El Caleidoscopio Consciente

El Caleidoscopio Consciente

Leandro Dicam

12/10/2025


Nota del autor 


Debo admitir que, cuando conocí a Paulino, me pareció un pobre chiflado digno de lástima, un pelele, un muñeco de feria. Lo encontré en una situación que habría resultado indigna para cualquier otra persona. En esa época era objeto de burlas groseras, y recibía balonazos y escobazos a diario solo por diversión de unos desalmados. Una situación inaceptable que sin embargo, él parecía asumir con toda naturalidad.

Aún recuerdo con claridad sus palabras cuando quise saber la causa de semejante trato, —Lo hago porque me lo han pedido, señor—, fue su respuesta. Y en ella no había resentimiento o queja, no había furia ni odio, ni siquiera resignación. Respondió como el adulto que responde a un niño que ha hecho una pregunta obvia.

En otras circunstancias, seguramente habría olvidado ese fortuito encuentro al día siguiente, pero en aquella época me encontraba en un momento de mi vida totalmente ocioso y, como es sabido, a menudo el ocio es amigo de la curiosidad, y la curiosidad nos conduce por caminos imprevistos.

En la breve conversación que tuve con Paulino aquel día, él se ofreció a contarme una historia. Yo pensé que no tenía nada que perder, ni siquiera tiempo, que en ese momento me sobraba, así que acepté su invitación. No podía imaginar que el resultado de aquel acto ingenuo sería este libro que ahora el lector tiene ante sus manos.

Lo que pensé que no seria más que una tarde sin mayores consecuencias, terminó por convertirse en meses y meses de largas conversaciones con Paulino, tomando notas e intentando desentrañar su sorprendente historia. Con el tiempo, incluso llegó a cimentarse algo parecido a una amistad, si es que puede existir amistad sin admiración, porque en realidad, yo no admiraba a Paulino, le llegué a tener un gran afecto, pero no lo admiraba. Más bien al contrario, a menudo estaba más cerca de detestarlo.

Tengo que reconocer que estos sentimientos encontrados, en el fondo no eran más que la reacción por mi incapacidad para llegar a entender a Paulino de una manera plena y profunda. No me quedó más remedio que reconocer mis limitaciones para trazar un retrato sólido y convincente de él. Pero no me resigné, y me apoyé en la conocida sentencia, «por sus hechos los conoceréis», de modo que he dejado a los hechos hablar por si mismos. He apartado mis inclinaciones o afectos, y he tratado de ofrecer una semblanza lo más ajustada posible tanto de los acontecimientos que me contó, como del hombre que conocí; lo que no quita que en ocasiones, me sacara de quicio su forma de ser y haya expresado mi opinión libremente.

Ya sea gracias al protagonista, o a pesar de él, poco a poco fui quedando atrapado en su historia con la intención de escribir un texto que la recogiera adecuadamente. Pues, aunque el bueno de Paulino probablemente no habría servido ni para personaje secundario, encontré en los extraños sucesos que me narraba cosas dignas de ser tratadas, y las recogí con la humilde intención de que pudieran ser edificantes, a la vez que resultar de entretenimiento y refresco al que lo desee, aviso y buen consejo al que quiera encontrarlo, e inspiración y metáfora al que lo necesite.

Quien se acerque a este texto encontrará extraños casos y sucesos insólitos que escuché de boca de su protagonista y que han sido recogidos por este narrador quien, con mayor o menor acierto, ha puesto en orden las memorias de Paulino, las cuales no siempre estaban en el mejor estado de conservación, ni eran del todo claras, cuando no resultaban directamente contradictorias o confusas(1).

El lector juzgará si ha merecido la pena. Y si alguien encuentra el intento vano, o el resultado fallido, en mi defensa solo puedo decir aquello de: «Pro captu lectoris habent sua fata libelli».


1N. del A.: La historia de Paulino a menudo tenía lagunas que dificultaban su comprensión. Ya fuera porque no era testigo directo, ya fuera porque no se encontraba en una situación del todo lúcida. Este libro no es solo el resultado de las notas tomadas en las conversaciones con Paulino, es también el resultado de un posterior viaje que realicé por los escenarios de la historia en busca de pruebas y testigos, y que fue esencial para aclarar no pocos aspectos de la narración.
Afortunadamente tuve la oportunidad de hablar con algunos testigos directos que me ayudaron a tapar importantes lagunas, aunque no tantas como hubiera deseado. A pesar de todo este esfuerzo, inevitablemente he tenido que completar o reconstruir algunos de los acontecimientos que se recogen aquí, haciendo un ejercicio similar al del restaurador que trata de reponer, con la información que posee, los vacíos que el tiempo ha dejado.


ÍNDICE

Nota del autor

Prólogo

I

II

III

IV

Cap I

Donde Paulino tiene un inesperado encuentro en la cocina de su casa.

Cap II

En el que se narra el tumulto que tuvo lugar en la oficina de Paulino

Diario de Paulino II

Cap III

Donde Paulino conoce a un singular ex-presidiaro apodado el Carramoto

Cap IV

Acerca de la accidentada huida del Carramoto y Paulino

Diario de Paulino III

Cap V

De lo que le sucedió a Paulino mientras estaba perdido en mitad de un olivar

Cap VI

En el que se le acumulan los problemas a Paulino y se describe brevemente el local al que arribó y la fauna que lo habitaba.

Cap VII

Donde Paulino se embriaga y recibe una desagradable visita

Cap VIII

En el que Paulino se escabulle disfrazado de mujer y acerca de lo que le ocurrió oculto en el interior de una rana.

Cap IX

En el que Paulino termina su interminable noche en casa de su nueva compañera y del plan que ella le propone para burlar a Carramoto.

Cap X

Donde Paulino ve bruscamente interrumpido su sueño, a punto están de descalabrarlo a pedradas, y se habla de su encuentro con unos jóvenes artistas

Cap Xi

Noche Primera. Donde se inician las nocturnas extravagancias a las que Paulino se ve arrastrado.

Cap XII

Noche segunda. En el que Paulino tiene una extraña cena acompañada de una buena ración de truenos.

Diario de Paulino IV

Cap XIII

Noche tercera. Donde Paulino entra en contacto breve pero estrecho con algunos ilustres representantes del pueblo.

Cap XIV

Donde continúan la accidentada noche de Paulino y, muy a su pesar, conoce a un chamarilero que le propone algo inesperado.

Cap XV

En el que se da fin a la salida nocturna de Paulino y trata de nuevos extravíos y fantasmales apariciones

Cap XVI

Donde continúa la narración del extraño encuentro de Paulino y se da cuenta de la enigmática conversación que tuvo con uno de los acompañantes

Cap XVII

En el que Paulino entra a formar parte de un extraño grupo y alguien le cuenta una curiosa fábula

Cap XVIII

En el que Paulino se ve forzado a pasar por lo que no es y se improvisa una cabalgata

Cap XIX

En el que Paulino es espiado y de la confusión que de ello surgió

Diario de Paulino V

Cap XX

En el que Paulino se ve obligado a pastorear y de cómo quedó inconsciente por un ridículo incidente.

Cap XXI

En el que se da cuenta de otros jugosos sucesos que se cocieron mientras Paulino estaba ausente.

Cap XXII

En el que a Paulino le ponen un ojo morado y de las extrañas indicaciones que recibió en su habitación.

Cap XXIII

Donde dije digo, digo Diego y donde asistiremos a un lamentable espectáculo de marionetas.

Cap XXIV

Donde continúa la penosa obra de marionetas

Cap XXV

Aquí, por fin, termina la dichosa obrita

Cap XXVI

Donde Paulino es sometido a un interrogatorio sin preguntas.

Cap XXVII

Donde toman a Paulino por un loco que oye voces y de otros confusos sucesos.

Cap XXVIII

En el que Paulino asiste a una extrañísima ceremonia.

Cap XXIX

Acerca de una insólita declaración de amor y de la fuga de Paulino.

Cap XXX

En el que se narra el extrañísimo sueño de Paulino.

Cap XXXI

En el que Paulino despierta, o cree despertar, pues está tan confuso y en tan novedosa situación, que duda si sueña o está despierto.

Diario de Paulino VI

Cap XXXII

En el que Paulino conoce a su padre, o no. Y de los atentos cuidados que recibe de una agradable muchacha.

Cap XXXIII

Donde Paulino recibe unas enigmáticas amenazas y le descubren algunos escabrosos detalles del lugar al que había ido a parar.

Cap XXXIV

De cómo Paulino presenció el baile de unos duendes que salieron de debajo de su cama.

Cap XXXV

Del pintoresco método que Paulino usó para intentar conquistar a una dama.

Cap XXXVI

De cómo Paulino declaró su amor pero, desgraciadamente, a los pocos minutos lo había olvidado.

Cap XXXVII

En el que Paulino es confundido por un animal de vigorosa cornamenta en una situación de lo más delicada.

Cap XXXVIII

En el que Paulino es víctima de una intriga e intentan asesinarlo. Y de cómo fue salvado por unas croquetas.

Cap XXXIX

En el que intentan asesinar a Paulino por segunda vez y este decide echarse una siesta para que lo rescaten.

Cap XL

Donde se narran los equívocos y embrollos que surgieron en torno a unas tinajas.

Cap XLI

En el que continúa la historia de las tinajas.

Cap XLII

En el que Paulino es abandonado en una rotonda.

Cap XLIII

En el que Paulino hace planes para montar una frutería pero una inesperada llamada lo conduce a la locura.

Cap XLIV

Donde se narra cómo Paulino entró a trabajar en un museo de cera.

Cap XLV

En el que hablaré acerca de la primera vez que vi a Paulino y de la lluvia de escobazos que recibió.

Cap XLVI

Donde cuento cómo Paulino se ofreció a contarme esta historia a cambio de un paquete de jamón, y así, se da fin a este relato.


Prólogo I

Donde se hace una breve semblanza de Paulino

Paulino era un hombre normal en todos sus extremos. No era alto ni bajo, no estaba delgado ni gordo. El pelo castaño y corto, los ojos marrones. Sería injusto decir que era feo, pero tampoco guapo. Sus maneras naturales; su voz ni dulce ni ruda. Su carácter pasaba más bien desapercibido.

No era caprichoso en el vestir, su ropa y apariencia eran de lo más común. En definitiva, un hombre completamente normal de esos en los que no te fijarías por la calle.

A Paulino no le gustaba su nombre, no se sentía identificado con él. Paulino a veces hablaba consigo mismo, como podemos hacer cualquiera en un momento dado. Se decía en voz alta cosas intrascendentes como, «Bueno voy a ducharme» o, «A ver qué hay hoy en la tele». En estos momentos Paulino se cambiaba de nombre y se llamaba a sí mismo de cualquier otro modo. Al parecer los nombres le venían por etapas, una temporada se imaginaba con un determinado apelativo y, pasado el tiempo, se imaginaba con otro; puede que sacado de algún personaje de una película, o puede que se tratara de alguien a quién hubiera conocido recientemente, o vaya usted a saber. El caso es que no era raro escucharle llamándose de cualquier manera, como por ejemplo, «Venga Héctor vamos a prepararnos un buen sándwich para cenar» o, «Adriano, hoy ha sido un día duro, te mereces una pizza», pero no busques a ningún Héctor ni Adriano, que los tales no eran más que el propio Paulino.

Al parecer, Paulino significa «de pequeño tamaño«. Nuestro personaje hizo honor a su nombre al nacer, ya que salió más bien canijo aunque, eso sí, puntual. Y es que, a los nueve meses bien contados, asomó su cabeza a este mundo. Además fue cumplidor, en cuanto salió y le dieron unos azotes, rompió a llorar como es debido para que nadie se espantara. Los buenos cuidados de su madre pronto le hicieron coger volumen y puede que, en su tierna infancia, incluso estuviera un poco regordito.

Paulino tuvo una infancia de lo más normal. En el colegio no destacó, pero tampoco fue de los más torpes. No era un buen deportista, pero en las clases de gimnasia se esforzaba para no molestar al profesor. Entre los amigos era uno más y no tomaba la iniciativa, prefería dejarse llevar. Al Paulino niño le gustaba agradar a los demás e intentaba no dar demasiados problemas a sus padres.

Este era el Paulino niño, y al crecer tampoco es que cambiara en gran medida. Nuestro personaje no es uno de esos héroes románticos que son transformados por un acontecimiento atroz, o épico, es presa de una idea arrebatadora, o sufre por un amor imposible. No, nuestro héroe creció de la manera más convencional posible.

De modo que, cualquiera podría decir que lo anterior resulta un cuadro más bien soso, y lo es. Sin embargo, ya en su infancia y juventud encontramos unas pocas anécdotas que contribuirán a dar algunas pinceladas de color a este hombre gris que, sin embargo, se vio envuelto unos hechos de lo más insólito. Pequeñas anécdotas con las que, con un poco de suerte, empezaremos a ver a nuestro sujeto desde otros ángulos y que cada cual vaya juzgando.


Prólogo II

De la broma que gastaron a un joven Paulino

De joven, Paulino era una persona anodina y dependiente. Es verdad que los jóvenes en gran medida dependen del grupo en el que se integran, y esto es algo natural. De adultos, con el carácter ya formado, se hacen más independientes y asertivos; pero el joven Paulino era dependiente en un grado extremo. Era del tipo de muchacho que tiene principalmente un sólo amigo y el resto de sus relaciones sociales vienen dadas gracias a este amigo. Todos sus conocidos lo eran porque venían a través de esa persona. Los momentos de ocio, las fiestas, los paseos y cafés, las charlas informales y las risas, las esperas en la puerta del colegio y los primeros tonteos, en fin, su vida social al completo dependía de su principal amigo, que se convertía en una especie de cristal por el que se filtraban todas sus relaciones. Si su amigo no estaba, el prácticamente resultaba inexistente. El espejo se oscurecía y solo le quedaba una incómoda sensación de desconcierto, como si estuviera fuera de lugar. Por otra parte, los demás tampoco es que le echaran de menos.

Además, la molesta manía de Paulino, su impulso incontrolable y casi inconsciente por imitar las maneras de moverse, las posturas, los gestos y hasta la forma de hablar de las personas con las que trataba, tampoco es que le ayudara mucho en su vida social. pues la gente encontraba este comportamiento, en el mejor de los casos un intento más bien patético de tratar de caer bien, y en el peor de los casos, sencillamente algo ridículo y realmente molesto. Pero el adolescente Paulino no lo hacía por agradar ni por molestar, simplemente era una cualidad pegajosa de su ser, al que se le iba adhiriendo todo lo que le rozaba de manera tan involuntaria como natural.

A esto hay que añadir el problema de que la relación con su mejor amigo no era simétrica. Porque para este, Paulino era uno más de la pandilla, puede que un poco más pesado que los demás porque siempre se le pegaba como una lapa, por tanto no lo tenía en especial consideración y a menudo, ni siquiera lo tomaba demasiado en serio.

Muchas veces le daba esquinazo sin que Paulino se enterara, o puede que sí se enterara pero, al fin y al cabo, ¿qué podía hacer nuestra alma de cántaro? El resto de las veces lo llevaba consigo como el tronco que lleva un liquen.

Paulino no era del todo tonto, y percibía está situación, pero en esto no se diferenciaba tanto de cualquier otro joven que inicia su vida en pandilla y tiene que aceptar cierto estatus para no ser condenado al ostracismo.

De modo que no seamos crueles con el joven Paulino. Al fin y al cabo, ¿quién no está disculpado a esa edad? Pero conviene dar estas pequeñas pinceladas para mejor entender los líos en los que, ya mayorcito, se meterá nuestro amigo y de los que daremos cumplida cuenta más adelante. Porque si antes he apuntado que, pasado el pavo, los adultos se hacen más independientes y asertivos, diría que esto no se aplica del todo bien a nuestro querido Paulino.

Pero volviendo al imberbe joven, este tuvo el problema añadido de que su principal amigo le salió un poco rana porque tuvo la feliz ocurrencia de gastarle una broma un poco pesada. Puede que fuera por la insensatez propia de la edad y las ganas más bien tontas de echar unas risas, o puede que el joven estuviera ensayando, de manera casi inconsciente, el asombroso poder de controlar a los demás, o su capacidad de embaucar a un alma cándida. Y es que, Paulino era un grandísimo crédulo y, en gran medida sigue siéndolo, por lo que el amigo en cuestión tampoco es que lo tuviera muy difícil; pero para un joven que, como un alquimista, está empezando a experimentar con sus capacidades, poco importa que la víctima sea fácil.

Sucedía que, en el instituto donde estaban Paulino y su amigo, a final de curso hacían una ceremonia en la que se otorgaban una serie de premios a algunos alumnos. Los premios se podían conceder por motivos muy variados, por ejemplo, un alumno que había salvado a una viejecita de ser atropellada, otro que hubiera destacado especialmente en algún deporte, alguien que hubiera despuntado por su compañerismo, los típicos empollones por sus méritos académicos, o cualquier otra excusa.

Ciertamente Paulino no es que destacara especialmente por nada, ni aunque fuera por casualidad. Tampoco es que resultara un estudiante brillante, como hemos dicho, más bien era del montón. Iba tirando con sus aprobaillos por los pelos, algún notable que otro y sin librarse de algún cate de vez en cuando.

Así que Paulino era el perfecto candidato para no recibir nunca uno de estos reconocimientos.

Cuál sería su sorpresa cuando su amigo lo convocó un día para comunicarle lo siguiente.

Amigo. —¿Sabes que te han dado uno de los premios de fin de curso?

Paulino. —¿En serio? Estás de broma, no puede ser.

Amigo. —En serio te digo. Te han dado el premio al alumno promesa. Es una nueva categoría que se estrena este año.

Paulino. —¿El alumno promesa? Y eso, ¿qué es? ¿Y porqué no me han dicho nada? y tú, ¿cómo te has enterado?

Amigo, animándolo.— Pero, ¿No te alegras, hombre?

