La vez que Inés Bois tuvo la certeza de que era una mujer hecha de plantas, fue cuando se cortó preparando una cena de ensueño para su marido: el famoso artesano Paul Bois. Frente a la inmensa industria textil, su marido seguía manufacturando canastas, sillas y sombreros con fibras naturales, lo cual era motivo de crítica por parte de la madre de Inés. Sin embargo, la advertencia más desquiciada que hizo fue cuando el joven matrimonio decidió irse a vivir en la periferia de la ciudad, a las agrestes tierras de Paul Bois.
-Ese hombre – decía la madre ante la inminente partida de su única hija- tiene aliento de glifosato y tú estás retoñando apenas en las dificultades de la vida.
-Lo que tú digas, mamá- respondía Inés con indiferencia. Mas bien quería decir: “Mamá, te has vuelto loca”. Lejos de persuadir a su hija, la paranoia de la madre le dio más motivos para mudarse. Inés había llegado a la conclusión de que esas advertencias no era otra cosa que la típica rivalidad suegra-yerno y ya no le quedaban más argumentos racionales para evitar que su hija se enrolara con una persona que solo sabía hacer artesanías. Finalmente, nada evitó la vehemencia de Inés, pues estaba dispuesta a forjar una nueva vida, donde el amor echara raíces con la libertad de una enredadera.
No hace falta decir que el nuevo hogar de los Bois carecía de lujos, pero una casa con muros de adobe, rodeada de cultivos de fibras naturales, cerca de un riachuelo oloroso, sería un primer paso necesario para traer el edén a la tierra. Con ese mismo optimismo, Inés planeó una cena a manera de inauguración, poniendo toda su creatividad para utilizar los pocos recursos con los que disponían. Cortó las mejores rosas del monte para hacer unos arreglos florales envidiables; filtró cuantas veces pudo el agua de río hasta que quedó suficientemente cristalina y con ella preparó una deliciosa limonada; falló unas cuantas veces en hacer tortillas a mano, pero al final logró hacer milagros en el comal; nadie sabe de qué forma negoció con la encargada de un estanquillo cercano, sin embargo logró que le fiaran un kilo de carne y una dotación considerable de patas y alitas de pollo; las verduras no fueron un problema, porque el jardín estaba atiborrado de matorrales de jitomate, cilantro, chiles, tomates y unas cuantas cebollas de buen tamaño en la tierra. Cuando se cortó preparando la cena, no derramó ni una gota de sangre, sino una especie de fluido ambarino, además de que su piel se mostrara inusualmente fibrosa, como el carrizo que utilizaba Paul Bois para confeccionar sus mercancías ¿Había sido siempre así? De repente recordó su niñez, cuando se raspó la rodilla mientras jugaba en el jardín de la casa de sus padres y en lugar de manifestarse la lesión carmesí de los niños comunes, se dejó ver un borrón verde. “Es el pasto que se te quedó impregnado en la rodilla” decía su madre. O cuando había cumplido sus 15 años y su padre no había acudido a la celebración, lloró y en vez de lágrimas cristalinas y saladas, salían gotas dulces de néctar. “Es que eres una niña muy dulce. No deberías de llorar por un hombre tan amargo”, decía su madre. Hasta ahora había vivido creyendo las mentiras de su madre, pero con ese incidente ya no cabía duda: Era una mujer hecha de plantas, un extraño milagro de la naturaleza. Y aunque Inés pretendía mantenerlo en secreto por temor a asustar a su marido, su extraordinaria condición fue revelada aquella misma noche.
Cuando Paul Bois había terminado un encargo de petates de palma y canastos de bambú, regresó abatido a casa; pero el banquete que preparó Inés levantó su ánimo. Paul Bois desahogó la pesadumbre de una dura jornada hablando de la escasez de artesanías vendidas frente a la abrumadora producción de las fibras sintéticas, así como también sobre los problemas que esta competencia acarreaba en los ingresos familiares. Inés lo alentaba a no rendirse, diciendo que por suerte solo eran dos. Paul Bois dijo que, si tuvieran un bebé, la situación sería muy distinta; incluso cuidar a su primogénito sería un motivo para buscar más y más ventas de artesanías. Después de eso ocurrió un silencio abrupto, de esos que sólo se rompen con un beso. Ambos se miraron sus caras bañadas de luz de luna, y las manos trémulas, como hechas de agua. Ya despojados de sus prendas y aumentando a cada momento la temperatura, Paul Bois sintió un inusual calor en el sexo de su mujer. Su preocupación creció cuando un penetrante olor a paja y césped quemado invadieron el ambiente. Pensó por un momento que algún cultivo cercano se estaba incendiando, pero grande fue su sorpresa cuando vio el pubis de Inés Bois envuelto en llamas.
