En
el 209 a.C., apenas nueve años después de la desaparición de su
aliada Arse (Sagunto) ─la ciudad ibérica arrasada por el caudillo
cartaginés Aníbal en el 218 a.C.─, las legiones del cónsul Publio
Cornelio Escipión (236-183
a.C.) ─el futuro Africano,
vencedor de Aníbal en las llanuras de Zama (202 a.C.)─, logran
cruzar el Hiber (Ebro). Tras haber desembarcado en el 210 a.C. con sus
fuerzas en la helénica Emporion (Ampurias), el joven cónsul de 27 años, fuerza
su marcha para aprovechar la dispersión de las tropas enemigas,
encabezadas por los tres caudillos cartagineses a los que habrá de
enfrentarse por separado: los hermanos Asdrúbal y Magón Barcia,
junto con el viejo general Asdrúbal Giscón. El objetivo del militar
romano es cortar los apoyos y suministros que su astuto enemigo, el
general Aníbal (247-202
a.C.), máximo líder de los cartagineses y
el único enemigo al que Roma temió de verdad, recibe de los
pueblos íberos.
El
ambicioso patricio romano avanza hacia el sureste peninsular a
marchas forzadas, al mando de unos 25.000 legionarios y 2.500 equites
(jinetes), con el propósito de atacar la pujante ciudad púnica de
Qart-Hadasht (Ciudad Nueva), que él renombrará como Carthago-Nova
(Cartagena). El éxito en la toma de esta plaza marítima, de vital
importancia para sus enemigos, resultará decisivo para su campaña y
su logro marcará el inicio de la dilatada conquista de Iberiké, la
futura Hispania, a cargo de Roma. La ofensiva de Escipión se enmarca
en el contexto de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), un
encarnizado conflicto de diecisiete años de guerra en los que Roma y
Cartago se enfrentan a muerte por el control y el dominio del
Mediterráneo y en el que, finalmente, la ciudad del Lacio resultará
vencedora.
Como
la relación entre los tres milites
cartagineses ya no era buena, sus ejércitos púnico-ibéricos
permanecen muy alejados unos de otros y, mientras Asdrúbal gobierna
en las elevadas tierras de Sierra Morena y el fértil valle del Betsi
(Guadalquivir), Magón ocupa las costas del Estrecho que los helenos
identifican con las Columnas de Heracles.
Por su parte, Giscón se siente a salvo acantonado en la amplia
desembocadura del río Tagus (Tajo), en donde los suyos explotan de
forma pujante la factoría pesquera de Allis Ubbo (Puerto Seguro /
Lisboa). El error de todos ellos será encontrarse a más de diez
jornadas para poder acudir a defender la estratégica Qart-Hadasht,
su enclave colonial más importante en I-span-ya. Se trata del nombre
que ellos dan a la Iberiké helena por su riqueza minera, y que los
lingüistas y arqueólogos atribuyen a la raíz span,
que en el
alfabeto fenicio-cananeo tiene el
significado de batir metales, rebatiendo así la conocida
interpretación de I-span-ya como «tierra de conejos».
Con
gran acierto Escipión, quien carece de experiencia marítima, había
puesto a su amigo Cayo Lelio al mando de la flota romana que le había
trasladado a Emporion. El elegido, resulta uno de los pocos
navegantes del Lacio capaces de establecer un cerco naval en torno a
la capital de los púnicos. Esta ciudad portuaria, que resulta clave
para el enlace cartaginés con su metrópoli, apenas cuenta para su
defensa con un millar de guerreros veteranos, además de sus recias
murallas. Confiados en su amplio dominio peninsular, los Barcia han
dejado solos a estos hombres que en su día pelearon a las órdenes
del gran Amílcar Barcia, sin duda el más prestigioso de los
sufetas cartagineses y
patriarca del clan familiar. La púnica Qart-Hadasht es una ciudad
muy poblada, en su mayoría por artesanos, obreros, comerciantes y
marineros que carecen de experiencia bélica, de ahí que pronto
acaben doblegados por el empuje de las legiones del aguerrido
Escipión, obsesionado por demostrar su valía a los senadores que
desconfiaban de su juventud para ponerlo al mando de las legiones.
No
obstante y pese a su victoria, el cónsul romano queda prendado para
siempre de la belleza y pujanza comercial de esta hermosa urbe
abierta al Mediterráneo, hasta el extremo de prohibir y castigar con
dureza el acostumbrado saqueo y cualquiera de los desmanes sobre la
población a cargo de sus tropas. Recordemos que la primitiva Mastia,
que los tartesios levantaron sobre las cinco colinas que rodean a su
extraordinario puerto natural, fue la elegida por Asdrúbal el Bello,
yerno de Amílcar, como base del poder colonial, político y
económico de los cartagineses afincados en la península.
Fijando
en la espléndida Carthago-Nova su residencia, Escipión se adentra
con sus renovadas tropas un año después en la cuenca alta del río
que los latinos llamarán Betis (Guadalquivir), hasta entonces
dominada por Magón. Aníbal estuvo reclutando hombres y
aprovisionándose de caballos y pertrechos en esa región, de gran
importancia minera y estratégica, antes de emprender su ofensiva
sobre Roma, una de las mayores hazañas bélicas de toda la
Antigüedad. De hecho, los púnicos aún ejercen el control sobre las
ricas minas de plata y cobre que explotan en sus montes (Sierra
Morena), y el poder y confianza que les prestan sus ejércitos al
mando de los Barcia y el experimentado Giscón. Como consecuencia de
todo ello, el enfrentamiento con las tropas consulares resulta
inevitable, produciéndose la decisiva batalla en campo abierto que
tendrá lugar alrededor de Baécula (208 a.C.), en donde las fuerzas
comandadas por Asdrúbal tratan de aniquilar a las legiones en lo que
hoy es el cerro de Las Albahacas (Santo Tomé / Jaén).