Paulino. —Sí, claro que me alegro, es solo que, no sé me resultaba un poco raro.

Amigo. —¡Venga hombre arriba! And the winner is ¡Paulino! (Le coge un brazo y se lo alza señal de victoria) ¡Repite conmigo! ¡The winner is Paulino!

Paulino. —¡The winner is Paulino!

Amigo. —¡Eso es! Vamos, un abrazo del premiado. ¡Venga! Dame un abrazo, hombre. (Paulino le da un abrazo)

Paulino. — ¡Un abrazo! Un abrazo.

Amigo. —Y ahora tienes que dar un discurso de ganador.

Paulino. —¿Un discurso? ¿También eso? Es que no sé qué decir.

Amigo. —No, ahora en serio. Tienes que preparar unas palabritas, que lo del premio es verdad.

Y acto seguido, el buen amigo pasó a explicarle cómo lo habían llamado para formar parte de un comité de alumnos, con objeto de otorgar ese nuevo trofeo, y que él había sido elegido representante de los alumnos en dicho comité. Le contó que, con cierta maña, se las había apañado para convencer a los otros miembros para que votaran a Paulino. Aunque con alguna resistencia al principio, pero como no podían votarse a si mismos, al final habían acabado aceptando la propuesta con tal de terminar rápido la reunión y poder salir a pegar patadas al balón. Finalmente, como él era el representante del comité, era también el encargado de comunicarle la buena noticia.

Hechas estas aclaraciones, Paulino quedó convencido y ya solo pensaba en la ceremonia de fin de curso, para la que quedaban pocos días y en el discurso que tendría que dar, cosa que por cierto le inquietaba bastante.

Paulino, tan contento como nervioso, llevó la buena noticia a casa y su madre, que se puso loca de alegría porque a su hijo le iban a dar un premio, estuvo esos días dedicada a preparar la ropa adecuada. Arregló un pantalón de paño que hacía tiempo que no se ponía, le sacó el falso y volvió a coser el dobladillo con un poco de más largura, porque el niño no paraba de crecer y se le había quedado un poco corto. Lo llevó a la lavandería y después lo planchó minuciosamente dejándole la raya bien marcada y bien recta. Se permitió el lujo de comprarle una camisa nueva de vestir, porque la que solía usar ya tenía los puños algo gastados, y además empezaba a quedarle un poco ajustada. Por último, y aunque ya era época en la que empezaba a hacer calor, rescató del fondo del armario una fina rebeca de punto, porque no era cuestión de ir en mangas de camisa y no había dinero para una chaqueta. Así que la rebeca era una manera de darle un toque elegante sin ser demasiado serio. La colgó en una percha varios días antes para que se aireara y se le fuera el olor a naftalina, aunque no desapareció del todo. Poco importaba porque, como toque final, rebuscó en su neceser algunas muestras de colonia, de esas que regalan como publicidad, para aromatizar convenientemente al niño que así quedaría como un pimpollo.

Por fin llegó el día de los premios. Paulino se dejó vestir por su madre. Cuando quedó bien arregladito y oloroso, salió para el colegio con tantos nervios como expectación y repitiendo mentalmente las pocas frases de agradecimiento que había conseguido escribir y que le habían costado no pocos sudores. Su madre quedó en casa esperando porque los familiares iban más tarde, a media mañana, hora en la que se iniciaban los actos.

Ese día era muy señalado en el colegio, se montaba un escenario en el patio y había diversas actuaciones preparadas por los propios alumnos. Ese año se inició con unos cuantos bailes con más buenas intenciones que resultados, y algún que otro teatrico ramplón que todos los familiares aplaudieron efusivamente.

Después de esto se dio inicio a la ceremonia para los laureados de ese año. Por fin había llegado el gran momento, uno de los profesores que hacía las veces de presentador pidió a los alumnos premiados que subieran al escenario. Paulino se levantó junto con otros compañeros y subieron por la escalerita que había en un lateral del estrado.

Profesor. —Muy bien chicos, enhorabuena a todos. Poneros aquí detrás en línea y yo os voy llamando, ¿vale?

Los muchachos se pusieron en fila en el fondo de la escena sin un orden especial. Paulino buscó con la mirada a su madre que estaba casi al final de los asientos saludándolo con la mano y este le devolvió el saludo tímidamente, con un gesto casi imperceptible, y sonrió nerviosamente mirando al público.

El acto era bien simple, el profesor iba presentando cada premio y llamando al alumno que recogía una especie de diploma y decía unas breves palabras de agradecimiento. En estos breves discursos se podía encontrar todo un abanico de posibilidades. Estaba el que se había preparado algo y lo recitaba de memoria con cierta entonación, el que improvisaba al micrófono un rápido «muchas gracias» apenas audible o hasta el que, sin saber qué decir, se encogía de hombros y se iba. Paulino llevaba bien preparado su discursito, y lo había estado ensayando delante de su madre, aunque eso no impedía que el corazón le latiera como si se le fuera a escapar del pecho.

Por fin se le acercaba su turno porque quedaban sólo el y un alumno senegalés al que le daban el premio a la integración.

Profesor. —Ahora es el turno al premio a la integración para nuestro nuevo alumno Kadito.

Alumno. —Didi.

Profesor. —¿Qué dices? ¿Que diga qué?

Alumno. —Didi, Kadidiatou. Me llamo Kadidiatou. No, Kadito

Profesor. —Muy bien. Anda, Kadidito, Ven a recoger tu diploma.

Alumno. —KadiDIAtoU.

El niño se acercó y recogió la cartulina.

Profesor. —Kadidito lleva apenas un año con nosotros y se ha integrado perfectamente además de aprender el idioma con gran rapidez. ¿Quieres decir unas palabras?

Kadidiatou. —Claro.

Si dais liçençia, mudable Fortuna,

por tal que blasme de ti como devo.

Lo que a los sabios non deve ser nuevo

inoto a persona podrá ser alguna;

e pues que tu fecho así contrapuna,

fas a tus casos como se concorden,

ca todas las cosas regidas por orden

son amigables de forma más una.

Y dicho esto se bajó del escenario tan pancho.

Profesor. —Bueno, pues ya veis cómo aprenden castellano nuestros alumnos extranjeros. Un aplauso para él, por favor.

El público dio un breve aplauso de compromiso y el profesor reparó en que aún quedaba un alumno en el escenario.

Profesor. A Paulino. —Bueno y tú, ¿qué haces aquí?

Paulino. —He subido por mi premio. El premio promesa.

Profesor. —¿Qué promesa? No tengo nada más aquí apuntado. ¿Cómo te llamas?

Paulino. —Paulino.

Profesor. —Espera un segundo.

El profesor se acercó un momento al borde del escenario y consultó en voz baja con otros profesores que estaban abajo. Luego volvió hacia donde estaba Paulino.

Profesor. —Bueno venga, no interrumpas más. No hay más premios. Así que baja del escenario, anda.

Paulino. —Pero es el premio…. al alumno promesa… Es nuevo, igual por eso…

Profesor. —Venga, ya está bien la bromita. Baja ahora mismo, no hagas que me enfade.

Así que Paulino, totalmente desconcertado, bajó tristemente del escenario y volvió a sentarse en su sitio. No faltaron las risitas y miradas burlonas de algunos de sus compañeros, de modo que agachó la cabeza para, al menos, no tener que encontrarse con la cara de guasa de más de uno.

Y lo más sorprendente de todo es que, el infeliz Paulino, aún estuvo un tiempo convencido de que había sido un error y de que su amigo le había dicho la verdad, además este mantuvo su versión mientras pudo. Finalmente le confesó la verdad entre risas, como si no hubiera sido nada. Esta claro que, a Paulino no le hizo ninguna gracia pero, a pesar de ello, no terminó su relación de amistad.


Prólogo III

En el que se cuenta el incidente que Paulino tuvo con un cojo.

Desde muy niño Paulino experimentó una incontrolable tendencia a confundirse con el entorno. No es que él hiciera el esfuerzo por resultar desapercibido, o por transformarse en alguien o en algo. Tampoco es que le gustara especialmente disfrazarse (aunque no le disgustaba), o que encontrara placer en la imitación. No era un acto intencionado, ni una necesidad de pretender ser otra cosa. Muy bien al contrario, era lo externo lo que parecía venir para apoderarse de él contra su voluntad, como una especia de posesión, cosa que lo irritaba sobremanera y que, a pesar de ello, no podía evitar.

Pero, para mejor entender aquello de lo que estamos hablando, pongamos un ejemplo. Cerca de la casa de Paulino vivía un anciano que cojeaba ostensiblemente, pero con gran soltura, porque su retranca era una herencia arrastrada desde su edad infantil, y es que su paso asimétrico había sido herencia de una polio que cogió de niño, de forma que más que defecto se debería hablar de una cualidad de su persona. El hombre se había ganado buenamente la vida como zapatero, y ahora, ya jubilado, no era raro verlo paseando por el barrio.

El caso es que tenía mala sombra la tendencia de Paulino a, por así decir, «empatizar» con su entorno porque, nada más ver de lejos al anciano cojo, parecía que los andares del hombre vinieran a visitarle, de forma que empezaba a sentir una comezón en su pie, un no se qué, como una debilidad en su extremidad que, finalmente le hacía cojear también a él. Y así, con su recién estrenada cojera, el pequeño Paulino seguía avanzando en dirección al viejo zapatero con fingida naturalidad y la cara roja como un melocotón maduro, confiando en pasar desapercibido y pensando que, si se paraba, sería mucho peor porque todo el mundo se fijaría aún más en él, y se preguntaría qué le pasaba a ese muchacho para pararse así de repente, sin motivo, y eso le hacía enrojecer aún más. En vano se echaba la mano a su pierna tratando de hacer que respondiera, pero nada, quedaba tiesa como un palo. Su cuerpo se había alineado por completo con el viejo cojo.

Entonces, a pesar de los esfuerzos del inocente Paulino, el hombre veía al niño acercarse imitando su cojera y, claro está, pensaba que le estaba haciendo burla. Enfurecido, cogía el bastón como si fuera un garrote y empezaba a dar golpes al aire, eso sí, bien parado en el suelo, que sin su tercer apoyo temía desequilibrarse y caer.

Viejo. —¡Pequeño bribón! Te voy a enseñar a reírte de tus mayores.

El pobre Paulino sentía la mirada reprobatoria de la gente que pasaba por la calle y, salía corriendo abochornado; al principio con un poco de cojera, pero en seguida el miedo iba liberando su pierna rebelde y ponía pies en polvorosa aliviado de recuperar la flexibilidad de sus extremidades.

El ingenuo Paulino se convencía a sí mismo de que había sido algo pasajero, y que no ocurriría la próxima vez, que era algo que podía controlar. Pero ocurrió más veces, y el caso llegó a sus padres que, como es lógico, lo amonestaron por su conducta. Paulino aguantó el chaparrón como pudo y, a partir de entonces, siempre salía alerta tratando de no cruzarse con el cojo. Cuando lo veía a lo lejos, trataba de cruzar por algún oportuno paso de cebra y, si no había ninguno, no le quedaba otro remedio que dar media vuelta para alejarse. En ese caso, esperaba a que alguien viniera en dirección contraria y aprovechaba para girarse y seguir a su altura como si fueran juntos, pues le daba vergüenza cambiar de dirección, así de repente, en mitad de la calle.


Prólogo IV

Donde se ve en qué resulta la primera salida de Paulino con una chica y el extraño hábito que adquirió después.


Bien le hubiera gustado a Paulino, cuando ya empezaba a mocear, que esta especie de propiedad magnética de su espíritu le hubiera servido para mejor atraer a las chicas, pero muy a su pesar no era así, como pudo comprobar en su primera cita con una joven.

Andaba Paulino ya en edad de tontear y ciertamente no era un chico demasiado popular. Sin embargo, ocurrió que, por un capricho del destino, una de las chicas mas deseadas de la clase se fijó en él. Semejante atracción resultaba difícil de explicar, sobre todo teniendo en cuenta que existían muchas otras opciones que, a priori, podrían resultar más atractivas para una mozuela de esa edad. En este sentido no podemos hacer más que conjeturas para explicarnos este fenómeno; puede que fuera una de esas chicas que, en algún momento, sienten atracción por un chaval mediocre, de los que no destaca especialmente en nada, y se acercan a él con el reto personal de hacer que brillara a su lado.

O puede que encontrara en el carácter sobrio y en la expresión algo soñadora de Paulino alguna señal de una especie de secreto por descubrir, algo así como un misterio que atrajera su curiosidad. Pero tratándose de Paulino, más que de expresión soñadora deberíamos hablar, simple y llanamente de expresión de despiste, y es que nuestro jovencito a menudo se quedaba embobado mirando a las musarañas sin más. Y no es que estuviera sumido en elevados pensamientos, sencillamente no pensaba en nada. Se quedaba como un botijo vacío por el que, cuando pasa el aire, hace sonar el pitorro; del mismo modo pasaban las imágenes por delante de sus ojos y los sonidos entraban y salían de sus orejas sin llegar a rozar su mollera.

Pero volviendo a la chica, que dicho sea de paso era mona y gozaba de éxito entre los niños, puede que encontrara en estos momentos más bien bobalicones de Paulino, los misteriosos afloramientos de un espíritu poético. Y si era así, habría que disculpárselo a la muchacha por su poca edad y corta experiencia. También puede ser que simplemente intentara encorajinar a algún noviete que la hubiera desairado, y Paulino fuera el instrumento para provocar sus celos. Siendo así, no habría que disculpárselo, que la malicia a veces suple con creces a la experiencia.

El caso es que, para alegría de Paulino, la tal chica un buen día se le acercó en la escuela y, con la naturalidad propia de la edad, le preguntó si le apetecía salir esa tarde a dar un paseo con ella. Paulino, por supuesto, aceptó sin pensarlo, y su corazón no paraba de latir imaginando el momento de la cita.

El llegó primero. Su madre, ilusionada, le había configurado el atuendo rebuscando entre los armarios. Una camisa de un verde claro y unos pantalones de verde oscuro. A su madre le gustaba mucho el verde. Los zapatos, los de siempre, que para más no había. Eso sí, Paulino se aplicó a conciencia para dejarlos bien lustrosos.

No tuvo que esperar mucho, al poco vio aparecer a su cita calle arriba, vestida completamente de rosa. Rosa era la falda, la blusa, calcetines y zapatos. Rosa el collar, los pendientes, la pulsera, las gomas del pelo; rosa era el ligero carmín de labios, y para rematar, la rodeaba un persistente perfume, claro está, de rosas.

Se saludaron con un casto beso en la mejilla y empezaron a caminar. Desde fuera debía resultar algo así como ver a un elfo paseando junto a un chicle. Paulino no había quedado muy convencido con su aspecto verdoso y no se sentía cómodo. De hecho, después de ese día rara vez se ha podido ver a nuestro personaje vestido de verde, es un color que desde entonces evita en su ropa siempre que puede.

Paulino avanzaba callado, dejando la conversación a ella, quizá por timidez, quizá por que no tenía nada que decir. Miraba con inquietud a la gente que se cruzaba, y su cara se sonrojaba ostensiblemente al sentirse observado. Al menos la chica podía estar contenta, porque la cara de su compañero iba felizmente a juego con su traje rosado. Efecto inesperado pero no menos afortunado.

Paulino no sabía muy bien qué hacer con las manos y, a los pocos pasos, decidió meterlas torpemente en los bolsillos, puede que para evitar cualquier contacto inesperado.

Hasta el momento no hemos hablado de la gestualidad y la forma de moverse de nuestro joven, y la verdad que podría dar para varios capítulos, porque la torpeza corporal de Paulino era algo, en verdad, proverbial.

Era algo así como si sus movimientos no respondieran a sus intenciones, o como si no hubiera intenciones para ordenar sus movimientos. Y no era solo como el caso del cojo, en el que su cuerpo parecía querer mimetizar con el entorno, sucedía en cualquier situación. Sus miembros parecían un engranaje descompensado, o una familia mal avenida en la que cada cual va a su aire y no se preocupa por el otro. Si en la escuela lo nombraban al pasar lista, a veces su brazo se levantaba con una fuerza desproporcionada mientras decía «¡presente!», y el resto de los chicos lo miraban entre alarmados y divertidos. Si tenía que seguir el paso en una fila, el tropiezo estaba casi garantizado. Si estaba en un restaurante no era raro que al coger su copa tropezara con ella y la tirara sobre la mesa. Cuando iba a dar un par de besos en un saludo no sabía por donde tirar, si a la derecha o a la izquierda, lo que daba lugar a divertidas escenas de requiebros.

Como hemos dicho, Paulino metió las manos en los bolsillos con cierta brusquedad pero, como la chica andaba tan ricamente oscilando los brazos a su aire, nuestro enamoradizo héroe interpretaba este involuntario movimiento como una invitación a que la cogiera de la mano, y sacaba su brazo del bolsillo. Lo dejaba ahí, colgando inseguro, en tierra de nadie y después de bambolearlo un par de veces igual que lo hacía ella, volvía a guardarlo con un rápido gesto. Y así varias veces, cada vez que su ofuscada cabecita creía interpretar un gesto de acercamiento al que debía responder.

Así estuvieron un rato paseando con Paulino entretenido saca que mete la mano del bolsillo, hasta que la chica propuso entrar en un bar a tomar un refresco.

Se sentaron en una pequeña e incómoda mesa metálica uno frente al otro.

Paulino miraba a su compañera y, por su expresión, se diría que se sentía un chico con suerte. En verdad la muchacha era hermosa y, así sentada, quedando la mitad de la marea rosa oculta, su cara resaltaba con mayor frescura.

Pero, ¡ay! Quiso la fortuna que aquí tampoco se librara el pobre muchacho de la tiranía de su camaleónica virtud. Resulta que la niña tenía un muy ligero bizqueo que, lejos de afear, le daba a su expresión un gracejo singular.

