Hasta el cuello, Parte 2 -capítulo 1

Hasta el cuello, Parte 2 -capítulo 1

Vulturandes

25/08/2025

 El Hokkien Huay Kuan de Singapura fue la primera asociación de clanes en atender las necesidades sociales de la comunidad china de la isla. La sede en el templo de la diosa del mar servía como punto focal social para la comunidad Hokkien. Con un par de semanas en el coolie keng, un refugio de kulis Hokkien, Bimo podía admirar cada mañana hombres cruzar las puertas del templo con diferentes propósitos, desde préstamos hasta matrimonios, entre dragones y otros motivos decorativos en los techos del vestíbulo de entrada del templo, azulejos de colores con pavos reales, rosas, leones de piedra custodiando la entrada, vigas, ménsulas y techos dorados en dedicatoria a Mazu, diosa china del mar a la que ofrecían incienso en agradecimiento por un paso seguro a través del mar desde China. Bimo nunca había entrado al templo, pero Chen Ajin le había dicho que, con vistas al patio, se hayaba el santuario de Mazu, junto a otro patio donde se encontraba un altar más pequeño dedicado a Kuan Yin, la bodhisattva de la compasión y la misericordia.

 Desde el barril de la carreta, esa mañana a Bimo le tocó ver a sus amigos swaylos retirándose del templo antes de iniciar su travesía al mar. Los barcos solían amarrar en la bahía de Telok Ayer esperando conseguir agua dulce, transportada en carretas de bueyes, de un pozo en la colina Ann Siang que Tan y Bimo utilizaban con frecuencia. Abarrotada de barcos, la calle Telok Ayer era solo uno de los tantos sitios en sus recorridos y que servía como lugar de desembarco y centro de asociaciones religiosas y de clanes.

 Pero tras las fachadas de comercios, asociaciones de clanes y templos, además de estar abarrotado y ser inmundo, Bimo no era el único en considerar a Pecinan la zona más insegura de la isla: juegos de azar y consumo de opio, hasta violentos enfrentamientos entre tríadas y prostitución, muchas calles del barrio albergaban diferentes discordias.

 Pecinan también era sinónimo del comercio humano. Bimo había aprendido a distinguir a los kulis en dos tipos: los «libres» y los «kulis de crédito». Los primeros, como Chen Ajin en su momento, pagaban su pasaje y decidían adónde iban o qué harían al llegar a su destino. Los kulis de crédito, en cambio, estaban prácticamente sin dinero, atados con contratos a sus empleadores y con engaños que acababan endeudándolos, como a Lian Areng, cuya estadía se extendía año tras año. En cualquier caso, ya fueran libres o de crédito, ser kuli te llevaba a una vida de trabajos forzados y pobreza. El salario promedio de un kuli apenas alcanzaba para cubrir gastos básicos. Además, las condiciones de los coolie kengs en Pecinan eran deplorables, incluso para los estándares chinos más exigentes. Las condiciones de vida que prevalecían en estas casas de dos plantas eran escandalosas, compartidas por varios hombres, y a veces incluso familias, que se turnaban para descansar y trabajar. Con poca luz y ventilación, la morbilidad y la mortalidad por enfermedades transmisibles eran comunes.

 En aquel espacio reducido, Bimo contemplaba cada noche desde su cubículo a sus decenas de compañeros comer, fumar opio o jugando al azar para distraerse. Los cubículos consistían en literas de varios niveles, de apenas unos metros de ancho, cada uno delimitado por una línea imaginaria en la que Bimo guardaba sus pertenencias, hacinado de aire caliente y maloliente a cuerpos. Pero no se arrepentía de haber dejado la casa de Ah Beng y Mei Ying. El matrimonio se había mudado a Po Lei Au, un área relativamente tranquila, y el joven no pretendía quitarles esa paz. Además, aquella estadía solo era algo provisorio; ya no era el chico pobre y sin dinero que había llegado a la isla, si bien no era rico, tampoco estaba solo. Junto a su cubículo, Tan estaba allí, y Lian Areng. Y no podía pedir más.

 Cuatro meses. Cuatro meses tardó en conseguir el único cable que lo mantenía a tierra. Cuatro meses tardó Lucy en sanarse las heridas, subir de peso y perder el miedo.

