Me desperté entre gritos desgarradores y golpes sordos que retumbaban en el casco del barco. Los estruendos de las balistas mágicas eran ensordecedores, cada explosión hacía temblar el camarote como si el propio mar quisiera devorarnos. Mi corazón latía con violencia en el pecho mientras saltaba de la litera.
«¡Shimano!» grité, volviéndome hacia su cama, pero el lecho estaba vacío, las mantellas revueltas como si se hubiera levantado apresuradamente. Un frío mortal me recorrió la espina dorsal. «¡No puede ser! ¡Shimano no está!»
Corrí hacia el baúl de madera donde guardaba mis pocas pertenencias salvadas del palacio. Mis manos temblorosas encontraron el estoque de entrenamiento, la hoja delgada y elegante que tantas horas de práctica había visto en los jardines reales de Írhun. Aún con mi camisón de dormir pegado al cuerpo por el sudor del pánico, salí disparada del camarote.
El pasillo estaba extrañamente desierto de guardianas. En su lugar, al fondo del corredor, distinguí las figuras acurrucadas de las dos criadas mujeres-zorro que nos habían servido la cena. Se habían hecho un ovillo contra la pared de madera, como si pretendieran fundirse con las sombras. Sus orejas puntiagudas estaban aplastadas contra sus cabezas, los ojos ámbar desmesuradamente abiertos por el terror, y sus colas temblaban incontrolablemente. Sus expresiones de horror pintadas en el rostro confirmaban mis peores temores.
Más gritos y explosiones me impulsaron a avanzar. Pasé corriendo por la sala de las balistas mágicas donde una muchedumbre de marineros se afanaba en una coreografía caótica pero coordinada. Algunos cargaban pesados proyectiles de metal runado en las bandejas de lanzamiento, mientras otros, con rostros congestionados por el esfuerzo, trazaban complejos símbolos en el aire con sus dedos. Vi cómo convocaban los glifos de fuego -triángulos invertidos con círculos concéntricos- y de aceleración -espirales que parecían capturar la luz misma-. Las runas en las balistas comenzaban a brillar con intensidad creciente, acumulando energía mágica hasta que, con un estallido que resonaba en mis huesos, los proyectiles salían disparados hacia la oscuridad de la noche, dejando estelas de chispas ardientes.
Dejé atrás el escándalo ensordecedor y me dirigí hacia la escalera que llevaba a cubierta. Justo al pie de las escaleras, en el estrecho pasillo entre la puerta del comedor y el camarote del capitán, una figura oscura me cortó el paso.
Retrocedí, sorprendida, mientras mis ojos se adaptaban a la penumbra. La criatura era un hombre-perro, con un hocico húmedo que se contraía olfateando el aire, orejas puntiagudas que se movían alertas, y un pelaje áspero y entrecano que cubría su cuerpo musculoso. Vestía harapos empapados de agua salada y llevaba una espada oxidada en su mano derecha. El asaltante me miró y sonrió, mostrando una dentadura afilada y amarillenta que prometía violencia. De repente, su espada comenzó a brillar con una luz tenue y pulsante -el Aura del que tanto nos habían advertido en la academia real.
Pero no me amilané. Ajusté el agarre de mi estoque y, con movimientos precisos que me habían enseñado las mejores esgrimistas de Írhun, tracé en el aire los símbolos de luz -un círculo con rayos que se expandían- y aceleración -esa espiral familiar-. Mi hoja comenzó a brillar con una luz plateada y sentí cómo el aire alrededor de la hoja se distorsionaba, acelerándose hasta volverse casi invisible.
No hubo combate. Mi estoque se movió como un rayo, golpeando con precisión mortal antes de que el hombre-perro pudiera siquiera levantar su arma. Sus ojos se pusieron en blanco, con una expresión de sorpresa congelada, y cayó al suelo con un golpe sordo. Aparté su cuerpo con el pie y ascendí las escaleras de dos en dos.
El caos en cubierta era total. Marineros sangrantes luchaban contra una marea de semi-humanos con rasgos caninos. Las guardianas Aru formaban círculos defensivos, sus armaduras oscuras brillando con símbolos protectores mientras combatían con ferocidad. Por encima del estruendo, escuché la voz tronadora del capitán Muck gritando órdenes: «¡Reforcen babor! ¡No dejen que aborden la popa!»
Observé a mi alrededor con desesperación. Al menos tres barcos ligeros, veleros ágiles con proas afiladas, habían cercado al Entremares. De sus cubiertas surgían más piratas como una marea imparable. En sus velas, distinguí el emblema de un perro feroz enfrentándose a las olas del mar -los temibles Canes Costeros, cuya fama de crueldad nos precedía en todo el Mar de los Susurros.
