I
McDonald’s ha lanzado una promoción de lujo en sus hamburguesas y por nada del mundo quieres perdértela. Es domingo y te levantas temprano para llegar antes de que abran. Te vistes cómodo, tomas el dinero y las llaves de la mesa, enciendes la motocicleta y, mientras el motor calienta, buscas en Google Maps la ruta más corta para llegar. Cuando sales, las calles vacías parecen una señal de suerte: “Seré el primero en probarlas”, piensas.
Pero antes de acercarte a la sucursal, a unas cuantas cuadras, ves desde lejos una gran multitud haciendo fila para entrar. Casas de campaña obstruyen la banqueta: algunos incluso habían trasnochado para no quedarse fuera. No te rindes. Abres Maps y buscas otra sucursal.
Llegas y ves lo mismo. Te vas a otra que quedaba a quince minutos y nada cambia. Llevas casi una hora recorriendo todos los McDonald’s de la ciudad, no hay uno que no esté abarrotado de gente. “Esta promoción debe ser de otro mundo” piensas. En vez de desanimarte, el furor de la multitud te contagia. Te bajas en la última sucursal y decides hacer lo mismo que los demás: esperar. Dejas la moto junto a otras y caminas hasta el final de la fila.
Estás de pie, entre toda la gente, mientras el sol de mediodía te abruma. La fila avanza muy lentamente, tienes hambre, pero tienes la certeza de que la espera valdrá la pena. Sin embargo, ves que un anciano andrajoso que porta un saco se acerca a la gente de la entrada ofreciéndoles algo. Por la reacción general, puedes suponer que a nadie le interesa o que su aspecto no da la suficiente confianza. Después de unos minutos llega hasta donde estás y escuchas su oferta.
—Tengo la ubicación de una sucursal a la que no llega nadie —te dice.
Era absurdo que existiera una sucursal que no conocieras. Tú más que nadie lo sabías, porque ya las habías visitado todas. Sin embargo, consideras que no pierdes nada escuchando lo que el anciano tenía que decir.
—¿Por qué no va nadie? —le respondes.
—Porque es un lugar divino. Solo ahí se sirve la verdadera promoción.
—¿Cómo lo sabes? —le replicas—. ¿Ya has estado ahí?
—Hace mucho estuve ahí —dijo—. Pero ahora he sido expulsado.
—¿Por qué?
Del saco que portaba, extrajo una bolsa transparente con un líquido desconocido. Procedió a ponérselo en la nariz y dar una gran inhalada. Cuando termina, sus ojos se han vuelto rojos y brillosos y te susurra al oído con una voz maliciosa:
—Soy el diablo.
No sabías si reír o correrlo. Lo miras de abajo hacia arriba. Su aspecto te parecía grotesco, con la ropa en jirones, el bigote ennegrecido, la piel curtida por el sol, una joroba que lo mantenía viendo el suelo constantemente y un olor sulfuroso que te revolvía el estómago. Todo te indicaba que se trataba de un prófugo del anexo buscando cualquier oportunidad para generar un poco de dinero y volver a las andanzas. Tu curiosidad te hacia querer saber hasta dónde podía llegar la locura de este anciano.
—¿Cuánto pides por revelarme la ubicación? —preguntas.
—No es dinero lo que pido, sino que me cedan su lugar.
—Nadie sería tan estúpido para hacerlo.
—No es cuestión de estupidez, sino de marketing —dijo.
—¿A qué te refieres?
—Te lo pongo así de simple. En este momento a la gente no le importa tanto la hamburguesa, sino el tiempo que han esperado. En realidad, la hamburguesa no tiene nada de especial, el negocio es la exclusividad de entrar a la sucursal antes que todos. Pero yo te ofrezco la oportunidad de acceder a la verdadera promoción, simplemente cediéndome tu lugar.
Hablaba con una seguridad tan serena que te helaba la sangre. Ninguna persona en su condición podría razonar de esa forma. Parecía que el anciano no era de este mundo y su presencia te hacía cuestionar si en verdad el maligno se hallaba frente a ti para formarse por comprar una hamburguesa. Tenía sentido pensar que una franquicia tan grande como McDonald’s creara una estrategia de marketing que fuera más allá de vender comida simplemente. Ciertamente habías esperado bastante en la fila, pero tampoco querías conformarte con una hamburguesa común y corriente.
—Si es un lugar oculto a los ojos de los mortales —le preguntas—, ¿cómo podré verlo cuando llegue?
—Toma esto.