 Mientras que su vida no dejaba de dar giros, Lucy era lo único inamovible en la tormenta, lo único real. Cuanto más conversaban entre sí, descubrían en común sus gustos, como el durián y el jentik. Ambas frutas formaron parte de sus infancias al crecer en los alrededores de sus respectivos hogares. Cosas insignificantes pero que alegraban a Bimo, aun si Lucy seguía obstinada en revelar su origen. Algunos, como Bimo, orgulloso Minangkabau, o Lian Areng, nacido en Fujian, tenían muy claro quiénes eran y de dónde venían. El caso de Lucy era completamente distinto. Nadie tenía ni idea de lo que era. Parecía que tampoco ella. Medio algo, un cuarto de algo más, con la piel morena y el cabello negro, pero extraños ojos grises y una suave pelusilla recorriéndole ambos brazos y piernas. Lian Areng, desde que lo maldijeron aquellos ojos claros, había sentenciado que Lucy era un engendro demoníaco. Claro que Areng no dejaba de inventarse cosas. En cualquier caso, lo cierto era que Lucy había heredado el vello corporal y los ojos de los ang moh.

—¿No quieres escaparte mañana? —le preguntó Tan durante la hora de comida—. Mañana es tu día de descanso, ¡ven conmigo! Es mejor que quedarte mirándoles las caras a esos miserables del refugio.

 Bimo levantó la vista hacia él en medio del ajetreo callejero a su alrededor.

—¿Para qué? —se preocupó Bimo. Con Tan nunca se sabía.

New Year, pequeñín. Es el evento más grande de la isla, ¿no quieres verlo? A veces tienen comida gratis o te arrojan dinero si les haces lindos trucos.

 De nuevo mal hablaba de los bule. Bimo prefería ignorar sus dichos, cuando los Wood no eran así.

 Terminada su jornada, antes de dirigirse al coolie keng, Bimo aprovechó las últimas horas de luz y cambió el rumbo hacia la tienda de Helmer Wood con una nueva idea en mente.

 River Valley era solitario incluso entonces, con la negra e impenetrable jungla extendiéndose al frente, y una franja de las deslumbrantes aguas del antiguo manglar. Lucy barría la entrada de la tienda cuando Bimo apareció. Junto con despertarla de su cansancio, esta lo miró con una pequeña sonrisa, al mismo tiempo que Meerna Wood aparecía tras ella pronunciando algo que Bimo no alcanzó a oír. Pero al verlo, su rostro se distorsionó de alegría.

—¡Muchacho, qué sorpresa verte aquí! De hecho, no esperábamos verte hoy.

Selamat sore, Mem.

 Ninguna de las mujeres dijo nada por un rato. Lucy se lo quedó viendo como si le hubiera faltado el respeto a su ama, y se sobresaltó cuando la Mem soltó una risa. Lucy levantó levemente su mano, como si quisiera detener a Bimo de decir algo más, revelando un feo corte en su palma.

—¿Qué te pasó? —le preguntó asustado.

—Se cortó con un cuchillo—dijo Meerna Wood—. La torpe estaba recibiendo la nueva mercadería y se cortó, ¿lo puedes creer? —rio dándole un codazo a Lucy.

 Lo invitó a pasar al interior y le ofreció un vaso de agua, que rechazó rápidamente, y Bimo se dirigió a su amiga:

—¿Qué te parece si mañana hacemos algo diferente y nos saltamos el estudio?

—¿Qué cosa? —se extrañó ella.

—Ir de paseo, al Padang, todo el día. Vine a pedirles permiso de llevarte.

 Lucy pareció pensarlo, cuando la Mem se puso en medio de ambos:

—¿Qué están hablando ustedes dos?

 Lucy retrocedió un paso lejos de ellos, o eso creyó Bimo, cuando Helmer bajó las escaleras del despacho y los encontró allí. Bimo no perdió el tiempo y pidió permiso a sus amos para tenerla el día siguiente con ellos por Año Nuevo.

—Ummm… Bien. Vayan. Si es que ella quiere—le sonrió Helmer. Meerna se limitó a guardar silencio.