Así, sentados más de cerca, el pequeño defecto de la chica resultaba un poco más evidente. Resultó entonces que el inadvertido Paulino, quien empezaba a mirarla ya con el arrobo propio del mozuelo enamorado, a su vez comenzó a bizquear él mismo sin ni siquiera darse cuenta, y fue así como su éxtasis de amor le llevó a ponerse bizco del todo, momento en el cual su ardorosa mirada se vio interrumpida por una rápida y sonora bofetada que vino a ponerle los ojos de nuevo en su sitio.

—¡Eres imbécil o qué!— Le dijo ella al asombrado Paulino mientras se levantaba de la mesa y lo dejaba con dos palmos de narices sin comprender nada de lo que había pasado. Solo se enteraría más tarde, a través de terceras personas, de la causa de semejante reacción. Y es que ella había pensado que se estaba burlando de sus ojos un poco estrábicos.

Fue así como terminó la cita, pero no la historia, porque la chica que, como se ha dicho, era popular en el colegio, se dedicó a sabotear al desafortunado Paulino, malmetiendo entre sus amigos y conocidos para que hicieran el vacío al inocente muchacho.

Paulino, que seguramente con la bofetada algo habría empezado a desenamorarse, aún intentó algún tímido acercamiento, con mucha cautela eso sí, porque apreciaba la integridad de su cara, pero lo único que consiguió es que la chica pasara a su lado como quien pasa al lado de una puerta que chirría al moverse, y es que ni un «buenos días» pudo arrancarle.

Como consecuencia, Paulino, sin comerlo ni beberlo y gracias a las artes de su amiga, de repente se había convertido en el paria de su clase, alguien de quién la gente se apartaba como si les ofendiera al olfato.

Y curiosamente, según me contó nuestro protagonista, fue entonces cuando el muchacho empezó a cultivar uno de sus hábitos, costumbres o manías, más habituales.

Por aquella época ejercía una especial influencia sobre nuestro personaje su profesor de historia del arte. Un hombre bajito y regordete de plateadas sienes y lustrosa calva, por el que Paulino sentía un distante y reverencial respeto. Se quedaba pasmado con los monumentales dramas que pasaban ante sus ojos. Crueles martirios, asombrosas metamorfosis, salvajes asesinatos; pero también personajes grandiosos, cargados de drama y vida, héroes y reyes, santos, artistas y pensadores. Paulino atendía a esa clase como el animal que espera su ración diaria de alimento, o peor aún, como el adicto que espera su dosis. Y se fijaba especialmente en las ilustraciones que acompañaban el texto, a menudo cuadros clásicos sobre acontecimientos históricos. Paulino se convirtió en un devorador de imágenes. Le atraía sobre todo la pintura, pero más tarde también se interesó por la fotografía e incluso los anuncios. Sacaba libros y libros de arte de la biblioteca y los observaba con gran placer encontrando en ellos Dios sabe qué fantasías.

Tanto cuadro, estampita e imagen debió reblandecerle la sesera porque tomó la peregrina costumbre de imitar las poses que veía en los cuadros, y no me refiero a que las imitara en su cuarto como entretenimiento o creyéndose el actor de un drama. Nada de eso, las posturas le salían con toda naturalidad y en público.

Donde más le ocurría era en la iglesia, cuando iba a misa con su madre. En ese ambiente sacro, su cuerpo parecía preferir figuras como las sibilas o los profetas de Miguel Ángel.

Así, por ejemplo, sentado en el banco, su torso se torcía ligeramente a un lado mientras que el rostro se giraba hacía el altar, sus rodillas se abrían un poco y, con delicadeza, apoyaba las piernas sobre las puntas de sus pies. Un brazo se apoyaba lánguidamente en un muslo mientras que el otro se cruzaba sobre su pecho. En su trastornada cabeza él se imaginaba entonces como la sibila délfica. Lo bueno es que, en ese entorno, su desvarío pasaba desapercibido, y seguramente los feligreses encontrarían como causa de su histriónica postura la nada caritativa y muy inhóspita dureza de los bancos de iglesia.

Desafortunadamente no tenía la misma suerte en otros lugares. Por aquella época, si algo le sorprendía sobremanera, extendía sus dos brazos cuan largos eran con la palma de la mano abierta en ademán de sorpresa igual que el discípulo de la «Cena de Emaús», de Caravaggio. Hasta ahí todo bien, solo le miraban un poco raro y nada más; pero quiso la suerte que un día, al sorprenderse «caravaggiosamente», extendió sus brazos justo cuando pasaba a su lado uno de los matones del colegio y, sin querer, le arreó una bofetada en toda la cara. Tuvo entonces Paulino que extender sus piernas a más no poder para salir huyendo del enfurecido gualtrapa y no terminar así maltrecho. Ese día se libró, pero no sé salvó de que le pusiera un ojo morado pocos días después.

Estos caprichos corporales fueron también asunto de mofa en el colegio. En clase, por ejemplo, le salía con toda naturalidad el Heráclito de «La escuela de Atenas» de Rafael. Se sentaba de medio lado en el pupitre, un brazo apoyado distraídamente en el borde de la tabla, la mano sujetando el bolígrafo. El otro brazo con el codo en la mesa y sujetando la cabeza que miraba pensativamente al suelo. Las piernas ligeramente extendidas sobre el pasillo entre los pupitres y cruzados los pies por los tobillos.

—A ver señor Paulino. ¿Otra vez buscando musarañas en el suelo? Haga el favor de sentarse bien.— Le decía el profesor entre las ahogadas risas de sus compañeros, y Paulino se recomponía al instante.

Desconozco porqué adquirió este singular hábito y si estaba relacionado de alguna manera con su fugaz desengaño amoroso y su posterior, persistente y forzado aislamiento. Pero lo cierto es que esta manía le persiguió incluso hasta la actualidad, si bien parece que más disimulada. Puede que los años le hayan enseñado a mimetizarse mejor y buscar la ocasión propicia, como le ocurría en la iglesia; o que con la edad, su repertorio se haya hecho más extenso y se adapte mejor a la vida. Pero quien lo observe atentamente verá un cierto deje en la mano, un sutil giro en el cuello, un no se qué en el cruce de piernas que, a lo mejor, le resulta extrañamente forzado.

Pero es hora de dejar al joven Paulino y a este, un tanto caprichoso y pobre esbozo de su personalidad, y debo trasladarme ya a una época más cercana para narrar el conjunto de asombrosos acontecimientos que empezaron a encadenarse en la monótona y aburrida vida de nuestro personaje y, en fin, ver qué se puede sacar en claro de ellos, si es que hay algo que se pueda sacar en claro.


I

Donde Paulino tiene un inesperado encuentro en la cocina de su casa.

En el inicio de nuestra historia, Paulino contaba ya unas treinta y tantas primaveras y llevaba una plácida y monótona vida de oficinista.

Hacía dos años que trabajaba en una empresa que se dedicaba a hacer auditorías de negocios, y se podría decir que su vida había alcanzado la velocidad de crucero y que, a partir de ahí, a poco más podía aspirar. Si exceptuamos quizá una esposa, algunos churumbeles, un coche y una hipoteca tan eterna como molesta.

Nuestro personaje vivía en un barrio de la periferia de una gran ciudad donde compartía piso junto con otros dos compañeros. A él le correspondían los diez metros cuadrados de su habitación, un sitio en el sofá del salón comedor, un rinconcito en el frigo, y el uso del baño y cocina por estricto orden de llegada. Y tampoco era cuestión de quejarse, que su sueldo no le daba para muchas alegrías.

Sus compañeros se llamaban Leopoldo y Cipriano, pero este último se hacía llamar Cipo porque así le apodaban en su pueblo y era a lo que estaba acostumbrado. El primero trabajaba en una empresa de informática, el segundo hacía lo que podía, hoy trabajaba en un bar, mañana en una tienda y pasado en un restaurante.

Aunque extraños, no eran mal avenidos, pero tampoco es que fueran la sagrada familia. Como todos, arrastraban sus pequeñas mezquindades. Especialmente entre Leopoldo y Cipo. Y es que el tal Cipriano era un poco rústico y a Leopoldo le gustaba hacer chanza con él. Leopoldo se creía más listo que sus compañeros y sus pequeñas bromas eran la manera en que se lo demostraba a sí mismo.

Así por ejemplo, a menudo se refería a Cipriano con frases como «Cipo, te he dejado las cartas en la entrada», o «Cipo, te he puesto el teléfono en tu cuarto». Y al decirlo juntaba el apodo con el pronombre y cambiaba la coma de sitio, de modo que el inicio de la frase sonaba como una única palabra grosera que el lector ya habrá adivinado, y que no voy a transcribir. Pero su rústico amigo o no lo pillaba o hacia como que no se enteraba.

Cipriano ceceaba y Leopoldo seseaba, el primero por herencia de su pueblo, el segundo no se sabe si de natural o por embromar al primero. El caso es que escuchar una conversación entre ellos era un poema, pero la traca venía cuando se juntaba Paulino, porque a nuestro héroe se le pegaba el ceceo y el seseo de ambos en una nueva y superior combinación del lenguaje, y era un cuadro ver cómo, en una misma frase llegaba a mezclar el ceceo con el seseo de tal forma que, a veces, casi se le trababa la lengua. Y es que Paulino era de esas personas que, cuando hablan con un argentino, o un mexicano o cualquier otro extranjero, se les pega el acento enseguida y comienzan a expresarse con los modos de su interlocutor.

Del apartamento donde vivía poco diremos, más allá de que tenía la apariencia de un piso de estudiantes a pesar de estar trabajando los tres inquilinos. Muebles que parecían haber sido recogidos al azar, cada uno de un color y cada cual con sus propios achaques de la edad. Hasta el punto de que, bien podría decirse que se trataba de un hospicio de sillas, mesas y cómodas que habían ido a pasar allí sus últimos días. Si hablamos de la decoración, pues aún peor, porque ya estaba desahuciada y con los sacramentos dados. En las paredes de gotelé el polvo había hecho liga indisoluble con la pintura, como el liquen lo hace con el tronco. La vajilla de lo más variopinta, y si la juntaras toda, bien podría rivalizar en diversidad de colores con la vidriera de una iglesia, eso sí, no intentes buscar más de dos piezas iguales que sería tiempo perdido.

La habitación de Paulino era una pequeña estancia que daba a un minúsculo patio interior. Los muebles, que parecían estar peleados entre sí, consistían en una pequeña cama individual, un armarito, un mínimo escritorio con un taburete para sentarse y una mesita de noche.

La puerta no se podía abrir del todo porque chocaba con el armario. El armario no se podía cerrar del todo porque estaba descuadrado y la ventana ni abría ni cerraba bien y, en cualquier caso, era mejor no intentar abrirla porque entraban más olores de los que salían. La lámpara consistía en una bombilla colgando de un polvoriento cable a la que se había atado un bombo de papel, de esos que venden en los baratillos, y que estaba ligeramente torcido.

La ropa de cama solía estar medio deshecha porque prefería sentarse en ella antes que en el incómodo taburete. El único adorno eran unos cuantos libros de arte sobre el escritorio y un papel pegado con chinchetas a la pared en el que estaba impresa la litografía «Friedrichstrasse» de George Grosz, y es que a Paulino le atraía especialmente este abigarrado dibujo de una calle llena de transeúntes.

Paulino tenía la misma rutina todas las mañanas. Paso uno, se levantaba, claro está. Paso dos, expulsaba un par de ventosidades que se quedarían merodeando por su habitación casi hasta mediodía. Paso tres, se duchaba, y paso cuatro, tomaba un rápido desayuno.

Sin embargo, el día en el que se inicia esta historia, nuestro personaje había incorporado a su rutina la redacción de un diario. Y lo había introducido justo después del paso uno, es decir levantarse, y antes del paso dos, destinado a sus caprichos intestinales.

Paulino no escribía el diario por gusto; era un ejercicio sugerido por un «personal coach» que, por aquel entonces, estaba dando unas sesiones de «coaching» en la empresa. Y Paulino, que era una persona más bien complaciente, no había dudado en ponerse manos a la obra.

Pero, a parte del diario, esa mañana fue un poco diferente por otra cuestión bien distinta. Cuando Paulino entró a la cocina para preparar el desayuno, se llevó una pequeña sorpresa.

Tina, una compañera de trabajo, estaba allí con unas simples braguitas y una camiseta de ropa interior tan ajustada que parecía un atlas de montañas y accidentes geográficos.

Paulino, fijándose en todo menos en su cara. —¡Anda! ¿Pero tú que haces aquí?

Tina. —¡Pero bueno, si es Paulino! ¿Y tú, qué haces aquí?

Paulino. —¿Cómo que qué hago? Esta es mi casa.

La noche anterior, Paulino había salido a tomar unas cervezas con unos compañeros de trabajo y, casualmente, se había encontrado con su colega de piso Leopoldo, quién se unió también al grupo. Poco después Paulino regresó a casa pero Leopoldo y Tina, que se habían caído bien, siguieron la juerga por su cuenta.

Lo que ocurrió después cualquiera lo puede imaginar. Más aún Paulino, a quien despertó, ya de madrugada, el ardoroso ajetreo en el dormitorio de Leopoldo. Por cierto, que esto no era nada nuevo para Paulino, con Leopoldo resultaba más o menos habitual. Lo que si era nuevo es que fuera con una compañera de su trabajo.

Así que, nuestro hombre se había encontrado con este inesperado desayuno en paños menores, y no parecía importarle a juzgar por la manera en que se distraía observando la orografía de Tina.

Tina. —¿Hola?… Paulino. Hola, mi cara está aquí, un poco más arriba.

Dijo Tina un tanto socarrona, y es que, pasada la primera sorpresa, ella empezaba a disfrutar de la situación, así que se apoyó en la encimera echando un poco los hombros hacia atrás, de manera que la estrecha camiseta marcara aún más su profusa delantera. Lo miró con unos ojos a la vez maliciosos y divertidos, al tiempo que contoneaba distraídamente su cadera.

Tina. —No sabía que esta era tu casa también. ¡Qué bueno! Así podré venir a visitarte. ¿Te gustaría?

Tina era una buena chica, muy aplicada en todo lo que hacía, quizá herencia de una educación estricta que le había enseñado que el esfuerzo y la dedicación debían dar sus frutos. Y era además una persona a la que, simple y llanamente le gustaba jugar; y como era muy aplicada en todo, pues también jugaba con las personas con gran dedicación.

Paulino por fin levantó los ojos hacia los de Tina y copiando su mirada entre maliciosa y divertida le respondió:

Paulino. —Supongo que me gustaría.

Pero, a decir verdad, la mirada de Paulino en lugar de parecer insinuante o divertida, resultó más bien un poco miope y tensa. Quizá por eso Tina soltó una carcajada al escuchar la respuesta.

Paulino. —¿De qué te ríes?

Tina.—De nada. Hablaba en serio. Pero es igual, tú te lo pierdes, en realidad tu amigo es un poco soso en la cama.

Paulino. —Preferiría que no entraras en detalles, por favor. Tengo una imaginación, no sé cómo decir… Un poco activa. No me gustaría que me dibujaras a mi compañero en según qué situaciones, si no te importa.

Tina. — Tranquilo; tampoco te iba a contar nada, sólo era un comentario inocente. No tengo ninguna intención de excitarte.

Paulino. —En realidad, sí me…

Tina. —¡Ah! Escuchame ¿No se te ocurrirá contarle nada de esto a Edu?

Paulino. — ¿Nada de qué, de esto nuestro?

Tina. — ¡Qué dices nuestro! (riendo) Mira que eres raro a veces. Me refiero a mi noche con tu amigo.

Paulino. —¡Oh! Claro, ¿cómo no?

Tina. —¿Cómo que claro? Ni se te ocurra decir nada.

Paulino. — No, quería decir que no, claro que no.

Tina. —Escucha, como le digas algo te las verás conmigo. Edu es un buen tío y me gusta estar con él, es sólo que no entiende algunas cosas.

Paulino. —No, si yo no digo nada. Y si vienes por aquí en otra ocasión tampoco diré nada.

Tina. Riendo de nuevo. —Es curioso, tú y yo trabajamos juntos pero en realidad no nos conocemos. No sabía que tuvieras ese sentido del humor.

Paulino. —¿Qué sentido del humor?

Tina. —Eres muy gracioso Paulino, y ya veo que no pierdes la ocasión. ¿Quieres que venga por aquí en otra ocasión? Yo ya conozco tu dirección.

Paulino. —No sé, supongo que a nadie le amarga un dulce.

Tina. —¡Vaya, menudo galán. Qué convincente! De todos modos, gracias por la parte que me toca… Escucha, parece que se acerca tu compi. ¡Buff, qué rollo! Oye, si quieres te llevo en el coche. Me cambio rápido y salimos.

Paulino. —No gracias, a primera hora tengo que ir a la sede central. Luego iré a la oficina.

En ese momento Leopoldo entraba en la cocina en paños menores y rascándose la entrepierna.

Leopoldo. —¡Buenoss días nena!

Tina. Secamente. — No soy tu nena, imbécil.

Leopoldo. Preparándose un café. —Ni yo pretendo que lo seas, pero no era eso lo que decías esta noche.

Tina. Con indiferencia. —Eres gilipollas.

Paulino ante tales muestras de afecto, decidió olvidarse del desayuno y hacer mutis por el foro. Se despidió de los amantes aunque ninguno de los dos se dignó responderle. Por el pasillo, camino de la salida, aún escuchó algunas frases de la conversación.

Leopoldo. —¿Qué hablabas con Pau?

Tina. —Y a ti qué te importa. No es asunto tuyo.

Leopoldo. —¿Te apetece otro revolcón antes de salir para el trabajo?

Y Paulino cerró la puerta de la casa dirección a la oficina.