-Pensaba que solo mi piel era de carrizo -dijo ella-, pero ahora veo que mi vello huele a heno quemado.
Debido a la intensidad del acto, toda la zona púbica de Inés Bois estaba chamuscada. La vellosidad había quedado achicharrada y la piel se descamaba como leño calcinado. El marido pasó suavemente los dedos por la zona y se percató que su mujer no presentaba molestia o algún ardor por la irritación.
-¿Puedo? – Preguntó Paul Bois y su mujer supo inmediatamente lo que quería hacer.
-Trátame suavemente-.
Ambos se sorprendieron al observar que, cuando Paul arrancaba fragmentos de piel en largas hebras parecidas al bambú o a la corteza del carrizo, Inés no sentía ningún dolor. Tal como es la naturaleza de los materiales leñosos, cuando se quitaba una capa de piel, debajo aguardaba otra totalmente sana. Pronto los estragos del incendio sexual habían desaparecido.
-¡Qué alegría! -exclamó Paul Bois-. ¡Tengo una mujer extraordinaria que pronto será madre!
No pasaron muchos meses para que Inés confirmara que un nuevo integrante de la familia estaba por llegar. Lejos de los extraños antojos prenatales de la mujer común, a Inés Bois le daba por beber grandes cantidades de agua mezclada con unas cuantas cucharadas de tierra y la ensalada de piel de plátano, cáscaras de huevo, hojas de lechuga y acelgas podridas se había vuelto su platillo predilecto. Esta inusual dieta dejaba el cutis de Inés con un pulimento sorprendente, como de madera barnizada; su cabello parecía literalmente un manojo de suaves espigas y toda ella desprendía un espléndido aroma a hierba fresca. Para Paul Bois la nueva condición de su mujer significó un gran alivio para soportar los gastos del hogar, pero otros retos estaban por llegar.
En esos días, un terrible incendio arrasó con los cultivos de carrizo y yute del proveedor principal de Paul Bois. Si las pocas ventas, derivadas de la competencia contra la fábrica de fibras sintéticas, arrasaban con su mercado, la falta de materia prima venía a culminar la crisis de la familia Bois.
-Yo te ayudo, -le dijo Inés-. Puedo darte piel de mi cadera; así tal vez me sienta menos gorda.
A pesar de la negativa de Paul, su mujer tomó una de las garlopas de su marido y se limó una buena parte de sus piernas y nalgas. El lote de láminas de piel alcanzaba como para sacar las fibras naturales suficientes para sostener la producción por un buen tiempo. Entre lágrimas, Paul Bois agradeció infinitamente a su mujer por el sacrificio y después pasó todo el día en su taller, hilvanando las hebras de piel de Inés Bois y trabajando en nuevas artesanías.
Paul nunca hubiera imaginado que, gracias a las fibras de su mujer, los clientes regresaban a comprar sus artesanías como si fueran objetos milagrosos. Un labrador nostálgico comentaba que cada vez que se sentaba a descansar en la mecedora entramada de Paul Bois, experimentaba un olvidado sentimiento maternal, como si estuvieran de nuevo en los brazos de su difunta madre. Una pareja de agricultores con problemas maritales decía que simplemente por utilizar los tortilleros de caña, comían sus tacos recordando las primeras citas que los convirtieron en novios. Incluso algunos otros abrumados por un ataque de llanto, le pagaron a Paul el triple de precio con tal de tener una artesanía que les recordara la emoción de vivir. El éxito de las artesanías con piel de mujer fue abrumador y eso se reflejó en la calidad de vida de los Bois. Solo así pudieron reconstruir su propia casa, aumentaron su ajuar con sillones, mesas, vitrinas, adornos refinados y, además, consiguieron un lujoso equipo de jardinería para que Inés mantuviera un aspecto físico fenomenal.
Ya ni siquiera el nacimiento del bebé supuso las dificultades que pensaba Inés en un principio. Ni la situación económica en la que crecería el nuevo integrante, ni las dudas que tenía la mujer sobre el proceso de nacimiento fueron un problema. Incluso la condición natural de Inés le permitió dar a luz en su propia casa, sin ninguna dificultad. El bebé surgió envuelto en un saco conformado por una amalgama de pétalos de rosa, seguido de un torrente de fluidos resinosos. Paul Bois se percató de que el cabello de su primogénito parecía barba de elote fresco y su piel era tersa como la pulpa del coco. Supo de inmediato que había heredado las características herbolarias de Inés, por lo que el hombre fue aclimatando el nuevo hogar. Guardó muy bien velas, sopletes, cerillos y demás objetos inflamables que supusieran un riesgo tanto para Inés como su hijo. Se prohibió usar prendas de lana o cualquier otro tipo de tela que pudiese emitir chispas de estática y para los días de tormenta, Paul mandó a poner pararrayos a cien metros a la redonda. Al final, la casa estaba más protegida contra el fuego que cien estaciones de bomberos.
