Nunca pensé que aquella tarde sería la última vez que podría verte, contemplar esos ojos que me miraban con tanta bondad y llenos de amor.
Nunca imaginé que sería la última vez que podría tocar y acariciar tus manos, aquellas manos que incontables veces me habían acariciado, y con esa voz tan dulce y melodiosa me decías “hijito”.
Nunca pensé que esa sería la última tarde en la que podría conversar contigo y contarte cómo me fue. Esa tarde fue tan común para mí, tal vez no supe apreciarla en el momento, porque aquellas pláticas eran tan cotidianas; esa mirada de amor la recibía siempre, y las caricias de ternura nunca faltaron.

Pero hoy, que ya no las tengo, esos gestos de amor me hacen tanta falta. Llenaste mi corazón con tu esencia, con tus consejos, tus regaños, tus abrazos, tus besos y tus cuidados. Llenaste mi corazón de ti.
¿Cómo no lo ibas a llenar de ti, si fuiste tú quien me dio la vida, mamá? Me enseñaste todo lo que sé, y sobre todo, me enseñaste a vivir.

Pero ¿qué hago ahora? ¿Qué hago si te fuiste?
Me enseñaste todo, menos cómo vivir sin ti.

Te extraño, mamita. Ya ha pasado más de un año desde tu partida. Cuando falleciste, la gente decía: “Con el tiempo lo superarás.” Pero eso no funcionó. Al principio fue llevadero tu ausencia, pero a medida que el tiempo pasaba, se volvió más doloroso, como una llaga que se expande por todo el cuerpo, aumentando el dolor día a día.

No sabes cómo me arrepiento de no haber estado aquella noche a tu lado, esa noche tan trágica en la que te nos fuiste, madre. Al día siguiente tuve la oportunidad de verte, pero ya no era lo mismo. Aquella mirada era vacía, y tu piel, tan helada como el hielo, me rompió el corazón al verte sin vida.

La razón me decía que habías muerto, pero mi corazón quería creer que esa no eras tú, que aquel cuerpo pertenecía a otra persona. Sin embargo, el tiempo, a la fuerza, me hizo comprender que mi corazón estaba equivocado.

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