Sangre azul-Escena 1 :Nomo

Sangre azul-Escena 1 :Nomo

Nhabi Iturbide

12/11/2025

Desperté con un dolor que atravesaba cada centímetro de mi ser, tendida en el suelo frío que parecía absorber todo calor de mi cuerpo. Mi  cuerpo yacía entumecido, como si hubiera sido usado como un saco de entrenamiento, pero era el brazo izquierdo el que centraba toda mi atención con un horror ardiente que palpitaba al ritmo de mi corazón. «Por todos los dioses», el pensamiento surgió como un suspiro desesperado mientras intentaba moverme. Cada músculo se resistía, pesado como si estuviera sumergida en miel espesa, y mis extremidades respondían con una lentitud exasperante.

Con un esfuerzo que me dejó jadeando, logré incorporarme apoyándome en el codo derecho, sintiendo cómo el mundo giraba a mi alrededor. Sentada en el suelo frío, con el cuerpo aún protestando por cada movimiento, llevé mi mirada al brazo izquierdo. La marca que aquella mujer me había hecho con hierro candente se destacaba en mi piel con un tono azulado inquietante, como si el metal al rojo hubiera dejado algo más que una simple cicatriz. Mis dedos temblorosos se acercaron para tocar la piel inflamada, pero se detuvieron a centímetros de distancia, repelidos por el recuerdo del dolor.

Mis ojos, aún nublados por el dolor y la confusión, comenzaron a recorrer el espacio que me rodeaba. Me encontraba en una habitación pequeña y austera, donde tres literas vacías se alineaban contra la pared opuesta, sus colchones delgados y mantas ásperas testimoniando el uso frecuente. Una ventana cerrada con postigos de madera permitía que solo delgados hilos de luz se filtraran en la estancia, creando franjas de polvo danzante en el aire cargado. Al otro extremo, un espejo empañado colgaba ligeramente torcido, reflejando la penumbra con destellos distorsionados.

Mi atención se dirigió entonces hacia la chimenea situada en la pared del fondo. Las brasas aún brillaban con un tenue resplandor anaranjado bajo una capa de cenizas blancas, y el aire conservaba el olor a leña quemada que se aferraba a las paredes de piedra. Al observar las herramientas dispuestas junto a la chimenea -un atizador, unas tenzas que aún conservaban manchas oscuras- un escalofrío me recorrió la espalda al recordar el hierro candente que había presionado contra mi piel.

Entonces las visiones regresaron a mi mente con fuerza abrumadora: la torre infinita, las escaleras que nunca terminaban, el águila Vyrmea desplegando sus alas majestuosas… Fragmentos de memoria que hasta ahora había atribuido a los delirios de una mente moribunda. Pero al observar el extraño tono azulado de mi marca, una terrible sospecha comenzó a germinar en mi interior. ¿Y si aquellas visiones no habían sido un sueño? ¿Si aquel viaje espiritual, aquel encuentro divino, había sido real?

Mis ojos se fijaron de nuevo en la marca azulada, y por primera vez me pregunté no solo qué me habían hecho, sino qué me había convertido. El dolor en mi brazo parecía ahora un eco de una transformación mucho más profunda que comenzaba a intuir pero aún no podía comprender.

Con un esfuerzo que me costó cada centímetro de avance, me puse de pie y me acerqué tambaleante al espejo empañado. La figura que se reflejaba en él era una completa extraña para mí. Una mujer -o algo que se parecía a una mujer- de pelo rojo como el atardecer en los campos de amapolas de Írhun, unos ojos marrones que no eran los míos, y una piel más pálida de lo que recordaba. Pero era cuando mi mirada descendió hacia la entrepierna cuando el aire se atascó en mi garganta.

Allí, colgando entre mis piernas, estaba… algo. Ese algo que solo había visto en los machos humanos, esa protuberancia que nunca debería estar allí. Mi mente luchaba por reconciliar la imagen con lo que sabía de mi propio cuerpo. Una oleada de sorpresa me dejó paralizada, seguida de un interés casi clínico que inmediatamente me avergonzó, y luego un asco profundo y visceral que me hizo querer apartar la mirada.

