Hola, mi nombre es Paula, aunque todos me conocen como Paula Trece. Y no es por mi edad, ni porque sea la decimotercera Paula de mi familia. El motivo es otro.

Siempre he sido una joven libre de supersticiones. Es más, no entiendo a aquellas personas que se dejan llevar por predicciones de horóscopos, adivinos y tarotistas, que intentan guiar tu destino sin ningún tipo de escrúpulos, malgastando, quienes acuden a ellos y a cambio de consejos baladíes, una parte de su peculio.

No me importa cruzarme con un gato negro, ni pasar por debajo de una escalera. Nunca toco madera, ni cruzo los dedos para que algo salga bien. Si cada mañana me puedo levantar con el pie izquierdo lo hago, y no por ello suele ser más desafortunada la vida.

Mi buena suerte la gano, cada día, con mi trabajo y un total respeto hacia los demás: familia, amigos… 

A cambio, suelo recibir la gratificación moral que me ayuda a ser feliz, sin necesidad de recurrir a estériles creencias.

Pero, ante todo, mi apelativo “Trece”, se debe a mi incomprensión hacia aquellos que, de modo poco racional, afirman que esta cifra es sinónimo de mala suerte.

Para demostrar su inocuidad, y en un gesto de solidaridad hacia estos dígitos, llevo siempre en mi cuello un collar, del que pende un colgante labrado en plata, con la cifra 13.

Hay quienes llevan un crucifijo. Yo he apostado por llevar el número 13. A fin de cuentas, esta inocente cifra, también ha sido y es, de manera injusta, “crucificada” por muchos.

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