 Tan no estaba nada contento cuando le contó su idea esa noche, menos al día siguiente cuando pasaron a la tienda por la mañana a recoger a la muchacha en la carreta de bueyes. Incómoda por la presencia de ese hombre que evidentemente la despreciaba, Lucy no quiso dejarse intimidar y comenzó a tararear una canción en fluido teochew. Contrario a todo pronóstico de Bimo, Tan olvidó su malhumor y comenzó a silbar al ritmo de las canciones.

 En lo que siguió el transcurso de la mañana, Tan aprovechaba el silencio característico de la madrugada para descansar sus huesos al ritmo de las pezuñas de los bueyes y el balanceo del agua en los toneles. El carro se volvía un pequeño mundo aparte del puerto y de la Ciudad Espléndida viéndolos por debajo, del ruido, del peligro y del odio; un mundo tranquilo en donde solo existían el hombre y los chicos, hasta que dieron las diez en punto.

 Tan acabó teniendo razón. La fiesta de Año Nuevo para los bule era el acontecimiento social más grande que la isla celebraba. Silbatos, los salvos de Fort Canning, las campanas de las iglesias, tam-tams chinos, cuernos malayos hendieron el aire hasta el amanecer con todas las almas de Oriente y algunas de Europa. A la luz del día, miles de nativos de todos los barrios de la península e islas vecinas se habían reunido a lo largo de la amplia Explanada de Singapura.

 Los tres llegaron al Padang en medio de competencias de cricket, carreras a pie entre malayos y kling. Bimo no contó más de doscientos blancos entre la población nativa de la isla. Un poco más lejos incluso, rodeado por una brillante suite de príncipes malayos, estaba el sultán de Johore, cuyo padre vendió la isla de Singapura a los británicos.

—Mal bicho…—gruñó Lucy a media voz, a lo que Tan rio y Bimo la miró sorprendido de su grosería a tamaña eminencia.

 Siguió otra carrera de malayos con sus hijos pequeños a horcajadas sobre sus hombros, carreras de sacos y escalada de postes engrasados y captura de cerdos. Luego una competencia infantil de comida de niños pequeños malayos, kling, tamiles y chinos en que cada uno tenía una galleta seca y dura delante de él. Un disparo de pistola y se lanzaron sobre las galletas, y en un instante las galletas se convirtieron en polvo.

 En el momento en que se decidió el concurso, todos los participantes, y muchos otros niños, se apresuraron a una gran tina de melaza por medio dólar. Una tras otra, sus cabezas desaparecerían en la masa pegajosa, mientras pescaban con sus dientes los brillantes premios del fondo. Con éxito o de otra manera, sacaban la cabeza, apestando a las melazas, y se dirigían al océano, despreocupados de las multitudes de nativos con atuendo de fiesta que les bloqueaban el paso.

 Carreras de rickshaws, tira y afloja, combates de lucha libre y combates de boxeo en el césped terminaron los deportes terrestres, y la multitud se dirigió a los yates para presenciar los del mar. Tan incitó a los chicos a subir a cualquiera de los botes, pero Lucy se quedó quieta ante el mar murmurando en voz baja. Bimo, en un momento de descuido a sí mismo, la invitó a subir a un sampan alegremente extendiéndole su mano, como si ella sola no pudiera subir al bote. Como si él tuviera permiso de tocarla… Y ella lo aceptó despreocupada por el caos en su cabeza. El tacto de su mano permaneció allí incluso después de soltarla. Pero fue un gesto tranquilizador, más bien una búsqueda de protección que un acto sexual y nadie sabía que él era Minangkabau.

 Hubo carreras entre cúteres de guerra, yates europeos, botes de remo, sampanes chinos y colehs malayos. Luego una docena de nativos desnudos se asomaron por la borda del esbelto bote y saltaron de lado a lado perdiéndose en la espuma.

 Entre tanto, mientras Bimo y Lucy miraban las carreras, los bule se divertían arrojando monedas de cobre a una flota de niños nativos debajo de las proas. Cada vez que un centavo caía al agua, una docena de pequeñas criaturas destellaban a la luz del sol, y la moneda nunca llegaba al fondo.