Pero no podía dejar de mirar. Porque en ese terrible, fascinante, repulsivo descubrimiento, llegó la realización más horrorosa: ese reflejo, ese cuerpo extraño con esa… cosa colgando, era mío. Mis dedos se elevaron para tocar el vidrio frío, como si pudiera atravesarlo y encontrar mi verdadero rostro, mi verdadero cuerpo al otro lado. Pero solo encontré el frío del espejo, y la terrible verdad de que la princesa Emaecilda de Írhun ya no existía en el reflejo que devolvía aquel cristal.

Mientras aún me observaba en el espejo, tratando de comprender la extraña figura que me devolvía el reflejo, un chirrido áspero me alertó. En la pared opuesta, una puerta que no había notado antes se abría lentamente. Por ella entraba uno de aquellos hombres que me habían arrastrado hasta la mujer del hierro candente – el mismo coloso de mirada vacía que ahora reconocía por su espesa barba pelirroja que contrastaba violentamente con su expresión impasible.

Su presencia llenó inmediatamente el espacio de la habitación. Mis ojos se encontraron con los suyos por un instante eterno, pero no vió reconocimiento alguno en ellos, solo la misma mirada vacía de antes. Sin pronunciar palabra, depositó algo sobre un pequeño mueble de madera desgastada que estaba junto a la mesa – un bulto informe envuelto en tela basta – y luego, con la misma naturalidad con la que había entrado, dio media vuelta y salió, cerrando la puerta tras de sí con el mismo chirrido metálico.

El sonido del cerrojo al caer resonó en mi interior con una frialdad que me heló el alma. Me quedé allí, desnuda y temblando, comprendiendo en ese momento que no solo mi cuerpo había cambiado, sino que mi libertad había desaparecido por completo. Aquel hombre pelirrojo no me veía como una persona, sino como un objeto más en aquel lugar que empezaba a entender era mi prisión.

La furia y el pánico estallaron en mí de repente. Corrí hacia la puerta, mis puños golpeando la madera gruesa con una fuerza que me sorprendió a mí misma. «¡Auxilio! ¡Alguien, déjenme salir!» grité, pero solo el eco de mis propios golpes me respondió. Lo intenté una y otra vez, hasta que mis nudillos sangraron y mi voz se quebró en sollozos de frustración.

Derrotada, mis ojos se posaron en el bulto que el hombre pelirrojo había dejado. Con manos temblorosas, desdoblé la tela para revelar un vestido de tono apagado, confeccionado con una tela áspera y sin ninguna elegancia. No tenía volantes ni adornos, solo costuras simples y un corte funcional que hablaba de su propósito práctico. Comprendí entonces el mensaje silencioso: aquel hombre esperaba que me vistiera con esta humilde prenda.

Me dirigí de vuelta al espejo, el vestido colgando de mis manos como un estandarte de rendición. Al observarme desnuda una vez más—esa figura extraña con su cabello rojo y ese cuerpo que no me pertenecía—una oleada de vergüenza me recorrió. «Mejor esto que la desnudez», pensé con amargura, comenzando a vestirme con movimientos torpes mientras evitaba mirar demasiado fijamente los lugares donde mi nuevo cuerpo me traicionaba.

Tras vestirme con aquel burdo vestido de sirvienta, me senté en la litera más cercana, las manos aún temblorosas por la frustración de mis intentos fallidos. La áspera tela me rozaba la piel como un recordatorio constante de mi caída. Meditaba en silencio sobre mi situación cuando, de repente, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez entraban los dos hombres grandes que me habían arrastrado antes, y ahora que los veía juntos, bajo la tenue luz de la habitación, podía apreciar el parecido casi perfecto que sugería que eran gemelos—ambos con la misma complexión de armario, la misma mirada vacía y el mismo pelo pelirrojo y barba abundante.