En ese entonces, la relación de Inés con su madre se había restaurado. Pero cuando la madre de Inés Bois los visitó para presenciar el milagro de la vida, no se extrañó que su hija por fin confirmara su naturaleza. Mientras Paul se encontraba trabajando, la madre de Inés aprovechó para revelarle los secretos de la familia.
Le contó que esta peculiar condición se manifestaba en todas las mujeres de la familia que habían sido maltratadas por sus maridos. Pero en toda la estirpe, a ninguna mujer se le había acentuado tanto la condición de arbusto como a Inés Bois.
-Nunca te lo había dicho -decía la madre-, pero una vez la piel se me hizo como corteza de caoba cuando tu padre me golpeó por vez primera.
Lo que hace tiempo Inés sospechaba, resultó ser cierto. En su vida matrimonial, su madre había sido violentada y aquella fue la raíz de su aversión a los hombres. De eso no había duda, pero no le creía del todo, dado que no fue por algún tipo de agresión conyugal que tuvo certeza sobre su condición de planta, sino por un simple accidente doméstico. Le hizo ver que no habían estado más unidos que cuando se fueron a vivir en su edén y que ella misma había entregado a Paul Bois una dotación considerable de limadura de cintura.
-Cuídate, Inés. Cuídate a ti y a tu hijo -sentenció su madre-. La vida de una mujer enamorada se puede ir en las manos de un hombre ambicioso. Toma en cuenta que tu marido es cestero y tú Eres una mujer de carrizo.
-Lo que tú digas, mamá- respondía nuevamente Inés con indiferencia. Mas bien quería decir: “Mamá, ya te perdimos por completo”. Hasta entonces Inés no dejó de apoyar a su marido, dándole cuanta materia prima necesitara. De hecho, se cinceló toda la piel estriada del parto y se cortó su abundante cabellera para llenar hasta diez costales de espiga; y con tal depuración había quedado como modelo de revista. No obstante, todo lo que para ella eran defectos de su cuerpo, resultaron ser otro nuevo grito de la moda.
Quienes compraban accesorios hechos con piel dañada de Inés decían sentirse más seguros de sí mismos. Una dama grande confesaba no sentir más vergüenza de mirar su cuerpo desnudo frente a los espejos mientras cargaba un bolso de yute abdominal de Inés. Un turista, por otro lado, cuando paseaba por la playa con el sombrero hecho con cabello maltratado de Inés, no dejaba de percibir cierto incremento muscular. La demanda de las artesanías Bois pronto excedió el suministro que dejaron los reparos estéticos de Inés a su cuerpo. Paul Bois ya no tenía materia prima y la producción se suspendió. Entonces miró a su mujer, como transmitiéndole la solución por telepatía para satisfacer las exigencias de la clientela.
-Supongo que el amor implica ciertos sacrificios- suspiró ella con resignación.
Con la garlopa de su marido, Inés Bois laminó su cuerpo, desde los senos hasta la pantorrilla, procurando cercenar áreas con más corteza que otras. Llegó a tal punto el descortezamiento que la mujer pudo ver su hipodermis de pulpa verde y más allá, viéndose tenuemente el xilema y floema de su sistema nervioso. Aunque este terrible acto afectivo dotó de insumos a la producción de su marido por más de un año, Inés dejó atrás su apariencia de modelo de revista por el de un desnutrido árbol desértico. Si bien, no sintió dolor alguno en el proceso, escuchó dentro de sí un eco indescifrable, un sonido como de rama seca quebrándose bajo la suela de un zapato. Mientras Paul Bois se ahogaba en dinero, para Inés aquel momento fue la inauguración de una serie de días de llanto y soledad.
La aparente prosperidad y calma de la familia duró poco. Una turba de clientes había irrumpido en el jardín, reclamando a viva voz su derecho a la defensa del consumidor, mientras se instalaban en campamento frente al frondoso jardín de la casa como forma de protesta. Al unísono se escuchaba que los productos de la familia Bois producían en los usuarios un inexplicable desánimo y leves periodos de conflicto nupcial. Unos decían que, después de usar las artesanías, pensaban que su pareja era infiel; otros tantos afirmaban que llegaban a desconocer por momentos a la persona con quien compartían cama. La mayoría estaba de acuerdo en que Paul Bois les otorgara un reembolso o reparara las mercancías. El hombre naturalmente optó por la segunda.