Del bolsillo sacó un encendedor y una manzana putrefacta con un orificio ennegrecido. El hedor a humo de marihuana emanaba de ella como si hubiera estado ardiendo desde el inicio de los tiempos.
—¿Quieres que fume de tu asquerosa cachimba improvisada?
—Es el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Adán y Eva fueron expulsados por comerlo. Tú podrás entrar si fumas directamente del fruto.
Con esos artilugios en tus manos, sentías que en ese instante todo había desaparecido y solo quedaban tú, el anciano y la manzana inmunda que brillaba bajo el sol como un corazón arrancado.
Las cartas estaban echadas. ¿Dejarías el lugar que estuviste guardando tantas horas para aventurarte a saber si era cierta la loca historia de un desconocido? Lo analizas detenidamente. Si te quedas, tarde o temprano entrarías a la sucursal, comprarías la hamburguesa, la comerías, quizá compartas tu experiencia en redes sociales y tu vida seguiría igual. Quizá sea cierto y la hamburguesa no sea tan buena y solo fuiste víctima del marketing de exclusividad que tanto le gusta poner en práctica a las grandes franquicias de comida. Pero si tu accedes a ir a esa sucursal de la que habla este hombre, ¿no estarías yendo a un lugar verdaderamente exclusivo? Nadie más ha visto ese lugar salvo aquellos que se atrevan a fumar de la manzana putrefacta de este desquiciado. Todo ese mar de posibilidades está al alcance de tu mano y solo debes dejarle tu lugar.
—Acepto —dices—. Indícame dónde queda la sucursal y te daré mi lugar.
Le entregas tu celular con Google Maps abierto y el anciano pone un pin en una ubicación donde se encuentra un lote baldío.
—¿Estás bromeando? —dices—. Yo conozco ese lugar y ha estado abandonado por años.
—¿No te he dicho que esa sucursal se encuentra oculta a la vista de los simples mortales?
Miras la manzana y el encendedor que tienes en las manos. Te sientes estafado, pero te haces a un lado y el anciano se mete en la fila.
—Iré a ese lugar —respondes—. Pero si resulta ser una mentira, regresaré a buscarte.
—Dudo mucho que lo hagas —te responde.
—¿Por qué?
—Es un lugar sagrado. Es complicado que un simple mortal entre y salga sin más.
Frunces el ceño y quieres replicar de nuevo, pero ya has tomado una decisión. Vuelves a tu motocicleta, pones la ruta en el celular y arrancas. Mientras te alejas, miras por última vez la fila: el anciano andrajoso ocupa tu lugar, inmóvil, contrastando con la unanimidad cuerda de la multitud. Justo antes de perderlo de vista, juras ver como comenzó a erguirse y a verse más alto que el promedio. Y, por si fuera poco, lanzó lejos de si la bolsa de disolvente. “Hijo de perra”, dices a tus adentros. Tampoco quieres volver porque temes que toda la gente se burle de ti al haberte dejado convencer por un anciano andrajoso. No te queda nada más que investigar sobre aquella supuesta sucursal divina.
II
Efectivamente es un lote baldío lo que indico el anciano andrajoso. Habías conducido durante media hora para llegar y en verdad estabas lejos de la ciudad. Dejas tu motocicleta estacionada y decides explorar. Aunque el lugar está enrejado, el portón de acceso solo estaba asegurado con un pestillo fácil de abrir. Volteas a todos lados a ver si alguien te observa, pero el entorno está completamente desolado. Cuando entras, ves lo que parecía ser un antiguo estacionamiento cubierto de hierbas y basura por todos lados. Por ningún lado hay rastro de que existiera un antiguo establecimiento de McDonald’s. Sin embargo, recuerdas que el anciano andrajoso te dijo que solo con fumar a través de la manzana podrida serías capaz de verlo. Así que la sacas de tu bolsillo, junto con el encendedor y pones la flama en el orificio. Le das varios jalones y cuando sientes que el humo calienta tus pulmones te recuestas en el suelo.