«Esta es la mía», pensé, levantándome con determinación renovada. Esperé a que se acercaran, alejándose de la puerta que representaba mi única esperanza de escape. Mientras murmuraban entre ellos en ese idioma gutural que no lograba comprender, reuní toda mi concentración. Visualicé los símbolos en mi mente—aceleración para la velocidad, impacto para la fuerza, refuerzo físico para potenciar mis movimientos—los mismos glifos que tantas veces había invocado en el patio de entrenamiento de palacio.

Pero nada ocurrió. El aire no se densificó alrededor de mis manos, mi cuerpo no se llenó de la energía familiar. Lo intenté de nuevo, con más fuerza esta vez, casi rogando a los dioses que respondieran—pero solo sentí un vacío desolador donde antes fluía el poder. La realidad me golpeó con la fuerza de un martillo: no podía usar magia.

El pánico se apoderó de mí mientras retrocedía, tropezando con la litera. Los gemelos, alertados por mis movimientos repentinos, se abalanzaron sobre mí con la misma eficiencia brutal que habían mostrado antes. Intenté resistirme, golpeando y forcejeando con una desesperación que nace del terror, pero sus manos como tenazas me inmovilizaron con facilidad. Una vez más, me arrastraron hacia la puerta, y esta vez supe que mi resistencia era inútil—no solo estaba atrapada en un cuerpo extraño, sino que también me habían robado lo que siempre había definido mi identidad: la magia.

Los hombres gemelos me arrastraron sin miramientos por un pasillo angosto hasta una sala más amplia que olía a cerveza rancia y madera húmeda. Mesas toscas se dispersaban por el espacio, y al fondo, una barra de madera oscura y desgastada por el uso dominaba la estancia. Frente a ella, cinco mujeres vestidas con el mismo hábito burdo que yo estaban alineadas como soldados en formación, sus miradas fijas en la mujer anciana y el hombre jorobado que reconocí de aquel primer día en el sótano.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano brutal me empujó hacia el grupo. Tropecé contra la última mujer de la fila, recuperando el equilibrio con dificultad mientras sentía cómo todas las miradas se volvían hacia mí—las de las mujeres, vacías y resignadas; las de los ancianos, frías y evaluadoras. La mujer vieja recorrió la fila con sus ojos de halcón, deteniéndose en mí un instante más largo, mientras el hombre de la chepa murmuraba algo en su idioma incomprensible. Me alineé mecánicamente, sintiendo la tela áspera del vestido como una segunda piel de humillación, y comprendí que aquel lugar era algún tipo de taberna—pero la tensión en el aire sugería que éramos nosotras, las vestidas de sirvientas, el verdadero servicio que aquí se ofrecía.

La anciana, con movimientos que delataban una práctica milenaria en estos rituales de dominación, sacó de entre los pliegues de su oscuro ropaje un anillo que capturó inmediatamente mi atención. Estaba trabajado en metal pálido, adornado con runas que parecían moverse bajo la tenue luz de la sala, y en su centro, engastada con precisión, una piedra familiar brillaba con suavidad. La piedra Albar, reconocí al instante, ese mineral precioso del Norte del Imperio Americio que permitía el uso de la magia en zonas sin Flujo.

Como si un velo se hubiera descorrido de mis ojos, todo cobró sentido de repente. Mi fracaso al intentar invocar los símbolos, el vacío donde antes sentía la energía mágica fluir… no se debía a un fallo en mí, sino al lugar mismo. Nos encontrábamos en una de esas zonas muertas donde el Flujo ambiental era inexistente, y solo a través de la piedra Albar podía accederse a la magia. Mi mirada se encontró con la de la anciana, y en sus ojos leí la confirmación: ella controlaba quién podía usar magia aquí, y ese anillo era tanto una herramienta como un símbolo de su poder sobre nosotras.

La mujer se acercó a mí con el anillo extendido, su intención clara en los ojos. Pero fue al distinguir las runas grabadas en el metal cuando el verdadero horror me golpeó: runas de sumisión, esos símbolos prohibidos que solo había visto en los textos más oscuros de la biblioteca real de Írhun. El conocimiento me llegó como un golpe—ese anillo no solo permitiría la magia, sino que quebrantaría mi voluntad.

