Hubo un día en que el universo entero cambió su silencio. Ese mutismo, henchido de misterio, se desgarró en un resplandor sin medida y allí nació lo que llamamos Big Bang; aunque el nombre haya brotado como una burla, lanzada al viento por Fred Hoyle. Fue, sin saberlo, un poeta involuntario: al bautizarlo con sorna, terminó dejando grabada en la memoria humana la imagen de una explosión originaria.

El primero en intuir ese germen fue un sacerdote belga, Georges Lemaître, que veía en la semilla cósmica no un milagro religioso disfrazado, sino el acto supremo de la naturaleza misma: un “átomo primigenio” que contenía el drama de todas las galaxias, los océanos y hasta los versos que siglos después escribiríamos sobre él. Después vino Hubble, que miró al cielo y comprobó que las galaxias huían unas de otras como pájaros asustados; más tarde Gamow y sus discípulos, que escucharon en la imaginación el eco de aquella chispa; y por último, los distraídos Penzias y Wilson, que al intentar limpiar el ruido de su antena se toparon con el susurro eterno del origen, la radiación cósmica de fondo, como si el universo no quisiera que olvidáramos su primer grito.

Pero la ciencia no se detuvo ahí. Los hombres de la física quisieron ir más lejos, quisieron unificar los dos reinos inconciliables: el de lo inmenso —gobernado por la gravedad y el espacio-tiempo, el universo de Einstein—, y el de lo diminuto —gobernado por la incertidumbre cuántica, el reino donde la materia es más fantasma que piedra. Soñaron, y aún sueñan, con una teoría del todo, una partitura única que explique tanto la danza de las galaxias como el titilar de un electrón.

¡Es un sueño científico!, sí, —pero también profundamente humano—. Porque, en el fondo, ¿qué es la unificación de la física sino la añoranza de un retorno a la Unidad? Como si Hermes Trismegisto susurrara de nuevo: “Lo que es arriba es abajo”. Los físicos calculan con ecuaciones; los sabios antiguos lo decían con símbolos y mitos.

Y aquí entra la mirada de los esotéricos, que en cada descubrimiento científico ven reflejos de viejas intuiciones. Para ellos, el Big Bang no es tanto una explosión de partículas, es como el momento en que el Uno se fragmentó en lo múltiple, el instante en que la conciencia se dispersó en estrellas, en árboles, en cuerpos y memorias. El universo expandiéndose sería entonces la metáfora de una conciencia en perpetua expansión, buscándose a sí misma en cada rincón del tiempo. Y el murmullo que escucharon Penzias y Wilson en su antena puede ser leído como el eco del “Ohm” primordial, la vibración original que todavía sostiene el tejido de la realidad.

Así, ciencia y esoterismo, aunque se miren con desconfianza, recorren caminos paralelos. Una mide con telescopios y aceleradores; la otra interpreta símbolos y resonancias interiores. Pero ambas comparten la misma nostalgia: la certeza de que todo proviene de un origen común, y que comprender el universo es, en el fondo, recordar.

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