-Hace falta inocencia para templar las artesanías -decía Paul-. Tal vez nuestro bebé tenga algún defecto de nacimiento del que se pueda extraer material.
– ¡No te atrevas a tocar a mi hijo! – gritó Inés timorata-. ¡Haz conmigo lo que quieras, pero no toques a mi hijo!
Para ese entonces, Paul Bois ya había desarrollado una política de primero el cliente tan recalcitrante que no le importaba quién tuviese que sufrir para satisfacerla. El hombre reflexionó sobre qué parte de Inés podía cumplir sus expectativas y qué magia podía sacar de ella. La miró de cabo a rabo hasta que emitió su fúnebre sentencia.
-Tus ojos, dame a cambio tus ojos. Son la parte más pura de tu cuerpo.
Inés los extrajo con una cuchara. Fue tan sencillo e indoloro como quitarse una lagaña o una costra reseca. Sus globos oculares parecían un par de jugosos lichis al tacto y desprendían un olor dulce y afrutado. Paul Bois los machacó en un mortero para hacer un tinte azulado perfecto para repintar las artesanías defectuosas. Cuando terminó, hizo las devoluciones respectivas y los comensales levantaron el campamento en un par de días.
-Esto lo hago por amor, por nuestra familia -decía Paul Bois mientras colocaba una venda con fertilizante alrededor de las orbitas oculares de Inés-.
-Tu ya no me amas. Quizá nunca lo hiciste; solo amas el dinero que has logrado conmigo.
En esos tiempos de tensión, el antiguo proveedor de carrizo y yute de Paul Bois le hizo una llamada. Le contó que sus ventas de materia prima habían bajado debido a la abrumadora competencia que significaban las Artesanías Bois ™ y su suministro de fibras mágicas, e incluso le advirtió que la industria de fibras sintéticas tenía pensado llevar a cabo un litisconsorcio por monopolio contra Los Bois. Pero entre otras cosas, le informó que los clientes con productos de la reciente línea de artesanías azuladas no dejaban de llorar. Cada que utilizaban los sombreros de mimbre o los bolsos de yute, les venían a la mente episodios tristes de discusiones, recuerdos de familiares fallecidos, abusos y los tormentos del primer amor. Finalmente, con un tono sombrío y amenazante, le dijo que los defraudados clientes ya se estaban organizando de nuevo para expresar sus quejas, pero a través de medios más efectivos.
Cuando terminó la llamada, una tormenta se formó dentro de la cabeza de Paul Bois. Tomó una sierra del taller y fue donde su mujer. Naturalmente Inés no pudo ver a su marido parado en el vano de la puerta, pues los pimpollos de sus cuencas no se habían transformado en frutales ojos. No obstante, pudo sentir los golpes y serruchadas furiosas que le hacía Paul Bois. Aunque no sentía dolor alguno, los gritos de Inés eran los de una mujer secuestrada peleando por su vida, atrapada en la caja de su cuerpo. Pero algo extraño sucedió. Mientras su marido serraba sin clemencia las extremidades, la piel de Inés se endurecía cada vez más y tomaba una textura parecida a la dura corteza del cerezo. Además, de sus orejas, boca, nariz y cuencas oculares comenzaron a brotar ramas tupidas de follaje. Los pies se le transformaron en raíces que poco a poco fueron cuarteando el suelo, e incluso lograron desquebrajar y tirar el muro que daba al jardín y, al final, su cabello terminó por culminar su condición de árbol, convirtiéndose en una especie de paxtle castaño que se desparramaba por todos lados. Cuando esto sucedía, el bebé lloraba y lloraba, terminando por crispar los nervios de Paul Bois.
A la mañana siguiente, la madre de Inés veía las noticias por televisión. Una turba de pueblerinos llorones y enfurecidos por partes iguales se dirigían la casa de la familia Bois armados de machetes y antorchas. En el noticiero se rumoraba que incluso la industria de fibras sintéticas había financiado la turba como una forma extralegal de resolver controversias y que los campesinos locales de carrizo y yute habían hecho un llamado a las armas para acabar con la competencia desleal de las fibras mágicas. La madre de Inés supo en seguida que su hija estaba en peligro.
Llegó al domicilio antes de que la turba se viera en el horizonte, pero no se acercó al jardín si quiera, pues vio que dentro de la ruinosa casa de Los Bois estaba Paul talando desesperadamente un enorme sauce llorón, mientras el silencioso moisés del bebé estaba repleto con ramilletes de cempasúchil. De pronto, dos gotas de dulce néctar se desparramaron de sus ojos.
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