Antes de continuar conviene hacer una pequeña aclaración. El lector encontrará a continuación que, entre los capítulos que narran la historia de nuestro amigo, se han intercalado una serie de fragmentos de su diario. No era esa la intención de este humilde narrador, que nunca se planteó que formaran parte de este libro; pero es a petición del propio Paulino que me he visto obligado a introducirlos, muy a pesar mío.

En cierto modo no podía negarme, al fin y al cabo esta es su historia, de modo que, cuando me lo pidió no tuve más remedio que prometérselo, y he cumplido mi palabra.

Así pues, le pido al lector un poco de paciencia con las peroratas cefaleicas que Paulino nos soltará de vez en cuando. Los fragmentos del diario se han introducido tal cual me los entregó su autor.

Nada tiene que ver con ellos este narrador que, prudentemente, se lava las manos.


Diario de Paulino I

Nuestro personal coach nos ha dicho que hagamos el ejercicio de escribir un diario, así que me he levantado esta mañana un poco antes para escribir.

La verdad es que no sé qué escribir… El dice que escribamos cualquier cosa que se nos pase por la cabeza. Todos nuestros pensamientos.

(El caso es que me pregunto si Salvador nos pedirá leer lo que hemos escrito. No creo, sería algo indiscreto. Pero, por si acaso, mejor pongo esto entre paréntesis para no colarme si tengo que leerlo.)

(Nota mental: no leer lo que hay entre paréntesis.)

Ayer estuvimos en la sesiones de coaching que nos ha preparado la empresa. Hoy continuamos con ellas. Estamos aprendiendo muchas cosas interesantes sobre el liderazgo. Por ejemplo, cómo mejorar nuestra productividad y ajustar nuestras metas, y gestionar nuestra ambición para triunfar en la vida y alcanzar el éxito. Todo esto es muy interesante y creo que nos puede ayudar mucho.

(Parece que me ha quedado un poco pelotas, pero no lo voy a corregir porque me da pereza y tengo que ducharme o llegaré tarde. Además, en el fondo me gustan las clases o sesiones o lo que sean. Hacen que me sienta, no sé, como si me hubiera tomado cinco cafés seguidos.)

Otra cosa me viene a la cabeza. Salvador nos dice que tenemos que ser personas a tiempo completo, personas 24/365, que tenemos que tener un objetivo y centrarnos en él con todas nuestras fuerzas.

La verdad es que me pierdo un poco en todo esto. No tengo muy claro qué objetivo ponerme.

Ahora hay una vacante de coordinador de equipo. Creo que no estaría mal. Y no me vendría mal mejorar un poco el sueldo. Eso estaría bien. Eso puede ser un objetivo. Otra cosa es conseguirlo.

(Nota mental: igual es mejor no leer esto último en voz alta. Pensarlo más adelante y poner entre paréntesis.)

Bueno ya está. Mi primera entrada en el diario. Se me hace un poco raro.

Eso es todo por hoy.


II

En el que se narra el tumulto que tuvo lugar en la oficina de Paulino

Es sabido que, en ocasiones, los acontecimientos más relevantes se desencadenan de la forma más inesperada, sin previo aviso, sin ni siquiera un pequeño indicio. Hasta el punto que la mayoría de las veces, la persona a la que esos acontecimientos van a cambiar la vida, ni siquiera es consciente de ello hasta tiempo después, cuando su vida ya se ha vuelto del revés; y eso aún con suerte, que otros nunca alcanzan a entender qué demonios fue lo que pasó para que todo se fuera al traste. Y es que, un suceso aparentemente intrascendente, de repente empieza a desencadenar una serie de movimientos que quedan ocultos a la vista del pobre incauto al que, más temprano que tarde, van a terminar por arrollar.

Poco imaginaba nuestro Paulino que ese día, un incidente en la oficina iba a dar lugar a esa pequeña chispa que terminaría por arrojarlo a una serie de situaciones de lo más inesperado y, a menudo, indeseadas..

Como cada mañana, Paulino se arrastraba igual que un saco de patatas calle abajo hacia la boca del metro. Los hombros cargados, la cabeza algo baja y fija, como si el cuello fuera de mármol. Los pies pesados y los brazos colgando inertes. Tan embobado que apostaría a que, si alguien le diera una patada en el culo, no se daría ni cuenta.

Aparentemente avanzaba sin prestar atención a nada de lo que ocurría a su alrededor. Claro que tampoco había mucho que ver.

Una sucia y oscura calle de la periferia. Coches aparcados a cada lado iluminados por tristes farolas. Comercios cerrados y locales abandonados que empezaban a recibir las primeras luces del alba. Alguna vegetación suelta que acumulaba papeles, latas vacías y colillas.

Unos pocos viandantes se apresuraban y pasaban al lado de Paulino en silencio, igual que trapos arrastrados por el viento. El no tenía prisa, salía siempre con tiempo para ir dormitando por la calle.

Hoy disponía incluso de más tiempo. Primero porque se había dejado el desayuno, y segundo porque, en realidad, no tenía que ir a la sede central de su compañía. Le había dicho eso a Tina para no tener que ir con ella al trabajo.

De hecho, a primera hora tenían otra sesión de coaching y se esperaba una mañana tranquila.

Las tales sesiones, actividades, mítines o como quiera llamarse venían bajo el rimbombante nombre de «Ejercita tu mente y tu cuerpo para ser un líder, alcanzar tus metas, lograr el éxito y triunfar sin condiciones». El prolijo título lo había puesto el organizador del invento, un personaje de nombre Salvador, todo un filibustero que en ese momento se ganaba la vida escribiendo libros a los que ponía descriptivos títulos como, «Alcanza el éxito en setenta cómodos pasos y sin marcha atrás», o «Fórmula magistral para convertirse en un líder y ser tu propio jefe». A la vista de estos títulos, parece que entre las virtudes de Salvador no estaba precisamente la de crear eslóganes. Bien podría haber aprendido del clásico y breve «Ora et labora«, por ejemplo. Pero el prefería cosas más comerciales como «Tú eres un triunfador, solo que aún no lo sabes. Déjame mostrártelo en 120 páginas.»

Se ve que no debió irle muy bien con el negocio porque, pasados unos años, pude descubrir al mismo malandrín escribiendo libros de autoayuda para afrontar el fracaso y superar la depresión, pensando quizá que en este nicho de mercado encontraría más clientes. También simplificó sus títulos un poco, y ahora son del tipo, » Si tú no te estimas, Yo te estimo» o » Dame la mano y ven», el problema es que no se sabía muy bien a dónde.

Pero la trayectoria de Salvador es otra historia que no viene del todo al caso, pues él nos interesa principalmente por su ocasional cruce en la vida de Paulino.

Volviendo a las sesiones de coaching, todas las reuniones empezaban con la misma fórmula, el maestro de ceremonias entraba en la sala y decía (o más bien gritaba) —¡Buenos días ganadores!—.

Y continuaba con tres preguntas a las que respondían todos los asistentes gritando al unísono:

Salvador. —¿Qué sois?

Rebaño. —¡Ganadores!

Salvador. —¿En qué os vais a convertir?

Rebaño. —¡En líderes!

Salvador. —¿Qué vais a hacer?

Rebaño. — ¡Triunfar, triunfar, triunfar!

Por orden expresa de Salvador, esto último se tenía que repetir tres veces y después seguía el consabido aplauso grupal con algún que otro chiflido espontáneo y, a veces, no faltaba el gracioso que aprovechaba para soltar una palabra malsonante o cualquier otra obscenidad en voz baja.

Pero antes de que empiece el ritual, hagamos un rápido repaso a los triunfadores del día o, dicho de otro modo, los compañeros de Paulino.

En primer lugar estaba su jefe Guillermo, un auténtico psicótico con manía persecutoria que pensaba que todo el mundo conspiraba a sus espaldas. Su principal ocupación consistía, por una parte, en vigilar que ninguno de sus subordinados destacase y pudiera hacerle sombra, y por otra parte buscar la manera de medrar ante sus jefes, a menudo apropiándose méritos ajenos y endosando fallos propios; en definitiva un espécimen de lo más común en el ecosistema de la empresa.

Guillermo había conocido a Salvador en alguna salida nocturna y en seguida vio la posibilidad de hacer negocio. Le comentó que sería buena idea organizar unas sesiones de coaching en su empresa. Se entendieron rápidamente, Salvador incrementó el ya de por sí abultado coste de las sesiones en la parte correspondiente a la comisión que Guillermo se llevaba por detrás. Luego este vendió el invento a sus jefes entre risas y copas una noche cualquiera, aprovechando que estos eran más dóciles cuando estaban beodos y, de este modo, el negocio estaba hecho.

El siguiente compañero era Felipe, un oscuro personaje que se paseaba por la oficina y del que nadie sabía casi nada. Su conversación, más bien escasa, se limitaba a temas de trabajo y poco más. Aparecía cuando abrían la oficina y desaparecía por arte de magia cuando se cerraba. Era por tanto una sombra, aunque una sombra productiva, que es lo que importa.

Julián, por el contrario era hablador y siempre estaba de buen humor, cosa que llegaba a irritar a sus compañeros, sobre todo en los días lluviosos. Julián parecía que iba a la oficina a hacer amigos pero no lograba avanzar más allá de un trato cordial y distante.

Pablo y Juan eran eternos enemigos. Por algún motivo ya olvidado se odiaban a muerte, y siempre estaban tratando de ponerse zancadillas. Tan persistente era su antagonismo que el resto del grupo ya era incapaz de pensar en el uno sin el otro. Para los demás constituían una unidad sacramentalizada e indisoluble y, dicho sea de paso, en alguna ocasión los azuzaban y picaban solo por diversión, como quien echa dos gallos a pelear.

Sonia, la otra chica del equipo, junto con Tina, era una máquina eficaz como un engranaje, organizada, previsora y terriblemente predecible. El jefe Guillermo la observaba de cerca pues recelaba de su competencia. Pero Sonia no constituía una amenaza ya que, además de ser una trabajadora competente, tenía un fuerte sentido de la jerarquía y era sumisa.

Los últimos componentes del conjunto eran Óscar, Eduardo y Tina.

Óscar no tenía pelos en la lengua y no temía decir lo que pensaba, razón por la que, normalmente callaba. Era una persona pragmática que resolvía su trabajo con el mínimo esfuerzo posible y sin más implicación de la necesaria.

Finalmente Eduardo era el novio de Tina, el oficial al menos. Eduardo no destacaba en nada en especial, excepto en su físico, y afortunadamente tenía la virtud de no ser excesivamente celoso. Es verdad que, a veces, se aventuraba a indignarse un poco con las veleidades de Tina, pero lo hacía más bien porque consideraba que aparentar cierta indignación resultaba socialmente más aceptable.

Junto con Paulino este era, en resumen, el rebaño de líderes que se disponía a disfrutar de una nueva sesión de coaching y escalar un peldaño más en la escalera hacia el éxito.

Esa mañana, la sesión se celebraba en una sala parecida a un aula, con un escritorio presidiendo y sillas en filas. Para el coaching se retiraron las sillas hacia las paredes para dejar el espacio central libre. Los asistentes se instalaron en el centro dispuestos a escuchar la perorata de Salvador, mientras que Guillermo, el jefe, se situó discretamente apoyado en la pared junto a la puerta de salida observando y sin participar activamente.

Salvador. —¿Qué sois?

Todos. —¡Ganadores!

Salvador. —¿En qué os vais a convertir?

Todos. —¡En líderes!

Salvador. —¿Qué vais a hacer?

Todos. —¡Triunfff…

El chirrido de la puerta de entrada interrumpió los desbordados gritos del grupo. Se trataba de Tina, quien en ese momento entraba al aula.

Tina. —Perdón, me retrasé un poco. Un atasco.

Salvador.— Está bien, entra por f…

—¡Triunfar, triunfar, triunfar!—. Interrumpió Óscar gritando con cierta sorna. Paulino lo secundó sin mucho convencimiento y apagando la voz al ver que los otros callaban: —Triunffaa…—.

Salvador. —Está bien, está bien. Gracias Paulino, ya ha quedado claro. Empecemos.

Julián, a Pablo en voz baja. —Te digo yo que esta ya ha triunfado esta noche.

Paulino, que estaba al lado, escuchó la enigmática alusión y miró alarmado a Eduardo, el novio de Tina; pero este parecía estar en la inopia y no haberse dado cuenta del malicioso comentario. Julián conocía al compañero de Paulino, pues en alguna ocasión habían coincidido fuera del trabajo. ¿Era posible que las noticias ya hubieran volado? Desde luego, Leopoldo no destacaba por su discreción y recato, de modo que no era algo descartable.

Salvador estaba ya inmerso en su arenga inicial que ahorraremos al lector (siempre podrá acudir a sus libros para profundizar en la materia). Su hipertrófico discurso más que levantar los ánimos, parecía estar anestesiando a los sufridos asistentes, a juzgar por sus caras de sueño. De modo que decidió cambiar de tercio y preparar un pequeño juego para espabilar al somnoliento grupo. Dio un par de fuertes palmadas y dijo:

Salvador. —¡Vamos chicos! Vamos a preparar una actividad.

Pablo, en voz baja. —¡Joder! Qué susto con las palmadas. Me estaba quedando dormido.

Salvador. —¡Venga hombre, espabilad! Hoy vamos a practicar la confianza y la capacidad de mando. A ver, colocad unas cuantas sillas desperdigadas por la habitación. ¡Venga moveos!

Los chicos empezaron a coger sillas de las que estaban alineadas en las paredes y a colocarlas en desorden por el aula.

Salvador. —Eso es, así, sin orden. Vale es suficiente. Ahora necesito dos voluntarios, por ejemplo… tú Tina por llegar tarde y tú mismo Paulino.

Julián. En voz baja a Eduardo, que estaba a su lado. —Curioso concepto del voluntario el que tiene este hombre.

Paulino y Tina se dirigieron hacia Salvador. Tina lanzó un fugaz guiño a Paulino y este, o más bien el ojo de este, le respondió con otro guiño. Paulino se azoró un poco pues su rebelde ojo había actuado contra su voluntad. Además, si el gesto de Tina había sido casi imperceptible, el guiño de Paulino más que guiño fue guiñazo, y difícilmente debió pasar desapercibido a los presentes.

Salvador. —Tú, Tina, ponte en el extremo al fondo del aula, allí; y tú Paulino ponte al otro lado de las sillas, aquí. Muy bien, mirad, Paulino es el líder y deberá guiar a Tina a través del laberinto de sillas. Aquí tengo un pañuelo (se sacó uno del bolsillo), está limpio, ¿vale? Bueno, ahora voy a tapar los ojos de Tina y a darle unas vueltas para que se desoriente. Eso es. Ahí, quieta. Cuando yo diga, Paulino deberá guiar a Tina entre el mar de sillas hasta donde él está. ¿Ok? No vale quitarse el pañuelo ni intentar mirar por él. Voy a cronometrar. Luego lo vamos repitiendo por parejas a ver quién lo hace en menor tiempo. ¡Vamos a ello! Tres, dos, uno, ¡Tiempo!

Paulino. —¿Ya?

Salvador. —Claro, ¿no me has oído? ¡Venga!

Paulino. —A ver Tina, gira un poco hacia mi.

Tina. —¿Cómo que hacia ti? Yo qué sé dónde estás.

Paulino. —Pues aquí, ¿no me oyes? (Gesticulando) ¡Aquí, gira aquí, aquí!

Tina se giró hacia donde le sonaba que venía la voz de Paulino.

Tina. —¡Pero dime derecha o izquierda, hombre!

Paulino. —Sí, sí. ¡De frente, de frente! Avanza de frente ahora.

Tina avanzo unos pasos de frente y se golpeó con una silla.

Tina. —¡Joder! Me he dado en la rodilla. ¿No me has dicho de frente?

Paulino. —Sí, pero no tanto. Vas muy rápido. Ahora a la derecha.

Tina empezó a girar a su derecha.

Paulino. —No, no, a la derecha no, a la izquierda.

Tina. —Me vas a volver loca. ¿Derecha o izquierda?

Paulino. —Pues… no sé, ¿tu derecha o la mía?

Tina. —¡Y yo que sé!, Me da igual. Mi derecha mismo.

Salvador. —Chicos, el tiempo corre.

Paulino. —Vale, vale, pues entonces tu derecha.

Tina se puso a girar de nuevo a su derecha.

Paulino. —¡No, no! Al otro lado. Quiero decir que si es tu derecha es a tu izquierda porque era mi derecha… Creo.

Tina. —Joder, Salvador ¿Podemos rendirnos?

Salvador. —La rendición no es una opción.

Así que Tina, sin mucha convicción, se puso a girar a su izquierda.

Paulino. —¡Ahí está bien! Ahora de frente.

Tina. —¿Pero cuántos pasos? No quiero estrellarme de nuevo.

Paulino. —Ah, es verdad. ¿Pero pasos tuyos o míos?

Tina. —Paulino, cariño, eres un amor y cuando llegue donde estas (si lo hago algún día) te voy a dar un buen achuchón, a ver si eso te motiva, pero ahora vamos a poner unas reglas ¿vale? Todo es mío, mi derecha, mis pasos mi TODO. Me dices esquemáticamente: dos pasos al frente, 45 grados a la izquierda, tres pasos al frente y así, ¿vale guapo?

Paulino. —Ah, pues me parece muy bien. Entonces dos pasos al frente, 45 grados a la izquierda y todo eso.

Tina. —¿Me estas pidiendo que lo haga o repites lo que acabo de decir?

Paulino. —No, no, perdón, estaba repitiendo. Ya voy.

Y así siguieron un buen rato hasta que, al final, a trancas y barrancas, Tina consiguió llegar junto a Paulino.

Salvador. —Muy bien chicos (parando el cronómetro) Desde luego habéis hecho una marca nunca vista. En fin, Tina puedes quitarte el pañuelo.

