Nadie recordaba quién había encendido la lámpara.
La luz era pálida, oblicua, casi indecisa, como si dudara entre quedarse o huir de aquel lugar.
Cinco sombras se sentaban en torno a una mesa de madera, tan vieja que parecía haber escuchado más confesiones que el mundo. Afuera, la lluvia caía sobre un campo sin nombre, un campo que podía ser Buenos Aires, Montevideo, Jujuy o Comala, según quién lo mirara.
—El tiempo no se comporta —dijo Bioy Casares, observando cómo un reloj avanzaba hacia atrás—. Hace años que intento domesticarlo, pero se me ríe. Es como un perro viejo: obedece solo cuando quiere.
Girondo se encendió un cigarrillo y lanzó el humo hacia el techo, donde las telarañas temblaron como versos sin rima.
—El tiempo no se doma, viejo —respondió con su ironía porteña—. Se desarma. Se le sacan las tripas y se mira adentro, como a los relojes rotos. A veces late. A veces insulta.
Gelman lo escuchó en silencio. Sus ojos eran pozos donde cabía la tristeza entera del siglo.
—A mí el tiempo me dolió —murmuró—. No por lo que quita, sino por lo que deja. Lo que deja, eso que uno quisiera borrar y no puede. La memoria no perdona, compañeros. Tiene el filo de un cuchillo que no corta carne, pero abre adentros.
Rulfo levantó la vista, con esa calma de polvo que parecía venir de otro mundo.
—En mi tierra ya nadie le teme al tiempo —dijo—. Le temen al silencio. En Comala, las palabras se mueren antes de llegar a la boca. Si uno las dice, se deshacen, se vuelven viento o alarido.
Alfonsina Storni apoyó sus manos sobre la mesa. Tenía el gesto de quien ha aprendido a resistir con elegancia.
—Y sin embargo, el silencio también habla —susurró—. A veces más que todos nosotros juntos. Yo lo escuché en la orilla del mar, cuando ya no quedaba nadie para escucharme a mí.
Un trueno retumbó afuera.
Por un instante, la lámpara titiló, y las sombras de los cinco se confundieron, como si fueran una sola.
—Estamos muertos —dijo Girondo, riendo apenas—. Pero seguimos charlando, mirá qué cosa más absurda.
—No muertos —corrigió Gelman—. Desvividos. Como los poemas cuando se los olvida.
Bioy giró el reloj entre los dedos y observó que la aguja de los segundos daba vueltas sin moverse.
—Quizá estemos en un sueño ajeno. Tal vez alguien nos imagina. Una mente cansada que busca consuelo entre los fantasmas.
Rulfo asintió con lentitud.
—Todos somos lo que alguien recuerda —dijo—. Cuando ese alguien se duerme, desaparecemos. Por eso hablamos: para no dormirnos del todo.
Storni se inclinó hacia ellos, con voz suave pero firme.
—No quiero que me recuerden solo por morir. Prefiero que me recuerden por gritar antes. Por haber amado, por haber querido vivir, aunque el aire doliera.
Gelman la miró con ternura y respeto.
—Eso también es poesía —dijo—. La obstinación del que insiste.
Girondo golpeó la mesa con una carcajada.
—¡Y la desobediencia, carajo! Sin desobedecer no hay arte.
Bioy se acomodó el saco, medido, elegante como siempre.
—Ni metafísica —añadió—. La literatura, al fin y al cabo, es una forma de salvar el alma de lo cotidiano.
—¿Y si el alma no existe? —preguntó Rulfo.
El silencio que siguió fue denso como una tormenta contenida.
La lámpara parpadeó de nuevo. En las paredes, las sombras comenzaron a separarse de sus cuerpos, como si quisieran continuar solas la conversación.
—Si el alma no existe —respondió Storni al fin—, habrá que inventarla. Como todo lo que amamos.
Gelman sonrió, cansado.
—Y escribirla. Para que duela menos.
Girondo aplastó el cigarrillo en el borde de un libro abierto, que nadie recordaba haber traído.
—O para que duela más. Total, el dolor también es una forma de estar vivos.
Fuera, la lluvia se detuvo. El campo quedó en calma, aunque nadie podría jurar si era madrugada o medianoche.
Los cinco se levantaron lentamente, como si obedecieran un ritmo antiguo.
Cada uno tomó un rumbo distinto: Bioy hacia el espejo, Girondo hacia la puerta, Gelman hacia el reloj, Rulfo hacia el suelo, Storni hacia el aire.
La lámpara quedó encendida, temblando.
Y sobre la mesa, alguien —o algo— escribió una línea con tinta invisible:
“El tiempo no cura, solo espera. Pero a veces, cuando cinco sombras se reúnen, vuelve a latir la palabra.”
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