El pánico me poseyó. Di un salto hacia atrás, intentando escapar, pero choqué contra el muro sólido que formaban los gemelos. Me revolví como una fiera acorralada, golpeando y pateando con toda mi fuerza, mis gritos llenando la sala. «¡No! ¡Aléjense de mí!» Pero sus manos, fuertes como presas de acero, me inmovilizaron con terrible eficiencia. Uno de ellos me sujetó por la cintura mientras el otro agarraba mi brazo derecho, extendiéndolo hacia la anciana con fuerza brutal.

Sentí el frío del metal deslizarse en mi dedo, y una oleada de energía repulsiva me recorrió el brazo. Las runas brillaron con intensidad siniestra, y por un momento terrible, sentí cómo algo en mi interior—algo esencialmente mío—se doblegaba, se rendía. El anillo se cerró alrededor de mi dedo como un grillete, y supe, con una certeza que me heló el alma, que acababan de robarme algo más preciado que la libertad: mi voluntad.

Uno de los gemelos murmuró algo en ese idioma gutural que hasta ahora me había resultado incomprensible, pero entonces ocurrió algo extraordinario: aunque las palabras seguían sonando extrañas, entendí su significado como si algo en mi mente hubiera desbloqueado un código secreto. «Sigue resistiéndose más que las otras», había dicho el hombre.

La mujer, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos, respondió: «Que no pasa nada, que siempre hay alguna que mantiene parte de su voluntad al principio». Sus palabras se grabaron en mi conciencia con una claridad aterradora, y comprendí que el anillo no solo sometía, sino que también traducía—otra forma de control.

Se acercó y agarró mi cara con sus dedos huesudos, forzándome a mirarla directamente. «Eres bonita, niña, seguro que me serás útil», dijo con una confianza que me hizo hervir la sangre. El asco me inundó, y antes de que pudiera detenerme, un escupitajo salió de mis labios y aterrizó directamente en su mejilla arrugada.

Pero en lugar de enfadarse, la mujer empezó a reír—una risa rasposa y cínica que resonó en la sala como el crujir de huesos viejos. Sus ojos brillaron con un mezcla de diversión y crueldad mientras se limpiaba el rostro con la manga. «Bien, bien», dijo entre carcajadas, «mientras más fuego, más disfrutarán los clientes de domarla». Su risa se cortó de repente y su mirada se volvió gélida. «Pero al final, todas aprenden su lugar».

Una descarga brutal me atravesó el cuerpo, haciéndome arquear la espalda y gritar en agonía. El anillo en mi dedo pulsaba con un dolor punzante que se intensificaba con cada latido, como si mil agujas de hielo se clavaran en mis venas. Me retorcí en el suelo, incapaz de controlar mis propios miembros, mientras la electricidad mágica me recorría con saña. Debía de ser el castigo del anillo por haber desafiado a la mujer, por haberle escupido en su rostro arrugado.

Cuando por fin cesaron las convulsiones, yacía jadeando en el suelo frío, el sabor amargo de la humillación mezclado con el sudor y las lágrimas. Alzando la vista con dificultad, lancé una mirada iracunda hacia la anciana, desafiándola incluso en mi postración.

Ella se acercó lentamente y posicionó su vieja cara frente a la mía, sus arrugas marcadas como mapas de crueldad. Esbozó una sonrisa que no prometía piedad, solo dominación. «Te llamaré Nomo», dijo, y aunque entendí cada palabra, la última resonó con un significado especial que no necesitaba traducción: Nomo significaba «salvaje» en el idioma del Imperio Americio.

El nombre cayó sobre mí como un yugo, marcándome más profundamente que cualquier hierro candente. Mientras la anciana se alejaba, dejándome tirada en el suelo, comprendí que ya no era Emaecilda de Írhun, sino Nomo la salvaje, la indomable, la que tendría que aprender a sobrevivir en un mundo que quería romperla. Pero en lo más profundo de mi ser, donde ni los anillos mágicos podían 

llegar, una chispa de la princesa que fui se negaba a extinguirse.

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