Tina se quitó el pañuelo y entonces tuvo una reacción algo inesperada. Se abrazó a Paulino. Al principio era un abrazo normal, como podría ser el de dos compañeros que han terminado una prueba pero, en lugar de soltarse cuando hubiera sido lo prudente, se estrechó en un abrazo más íntimo y prolongado que, desde luego, iba más allá de lo meramente cordial.

Paulino no sabía que hacer, al principio estaba un poco tenso, pero cuando Tina se frotó contra él aún más, cedió al calor y la rodeó con sus brazos. ¿Porqué hizo Tina algo así? Solo ella lo sabe, pero seguramente no nos equivocamos mucho pensando que simplemente estaba jugando a provocar, ya fuera a Paulino o a su novio, o puede que a otra persona.

Julián. —Uuh, uuh. Aquí hay temita.

Eduardo. Con cara de pocos amigos. — Bueno, creo que como muestra de afecto entre compañeros ya está bien. ¿No Salvador? ¿Seguimos?

Salvador. —Nada de eso. No temáis a mostrar vuestro afecto con los compañeros y al contacto físico. Esto refuerza los lazos del grupo y…

Eduardo. —¡Ni lazos ni leches! Tina sepárate un poquito ya ¿No te parece?

Tina seguía en su abrazo de oso amoroso y Paulino, que parecía estar encantado, o quizá algo más, se dejaba llevar. Pero, para desgracia de este, quien seguramente podría haberse quedado así horas o incluso días enteros, igual que un perezoso agarrado a un tronco, las últimas palabras de Eduardo hicieron que Tina se despegara igual que se despega una ventosa.

Tina. A Eduardo. —¡Eres imbécil! Tu no me tienes que decir a quién me pego o de quién me despego. ¡Me tienes hasta las narices!

Eduardo. — ¿Pero yo que he dicho?

Tina. Burlándose. —¿Pero yo que he dicho? ¿Pero yo que he hecho? Pero ¡bah, bah, bah!. Ése es tu problema, que no dices ni haces nada. Pues que sepas que yo si hago y esta noche la he pasado en casa de Paulino.

Óscar. — ¡Boomba! Señores estalló la booomba.

Sonia. — ¡Ostras Tina! ¿Con Paulino? ¡Qué fuerte!

Pablo. —Mira el Paulino, la mosquita muerta.

Paulino. —No, pero que yo no…

Juan. —Oye, Salvador. ¿Eso cuenta también como muestras de afecto entre compañeros?

Salvador. —Chicos un poco de seriedad, por favor.

Pablo. —Eso, Juan, que pareces tonto.

Juan. —Y tú gilipollas.

Guillermo. —Tranquilidad, por favor. Tina, ¿a qué viene esto?

Tina se encogió de hombros.

Paulino. —Pero dejad que explique…

Tina. —¡No tienes nada que explicar!

Paulino. —¿Como?

Julián. —Desde luego, está todo muy claro.

Paulino. —Pero, que noo…

Eduardo. A Paulino. —Dime, ¿de verdad ha pasado la noche en tu casa?

Paulino. —No, o sea, sí. Pero es que yo no…

Eduardo. Algo exaltado. —¡Tu lo que eres es un cretino y un desgraciado!

Guillermo. —Eh, tranquilos, tranquilos…

Paulino. A Eduardo. — Co… Cómo, ¿cretino y qué más…?

Eduardo. —¡Y un desgraciado! Ya lo has oído.

Quién sabe lo que pasó en ese momento por la cabeza de Paulino, pero el caso es que se abalanzó hacia Eduardo y le propinó un sonoro guantazo.

Paulino. —Me debes una satisfacción, dame día y hora.

Eduardo. Echándose una mano a la dolorida cara. —¿Pero qué dice este tarado? ¡Te voy a romper la cabeza!

Salvador lo agarró antes de que la cosa fuera a más.

Salvador. —Paulino, por favor, sal fuera.

Paulino. —Pero ha sido él quien me ha insultado. Yo, no… Yo, no… Tina, díselo, díselo todo, anda.

Salvador. —Paulino ¡Fuera de aquí!

Y así fue cómo concluyó la accidentada sesión de liderazgo y cómo Paulino fue expulsado de ella muy a su pesar, y cómo esa inesperada reacción cambió la imagen que sus compañeros tenían de él, para bien o para mal, cada uno sabrá. ¿Por qué hizo eso Paulino?, quien era y sigue siendo, una persona de lo más pacífica. Bueno, el dice que no recuerda bien. Que se sintió acorralado y ofendido. Hacia poco que había leído una novela romántica de esas en las que se retan a duelo, y no se le ocurrió otra cosa que pedir una satisfacción al estilo decimonónico. No tiene mucho sentido, pero eso es lo que él dice. Con Paulino, las motivaciones de sus actos muchas veces parecen navegar por extrañas y ocultas cavernas subterráneas, y a menudo sus explicaciones son de lo más peregrino. Por ese motivo, conforme fui avanzando en mi relación con él, iba prestando menos atención a sus explicaciones y tratando de sacar mis propias conclusiones. Pero aún así, a día de hoy sigo sin entender muy bien porqué reaccionó dándole un guantazo a Eduardo.

El resultado de este pequeño incidente fue en primer lugar que lo separaron de sus compañeros, a los que no volvería a ver, y en segundo lugar, que se vio obligado a iniciar un viaje en el que nada resultó ser lo que se esperaba.


Diario de Paulino II

Mi segundo día en el diario.

!Qué extraño me resulta! Es algo parecido a la extraña sensación que tengo al mirarme a un espejo, no sé muy bien explicarlo.

El día de ayer en la oficina fue terrible. Creo que todo se ha ido a la mierda. No sé qué me pasó. A menudo no entiendo las cosas que me ocurren, o si llego a entenderlas es mucho tiempo después, cuando ya de poco sirve, si no es para sentirme más torpe aún.

Me gusta Tina y su presencia en la cocina fue, no sé, ¿perturbadora? No entiendo qué hace Leopoldo para ganarse las chicas. Él dice que hay que tener confianza; yo tengo confianza, solo que es una confianza un poco ¿mudable? No sé como explicar. En cualquier caso a mi no me funciona, siempre hay algo que lo estropea todo al final.

Me gustaría que Tina volviera por casa (y si no está Leopoldo mejor) ¿Porqué no me puede pasar a mí lo mismo que a él? Su imagen en la cocina se me ha quedado grabada y no puedo quitármela. ¡Qué peras!

(N. del A.: esto último está tachado en el manuscrito original, aunque reconocible)

Y cuando me abrazó, ¡qué bien olía! No sé escribir cómo fue ese momento. Era demasiado real y, al mismo tiempo, parece un sueño. Cuando lo escribo aquí es como si quedara todo descolorido, casi como si fuera una traición. No sé, era todo aroma y calor, y esa solidez del cuerpo. Eso era lo más extraño.

Es igual, seguro que después de lo de ayer todo se ha ido a la porra.

(Estoy escribiendo esto y todo se mueve, ¿de verdad ha sido así? )

No sé, hoy lo veo todo negro… (Voy a escribir en negro en lugar de azul)

(N. del A.: En el original la tinta cambia de azul a negro en este punto.)

¿Por dónde sigo?…

Le di una torta a Eduardo. No sé cómo pasó. Simplemente ocurrió.

O no, o quería experimentar y jugar. Puede ser. Mi brazo era Tina misma, era ella abofeteando a su novio. ¿Fue algo inocente? Un juego, como el de Tina, o como el de un niño que no sabe reaccionar si no es a través de los demás. Puede que me sintiera como un niño en ese momento. ¿Fue la bofetada de un niño jugando?

No sé, quisiera ser un discurso hermoso, pero todo por aquí anda revuelto.

Una pantomima torpe y ridícula ha venido a visitarme, y maneja mis brazos que se levantan en señal de victoria. ¡The winner is Paulino!

Ya está bien. No escribo más por hoy. ¡Adiós!


III

Donde Paulino conoce a un singular ex-presidiaro apodado el Carramoto.


Verdaderamente es cosa singular cómo unas pocas palabras pueden contener todo un mundo, y ser densas como el plomo, mientras que muchas pueden ser ligeras como el aire y escaparse entre los dedos. Y así por ejemplo, si alguien pregunta a un amigo por otro común, y le responde: «tropezó, cayó y se mató», estas cinco palabras son absolutamente todo para el pobre finado y, sin embargo, algo que apenas puede asimilar quien acaba de recibir la noticia.

Así de caprichosas son las palabras, hasta el punto de que parecería que juegan con nosotros mudando su consistencia y forma, y aún cuando creemos que las usamos a nuestro antojo, a duras penas las controlamos.

Del mismo modo, lo sucedido después del incidente en el trabajo lo podemos resumir en pocas palabras, y para nosotros apenas significan nada, pero para Paulino debieron ser una especie de cataclismo.

En resumen, esto fue lo que pasó: Tras el guantazo Paulino se despidió de cualquier posibilidad de medrar en el trabajo (si es que tuvo alguna). Tina fue ascendida y se hizo muy amiga de su jefe Guillermo. Su novio, Eduardo, o más bien su ex-novio, dejó el trabajo, y en cuanto a Paulino, quien no tuvo el coraje de dejar su trabajo a pesar del vacío que le hacía Guillermo, fue finalmente destinado al destierro, a realizar auditorías para pequeñas empresas en la sierra.

De modo que tuvo que abandonar su cómoda vida, su habitación alquilada y su cocina compartida, para embarcarse hacia un destino que le resultaba descorazonador.

Su equipaje era minúsculo, en un par de pequeñas maletas cabían todas sus posesiones; por contra su angustia y desesperanza eran mayúsculas, a juzgar por la cara con la que había embarcado al autobús que lo arrancaría de sus cómodas costumbres. Ahora se dirigía a una insignificante localidad perdida en la serranía, en la que nunca había estado, y a la que se mudaba muy a su pesar.

Se sentó en su asiento, le había tocado el lado de pasillo. La gente pasaba a su lado y él se inclinaba intentando evitar que lo rozaran o le golpearan con los bultos.

Por el fondo avanzaba un hombre mirando a derecha e izquierda los números de las plazas. Se detuvo al lado de Paulino.

Hombre. —Número veinticinco, es mi asiento. Voy a pasar.

Paulino. —¡Oh, si! Perdón, pase.

Paulino comenzó a levantarse para salir al pasillo y dejar paso al hombre, pero este ya había empezado a entrar sin esperarlo, de forma que ambos quedaron atrapados. Paulino a medio levantar y el hombre a medio entrar.

Hombre. —Pero bueno, ¡me va a dejar entrar o qué!

Paulino. —Voy, pero es que…

El hombre terminó de entrar atropellando a Paulino. Le pisó un pie y le restregó por la cara una pequeña mochila que llevaba en la espalda.

Hombre. —¡Es que tienen que dejar pasar carajo!

Paulino. —Si yo iba a dejarle paso, pero no me ha dado lugar.

El conductor arrancó el motor y comenzó la marcha. El hombre se acomodó, dejo en el suelo la mochila y apartó a un lado de la ventana un garrote gordo de madera que llevaba a modo de bastón. Debía estar cansado porque se puso a dar cabezadas. Pasado un tiempo se espabiló y se presentó a Paulino.

Hombre. Tendiéndole la mano. — Jose, para servirle.

Paulino. Apretando su mano. —Paulino.

Hombre. —Pa… qué?

Paulino. —Pauli…

Hombre. A gritos. —¡Conductor, haga menos ruido carajo! ¡No puede hacer menos ruido este trasto! (A Paulino) A mi me llaman «Carramoto», así que puede llamarme así si quiere. Voy a mi pueblo ¿sabe? Llevo unos años fuera, unos problemillas con la justicia, nada malo no se alarme usted, que no soy un psicópata de esos de las películas. ¡Que hay cada una que no vea! A mi me gusta una de un joven ricachón, un broker de esos, que se beneficiaba a unas gachís de vértigo, ¡Uuf, madre que locura! Y luego ¡Zas! Las reventaba a martillazos. ¡La virgen! Los compañeros se volvían locos viéndola. No por los martillazos, no me entienda mal, por las hembras, ¿sabe usted? Yo entre allí por mala suerte. Yo me ganaba la vida como podía, con mis chapús, en el campo, en la obra, con la chatarra… Lo que pasa, se lo voy a decir yo, lo que pasa es que en el mundo hay muchos hijos de puta, ¿a que sí Papelino?, ¿a que en el mundo hay muchos hijos de puta?… ¡Pero diga algo Papelino, coño! (Paulino asintió) Pues eso, y unos me la jugaron. Usted dirá, «pero algo de culpa tendría usted», y lo admito, vale. Yo trapicheaba un poco, ¿sabe usted?, ¡pero era para ganarme la vida carajo!, que yo no hacía daño a nadie. ¡Malnacidos! Si los cogiera ahora les reventaba la cabeza con mi amiga la «zasca» (dijo señalando hacia el garrote) La ambición es mu mala Papelino, la ambición fue lo que me llevó a la trena. Usted qué dice Papelino. Usted es joven y ambicioso, imagino. Pues tenga cuidado, que la trena es un sitio muu malo. No le voy a contar a usted historias pero créame que es mejor no entrar, que de ahí no sale na bueno. Papelino, yo vuelvo a mi pueblo como un hombre de ley, ¡por derecho! ¿Sabe usted? Y si alguien viene torcido a por mí, aquí tengo a la zasca para enderezarlo rápido. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!. Y asunto arreglado. Mire usted, yo ya peino canas y no quiero acabar como antes. He hecho muchas locuras en mi juventud, ¿sabe usted? Las drogas son mu malas, ¡muu malas!. ¡Pero ahora estoy limpio como una patena! ¡Mire, mire! (le enseñó los brazos e incluso se bajó los calcetines para enseñarle los tobillos) Nada de nada, ya no me meto nada. Y el seso, ¡qué le voy a decir! el seso a mi me volvía loco, ¿sabe lo que le digo? (Le dio un codazo de complicidad). ¿Pero eso no es malo, no? Estoy deseando llegar para ver a mi amiga Jazmín. Una amiguita que yo tenía, usted me entiende (nuevo codazo). Me ha estado escribiendo al trullo, pero no la veo hace años. Es que ella es poco pudiente y no podía pagarse el viaje. Y yo, pues tampoco es que tenga mucho, que la vida es mu jodida. Si usted quiere yo se la puedo presentar porque es puta, ¿sabe? Pero mejor a mi Jazmín no me la toque usted, que le reviento la cabeza. !Qué ganas tengo de verla y…! No me mire así, hombre, que hay muchas mujeres. Yo mismo le puedo presentar unas buenas gachís. ¡Incluso lo hago con gusto, hombre!, que parece usted buena persona. Mire usted, yo le voy a contar y usted me va a entender enseguida, que parece una persona de entendederas. A las personas hay que darle vidilla, un algo. ¿Me entiende usted? Que si no se malean y cometen locuras. Si yo hubiera tenido un trabajico, unos medios, pues no habría acabado como acabé. Es verdad que me gustaban mucho la fiesta y el vicio. ¡Pero a quién no! ¿A que a usted le gusta la fiesta también Papelino? ¿A que si? ¡Pero diga algo coño, Papelino! (Paulino asintió de nuevo) ¡Claro hombre! A quién no. ¿Y por eso tengo que ser yo el malo? ¡Un carajo! ¡No he visto yo a buenos ricachones gastarse los cuartos en el vicio! Pero a ellos no les pasa nada. Yo soy un hombre nuevo Papelino. La cárcel me ha cambiado, pero a mí para bien. Yo no quiero líos, ¿sabe usted?. Yo lo que quiero es una oportunidad, alguien que me ayude, que me eche una mano, me de un trabajo o algo, ¿usted me entiende? Las personas tenemos que ayudarnos, ¿o no, Papelino? ¿Que dice usted? (Paulino esta vez asintió sin esperar a otro exabrupto del Carramoto) ¡Claro que si! ¿No ve como yo notaba que es usted un hombre de buen corazón? Pero dígame, ¿usted a qué se dedica?, parece usted alguien importante, ¿qué le trae por aquí?

Paulino. —Nos dedicamos a hacer auditorías de empresas. Voy a una pequeña oficina que la empresa tiene en []. Desde ahí se da servicio a empresas de toda la comarca.

Carramoto. —Aaah… ¿Auditorias, cómo?

Paulino. —Pues auditorías, ya sabe, el dinero, ingresos, gastos y todo eso.

Carramoto. —O sea, que es usted el que maneja los cuartos.

Paulino. —No exactamente eso…

Carramoto. —No sea usted modesto. Entonces es usted una persona influyente.

Paulino. —Lo dudo.

Carramoto. —¡Que sí, hombre! Que yo conozco a esta gente, que aquí hay muchos chanchullos. Mire, las pocas veces que he trabajado en mi vida, ni una la he hecho legal, siempre en negro. Y usted viene a meter las narices, ¿sabe usted el lío en el que se va a meter?

Paulino. —¿No está exagerando un poco?

Carramoto. —¿Que estoy exagerando? ¿Que estoy exagerandooo, Papelino? Poco me conoce usted. Mire, aquí a la menor de cambio o te meten una puñalá o te descerrajan un escopetazo.

Paulino. —Hombre…

Carramoto. —¡Ni hombre, ni hombra! Mire, el piescortos, un vecino de [],le endiñó tres tiros al Pamplinas por una deuda de mil duros porque el Pamplinas le decía que ni se los debía ni se los pensaba pagar. Y el Ojales, ¿qué me dice del Ojales? Le… le abrió la cabeza de una pedrada a un primo segundo mío porque no le pagaba unas obras que había hecho en su casa. Ahora, que ese tuvo que salir corriendo y no se le ha vuelto a ver, que fui a hacerle una visita y si no me paran no lo cuenta. Hágame caso, que aquí hay gente peligrosa. Usted necesita protección. Pero ha tenido suerte usted en conocerme. Conmigo y con mi amiga la «zasca» (señalando al garrote) puede usted estar tranquilo y sin cuidado. Y digo yo que, entre tanto número, bien podrá desviar una perrillas para mi manutención, con poca cosa me conformo. Además, si hay que cobrar algo, me envía usted y tiene el cobro garantizado. Mire cómo me alegro de haberlo conocido, que con sólo verle la cara ya sabía yo que era usted un hombre de entendimiento y mollera. Y usted se va a alegrar también, ya verá. Que conmigo a su lado no le va a pasar nada. Y para sellar nuestro trato como caballeros que somos, le voy a invitar a un club que conozco yo en esta carretera, un sitio de calidad ya verá, con material de primera, no zarrapastrosas de esquina. Y no se preocupe porque va usted a gastos pagados, que allí me deben dinero.

