Inteligencia dicen, artificial será, pero inteligencia tiene muy poca. Aquella tarde yo le lancé mis preguntas ¿Qué tipos de cuerda hay? ¿De qué material? ¿Qué resistencia tienen? ¿Qué grosores? ¿Dónde comprarlas? ¿Cómo anudarlas con mayor firmeza? Me pregunta muy poco avispada ella que para qué la voy a usar y así podrá darme mejores recomendaciones, le digo que es idiota y cierro la aplicación. Está claro que nadie va a venir a salvarme.
Quizás os resulte gracioso, pero vosotros no sabéis lo que es vivir con el problema que yo tengo. Sufro un trastorno extraño, una especie de amnesia de palabras concretas. Mi me mente olvida los vocablos que han perdido sentido para mí, su raíz y sus derivadas e incluso a veces hasta los sinónimos.
Por ejemplo, yo no puedo pedir eso que se pide cuando tienes un problema y no lo puedes solucionar solo. No puedo pronunciarlo, escribrirlo o escuharlo. Perdí esa capacidad muy pronto, cuando en los primeros cursos de primaria los mismos compañeros me acosaban día tras día ante la desatenta mirada del colegio. Como mucho puedo decir “auxilio” o “colaboración”, pero comprenderéis que para mí perdiera pronto el sentido decir esa palabra que ya no puedo articular. Es como si, después de algunos sucesos importantes, mi mente podara algunas ramas del árbol de las palabras. Cuanto más relevantes y significativos son los hechos para mí, más ramas pueden caer al suelo.
Mi vida ha sido un circunloquio continuo, como si estuviera jugando al “Tabú” con las palabras prohibidas. ¿Cómo voy a decir ese término que se usa para referirse a la capacidad de tomar tus propias decisiones y elegir? Si he trabajado como si no hubiera un mañana, sin posibilidad de administrar mi tiempo li… ¡Argh! ¿Lo ves? Qué rabia. Ni qué decir tiene, esa palabra que se usa para nombrar el sentimiento de plenitud con la existencia, eso que es contrario a sufrir y con lo que muchas frases de sobre de azúcar especulan. Por no mencionar lo que se intenta aplicar en los veredictos de las cortes penales, eso que pretenden determinar unos señores y señoras con toga.
Imaginaos lo que son las canciones para mí, un montón de huecos inaudibles que tengo que suponer. Da igual si están en inglés o castellano: “… Como el sol cuando amanece, yo soy… Como el mar” o “Don’t worry, be…”. El resultado es infumable, pero no tanto como los discursos políticos, que acaban siendo para mí una amalgama vacía de contenido. Tal vez en esto último no diste tanto de la experiencia que puedan sentir los demás.
Me… junté, quiero decir, que convivo con Silvia, mi compañera. A ver, no puedo hacer alusión a nuestra ceremonia civil, fue un día bonito, pero ya ha perdido bastante sentido. Todavía puedo decir por lo menos que somos pareja, aunque apenas pasamos tiempo juntos. Yo trabajo en el taller muchas horas, donde no es necesario que hable ni escuche a nadie, es la única manera de poder estar tranquilo. Ella por su parte se ha ido distanciando también. Silvia fue la neuropsicóloga que puso nombre a mi dolencia: “Afasia Anómica-Semántica”. Al parecer fui el primer caso registrado en… Quiero decir en el territorio al que representa una bandera tribarrada con rojo, amarillo y rojo.
Creo que confundió la fascinación que le aportaba documentar el primer caso y unos ojos bonitos con un enamoramiento auténtico (es curioso que todavía pueda hablar de amor y autenticidad). Yo le di la fama, pero también he sido el fruto de su mayor decepción. Después de innumerables pruebas de neuroimagen, su equipo de investigación no ha podido hallar una base neurofisiológica, genética o lesión que sustente mi problema. En los momentos de mayor frustración, Silvia ha llegado a decirme que todo esto me lo invento, que en realidad soy yo mismo el que cuestiona el sentido a todo y no lucho por dárselo. Por supuesto, esta misma acusación la ha recibido ella por parte de los más prestigiosos grupos de investigación, que se preguntan hasta qué punto esto es solo una pantomima familiar.
Aunque, si os soy sincero, no es lo que más me hace sufrir. Con la llegada de Vera, nuestra hija, mis miedos se han multiplicado. Con casi ocho meses de edad, está empezando a balbucear sílabas a las que todavía no da sentido. Puedo intentar enseñarle la palabra “mamá”, pero no puedo decir el nombre del otro progenitor porque para mí esa palabra perdió el sentido cuando el mío nos abandonó teniendo apenas seis años. Las sucesivas parejas de mi madre nunca llegaron a representar tampoco el papel correspondiente. Así que ese apelativo tendrá que enseñárselo otra persona a mi hija.
Ahora mismo, tengo precisamente a la pequeña Vera en el parque de juegos que hemos puesto en el estudio. Silvia ha salido este sábado con sus amigas, seguramente necesite rajar un rato de mí para desahogarse, me parece comprensible. Yo miro a mi hija, le sonrío, pero no tengo ganas de hablarle. Qué más da si lo que tiene en la mano es un “osito” o si el sonajero es de color “rojo”, cuanto más tarde en hablar mejor, más tarde aprenderá las incoherencias de la vida ¿Y si hereda el mismo problema que yo? No sé si quiero verlo.
Vuelvo a enfocar mi mirada en la conversación que dejé a medias con la inteligencia artificial. Después de preguntarle explícitamente si resultaría dolorosa la muerte por asfixia con una soga, cae en la cuenta de que mi intención es… No puedo leer esa palabra en la pantalla porque mi mente, al parecer, la ha bloqueado. El hecho me deja absorto, pero el llanto de Vera me saca del ensimismamiento. Ella no ha dicho nada, pero sé que quiere que la coja en brazos.
OPINIONES Y COMENTARIOS