—Me gustaría nadar también por unas monedas—dijo Lucy. Bimo iba a reprenderla, pero algo en su mirada soñadora le hizo jactarse y se limitó a contemplar el resto de la competencia.

 Por último, llegó la marcha de los colores ingleses en el Padang, a la sombra de la catedral; la robusta artillería británica, con sus aliados nativos, los Sikhs y Cipayos; luego la feu-de-joie , y el Año Nuevo fue oficialmente reconocida por las armas del fuerte.

 El día siguiente fue inusualmente caluroso. Tan y Bimo cruzaban las calles y los mercados en la carreta de bueyes, hasta que al llegar la tarde, Bimo estaba demasiado cansado. La tienda de ultramarinos de Wood era el último lugar que visitar, todo para llenar el barril de agua. Entonces Bimo notó que unas densas nubes ocultaban el sol. Unas gotas de lluvia caliente les salpicaron la cara mientras Bimo bajaba cansado del tónel y se dirigía a la tienda. Hacía un calor sofocante. Incluso las criaturas del manglar estaban en silencio. Cada respiración quemaba y dolían los ojos. El cielo había adquirido un color ceniza y una brisa azotó la superficie caliente de la isla, agitando las copas de los árboles y trayendo consigo el olor a lluvia.

 Por un momento hubo un silencio sepulcral; luego, de repente, un viento desgarrador golpeó la puerta de la tienda y la abrió de golpe; las copas de los árboles de la selva se doblaron y crujieron; hubo un destello cegador y el rugido de un trueno, y todo a la distancia se perdió en la oscuridad y la lluvia. Era una de las rápidas y feroces ráfagas del monzón.

 Bimo se secó los ojos. Su visión en el umbral de la tienda dio aviso al matrimonio bule
a lo que venían y lo invitaron a pasar, aunque estaba mojado hasta la piel.

 Helmer Wood se acercó a la entrada del godown, mientras Tan y Bimo se ocupaban de llenar el barril a trompicones. El joven notó la repentina torpeza de su compañero, la habitual de cuando acababa de fumar opio. Bastaba una mirada para identificarlo. «Dopado» estaba escrito por todas partes, desde su pelo desgreñado y enmarañado hasta el flequillo en la parte superior de su cabeza, mientras la Mem se volvía hacia su marido con una brusquedad:

—Dile a ese chino que se dé prisa—dijo con voz áspera—. Apesta a no sé qué.

 Avergonzado, Bimo iba a disculparse por el evidente olor a opio que desprendía su compañero, pero en ese mismo momento Tan se llenó los pulmones, y para sorpresa de Bimo se sacó el sombrero e hizo una exagerada inclinación ante la mujer:

—¡Bonswa, madam!

 Bimo no le había entendido, pero adivinó por la cara de la Mem
que el saludo de Tan no tenía ninguna intención de ser cordial. Notó cómo a la mujer le tembló en labio inferior mientras se estiraba en una mueca desagradable, para mucho gusto de Tan, que se retiró a la bodega con un suave “mesyé” de despedida.

 Cuando acabaron con el barril, la Mem llamó a Bimo para agradecerle y darle el dinero, y para principalmente quejarse de Tan, poniendo nervioso al muchacho, pero de algún modo acabaron hablando de problemas financieros que ya habían discutido antes, la gran tensión que cargaban por su situación, que tenía que presupuestar la comida y todo lo demás. Meerna decía estar bajo cuidado de un médico y que tenía que tomar un poco de medicina, y entonces pronunció el nombre de Lucy. Bimo se dio cuenta de que no la había visto aún e imaginó que estaría en la oficina.

—Preferiríamos que no salieran más. —Siempre incluía un “nosotros”, en sintonía con su marido aun si este no estaba presente a su lado—. No tenemos nada en contra de lo que haces por ella, pero no es bien visto que una chica tan joven ande por la calle, porque tú no eres su hermano. ¿Comprendes? Lo que quiero decir es… No pienso mal de ti, quiero que lo sepas, solo que…

—La entiendo, Mem—asintió Bimo con solemnidad.

—Y… y es mejor que ella esté aquí. Si bien a veces no hay mucho que hacer por acá, de pronto puede surgir una necesidad y ella debe estar disponible para ayudarnos.