Paulino. —Disculpe, se lo agradezco, pero preferiría no…

Carramoto. —¿Me va usted a rechazar mi invitación? ¿Va usted a ofenderme así? ¡Por encima de mi cadáver! Yo tengo el gusto de hacerlo y no se hable más. Mire que hasta ahora hemos sido cordiales, ¿no querrá usted enemistarse conmigo?

Paulino. —No, si no es eso. Es que mañana tengo que trabajar y…

Carramoto. —¡Tenemos! Tenemos que trabajar. No se preocupe por eso, sólo un par de copas y yo mismo le llevo a la oficina luego. (Levantándose) Bueno venga, coja sus cosas.

Paulino. —¿Cómo, ya? ¿Aquí?

Carramoto. —El autobús no pasa al lado, hay que andar un poco pero no se preocupe. (Gritando) ¡Conductor pare que nos bajamos!

Conductor. —No hay parada caballero.

Carramoto. —¿No hay parada? ¡Un carajo no hay parada! (Cogiendo el garrote y golpeando la ventana) ¡O para ahora mismo o reviento la ventana y salto por ella!

El conductor paró con un frenazo.

Conductor. —¡Bájese ahora mismo o llamo a la guardia civil!

Carramoto. A Paulino. —¿Ve como sí había parada? (Agarrando a Paulino de un brazo) Vámonos, Papelino.

Paulino. —Pero mis maletas están en la bodega.

Carramoto. Al conductor. —Y baja a abrir la bodega, no querrás que te denunciemos por robo.


IV

Acerca de la accidentada huida del Carramoto y Paulino.

De ese modo se vio Paulino perdido en mitad de ninguna parte, rodeado de campos, sin señal de vida ni casa alguna, y acompañado de un sujeto un tanto peculiar al que acababa de conocer.

Los dos hombres avanzaban bajo el sol por una vieja y estrecha carretera llena de parches. Carramoto se adelantaba. De vez en cuando se volvía y le gritaba a Paulino para que fuera más rápido. —Voy, voy—, decía resoplando nuestro insignificante héroe mientras avanzaba tristemente, dando trompicones y arrastrando las dos maletas que se atascaban con la gravilla y la tierra del arcén.

Después de media hora andando, Paulino parecía un fantoche desarrapado. Llevaba la camisa desarmada. Los pantalones a medio caer (porque le estaban un poco grandes) dejaban ver el comienzo de sus blancas nalgas. Arrastraba los pies penosamente y tenía un cordón del zapato suelto que ya ni se molestaba en atar.

Paulino. —No hay ni una sombra en esta carretera. ¿Seguro que nos hemos bajado en el sitio adecuado? Llevamos un buen rato andando y no se ve más que campo.

Carramoto. —¡Vamos, hombre! Una pequeña caminata no hace daño a nadie.

Paulino. —Claro, a nadie que no tenga que ir arrastrando dos maletas bajo un sol de justicia.

Carramoto. —No se queje tanto y respire este aire fresco. ¡Respire hombre, respire fuerte!

Paulino inspiró sonoramente.

Paulino. —¡Buf! Pues más bien huele a pocilga.

Carramoto. —¡Justo! Estamos cerca de unas cochiqueras que hay un poco más adelante. ¿Ve aquella loma al frente? Allí mismo nos desviamos. Cogemos un atajo por un carril de tierra. Andamos unos pocos kilómetros más y ya estamos.

Paulino. —¿Unos pocos kilómetros más? ¿Y por un camino de tierra?

Carramoto. —¡No se preocupe hombre! Se preocupa usted por todo. Ya verá cómo no se arrepiente, que le llevo a un club de primera categoría. ¡De primera!

Paulino. —Si no me preocupo, me canso.

Carramoto. —Está usted hecho un canijo. ¡Pero deje esas maletas! ¿Para qué carajo las quiere?

Paulino. —¿Cómo que para qué las quiero? Es lo único que tengo, mi ropa y algunos libros. No voy a ir desnudo a trabajar.

Carramoto. —Psch. Como quiera. Pero a este paso no llegamos.

Paulino. —¿Y no podríamos parar un poquito a descansar?

Carramoto. —¡Pues estamos buenos!… Cuando cojamos la vereda ya veremos.

Paulino. —¿Y no sería mejor seguir por la carretera? No vayamos a perdernos.

Carramoto. —Si quiere usted andar diez kilómetros más seguimos por la carretera, y luego tendríamos que coger un camino aún peor, con mucha pendiente. Usted no tenga cuidado y déjeme a mí, que sé por donde voy. Me he correteado estos campos mil veces.

Paulino. —¿Y si esperamos a un autobús, o a un coche que nos recoja?

Carramoto. —¡Carajo! Que se repite usted más que el ajo. ¿Y si? ¿Y si? ¿Y…?

Paulino, en voz baja. —¿Y porqué me habré bajado yo del autobús?

Carramoto. Que le había oído. —Mire, Papelino, ¡como me llamo Carramoto que no se va usted a arrepentir! Esta usted convidado por mí y yo me encargo de todo. Ya verá cómo lo vamos a pasar, que aquí sabemos corrernos buenas juergas y tiene usted que ir cogiendo las costumbres de la zona, y de camino ir conociendo a los parroquianos. Le veo un poco atrafagado (Sacando una petaca de su mochila). Tome, eche un trago, que ya verá cómo le sienta bien.

Paulino cogió la petaca y se dio un trago de lo que resultó ser una ginebra calentona.

Paulino. —¡Carajo, es ginebra!

Carramoto. —Claro, ¿qué esperaba?

Paulino. —¿No tendrá algo de agua?

Carramoto. —¡Qué agua ni qué leches! ¡Ginebra que es más sana! Que alegra el espíritu y calienta la sangre. Verá cómo le sienta bien. Si quiere más no tiene más que pedir. ¡Vamos! Ya estamos llegando al desvío.

Paulino. —Huele fatal.

Carramoto. — Es la granja de guarros. Está un poco más arriba, cerca del camino donde tenemos que desviarnos.

La pareja continuó caminando en silencio. Ascendieron un pequeño repecho y llegaron al lugar en el que un camino de tierra, pedregoso y reseco, desembocaba en la carretera.

Carramoto. Señalando a unas edificaciones cercanas. —¿Ve? Desde aquí se ve la granja de puercos. Y tomando este camino llegaremos mucho antes. Pero si usted prefiere ir por la carretera, o esperar un coche, usted decide. Yo iré por el camino en cualquier caso.

Las chicharras resonaban en el campo, y probablemente también en la vacía mollera de Paulino, porque se quedó con la mirada perdida sin decir nada. Por unos segundos permanecieron los dos plantados en silencio, algunas ráfagas de viento movían las hierbas de los arcenes haciendo un ruido suave.

Carramoto. Después de un rato echa a andar camino arriba. —¡Bueno pues nada! Yo voy a seguir.

Aún se quedó Paulino parado unos instantes. De un lado miraba a Carramoto, que se alejaba con paso firme, de otro a la carretera, atravesada por algunas polvorientas rachas de viento. Por fin, salió de su letargo.

Paulino. —¡Espera, espera! Ya voy.

Y comenzó a andar detrás de Carramoto. Por la tierra era aún más penoso arrastrar las maletas que por el desgastado asfalto. Chocaban con las piedras, saltaban, se atrancaban y hacían un ruido ajeno a todo el silencio que les rodeaba.

Carramoto. —¡Por Dios, qué jaleo vas montando con las dichosas maletas!

Paulino. —Usted perdone, hoy no tenía previsto hacer una excursión por mitad del campo. Si lo llego a saber habría venido con un equipaje más apropiado. A estas horas debería estar llegando al pueblo, a punto de descansar en la habitación que tengo apalabrada y preparándome para una ducha.

Carramoto. —Ya, ya. Muy emocionante. ¡Hay que vivir hombre que son dos días! Empiezo a pensar que en esas maletas tienes que llevar algo más que solo ropa.

Paulino. —Ropa y libros, nada más. ¡Qué perra con las maletas! Bien podrías ayudarme un poco.

Carramoto. —¡Ja, ja! ¿Yo arrastrar una maleta de ropa aquí entre olivos? Esa sí que es buena.

Paulino. —Al menos paremos un poco a descansar.

Carramoto. —Está bien. Paremos allí delante, donde está el olmo al pie del camino. Yo que usted dejaba esos bultos escondidos y seguíamos sin ellos. Total, si no tienen nada de valor siempre podemos venir a recogerlos otro día.

Los dos hombres llegaron a la altura del olmo y pararon a descansar un rato. Paulino se sentó sobre una de sus maletas. Carramoto cogió la otra y se sentó igualmente sobre ella. Los dos hombres quedaron en silencio durante unos minutos. No mucho porque Carramoto rompió a hablar de nuevo.

Carramoto. —Mire usted, Papelino. Yo quiero decirle a usted una cosa. Yo soy un hombre que no ha tenido muchas oportunidades en la vida, no tengo estudios ni oficio. He ido dando tumbos, la mayoría de las veces en la dirección equivocada. Pero eso no quiere decir que sea tonto. Yo voy con la verdad por delante. Le he hablado de mi pasado, que no es para sentirse orgulloso, y le he dicho que he estado en la cárcel. (Dándose golpes en el pecho) ¡Yo con la verdad, señor Papelino! Pero no soy tonto. Yo sé que cualquier otra persona habría salido corriendo como si fuera un apestado. Le he dado la oportunidad de separarnos en la entrada del camino. Cualquier otro se habría largado, pero usted no. Usted ha decidido venir conmigo. Eso me ha llegado al corazón señor Papelino. ¡Es usted mi amigo! ¿Me entiende? He tenido una vida difícil y poca gente a confiado en mi. Por no decir nadie. Mire cuando salí de la cárcel me dije: Jose, eres un hombre nuevo, no la cagues. Deja las malas compañías y la mala vida. Cuando subí al autobús y le vi a usted tuve un presentimiento. ¡Ese es tu hombre!, me dije. ¡Carajo!, que creo que no me he equivocado. Sólo hay una cosa que no soporto y es la mentira. Por mentiras y traiciones me vi en la cárcel. Y como estoy ahora aquí sentado, que si pillo a alguien intentando engañarme le quiebro la espalda. Pero usted no es de esos, Papelino. Se lo veo en la cara.

Paulino. —Le agradezco, pero creo que quizá espera usted demasiado de mi. Pero podría…

Carramoto. Levantándose violentamente de un salto. —¡Coño! Qué coj…

Paulino. Asustado y cubriéndose con las manos. —¡Le juro que no le he mentido! Bueno llevo un poco de dinero en la maleta, pero es para el alquiler…

Carramoto. Como si no lo hubiera escuchado. —¿Cómo dice? Es igual. Mire, Papelino. ¡Acabo de tener una idea!

Paulino. —¿Una idea? ¡Carajo, qué susto me has dado! ¿Y qué idea es?

Carramoto. —Una que nos va a llevar hasta nuestro destino en un abrir y cerrar de ojos. ¿Ve aquel tractor en la granja? Vamos a cogerlo prestado.

Paulino. —¿Cómo que prestado? ¿Vas a robarlo?

Carramoto. Bajando ya hacia la granja. —Usted no se preocupe de nada. Conozco bien esa mecánica. Espéreme aquí.

Paulino lo vio alejarse hacia un tractor con remolque que estaba próximo a la granja. Agarró sus maletas con un ademán nervioso sin saber muy bien si seguirlo, esperar o salir corriendo. Pero Paulino no es que fuera precisamente un hombre de acción, así que decidió quedarse quietecito, esperando y observando en la distancia.

A los pocos minutos el tractor empezó a moverse en dirección al camino. Con las prisas, Carramoto no se había molestado en desenganchar el remolque. Campo a través y con el remolque a cuestas el vehículo se movía lentamente y con gran estruendo. Carramoto empezó a hacer gestos desde la cabina pidiendo a Paulino que fuera a su encuentro. Este agarró las maletas en peso y, dejando el camino se adentró en el labrado en busca del tractor.

Cuando estaba ya prácticamente a su lado, vio aparecer a un hombre desde una de las naves de la granja.

Hombre. Gritando—¿Dónde váis con mi tractor? ¡Cabrones, qué hacéis!

Carramoto. —¡Corre Papelino, sube!

Paulino, que ya había alcanzado el tractor, metió las maletas en la cabina y se encaramó de un salto al vehículo.

Paulino. —¿Quién es ese hombre? Ha entrado de nuevo en el edificio.

Carramoto. —¡Quién va a ser! El dueño del tractor. ¡Agárrate!

Paulino. —¿No puedes ir más rápido? Podías haber desenganchado el remolque.

Carramoto. —¡Claro, hombre! Y limpiar la cabina para que el señor esté más a gusto.

En ese momento volvió a aparecer el hombre por una de las naves. Llevaba una escopeta.

Hombre. —¡Hijos de puta. Os voy a matar! ¡Mi tractor!

Y realizó un par de disparos.

Paulino. —¡Ay, madre! Que nos están disparando. Písale, por amor de Dios, písale.

Carramoto. —¡Si ya le piso, pero este cacharro no anda más!

El hombre salió a correr detrás del tractor escopeta en mano y soltando por su boca todo tipo de lindezas.

Paulino. —¡Dale que el psicópata ese corre como una gacela!

El tractor trataba de alcanzar el camino pero un balate se lo impedía, así que Carramoto conducía por el terreno buscando una zona llana desde la que poder acceder a la vereda.

En ese momento, para sorpresa de Paulino y Carramoto, por encima del barandal del remolque asomó un hombre mirando hacia la cabina. Se tambaleaba visiblemente y no solo por el traqueteo del tractor, estaba completamente ebrio. Se quedó mirando con unos ojos de vaca, vacíos pero curiosos y dijo con una voz pastosa:

Borracho. —¿Y voossotros quieness soiss?

Paulino. —¡Lo que faltaba! ¿No has mirado en el remolque antes? Tenemos un polizón.

Carramoto. —¡Carajo!

El hombre de la escopeta, al ver al borracho le gritó.

Hombre. —¡Marcelino! ¡Conque ahí estabas mangante!

Borracho. Haciendo un corte de mangas y burla con la lengua. —¡Tooma pol culo, esssplotadorr! Me vooy… Me voy de passeo.

El hombre paró un instante y pegó otros dos tiros. Uno de ellos dio en el retrovisor.

Carramoto. —¡Joder! Ese ha estado cerca.

Paulino. —¡Ay, madre! ¡Ay, madre!

Borracho. Riendo. —¡Ja! Esste nos mata, lo coonoozco bien, no tiene mala leche el figuura.

El tractor había llegado casi al final de la era y una acequia cortaba el camino más adelante.

Paulino. —¡Nos va a coger! ¿Cómo puede ir más rápido que nosotros?

Carramoto. Parando el tractor y agarrando su mochila y su tranca. —¡Me cago en..!

Paulino. —¡Qué vas a hacer! ¿Te vas a enfrentar a él? ¿Pero estás loco?

Borracho. —¡Eso, esso! Dallle lo que sse mereece.

Carramoto bajó del tractor de un salto y echó a correr en dirección opuesta. En un segundo había saltado la acequia y se alejaba perdiéndose de vista entre un olivar.

Paulino. —¡Qué carajo!

Entonces se escuchó otro disparo más cercano. Presa del pánico, aunque no tanto como para olvidar sus maletas, Paulino salió corriendo por dónde había desaparecido Carramoto. Pero donde este había dado un ágil salto para salvar la acequia, nuestro atlético héroe tropezó y cayó en ella. Se enfangó hasta la barriga de un barro maloliente, procedente de las pocilgas cercanas y, para colmo, con el golpe se abrió una de sus maletas cuyo contenido se desparramó por todo el canal. Paulino, con la otra todavía a cuestas salió como pudo del lodazal y finamente, maltrecho, mojado y apestando, huyó hacia el olivar sin mirar atrás.

El pobre incauto no quiso volver la vista hasta alcanzar una loma. Sintiéndose ya a salvo se dió media vuelta. No le habían seguido. Abajo, el borracho se había metido en la acequia y hocicaba entre sus cosas. Con evidentes muestras de asco, se afanaba rebuscando con un palo entre la maleta despanzurrada, tratando de no pringarse más de la cuenta con los olorosos desagües. Desde arriba, el hombre de la escopeta lo amenazaba para que siguiera removiendo la porquería.

Paulino oteó los campos alrededor. Ni rastro de Carramoto. Estaba completamente solo en mitad de la nada y se acercaba la noche.

No es que yo sienta especial compasión por el cabeza hueca de Paulino, él se lo había buscado, pero era difícil no conmoverse un poco ante el aspecto desamparado de este hombre insignificante, que avanzaba sin rumbo bajo los olivos, entre terrones resecos, con las mejillas bañadas en lágrimas mientras arrastraba su absurda maleta.

Después de unos pocos metros, derrotado, se dejó caer repitiendo quedamente, como una oración, —estúpido Paulino, estúpido Paulino, estúpido Paulino—.


Diario de Paulino III

Estúpido Paulino. Ya me lo decía mi madre, «Lito» (ella, a veces, me decía cariñosamente Lito, supongo que era el diminutivo de Paulinito, nunca se lo pregunté), «Lito, te dejas llevar por la gente, no debes dejarte llevar por la gente».