A los pocos minutos sientes que te explota el cerebro, percibes los colores más intensamente y el tiempo empieza a pasar muy lento. Te levantas y lo que ves te deja sin palabras. Ha aparecido frente a ti un pequeño establecimiento de McDonald’s, con la espectacular M a un lado y el típico Ronald McDonald sentado en una banca en la entrada. “Esto no puede ser real”, dices, y solo puedes asegurar si se trata de una alucinación entrando al local y pidiendo la tan ansiada promoción. Te acercas a la entrada y te encuentras que tiene un letrero de “CERRADO”. Sin embargo, al observar a través de la ventana, te das cuenta de que no hay nadie más que trabajadores preparando apresuradamente comida en la cocina. Están tan ocupados que no te ven entrar. Te acercas al mostrador y observas el menú. No se ofrece otra cosa que una promoción de lujo que no se había visto en la historia de la franquicia. “Debe ser esa”, piensas y tocas el timbre. De repente escuchas silencio y te das cuenta de que los empleados han dejado de producir. De la cocina sale una chica joven con un rostro demacrado, con uniforme rojo lleno de grasa y el cabello enmarañado.
—¿Q-q-q-quién eres y q-q-que haces aquí?—dice ella.
—Supe que solo en esta sucursal se prepara la verdadera promoción de McDonald’s y vine a ordenar una.
—E-e-e-eso es imp-p-p-posible—te responde— Nadie puede entrar aquí sin permiso.
—Pude hacerlo fumando de esta manzana—.
La sacas de tu bolsillo, junto con el encendedor, y se los muestras. Cuando ella los mira, se sobresalta y comienza a hiperventilarse. <<¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!>>, dice ella mientras regresa despavorida a la cocina. Por esa inesperada reacción, empiezas a pensar que esa manzana no es solo una cachimba improvisada. Para evitar más problemas, decides tirarla a la basura, pero antes de hacerlo, otro empleado sale a tu encuentro. Por su uniforme distinto al de la joven y su broche dorado, puedes inferir que se trata del gerente.
—Antes de pedirle que se retire— te dice, —quiero saber de dónde sacó esa manzana—.
—Me la dio un anciano andrajoso que decía ser el diablo—.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! — dijo de igual manera que la joven empleada, como si se tratara de una plegaria —. Debe irse de aquí de inmediato.
—Por supuesto que no me iré — le respondes —. No le he regalado mi lugar en la fila a ese anciano como para irme con las manos vacías.
—¿Lo dejaste formar a cambio de que te dijera qué hacer para entrar aquí? ¡Que estupidez!
—No es cuestión de estupidez, sino de marketing —repites las palabras que te había dicho el anciano andrajoso.
—¡Claro que es estupidez! — respondió de inmediato el gerente —. Esa manzana es la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal. El diablo no te la dio para que vinieras a comer hamburguesas, ¡sino para retar a Dios!
Te quedas absorto después de haber escuchado semejante declaración. Con cada cosa que sucedía, comprobabas poco a poco que la historia del anciano andrajoso era verdadera, pero en ningún momento había mencionado que de esa forma retarías a Dios.
—¿No pueden darme la hamburguesa simplemente? — replicas —. Después me iré.
No lo entiendes — responde el empleado —. Este es un lugar sagrado en donde no se sirve a nadie más que a Dios ¿Por qué crees que el diablo quiso tu lugar para comerse una hamburguesa ordinaria? ¡No le quedaba de otra!
Pensabas que el anciano andrajoso decía que este era un lugar sagrado porque el capitalismo había elevado el consumismo al grado de una religión y que cualquier establecimiento mercantil era equiparable a un templo. Nunca se te había cruzado por la cabeza de que este local realmente fuera sagrado porque se produzcan hamburguesas únicamente para Dios.
—No lo había pensado de esa forma hasta ahora — respondes —
—¡Por supuesto que no! — dice el gerente —. Ni siquiera el señor de los infiernos puede acceder a esta promoción divina, por eso buscó molestar a Dios a través de un mortal ingenuo como tú. Es algo que ha hecho desde el inicio de los tiempos ¿No has leído La Biblia?
Habías escuchado cientos de sermones acerca del pecado original, de la serpiente tentando a Eva y la expulsión del hombre del paraíso. Incluso recuerdas que Dios mismo dijo que al haber comido del fruto prohibido, Adán se ha puesto a su mismo nivel de conocimiento entre el bien y el mal.
—Si es verdad lo que dices —respondes —. sucederá lo mismo que en Génesis. Dios me expulsará y regresaré a mi vida normal.
—No podemos saber si Dios hará lo mismo, pero ninguno de nosotros quiere averiguarlo. Así que debes irte por cuenta propia antes de que regrese.
—¿Regrese? — respondes —¿En dónde se encuentra?
—Está en el baño. Cuando termina de comer una tanda se encierra ahí por horas para regresar por otra. En cualquier momento saldrá y te aseguramos que no querrá enterarse de que alguien más está buscando comerse su promoción.
