El mundo no tiene ombligo. Lo he buscado en los mapas, en los globos terráqueos que crujen cuando los giras con la punta del dedo, incluso en los vientres de las montañas, pero nada: ni una cicatriz, ni un nudo, ni un cordón umbilical que lo ate al útero oscuro de algún dios distraído. Tal vez el mundo sea un hijo ilegítimo del universo, un bastardo sin padre conocido, condenado a girar como un trompo abandonado en el patio de los astros.

Dicen los doctos que el centro de gravedad está en todas partes, lo que es lo mismo que decir que no está en ninguna. Quizás sea un mendigo con traje de rey, sentado en la frontera entre un país y otro, que jugaba ajedrez con piezas invisibles. Cada vez que movía una, se desataba una guerra, un hambre, una promesa desgajada.

No busquen el centro en los rencores de árabes y judíos, ni en los rusos que persiguen ucranianos como perros que ladran a su propia sombra. Tampoco en Haití, donde los muertos caminan de día y los vivos rezan de noche a santos que sudan ron. Ni en África, donde el hambre parece un idioma que se hereda, ni en Cuba, donde las farsas se cultivan como caña de azúcar, ni en el teatro grotesco de Trump, ese personaje inventado por algún novelista loco que olvidó borrar los borradores.

El centro es una ficción, un cuento para asustar a los niños: “duérmete o vendrá el Coco, duérmete o vendrá el bandido, duérmete o el mundo se te cae encima”. Y los adultos, como niños obedientes, seguimos cerrando los ojos para que el espantapájaros del miedo nos arrope.

Mientras tanto, la Tierra gira, y gira, y gira, como si fuera una peonza en manos de un dios aburrido. Y el Sol, ese sol blanco que se disfraza de amarillo para no deslumbrarnos, sonríe con dientes de fuego. La Vía Láctea nos da cobijo, como una posada cósmica donde nadie pregunta de dónde vienes ni a dónde vas, porque en el fondo todos estamos perdidos.

Hoy decimos: vivimos aquí. Pero mañana tal vez despertemos en otro planeta sin ombligo, donde los relojes se suicidan saltando de las paredes, donde los niños nacen ancianos y van rejuveneciendo hasta desaparecer en el útero de sus madres, donde el mar se eleva al cielo y navega como una nube errante, y donde los muertos bajan a la plaza central a discutir de política mientras los vivos los escuchan con respeto.

El mundo no tiene centro, ni principio, ni final. Es un laberinto sin Minotauro, un circo sin carpa, un sueño que todavía no ha decidido si quiere despertar o seguir soñando. Y nosotros, pobres criaturas, caminamos sobre él buscando la cicatriz que nunca tuvo.

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