Estúpido Paulino, siempre igual, nunca aprenderás.

Y, ¿ahora qué?

¿Lloras, Paulino? ¿Por qué? Porque estás desesperado.

Si.

Pero, ¿por qué más? Porque he sido un pobre simplón toda mi vida y los demás hacen lo que quieren conmigo.

También.

Pero, ¿por qué más? Porque, incapaz como soy, es lo único que me queda. Lo único. Estúpido Paulino.

«No te dejes llevar por la gente». ¡Claro, si fuera tan fácil!

Me cuesta ver algunas situaciones, como si no me pertenecieran, como si fuera un espectador.

¿Por qué decidí seguir a ese hombre extraño y sospechoso? No sé decirlo. Ojalá este diario me ayudara… Si pudiera tallar las palabras, tallarlas hasta descubrir la forma, como hace el escultor. Tallar este papel blanco…

«Piensa antes de actuar», decía mi madre. Pero es que… Tantas veces me descubro haciendo justo lo contrario. Lo siento, no consigo controlarlo, no se por qué. Es como si me moviera por un impulso más primario, que tuviera su origen en una especie de… experiencia estética, algo innombrable, no hay pensamiento, más bien inclinación hacia lo ¿bello?, ¿lo extravagante? No tengo criterio, más bien el criterio viene a mi.

Una flor se abre, para ofrecerse. ¿Y acaso alguien le pregunta por qué?

Solo me quedé mirando el horizonte un momento y simplemente sentí que debía ir por el camino, era más… no sé, ¿bonito?, ¿atrayente?

Todo esto es absurdo.

No sé qué estoy escribiendo, pero al menos me distrae en este momento de angustia. Estoy un poco más tranquilo.

Apesto. El barro se está secando. La maldita maleta desparramada en la acequia. ¡Maldita sea! Era donde llevaba el dinero del alquiler. Ahora estoy sin blanca, bueno tengo la tarjeta pero, ¿de qué me va a servir aquí?

Al menos he salvado esta otra maleta, donde estaba el diario junto con la ropa interior (muy adecuado).

Atardece, pronto se hará de noche. Quizá estas sean mis últimas palabras, quizá muera de frío o devorado por alimañas. ¿Debería cambiarme la ropa interior? No quiero que me encuentren con los calzoncillos llenos de barro maloliente, parece otra cosa. ¿Debería cambiarme los calzoncillos?

Pero, ¿qué escribo? Estas podrían ser mis últimas palabras. «¿Debería cambiarme los calzoncillos?», vaya mierda de epitafio.

Hubiera podido imaginar algo más heroico. Podría escribirlo y eliminar, o mejor quemar todas estas otras hojas, al fin y al cabo, ¿a quién estaría engañando?

Imagina algo heroico Paulino…


V

De lo que le sucedió a Paulino mientras estaba perdido en mitad de un olivar.


Así pues, el zurumbático Paulino, a pesar de estar perdido y de que la noche se aproximaba, no encontró un entretenimiento mejor que quedarse pasmado imaginando un final heroico.

Estaba nuestro hombre ocupado en tan productiva tarea, cuando el silencio que lo rodeaba se vio interrumpido por el sabroso «oinc, oinc» de un gorrino que se aproximaba, seguramente que atraído por el familiar olor de sus ropas. Paulino se sobresaltó y miró hacia el lugar de donde provenía el ruido, imaginando que quizá aparecería un temible jabalí como el monstruo de Calidón que recordaba haber leído en el antiguo mito. Pero lo que vio asomar fue un encantador cerdito, sonrosado y simpático, que hozaba afanosamente levantado nubes de polvo al tiempo que meneaba su atrofiado rabo.

—Parece que finalmente tengo una compañía adecuada a mi estado—, musitó Paulino.

Y haciéndole cucamonas al guarro, empezó a hablarle.

Paulino. —Hola pequeñín, ¿Te has escapado de la granja? ¿Has venido a hacerme compañía? El olor de mi ropa te debe resultar familiar. Me alegro de que hayas aparecido. Estaba un poco solo aquí. ¿Sabes? Así tendré alguien con quien hablar.

Gorrino. —Oinc, oinc.

Pero el animal no parecía hacerle mucho caso y continuaba escarcuñando la tierra con su hocico, como buscando algo.

Paulino. —Espera, espera. ¿Dónde vas?

El puerco se alejaba lentamente, dando vueltas arriba y abajo, como si fuera un perro buscando rastro. Paulino agarró su maleta y lo siguió.

Paulino. —Espera pequeñín. ¿Qué buscas?, comida supongo. Lástima, no tengo nada que darte, ni siquiera agua. Podrías ayudarme a encontrar agua. Tengo mucha sed ¿sabes?

Gorrino. —Oinc, oinc.

En esta elevada conversación se encontraba nuestro oloroso héroe cuando, unos pasos más allá, doblando unos matorrales que crecían en una zona pedregosa, apareció un hombre que parecía estar en un tranquilo paseo. Llevaba un cayado en una mano y un zurrón colgado en un costado.

Al ver a Paulino, lo saludó con toda naturalidad.

Hombre. —Buenas tardes, veo que ha conocido a mi pitufo.

Paulino. —Buenas tardes. ¡Menos mal que le encuentro! ¿Qué pitufo dice? ¿El cerdo se llama pitufo?

Hombre. —¡Claro! Quién va a ser. ¿A que nunca ha visto usted un pitufo rosa? (Se ríe) Es desconcertante ¿No?

El hombre miraba con la fijeza de una estatua y se reía con una seriedad absoluta, y esa risa sí que resultaba desconcertante.

Paulino no supo que decir. El hombre continuó.

Hombre. —Además es el mejor cochino trufero de la comarca, ¡una auténtica joya! Vale más que muchas personas.

Con esto, y una nueva mirada de piedra a Paulino, pareció dar por concluido el encuentro y continuó su camino.

Paulino. —¡Oiga! No se vaya, por favor. Es un cerdito precioso y muy simpático, si.

Hombre. —¿Simpático? No sé qué ve de simpático en Pitufo, ¿Le ha contado algún chiste acaso?

Paulino. —No, no, quiero decir… Verá, estoy en una situación desesperada, estoy perdido. Se supone que tengo que ir a [] pero no tengo ni idea de dónde estoy ni sé cómo llegar, si usted pudiera ayudarme. Podría acompañarle hasta su casa y si pudiera llevarme o indicarme cómo ir, le estaría muy agradecido, si me lleva usted por supuesto se lo pagaría. ¿No tendrá algo de agua por casualidad?

Hombre. —Ya veo. Mi nombre es Toribio y, ¿usted se llama?

Paulino. —¡Oh, perdón! Paulino, mi nombre es Paulino. Encantado.

Ambos hombres apretaron sus manos. Toribio sacó una botella de agua de su zurrón y se la tendió.

Toribio. —Veamos, Paulino. la situación es peliaguda, ¿no le parece? Hay que analizar las cosas con criterio y usted coincidirá conmigo.

Paulino. Devolviendo la botella después de beber. —Gracias. ¿Cómo dice?

Toribio. —Digo que la situación es peliaguda y que, ante todo hay que tener criterio en la vida. Sin criterio no vamos a ninguna parte.

Paulino. Algo desconcertado. —Sí, sí, criterio.

Toribio. —Me alegro que lo entienda. Analicemos la situación. Está usted aquí solo y, perdóneme que le diga, con un aspecto más que sospechoso. No está usted muy aseado que digamos. Además arrastra una maleta en mitad de un olivar. Usted no me conoce a mi y yo no lo conozco a usted. Me ha dicho su nombre pero, perdone, es un poco raro y podría ser totalmente inventado. Podía ser usted un sujeto peligroso, un asesino, un psicópata ¡O algo peor!. Podría llevar a alguien descuartizado en esa maleta.

Paulino. Interrumpiendo y algo nervioso. —¿Cómo? ¿Qué dice? Soy Paulino, puedo enseñarle mi identidad y puedo mostrarle la maleta, y puedo… y puedo contarle cómo he llegado aquí. El Carramoto… bueno lo conocí en el autobús, pero nos bajamos, bueno él me bajó más bien, no sé por qué, no me acuerdo. Quería llevarme a un sitio, invitarme, o no se qué. Andamos mucho y rob… Cogimos, o sea, había un tractor, pero tenía un borracho detrás, y salió el hombre con la escop… Salió el hombre, el hombre… En fin, tuvimos que dejar el tractor, yo caí en una acequia, y, y eso es todo más o menos. Pero soy un buen hombre, no soy un loco ni hago cosas raras ni nada de eso.

Toribio. —No se altere hombre. Sosiéguese. Hay que tener criterio. No dudo ni dejo de dudar de usted, porque no puedo dudar, ni dejar de dudar, ¿me entiende?, solo trato de analizar los hechos. El que me enseñe usted su identificación o la maleta es irrelevante. Seguimos siendo dos desconocidos solos en mitad de la nada. Le propongo observar la situación desde otra perspectiva. Para tener criterio hay que cambiar de perspectiva a menudo. Usted me ha pedido ayuda pero no me conoce. Yo podría ser un loco peligroso al que le gusta ir rajando mantecas por ahí. (Cogió el zurrón y sacó una faca de considerable tamaño) (Se ríe) ¿Me comprende ahora? ¿Ve como ha actuado usted sin criterio? Si analizamos fríamente las circunstancias lo que observamos es lo siguiente. Somos dos desconocidos solos, completamente aislados, sin ningún conocimiento el uno del otro. No hay manera de llegar a conocernos en tan breve espacio de tiempo, usted podría engañarme o yo a usted, o ambos mutuamente. No hay forma humana de resolver esta incertidumbre. Admitido esto, porque entenderá usted que este argumento es irrefutable. Admitido esto, como digo, hay que hacer la siguiente observación. Coincidirá usted conmigo en que el ser humano busca su propia conservación, es un hecho demostrado. En consecuencia lo natural es que el hombre tome decisiones que garanticen en todo momento su supervivencia, lo contrario iría contra natura, nos convertiría en monstruos. ¿Se considera usted un monstruo? Espero que no. Yo tampoco. Por tanto, ninguno de los dos deberíamos tomar una decisión que nos pusiera en peligro, ¿no es cierto? Volviendo al inicio del razonamiento, ni usted ni yo nos conocemos ni podemos llegar a hacerlo. En consecuencia existe la posibilidad de que al estar por más tiempo juntos podríamos estar corriendo un riesgo anti natura. De modo que hay que concluir forzosamente, y sin ningún género de duda, que cada uno debe seguir su camino y que no hay otra opción razonable. Lo contrario sería un completo disparate. ¿Lo ve usted ahora? Si puede usted rebatir este argumento lo escucharé gustosamente, pero dudo mucho que pueda.

Paulino. Rascándose la cabeza. —No, si su argumento está muy bien, no tengo nada que objetar. Yo lo único que quiero es que me ayude a llegar a un sitio civilizado. Estoy perdido.

Toribio. —Claro que no hay nada que objetar al argumento, porque el criterio aplicado es impecable. Me alegro que se haya dado cuenta usted. Llegados a este punto (guardando la faca en el zurrón y tendiéndole la mano), amigo Paulino, debemos separarnos.

Ambos hombres se chocaron las manos de nuevo. Toribio se dio media vuelta y siguió su camino. Chifló un pitido agudo y largo, y Pitufo volvió corriendo al encuentro de su amo.

Paulino. Viéndolo alejarse. —Pero… Oiga…¿Oiga? ¡Ayúdeme, por favor!

Y se quedó ahí plantado, con los brazos caídos, mirando estólidamente cómo se alejaban lentamente el hombre y el cerdo.

El caso es que no se había separado mucho el trufero, cuando se dio media vuelta, se acercó de nuevo, y le dijo:

Toribio. —Disculpe, en realidad había una cosa que me gustaría pedirle; se trata de un favor. Verá, es que me da un poco de vergüenza, pero tengo que pedírselo… ¿Sería usted tan amable de darme el botón de sus pantalones?

Paulino. Algo sorprendido. — ¿Cómo dice?

Toribio. —Que si sería usted tan amable de darme el botón de su pantalón.

Paulino. —¿Cómo? No entiendo… ¿El botón de mi pantalón?

Toribio. —Justo. Es muy bonito. ¿Sabe? Colecciono botones. Botones de todo tipo, redondos, cuadrados, grandes, chicos, de plástico, de metal, cualquiera. Mire, mire, (Se mete la mano en un bolsillo y saca unos cuantos botones) siempre llevo algunos encima, son como unos amigos que me acompañan en el paseo. ¡Mire, mire! ¿Son bonitos, no?

Paulino. —Muy… Muy bonitos sí.

Toribio. —Sí que lo son. Es como si fueran pequeñas joyas. (Se los vuelve a guardar) Desde que le he visto me he fijado en el botón de su pantalón, es como si me llamara ¿Entiende? A veces pienso que me fijo antes en los botones que en las personas. Me haría usted muy feliz si me da su botón. En el pueblo ya nadie me hace caso, no se los puedo pedir, me despiden con malas caras, como si estuviera loco. ¿No puede un hombre tener una afición? Pero usted podría darme su botón, digo yo.

Paulino. Poniendo su mano sobre el botón.—Pero, ¿cómo voy a darle el botón? Se me va a caer el pantalón.

Toribio. —Pues áteselo con una cuerda o algo. ¡Yo qué sé! (Le cambia el semblante que adquiere una expresión de angustia y ansiedad) Démelo, démelo se lo ruego. Si hace falta se lo pido de rodillas.

El hombre cogió a Paulino de las manos en actitud implorante y se dispuso a arrodillarse frente a él.

Paulino. —¡Pero qué hace hombre! Levántese por favor. Coja el botón si quiere.

Toribio. Levantándose. —¡Gracias! ¡Mil gracias!

En un abrir y cerrar de ojos sacó el cuchillo del zurrón y con un rápido gesto le cortó el botón. Tan rápido fue que Paulino no tuvo ni tiempo de sujetarse los pantalones, que se le cayeron a los tobillos.

Torino. —¡Pero, hombre! Tápese, imagine que alguien pasara, ¿Qué iba a pensar?

Paulino. —Perdón, es que ha sido usted muy rápido.

En ese momento se oyeron unos gritos a lo lejos —¡Papelino, Papelino! ¡Carajo!, ¿dónde estabas?—.

Era, claro está, Carramoto, que venía corriendo hacia ellos gesticulando.

El tal Toribio debió analizar la situación con mucho criterio porque, sin mediar palabra, se dio media vuelta y huyó a todo correr con unos pasos, ridículamente cortos pero rapidísimos, que lo alejaron en un santiamén. El Pitufo, quizá acostumbrado a estas estampidas de su amo, salió corriendo detrás de él y ambos desaparecieron entre los olivos.

Carramoto. —¿Qué es esto? Le dejo un rato solo y le encuentro sin pantalones y con un hombre. ¡Vaya con el Papelino! Que calladito se lo tenía, y no ha perdido usted el tiempo, ¿eh? Ya veo, y yo preocupado. (Le da un cachete en la nalga) ¡Vaya, vaya! Pasándolo bien, ¿eh? A mí no me mire que estos rollos no me van.

Paulino. Subiéndose los pantalones. —Estate quieto, no estoy para bromas. ¿No tendrás un cinturón o una cuerda?


VI

En el que se le acumulan los problemas a Paulino y se describe brevemente el local al que arribó, y la fauna que lo habitaba.


Parece que la fortuna finalmente sonrió a la pareja. Carramoto había conseguido una bicicleta, no sabemos cómo ni de dónde y Paulino tampoco quiso preguntar. Aceptó sin más su puesto de paquete y se subió en la pequeña peana metálica que había sobre la rueda trasera, de esas que se usan para llevar algún bulto. Se colocó con la maleta sujeta entre su barriga y el asiento, de forma que le quedaba poco sitio y el culo se le escurría por la parte de atrás. Si tenían la mala suerte de coger un bache, Paulino acababa dando un culetazo sobre la rueda y su compañero le imprecaba a voces diciendo que dejara de frenarle con las nalgas, y añadía algún comentario de mal gusto que mortificaba a nuestro sufrido héroe.

Carramoto pedaleaba únicamente si el terreno era llano o cuesta abajo, pero cuando había una pequeña subida, le decía a Paulino que se bajara, que pesaba demasiado. Entonces, el ascendía con la bicicleta y esperaba arriba a que Paulino le alcanzara. Nuestro agotado héroe subía andando como podía, arrastrando su maleta y sujetándose el pantalón, porque aunque se lo había atado toscamente con un alambre oxidado que habían recuperado de una valla, siempre se terminaba aflojando cada pocos pasos.

De esta guisa, cuando ya entraba la noche, se acercaron a una nave industrial que lucía en sus paredes unas grandes letras pintadas, «Almacén de materiales».

Carramoto. —¡Mire! Ya llegamos al club.

Paulino. —¿Esa nave?

Carramoto. —Nadie lo diría ¿Eh? Ahí está su gracia. Es exclusivo para lugareños. Y estamos de suerte, parece que aún está abierto, después de estos años…

Paulino. —¿Cómo? ¿Es que no sabías si estaría abierto?

Carramoto —Usted no se preocupe de nada, ya verá cómo lo vamos a pasar. Hemos llegado que es lo importante. Esta usted todavía un poco molesto por lo del tractor. ¡No sea tan rencoroso, hombre! Mire, aquí estamos como le prometí, y además he venido pedaleando yo.

El club era una edificación completamente aislada y perdida entre olivares, tenía una explanada delante donde había algunos vehículos aparcados. Coches, furgonetas, algún tractor e incluso un camión de feriante decorado con una inmensa rana verde de fibra de vidrio y con un cartel luminoso donde se leía, «Riquísimas ancas de rana fritas».