Te encuentras indeciso nuevamente. Si te vas, nada de lo que ha pasado actualmente habrá valido la pena. Probablemente si regresas a formarte de nuevo en la sucursal en la que te encontrabas, la gente haya arrasado con la mundana promoción que te perdiste. O le contarás a tus amigos que fumaste a través de una manzana que te dio un anciano andrajoso, viste un local oculto en un estacionamiento abandonado, conociste la existencia de una promoción divina a la que nadie más podía acceder y estuviste a punto de conocer a Dios en persona. Aunque tu historia se quedaría trunca porque te dejaste disuadir por un gerente que te pedía retirarte del local. Probablemente tus amigos se burlen de ti, creerían que enloqueciste y tuviste un mal viaje. Por otro lado, si te quedas, muy en el fondo sabias que estabas cruzando los límites de lo prohibido. Te estremecías con solo pensar que no solo harías lo posible por conseguir esa hamburguesa celestial, sino que harías enojar a Dios mismo. No tardaste mucho en tomar una decisión. Te dirigiste a una mesa vacía sin mediar más palabra con el gerente. Tenías una excelente idea para convencerlo de que debía venderte la hamburguesa.
—¿Qué haces? —dice el gerente exaltado.
—No me iré hasta que no me den esa hamburguesa —respondes — ¿Saben que al no venderme me están discriminando? ¿Quieren que llame a la Comisión de Derechos Humanos? O mejor aún ¿A la Procuraduría Federal del Consumidor?
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! — dice el gerente mientras se santigua velozmente — ¡Ten compasión de nosotros, no podemos sujetarnos a dos poderes supremos!
—Ahora la decisión la tomarás tu — le dices.
Pero antes de que el gerente moviera un músculo, escuchaste como jalaron la cadena del baño. De inmediato, el gerente se lanzó al suelo, debajo de tus pies, en postura de reverencia sin dejar de decir “¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!” una y otra vez. Cuando la puerta del baño se abre, percibes un intenso resplandor emanando del interior del baño, así como un terrible hedor a mierda milenaria. Por un instante te imaginas que aparecerá un hombre robusto, con una blanca cabellera y abundante barba, como Miguel Ángel lo ha representado en sus pinturas. Pero en su lugar observas una enorme cabeza flotante, con cabellos largos y oscuros y un semblante demacrado y sombrío. Su presencia es aterradora y quieres huir del lugar, olvidarte de la hamburguesa y dedicar tu vida entera a obras de caridad, pero ya es tarde. Se ha dado cuenta de tu presencia y te lanza una mirada con unos ojos huecos y oscuros. No dice ninguna palabra, pero se queda inmóvil flotando en el aire. El gerente levanta la mirada del suelo y observa la escena.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Lo has fastidiado — dice. Luego se dirige a los demás empleados de la cocina —. ¡Traigan esas hamburguesas y vengan a hacer una reverencia!
De inmediato salieron todos en fila india y se acomodaron en el espacio que había entre tu y la celestial cabeza. Todos murmuraban al unísono el “Oh, Dios” tan acostumbrado y se lanzaban de rodillas al suelo mientras se atravesaba la joven cajera con una enorme charola de hamburguesas. Ella hacia todo lo posible por no tirarla y estaba tan nerviosa que podías ver cómo se orinaba en el pantalón. Finalmente logró ponerla frente a ti y podías ver las hamburguesas tan deseadas envueltas en papel aluminio. No parecían ser algo fuera de lo común, pero quizá el sabor más grande del universo se revelaría si probaras tan solo una. Sin embargo, no puedes moverte y solo puedes observar la enorme cabeza acercándose hacia la mesa donde te encuentras.
Ahora Dios está frente a ti. Aunque no tiene cuerpo, puedes escuchar el respaldo rechinar cuando toma asiento. Después observas una de las hamburguesas elevarse y desprenderse de su envoltura. Era simplemente perfecta. La lechuga y el jitomate frescos, la carne perfectamente asada y la salsa secreta escurriendo por todos lados te hacía sentir con vida. Sentías como tu boca se hacía agua de solo verla, pero cuando creías que esa hamburguesa que flotaba era para ti, la gran cabeza abre sus enormes fauces dejándote ver un abismo lleno de dientes y baba divina. Así sucede con una y con otra y cuando pensabas que pasarías un tiempo indefinido viendo lo mismo, escuchas una voz tremendamente grave dentro de tu cabeza.
