avanza. Yo estaré esperándote.

Me besó la frente con honestidad.
El viejo tomó mi mano y susurró:

—Somos libres.

Su figura empezó a encogerse hasta convertirse en un niño:
mi inocencia,
mi sabiduría,
mis recuerdos.

Cuando desperté, mis lágrimas seguían ahí…
pero el temor ya no existía.
Y tampoco había un monstruo debajo de la cama.

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