
Regresaba a mi casa después de un largo día. El cielo estaba cubierto por nubes negras, y el aire olía a humedad y metal. Al subir las escaleras del viejo edificio donde vivía, escuché un sonido extraño, como un batir de alas.
Pensé que sería mi imaginación… hasta que vi algo moverse en la penumbra del tercer piso. Eran cuervos. Decenas de ellos, mirándome con ojos rojos, inmóviles, como esperando algo.
Seguí subiendo, temblando, pero mientras más avanzaba, más cuervos aparecían. Algunos picoteaban el suelo, otros se colgaban del techo, dejando caer gotas oscuras… sangre.
Al llegar al último piso, el olor a podrido me golpeó el rostro. La puerta del pasillo estaba entreabierta, y dentro, algo se movía. Me acerqué despacio… y lo vi:
una persona, o lo que quedaba de ella, tirada en el suelo, devorada por los cuervos. Sus ojos ya no estaban. Solo quedaban los huesos brillando bajo la luz temblorosa del foco.
Los cuervos se giraron hacia mí al mismo tiempo. Gritaron, chillaron, y comenzaron a volar hacia mí. Sentí cómo uno me rasgaba la mejilla, otro se enredaba en mi cabello. Corrí escaleras abajo, tropezando con la sangre que chorreaba por los escalones.
Pero en vez de bajar empeze a subir y subir hasta que simplemente con esa imagen tan traumante que tuve de esa persona subiendo y subiendo las escaleras llegué al final del edificio para no caer en el borde de la locura. Simplemente salte
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