Escribo poesía para borrachos,
para locos,
porque la gente cuerda no entiende una mierda.
Quizás ellos sepan lo que es
tener un enjambre en la cabeza
y un agujero en el pecho.
Solía atraer chicas con versos,
jugando al tipo atormentado,
y terminé creyéndome la farsa.
El caos me encontró,
y se sentó conmigo a beber.
Ellas sonreían, decían que entendían,
pero eran mentiras,
mentiras amables que agradezco
porque dolían menos que la verdad.
Escribir nunca fue inspiración.
Escribir fue catarsis.
Vomitar palabras en la mesa,
escupirle al papel
antes de que me ahogue.
Fingía estar solo,
pero la soledad hablaba en coro.
Ahora son mis amigos,
mis intrusos,
mis demonios con nombre propio.
Yo los tengo,
ellos me tienen.
Y ojalá esta relación tóxica
sea la única que termine bien,
aunque lo dudo.
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