Un pirata salió volando entre fogonazos de energía pura y símbolos de fuego que iluminaron la noche por un instante. A escasos metros, Rein Ítsuka giraba sobre sí misma, su pelo corto pegado al sudor de su rostro, para propinar una increíble patada giratoria a un segundo asaltante. El impacto sonó como el estallido de un trueno, y el semi-humano salió despedido entre llamas azules por encima de la borda.
Entonces la divisé. En la parte contraria de la cubierta, Shimano empuñaba una espada oxidada demasiado pesada para sus manos delicadas. Su frente brillaba intensamente, la marca de la Lanza sobre la Montaña convertida en un faro cegador en mitad de la noche oscura. Parecía una guerrera legendaria descendida de los cielos, pero yo sabía que era solo una niña aterrorizada.
Dejé atrás mi ensoñación momentánea y me abrí camino hacia ella. Un segundo pirata me interceptó, un hombre-perro más experimentado que blandeaba dos cuchillos curvos. Intercambiamos varias estocadas furiosas, las hojas chocando con chispas azules. Sentía cómo la excitación del combate me nublaba el juicio -este era un luchador muy superior al primero. Invoqué símbolos de aceleración y rayo, sintiendo cómo la electricidad recorría mi brazo hasta la hoja del estoque.
Nuestras cuchilladas sonaron como chasquidos rápidos y secos. El asaltante perdió momentáneamente el equilibrio al pisar las cuerdas sueltas de la jarcia del barco. No desaproveché la oportunidad y me lancé para el golpe final, mi estoque encontrando su blanco con precisión mortal.
Al girarme hacia donde estaba Shimano, el horror me paralizó. Un pirata enorme, casi un hombre-lobo con pelaje negro y ojos rojos sangrantes, empuñaba un hacha enorme con ambas manos. Se cernía sobre la espalda desprevenida de Shimano, quien intentaba desesperadamente soltar las cuerdas que bajaban una barcaza de evacuación al mar.
Supe, con una certeza absoluta que me heló la sangre, que aquel impacto sería mortal para mi hermana.
Invoqué a la desesperada todos los símbolos de aceleración y velocidad que conocía, sintiendo cómo mi cuerpo se convertía en un proyectil. Me abalancé sobre Shimano, envolviéndola con mis brazos y lanzándonos ambas por encima de la borda hacia la barcaza que oscilaba peligrosamente abajo. «¡Agárrate!» grité, pero mis palabras se las llevó el viento.
Intenté girar sobre mí misma, para enfrentar el hacha que ya descendía sobre mí, pero era demasiado tarde. El impacto en mi costado derecho fue sobrecogedor, una explosión de dolor blanco que me hizo gritar. Sentí varias costillas romperse como ramitas secas antes de perder contacto con la cubierta. El mundo giró en una vertiginosa espiral de dolor y oscuridad.
Lo siguiente fue el impacto gelido contra el agua, un choque que me sacudió hasta los huesos. Grité de dolor, pero solo conseguí tragar agua salada que me quemó la garganta y los pulmones. Desesperada, intenté salir a la superficie, pero el dolor en el costado era abrumador, un fuego que consumía toda mi fuerza. Mi camisón se empapó y se convirtió en una mortaja pesada que me arrastraba hacia las profundidades.
Luché desesperadamente durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo minutos. Cada movimiento era una agonía, cada intento de respirar solo me llenaba los pulmones de más agua salada. Mis brazos y piernas respondían cada vez más lentamente, como si se movieran a través de miel espesa. Empecé a marearme, viendo estrellas danzantes en mi visión que se oscurecía. Sabía que llegaba mi final, que me ahogaría en esta fría oscuridad, lejos de todo lo que había amado.
Cuando ya todo parecía perdido, una luz blanquecina se encendió en las profundidades. Una niña, de orejas puntiagudas y sonrisa inocente, descendió hacia mí. Tenía el cabello largo y negro como la noche, ojos oscuros que brillaban con estrellas propias, y piel pálida como el mármol de nuestro palacio perdido. El vestido blanco que llevaba parecía tejido con la luz de las estrellas mismas, brillando con una suave luz celestial.
«¿Meru?» conseguí articular mentalmente, sin aliento para hablar. Sonreí débilmente -Meru siempre se me aparecía en visiones durante los momentos difíciles para darme ánimos. «Esta vez nos despedimos», pensé con una tristeza infinita, «dile a Shimano que la quiero».
Mientras me desvanecía en la oscuridad que me reclamaba, Meru me abrazó dulcemente. El calor de su abrazo fue superintenso, inundando cada partícula de mi ser con un amor tan puro y poderoso que por un momento el dolor desapareció por completo. Era como ser envuelta en la luz más brillante y amorosa, un abrazo que prometía eternidad.
Meru me susurró suavemente al oído, su voz como una caricia en mi conciencia agonizante: «No es tu
destino morir aquí».
Y luego, solo oscuridad.
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