Título: “El Ladrido del Nahual”

En un pequeño pueblo de Oaxaca, rodeado de montes y neblina, vivía Don Leandro, un hombre solitario que cuidaba su parcela y su viejo perro Canelo, un mestizo de pelaje rojizo y mirada triste. Nadie se le acercaba mucho; los vecinos decían que Leandro tenía “trato con las sombras”, y que por las noches su casa olía a azufre y tierra mojada.

Una madrugada, Canelo comenzó a ladrar con furia. Leandro se asomó a la ventana y vio algo moverse entre los árboles: una silueta enorme, con ojos amarillos que brillaban como brasas. El perro se lanzó contra la oscuridad, y solo se escuchó un gruñido profundo, inhumano.

Al amanecer, Leandro salió a buscarlo. Encontró huellas en la tierra húmeda: primero de perro, luego, poco a poco, se transformaban en huellas humanas, desnudas y profundas. Más adelante halló el collar de Canelo, empapado de sangre.

Esa noche, el silencio pesaba como plomo. Leandro estaba sentado junto al fuego cuando escuchó unos pasos afuera, lentos, arrastrados. Tocaron la puerta tres veces.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

Del otro lado, una voz ronca respondió:

—Soy yo, amo… Canelo.

Leandro se quedó helado. Al abrir, vio un perro flaco, cubierto de lodo, pero su rostro tenía algo distinto: los ojos… eran humanos, y lo miraban con tristeza y hambre.

Canelo habló de nuevo, con una voz que no era de este mundo:

—Me encontró el nahual… y ahora soy como él.

Desde entonces, en ese pueblo se dice que cada luna llena se escucha un perro llorar entre los montes. Pero si te acercas, verás que no ladra… habla.

Y si te mira a los ojos, sentirás cómo tu alma empieza a temblar, porque el nahual siempre busca un nuevo cuerpo donde esconderse.

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