Entre los poros del suelo se levantan flores y yerbas, tan radiantes cuál atardecer, bailan junto al viento cada dos por tres mientras se oye a la distancia el tronar de ramas que ceden al tiempo, dejando atrás árboles grandes que con su sombra resguardan el frágil silencio del calor y el frío.
En este espacio cauteloso y solitario, entre días y noches, entre un hola y un adiós, en él crecen mis verdades y mentiras cada que el dolor o la felicidad se posan sobre mí como hojas secas, nostálgicas agitan los cimientos de un firme corazón infantil e indomable que espera en cada tarde toparse con aquel horizonte que lo guio a tan hermoso lugar esperando ver crecer en ellas flores de colores tantas como estrellas en el firmamento.
Señor de los cuentos, amante de la luna y sol que envuelto en misterio, habita en este jardín guiando viajeros de un puerto a otro, honesto como el cielo echa raíces sobre esta tierra seca, nutriéndola de cenizas y huesos; un viajero de sueños cubierto de polvo que marcando huellas indica el camino a seguir tras acabar la visita a su jardín.
Un pensamiento al escribir busca entre miradas tallar sobre arena, sobre madera, sobre papel y sobre el ayer un presente tan basto como un bosque, tan firme como montañas trazando la ruta al mañana que tanto sé ansia, prismas que adornan cuáles joyas los jardines olvidados.
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