El aparcamiento estaba separado por una cerca de bloques de hormigón sin enfoscar ni pintar. Alguien había plantado unos raquíticos rosales detrás del cercado, quizá con la intención de adornar, pero estaban medio secos. No había reja, los vehículos podían acceder y salir libremente de la explanada por un amplio paso. El resto de la finca estaba abierta, sin ningún tipo de cercado, de modo que sus límites se confundían con los de los olivares colindantes.

El frente de la nave no tenía ventanas y el acceso al interior era por un portón metálico, de los que se usan para paso de maquinaria agrícola y que tienen una puerta para personas integrada en el mismo portón. Al lado de la puerta peatonal habían abierto un ventanuco rectangular en la chapa.

Allí se acercaban nuestros dos viajeros cuando vieron que, bajo la rana gigante del camión de feria, había una persona sentada en el suelo.

Paulino. —Me suena esa cara.

Carramoto. Aproximándose. — ¡Pues claro! Es el polizón del tractor. Está claro que no hay muchos sitios donde ir por aquí. Psst. ¡Eh¡ ¡Eh, tú!

Marcelino. —¿Eh? ¡Ah, vosotros otra vez! Diantre, ¿es que no hay manera de que me dejen dormir hoy? ¿La habéis tomado conmigo?

Carramoto. —Tu jefe es un tarado peligroso, por poco nos mata.

Marcelino. —¡Vaya novedad! Y vosotros sois unos ladrones de tractores.

Carramoto. —Era una emergencia, lo íbamos a devolver.

Marcelino. Mirando al club—Ya veo qué tipo de emergencia tenéis. La misma que tengo yo. Para una vez que vengo con dinero, el cabrón del Tragavinos no me deja entrar. Me tiene manía esa bola de sebo. Total, porque un día le rompí una botella en la cabeza. Era una apuesta, se lo expliqué pero no quiere entenderlo. En fin, voy a esperar a que esté más borracho, que se pone más tierno y a ver si me lo camelo.

Carramoto. —Pues buena suerte entonces. Nosotros vamos adentro.

Paulino. —¡Un momento! Yo te vi revolviendo en mi maleta cuando la perdí en la acequia.

Marcelino. —No era yo, me obligó mi jefe.

Paulino. —Pero había dinero en la maleta.

Carramoto. —¿Dinero?

Marcelino. —¡Dinero!

Paulino. —Sí, dinero.

Marcelino. —Del dinero no se nada, nada, nada.

Carramoto. —¿Cuánto dinero?

Paulino. —El mes de alquiler más uno de fianza, que lo llevaba preparado.

Carramoto. —¡Pero, hombre! Haberlo dicho…

Marcelino. —Yo no sé nada del dinero. Lo que si había era documentación con tus datos, y una copia del contrato de alquiler con tu dirección. Mi jefe te ha denunciado a la guardia civil por ladrón. Ha dicho que ibas armado y que tenías drogas en otra maleta. A estas horas te estarán buscando.

Paulino. —¡Ay, madre! !Ay, madre! ¡Ay, madre!

Con esta última noticia, a nuestro delincuente involuntario seguramente se le formó un atasco en su estrecha sesera, porque entró en bucle dando vueltas en círculo y repitiendo —¡Ay, madre!, ¡Ay madre!—.

Carramoto. —¡Para, hombre! Que me vas a marear.

Paulino. Visiblemente alterado. —¿Que tú te vas a marear? Yo me subí tranquilamente esta mañana a un autobús para ir a mi nuevo puesto de trabajo. ¡Era sencillo y simple! Y ahora me veo aquí, enfrente de este… de este… club o, ¡o lo que sea! Y… y al lado de una… de una estúpida rana, y perseguido por la policía como si fuera un… un maldito narcotraficante.

Carramoto. —Tampoco es para tanto. Y no hay que faltar, que yo también me he dedicado al negocio…

Paulino. —¿Cómo que también? ¡En esta maldita maleta solo llevo ropa y algún libro!

Carramoto. —Está bien, está bien, lo que usted diga. Le creemos, señor Papelino (dirigiéndose a Marcelino) Verdad, ¿Cómo se llamaba usted?

Marcelino. —¿Quién, yo?

Carramoto —Usted, claro. No va a ser la rana.

Marcelino. —Marcelino.

Carramoto. —Pues eso. Papelino, está usted entre amigos. Así que, tranquilícese, que no pasa nada. Conozco bien a los picoletos de por aquí, estarán un rato buscándole para cumplir el expediente y ya está. A otra cosa mariposa. No creo que se tomen muy en serio la denuncia.

Paulino. —Es fácil de decir, pero tienen mis datos, y la dirección. ¿A dónde voy a ir?

Carramoto. —No se aturulle, hombre. Si en el fondo quería usted venir, ¿a que sí? Le di la opción de seguir su camino, pero usted quería venir aquí, y le entiendo. ¿A quién le amarga un dulce? Le diré lo que vamos a hacer. Vamos a entrar y a ver las cosas con más calma, y con un par de copas. Ya verá cómo lo ve todo diferente, y de paso puede usted pasar un rato con una de las chicas. ¡Relájese, hombre! Que yo invito. Eso de la guardia civil es todo humo, mañana olvidado. Ande, vamos adentro.

Papelino, más tranquilo.—Sí, sí. Puede que necesite una copa.

Los dos hombres se despidieron del tal Marcelino quien volvió a sentarse en el suelo con la intención de echar una cabezadita.

Detrás del portón metálico se escuchaba algo de música y sonido de conversaciones.

Carramoto tocó con firmeza en la entrada.

Desde dentro alguien respondió con una voz aflautada.

La voz —El santo y seña.

Y lo dijo con una entonación tal que parecía más bien referirse al nombre de un santo «El Santo Iseña».

Carramoto. —Sin pecado concebido. ¡Vamos, no fastidies con tus tonterías, Tragavinos! ¿no me conoces? Soy el Carramoto. ¡Abre, carajo!

Se abrió la puerta pero nada se veía del interior porque lo tapaba la mole inmensa de un hombre hiperbólico, no por alto o fornido, sino por grueso y redondeado, a tal punto que no cabía por la pequeña puerta de personas, de modo que sin duda, tenían que abrir las dos hojas del portón para que pudiera entrar y salir.

Carramoto. — ¿Qué tal Tragavinos? Cuánto tiempo. Veo que por fin te has puesto a régimen. Este es mi amigo Papelino.

Tragavinos. —A régimen te voy a poner yo, hideputa, a base de chuparme la…

Carramoto. —¡Carajo! Era una broma, yo también me alegro de verte.

Tragavinos. Mirando despectivamente a Paulino y olfateando sonoramente. —¿Y este quién es? No se permite la entrada de gente desaseada.

Carramoto. —No te pongas quisquilloso, carajo, que tú no eres un bote de perfume precisamente. ¿Qué va a pensar este señor? Te advierto que es una persona distinguida y de elevada posición, no como los parroquianos legañosos que tenéis por aquí. Es un hombre con influencias y numerosos contactos, así que, ¡ojito con lo que dices! Que el Carramoto desde que ha salido de la cárcel está a otro nivel. Que sepas que este señor me ha aceptado como su guardaespaldas porque, por las especiales características de su cargo, que ahora no vienen al caso, necesita protección, o la va a necesitar sin duda. Y para celebrar nuestra asociación ha tenido a bien invitarme a pasar una velada en el mejor club de la zona, pero como estaba cerrado hemos venido aquí, ¡qué remedio! Y como muestra de su magnanimidad y projilidad va a invitar a todos los que estén presentes a una ronda, así que deja pasar.

Tragavinos —¿Su pro… qué?

Carramoto —¡Su projilidad, ignorante! A ver si vas a la cárcel de una vez y lees algo, como he hecho yo. ¡Vade retro!

Tragavinos. Apartándose y dejando pasar —¡Joder, Carramoto! Qué raro hablas.

Carramoto. Entrando —Solo cuando me cabrean, Tragavinos, solo cuando me cabrean.

Paulino. Entrando y dirigiéndose a Tragavinos — Gracias, y disculpe el aspecto.

Tragavinos. Haciendo una leve reverencia —No se preocupe, pase por favor, y para mi una copa de vino, si no le importa. Me refiero por lo de la invitación. Es que lo que bebo lo descuentan de mi sueldo, ¿sabe? Y si me descuido, al final de mes me sale a pagar, que un hombre de mi talla necesita mucha hidratación.

Paulino. —Ya veo, la invitación, claro. Y, dígame. ¿Prefiere, tinto o blanco?

Tragavinos. —Tinto por favor, que yo sepa no tienen blanco.

Paulino. —De acuerdo, y… Bueno, respecto a lo de mi cargo y posición y todo eso, mejor guarde el secreto, si es tan amable.

Carramoto. Agarrando a Paulino del brazo. —¡Vamos! Menos cháchara, que tengo el gaznate seco. Y déjale la puñetera maleta aquí al Tragavinos.

Carramoto. Al ver que Paulino dudaba un poco. —¡Carajo! Qué llevas en la maleta, ¿drogas?.

Paulino. —¡No digas eso! No tiene ninguna gracia, bastante tengo ya encima para que eches más leña al fuego.

Carramoto. —Es broma hombre, estese tranquilo que aquí no somos ladrones… Bueno, puede que alguno sí, pero no nos robamos entre nosotros… Bueno, puede que también, pero si viene conmigo, no tiene nada que temer. Vamos a tomar a la barra. Tengo que contarle algunas cosas que le serán de interés.

Paulino. —Está bien, en realidad la maleta ya me da un poco igual.

Así pues, Paulino dejó la maleta al dilatado portero quién la cogió sopesándola y la llevó a un rincón.

El, por así decir, «control» del Tragavinos se separaba del resto del establecimiento por un destartalado biombo tapizado con una tela granate algo gastada por el tiempo.

Los dos hombres sortearon el mueble y accedieron al local, aunque mejor debería definirse como antro; porque no era más que una vulgar nave con altas paredes de bloques de hormigón pintados de blanco y techo de fibrocemento sobre una estructura metálica. En definitiva, una nave agrícola que apenas se habían molestado en decorar.

Paulino echó un rápido vistazo al ilustre club por el que Carramoto tanto había insistido, por el que casi los matan a tiros y por el que llevaba un pantalón que apestaba a cloaca amarrado con alambre.

Lo primero que vio fueron las pantallas de tubos fluorescentes que colgaban de las vigas, proyectando una fría luz blanca de ambulatorio.

Solo sobre la barra de bar alguien se habían molestado en cambiar un fluorescente por otro de un color rojo quemado. Las telarañas y el polvo se acumulaban entre los cables que bajaban desde el techo.

Detrás de la barra se veía un camarero con una amplia barba que le cubría el tórax y parte del abultado abdomen. No llevaba camiseta, pero no se advertía a primera vista debido a la gran cantidad de vello que cubría toda su piel.

Frente al camarero se sentaba un hombre leptosomático, todo pellejo y huesos. Escribía en una libreta sobre la barra y a su alrededor se esparcían cuartillas arrancadas. Ocasionalmente escribía algo, arrancaba la hoja, se lo enseñaba al camarero, que parecía asentir sin prestar mucha atención, y tiraba la cuartilla por los aires.

En la barra también se encontraba un anciano de piel cetrina y carnes magras. Hablaba con una pendanga entrada en años.

Paulino pudo escuchar algo de la conversación, si es que la jerigonza con la que se expresaban puede recibir tal calificativo, pues el viejo no emitía más que sonidos ininteligibles.

El viejo. —girfrugji hohiklu gurú.

Y la mujer se reía sonoramente y le daba pellizquitos.

El viejo. Cantarinamente —fukifukilili sshupligijukli

La mujer. Riéndose.— ¡Qué cosas me dices, picarón!

Y le daba más pellizcos. El anciano sonreía con cierta malicia, mostrando una boca que solo contaba con unos pocos dientes peleados como vecinos mal avenidos.

Cualquiera diría que el hombre no sabía hablar o había perdido la razón, pero no, porque acto seguido se volvió hacia el camarero.

El viejo. —¡Ossho! Otro whisshky para mi y para Rossha.

Y volvía a su farfulleo ininteligible.

El viejo. Haciendo cosquillas en la barbilla de la mujer.— kilikili hilijujjiju.

Más allá de la barra, en un extremo de la nave, se agrupaba el resto de meretrices. Allí tenían su pequeña sala de estar. Sillones destartalados, una televisión encendida pero sin sonido, incluso una mesa de camilla donde se arrimaban las más frioleras; y es que iban más bien ligeras de ropa. Las había leyendo revistas, charlando entre ellas, e incluso alguna haciendo calceta. En definitiva, estaban a sus cosas y no prestaban ninguna atención a los clientes.

Además de la gente de la barra, el resto de hombres se sentaba en el otro lado de la nave, formando un caótico conjunto en torno a viejas mesas de plástico blanco.

Unos jugaban al julepe y otros al dominó. A su alrededor se podían ver unos cuantos ojeadores comentando las jugadas o aburriéndose haciendo como que miraban. Algunos se dedicaban a beber en silencio sin más. Encima de sus mesas se acumulaban unos cuantos vasos ya vacíos que nadie parecía molestarse en recoger. Sus miradas vidriosas y vacías se concentraban en la nueva copa a medio beber.

Al fondo, tumbado en un sofá un hombre de oronda y tersa barriga roncaba sonoramente. Tenía los pies descalzos y un chucho huesudo le lamía la mugre negra que se le acumulaba entre los dedos.

Próximo a la entrada, un grupo sentado a una mesa cubierta de cascos de cervezas jaraneaba y contaba insensateces.

Hombre 1 — ¿Sabéis lo del Paco Canasteros? El otro día se la jugaron bien al viejo borracho. Como todas las semanas, después de cobrar, había ido a trincar una buena cogorza en la cantina de «El Pelao». Ya sabéis que, cuando termina de fundirse el dinero, vuelve a su casa, que está cinco puertas más abajo en la misma calle. Con la melopea que se agarra, regresa a duras penas, dando tumbos y tocando la pared para ir contando las puertas de madera. «¡Una!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!, ¡cinco!. Esta es mi casa», dice siempre el muy tuercebotas, y entonces empuja la puerta para entrar. Su mujer, que es una santa, se la deja abierta para que no despierte a todo el vecindario aporreándola. Pues bien, el otro día, Pepe el Mimbres y sus amigotes esperaron a que Paco estuviera en la tasca y su mujer se hubiera acostado. Entonces, con ladrillos y yeso rápido, tapiaron la puerta. Cuando Paco volvía, después de haber agarrado su buena torcida, empezó a contar las puertas, ¡una!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!… y pasó de largo su puerta porque estaba tapiada. La que hacía cinco era la puerta de un corralón más abajo. Allí llegó el muy trastornado, «¡Cinco! Esta es mi casa», dijo. Entró y se dio de bruces con las ancas traseras de la mula Apuleya. El Mimbres y los suyos la habían dejado ahí bien amarrada. ¡Endiablado animal! Traicionero donde los haya. Enrabietado como estaba de llevar varias horas atada a un pilar, nada más notar que alguien le tentaba su ventoso y apestoso trasero, soltó una monumental coz con tal furia que Paco salió volando hasta mitad de la calle. ¡Pronto se le pasó la borrachera al julandrón! Aún está en el hospital con varias costillas rotas, pero ¡quia!, mala hierba nunca muere.

Y el resto del grupo jaleaba la historia entre risas e insultos al desafortunado Paco.

En el espacio que quedaba entre hombres y mujeres, auténtica tierra de nadie, un satélite aislado, hombre pequeñín de sonrisa beatífica y ojos achinados, bailaba torpemente, sin compañía, dando pasitos ridículos y balanceando las manos lentamente a un lado y otro. Cuando se acercaba a las trabajadoras, una de ellas, a la que parecía que habían encomendado esa misión, lo espantaba con un matamoscas sin prestarle mayor atención. Entonces se giraba suavemente e iniciaba su movimiento de caderas hacia los hombres. De ellos recibía múltiples muestras de cariño, como patadas, mamporrazos o manotazos en el culo. Le daban empujones para apartarlo o le decían todo tipo de groserías, momento en el que el bailarín, sin inmutarse ni perder la sonrisa, volvía sus pasos de nuevo hacia las indiferentes ninfas.

En el testero del fondo, una mujer sentada en un escritorio y con cara de pocos amigos, guardaba un paso cubierto con cortinas. Detrás se adivinaba un pasillo iluminado en tonos rojos y puertas de habitaciones. Sobre el escritorio se veia una libreta y una pequeña hucha metálica.

Del pasillo, remetiéndose las pañoletas, salió un muchacho con síndrome de Down, y se acercó a uno de los jugadores de cartas.

El jugador. —¿Cómo ha ido, Ramoncín?

El muchacho. —Bien, papá.

El jugador. —¡Pos ala!, siéntate aquí a mi lado y no alborotes.

El muchacho al ver a Carramoto exclamó en voz alta y tapándose la boca con la mano, como si no fuera él quien hablaba.

El muchacho. —¡Ca… Caaarramoto, su… suubete a la moto!

Y lo acompañó de un fuerte chiflido que se iba aflojando hasta desaparecer.

Carramoto saludó al muchacho con un desganado gesto.

Aparentemente, con el silbido del muchacho, el resto de los parroquianos que habían estado pendientes de la entrada de los nuevos, los dieron por saludados y volvieron a lo suyo sin prestar más atención.

Y ese fue, en resumen, el deprimente panorama que se encontró el expectante Paulino. Debemos imaginar que sus ansias de diversión quedaron a la altura de sus embarrados zapatos, así que no es de extrañar, y resulta hasta disculpable, que se abalanzara hacia la barra quizá con la intención de embotar sus sentidos más aún de lo que ya suelen estar por costumbre. Pero, ¡ay!, que a perro flaco todo son pulgas, y aún tenía la fortuna ganas de continuar divirtiéndose esa noche con su monigote.


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