El
poblado ibérico de Baécula,* resultaba un lugar estratégico de
acceso a la cuenca alta del Betis viniendo desde Carthago-Nova, por
lo que los cartagineses lo defendieron con uñas y dientes. Máxime,
sabiendo que era la salvaguarda de las ricas minas de cobre y plata
de su vecinas Cástulo y Tucci (Linares y Martos), necesarias para
sostener y financiar todo su esfuerzo de guerra y el pago de sus
tropas mercenarias. Sin embargo, toda aquella denodada resistencia
que desplegaron los púnicos iba a resultar inútil. Las eficaces
tropas de Escipión, que habían acampado a unos pocos estadios
de aquel cerro elevado en donde Asdrúbal había instalado su
campamento, llevando consigo a los elefantes utilizados para
transportar el oro y la plata que atesoraba ─el Estadio de la
antigua Olimpia fue la medida de longitud de la Antigüedad─,
atacaron primero a las poderosas sintagmas
púnicas con su infantería ligera, apoyada de cerca por el acoso
constante de los equites
armados con jabalinas arrojadizas que perforaban cualquier armadura.
La infantería pesada africana, que estaba escasa de agua y
vituallas, pronto comenzó a desfallecer ante la contundente
acometida romana, que peleaba cuesta arriba, y tras un par de horas
de lucha encarnizada, finalmente resultó arrollada por el empuje del
grueso de las legiones, formadas por unos 15.000 hombres,
desplegándose los romanos en una maniobra de tenaza con la que
terminaron rodeando y aplastando a la mayoría de sus enemigos,
incluyendo a las tropas íberas que guarnecían los flancos de las
sintagmas y que emprendieron la huida al comprobar que el propio
Asdrúbal era el primero en abandonar el campo de batalla.
Aunque
el caudillo cartaginés logró retirarse a tiempo, llevándose
consigo todo el tesoro ibérico y la mayoría de sus elefantes, no
pudo evitar que el control de la Bética pasase a manos de los
invasores latinos. En adelante, estos se harían dueños de sus
muchas riquezas agrícolas, equinas y mineras, alumbrando un tiempo
nuevo en el que la península Ibérica pasará a llamarse Hispania,
beneficiándose y formando parte en los siglos venideros del gran
impulso civilizador que conllevó su pertenencia al magnífico y
espectacular Imperio romano.
Y
respecto a la desaparición de los cartagineses, recordemos que
después de sufrir una nueva derrota en Ilipa (Alcalá del Río) en
el 206 a.C., Asdrúbal Giscón regresó a la metrópoli de Cartago y
Magón buscó refugio en Gadir (Cádiz) con los restos de su
malogrado ejército. Su adjunto, el general Hannón, caería
derrotado de nuevo por el cónsul Cayo Lucio Marcio Séptimo, y Magón
ni siquiera pudo aprovecharse de la rebelión de las tribus ibéricas,
a cargo de los famosos caudillos Indíbil y Mandonio ─ejecutados
bajo tormento por los romanos─, ni del sonado motín protagonizado
por los legionarios en el 205 a.C., reclamando al Senado de la
República el pago de sus soldadas.
Cierto
que el cartaginés organizó una campaña marítima a la desesperada,
tratando de recuperar Carthago-Nova, pero esta solo sirvió para
sufrir nuevas y mayores pérdidas de hombres y recursos. De hecho, al
regresar a su base naval del Estrecho, se encontró con las puertas
de la insular Gadir cerradas, viéndose obligado a buscar refugio en
otro lugar. Por ello puso rumbo con su flota hacia las islas
Gimnesias (Baleares), después de haber crucificado a los magistrados
gaditanos por traición.
El
historiador Tito Livio nos cuenta que: «tras ser recibido a pedradas
en la mayor de las islas (Mallorca), Magón dirigió sus naves hacia
la isla menor (Menorca), en donde buscó refugio y pasó el invierno
(205 a.C.) con su exhausto ejército de alrededor de 15.000 hombres,
a los que sumó la recluta de unos dos mil honderos gimnesios…,
antes de acudir en ayuda de su hermano Aníbal…, poniendo rumbo con
sus naves al puerto de Liguria (Italia), para continuar la
encarnizada guerra de su linaje contra Roma».
En
la actualidad, el gran puerto natural de Mahón, del que partió con
su escuadra, todavía lleva su nombre.
(Nota
*)
En
2006, un equipo de arqueólogos de la Universidad de Jaén descubrió
en este lugar el rastro de la batalla. Los investigadores todavía
estudian los vestigios directos para entender qué pasó en Baécula.
Lanzas, puntas de flecha y jabalinas, tachuelas de las sandalias
romanas, proyectiles de los honderos baleáricos que lucharon en las
filas cartaginesas, monedas, broches de los ropajes, piquetas de las
tiendas de campaña, o incluso los agujeros de la empalizada de
troncos, a modo de protección, han salido a la luz en los últimos
años. En total, ya se han recuperado más de seis mil objetos
diversos, dos tercios de ellos asociados al enfrentamiento bélico.
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