<<Cuando te vi aquí, pensé que habíamos regresado al principio de los tiempos y de nuevo estaba presenciando la rebeldía de la humanidad. Sin embargo, creo que nada ha cambiado. El libre albedrío que les otorgue ha servido para retarme una y otra vez, poniéndose a ustedes mismos como el centro de todas las cosas y olvidándose de mi. Tu presencia aquí lo revela una vez más. Tu interés personal es más grande que tu temor de Dios y aunque quieras culpar al diablo por tentarte, siempre estuvo en ti la decisión. Ahora yo tomaré las riendas>>.
¿Era la voz de Dios? Aunque la cabeza estaba devorando una tras otra de las celestiales hamburguesas, no veías que en ningún momento moviera los labios para articular palabras. Sin embargo, por el tono solemne y extrañamente paternal de las palabras, no había duda de que te estaba hablando. ¿Qué quería decir con eso de que tomará las riendas? Volteas a tu alrededor para buscar la respuesta. Los empleados llorando y lanzando plegarías en el suelo, la trabajadora joven y peinada envolviendo más hamburguesas en la cocina, el local vacío: nada había cambiado dentro del local. No obstante, te das cuenta de que súbitamente se ha nublado el cielo. De repente escuchas una fuerte trompeta que retumba por todos lados. Miras por la ventana y ves gruesas gotas de lluvia caer y estamparse en el cristal , pero no parece agua común, sino una especie de líquido aceitoso que va dejando humo a su paso. No tardas en saber que esa sustancia quema todo lo que toca, porque las hierbas altas del estacionamiento empiezan a ennegrecerse bajo la lluvia y tu motocicleta se enciende en llamas. <<Es una lluvia de azufre hirviente>> escuchas de nuevo la voz en tu cabeza, <<la misma que destruyó Sodoma y Gomorra. Ahora caerá por todos lados durante cuarenta días y cuarenta noches y acabará con un tercio de la humanidad>>.
Piensas que si esa lluvia disuelve las hierbas o es capaz de hacer que una motocicleta estalle en llamas, sin problemas podría consumir a una persona en minutos. ¿Era el apocalipsis? ¿Realmente está sucediendo todo esto simplemente por una hamburguesa? En este momento, tu mente no puede procesar la magnitud de eventos que estás presenciando. Pero de nuevo escuchas la voz.
<<Entre ustedes hicieron dos guerras en un mismo siglo. Esa era la señal del Juicio Final, pero después abrieron un McDonald’s en San Bernardino, California y postergue mi ira. Yo he consumido todo lo que el hombre me ha ofrecido, pero no había existido nada más glorioso que la Big Mac. Negocié con el corporativo para que hicieran otra hamburguesa mejor, especialmente hecha para honrarme. Entonces crearon la McManá, hecha de pan ácimo, cabras, leguminosas. Pero el toque especial es el sudor, sangre, tiempo y vida que se drena para prepararlas. Ahora solo como esta hamburguesa, aunque me ha traído serios problemas de salud. Por eso, me he quitado el cuerpo>>.
Para ese momento, Dios había dejado de comer y solo quedaba una hamburguesa sin su envoltura en la charola. “¿Será para mi?”, pensaste. No habías visto una hamburguesa así de extraña y, aunque no era el momento más idóneo para pensar en comida, sentías hambre como nunca. Sabías que no eras digno de probar semejante manjar, no obstante, te resultaba extraño que Dios la haya dejado frente a ti. Después, continuo la voz.
<<Tu eres especial. Tu egoísmo ha sondeado todos los obstáculos que existían para llegar hasta aquí. El diablo había tentado a tanta gente en esa fila y solo tu demostraste ser el más testarudo. Pero te diré algo. Si estás aquí, es porque querías ver qué tan lejos podías llegar para retarme. No te importó el tiempo que te tomara formarte, no te importó que se burlaran de ti por cederle un lugar a un anciano andrajoso, que fumaras del fruto prohibido, que desoyeras la advertencia del gerente o que un tercio de la humanidad está luchando por sobrevivir. Tus ansias por colocarte como medida de todas las cosas en tan grande que incluso con todo esto sigues sintiendo hambre. Adelante, come. Está McManá es para ti>>.
Sin titubear, tomaste la hamburguesa. Sentiste una textura como la seda y el calor que emanaba era agradable al tacto. Le diste un mordisco y por un momento creíste que te explotaría el cerebro porque ante ti se reveló la historia de toda la humanidad, desde la creación del primer hombre hasta la destrucción del último. Comiste hasta el último bocado y con la boca llena te atreviste a preguntar: “¿Ya no van a traer más?”.
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