
«La estrategia es un sueño hasta que se ejecuta.» – Peter Drucker.
Permíteme llevarte a una escena que probablemente conozcas: la sala de juntas llena, la presentación impecable, los gráficos que parecen sacados de una galería de arte, el CEO inspirando con una visión de futuro brillante.
Todos asienten, algunos incluso aplauden, y se acuerdan acciones claras.
Avanza una semana… y nada.
La estrategia quedó atrapada en el PowerPoint, como esos propósitos de año nuevo que mueren en el gimnasio el 3 de enero.
Este fenómeno, que parece más común que raro, lo explican muy bien Donald Sull y Charles Spinosa en su paper de Harvard Business Review: muchas iniciativas estratégicas se estancan, los temas vitales quedan a medio camino y las oportunidades emergentes se pierden.
¿Por qué?
Porque lo que falla no es la estrategia en sí, sino su traducción en acción.
Y aquí viene el punto central: la clave está en las promesas conversacionales.
No en los planes colgados en la pared, no en las frases motivadoras, sino en la capacidad de una organización para que lo que se acuerda… se cumpla.
El precio de la estrategia que no se ejecuta
En ROI Agile hemos visto de cerca este drama en rubros tan distintos como retail, salud o logística.
Empresas con grandes planes de expansión que nunca lograron escalar porque las acciones intermedias se quedaron trabadas en aprobaciones infinitas.
Bancos que lanzaban campañas digitales pero no lograban integrar sistemas internos, lo que generaba la experiencia del cliente más frustrante posible: “¡Vuelva la semana próxima que el sistema todavía no está listo!”.
El impacto de estas fallas no es menor:
- Pérdida de confianza de clientes y socios.
- Desmotivación de equipos que sienten que trabajan para nada.
- Oportunidades que se escapan porque el mercado no espera.
- Estrategias que se reciclan cada año, pero siempre con los mismos resultados mediocres.
Como decía Benjamin Franklin: “Bien hecho es mejor que bien dicho.”
La ejecución es el filtro que separa a los soñadores de los realizadores.
Las promesas conversacionales: el pegamento invisible
Sull y Spinosa hablan de algo fascinante: las redes de compromisos conversacionales.
En términos simples, cada promesa es un acto de lenguaje: “Yo me encargo de entregar este informe el viernes” o “Tendrás tu nuevo sistema en producción en tres semanas”.
El problema es que muchas veces esas promesas se hacen en automático, sin claridad, sin responsabilidad clara, sin seguimiento.
El resultado: compromisos que se evaporan en el aire.
En cambio, cuando las promesas se manejan bien, ocurren milagros:
- Todos saben qué deben entregar, para qué sirve y quién depende de ello.
- La confianza se refuerza: sé que si me dices que harás algo, lo harás.
- La coordinación fluye, porque cada engranaje del sistema cumple su parte.
- La empresa gana agilidad, porque las promesas cumplidas se encadenan como dominós hacia resultados más grandes.
En ROI Agile ayudamos a empresas a construir esta cultura de impecabilidad.
Lo hacemos a través de consultoría, coaching y diseño de procesos donde las promesas dejan de ser simples palabras y se convierten en compromisos visibles, medibles y reconocidos.
Alternativas para que la estrategia deje de ser un cuento
¿Y cómo pasar de las buenas intenciones al cumplimiento real?
Aquí algunas estrategias que hemos aplicado en proyectos con clientes:
- Hacer públicas las promesas.
Si un compromiso queda en un mail enterrado, morirá ahí.
Pero si se hace visible en un tablero compartido, con responsables y plazos claros, se transforma en un contrato moral. - Conectar la promesa con el propósito.
No es lo mismo “entregar un reporte” que “entregar la información que permitirá decidir la apertura de tres nuevas sucursales”.
El contexto importa, porque da sentido. - Cuidar el lenguaje.
Una promesa no es “voy a intentar” ni “seguramente”. Una promesa es “sí” o “no”.
La ambigüedad es el enemigo de la ejecución. - Medir y reconocer.
Igual que cualquier otro recurso, las promesas deben administrarse.
¿Qué porcentaje de compromisos cumplimos?
¿Cuántos se postergan?
¿Quiénes destacan en su impecabilidad?
Reconocer fortalezas es clave. - Aprender del error sin culpas.
Cuando una promesa se incumple, no se trata de buscar culpables sino de entender qué falló en el sistema conversacional.
Tal vez la promesa nunca debió hacerse.
Un ejemplo concreto: en una empresa de consumo masivo con la que trabajamos, el área comercial siempre reclamaba que “logística no cumplía”.
Al revisar la red de promesas, descubrimos que las órdenes se comunicaban con frases como “mándame lo más rápido que puedas”.
¿Resultado?
Logística interpretaba esto según sus posibilidades como “próxima semana” y el que pedía lo suponía «para mañana».
Con un rediseño de las conversaciones y un sistema de tableros compartidos con prioridades, los tiempos de entrega bajaron un 40%.
Preguntas para poner el espejo frente a tu empresa
Si quieres saber en qué estado está tu organización respecto a este tema, aquí van algunas preguntas que puedes hacerte:
- ¿Las promesas entre áreas se documentan y hacen visibles, o dependen de la memoria de las personas?
- ¿Qué porcentaje de compromisos internos se cumple en tiempo y forma?
- ¿Se entiende claramente el propósito detrás de cada promesa, o solo se “cumple por cumplir”?
- ¿Se mide la impecabilidad de la red de compromisos como se mide la productividad o la rentabilidad?
- ¿Qué tan fácil es para un colaborador decir “no” cuando no puede cumplir, en lugar de aceptar por presión?
- ¿La cultura de la empresa premia a quienes cumplen lo que prometen, o a quienes “apagan incendios”?
Conclusiones: la impecabilidad como ventaja competitiva en el gerenciamiento estratégico
El gerenciamiento estratégico no se trata solo de diseñar planes brillantes ni de tener una visión inspiradora.
Se trata de construir una organización que honra sus palabras con hechos.
En ROI Agile lo hemos comprobado: cuando las empresas aprenden a gestionar sus redes de compromisos con la misma seriedad con la que gestionan sus finanzas, logran algo poderoso: convierten la estrategia en acción, la acción en resultados y los resultados en confianza sostenible.
Al final, la frase de Drucker vuelve a resonar: “La estrategia es un sueño hasta que se ejecuta.”
La pregunta es: ¿está tu empresa soñando… o está cumpliendo?
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