—Lo entiendo—se disculpó Bimo.

—Aprovecha tu tiempo libre para ti. —Le acarició con las yemas de los dedos, desde el omóplato hacia su parte baja al despedirlo, provocándole un escalofrío desagradable.

 Bimo en efecto se dio cuenta de que ella estaba tensa. Era evidente que sus problemas monetarios eran reales, y por otro lado sentía que a veces la Mem exageraba un poco. Ah Beng y Mei Ying también estaban algo complicados financieramente, pero no se volvían locos por ello. Algunas personas se preocupaban más de lo normal.

—¡Demonios…! —gritó la Mem, acompañada de un largo rugido de tela rompiéndose.

 Bimo se giró a mitad de la puerta y la calle, encontrándose el extremo de su vestido floreado enganchado de un clavo que sobresalía peligrosamente de la pared. Bajo sus faldas rasgadas se entrevió algo parecido a una jaula de madera. Con que así es como hacen para verse así, pensó Bimo apartando la vista, mientras la señora halaba furiosa de la falda, hasta librarse.

 Lucy apareció sin que Bimo pudiera ver de dónde había venido.

—¡Maldita chica, ¿acaso no limpias por aquí que no ves los clavos?! —le gritó su ama.

—Lo siento, señora. Traer martillo—dijo Lucy con una pequeña reverencia.

—¡Querida! —Helmer la sostuvo de los hombros con manos temblorosas; más que ayudarla parecía estar apaciguando a un tigre—. ¿Estás bien? ¿No te lastimaste?

—¡No estoy bien! He tenido un accidente grave, muy grave. Ni siquiera con una costura, te lo juro, Helmer. Oh, Helmer… Helmer… mi vestido…

 Rompió en sonoros sollozos. Bimo vio que Lucy la miraba sin mucha simpatía. Sus mejillas se humedecieron y tomó la mano de su esposo, estrechándola con tanta fuerza que le arrancó una mueca de dolor.

—¡Odio este lugar!

 Con el dolor venía una gran claridad. Bimo miró a Meerna y la vio nítidamente en su dolor: cada flor de su vestido estampado, las manchas de sudor bajo los brazos, el desgaste de sus zapatos. Vio lo pequeños que eran sus ojos entre las bolsas de piel mirando a Lucy de cara a la pared. A Bimo se le ocurrió que esos ojos eran casi depredadores.

 Se inclinó en una rodilla junto a Lucy y le ofreció su ayuda, pero Lucy ya había enderezado el clavo y desaparecido en el muro con el martillo.

—Eres buena—le dijo con admiración.

 Ella le agradeció en voz callada, como si el último martilleo la hubiera dejado agotada.

—Más te vale arreglar eso más tarde—le gruñó Meerna a Helmer, con la nariz llena de mocos—. Las mujeres no usan herramientas, el clavo volverá a salirse.

 Por la noche hubo una tormenta eléctrica. La cabaña de kulis se encendía por los relámpagos blanco azulados y Bimo se cubría la cara de las luces. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, al dormir soñó con Meerna, Helmer y Lucy, sus amigos. Le sorprendió ver que Lucy lucía un hermoso kemban del color de las aguas del océano alrededor de la isla, y el cabello negro recogido decorado con algunas flores de colores. No recordaba haberla visto nunca así, sólo con el conjunto de la camisa usada de Wood y su único sarung largo hasta los tobillos, para que no se le viesen las cicatrices de fustazos que había alcanzado a entrever.

 En su sueño él estaba en la tienda, un mero espectador. Meerna Wood, que estaba cubriéndose la jaula bajo sus faldas rasgadas, les gritaba fuerte a Lucy y a su marido.

¡Rompiste mi vestido! —la oyó gritar. Y Helmer, que había estado sentado todo ese tiempo tras el mostrador, contando el dinero de la caja registradora, palmoteó rápidamente con las manos. Lucy se limitaba a mantenerse erguida, pálida, aunque exteriormente tranquila, con martillo en mano y temblante…

Yo no lo hice —comenzó Lucy.

¡No me contestes! —chilló la Mem—. ¡Cómo tienes el descaro de contestarme!

 Entonces las paredes y el suelo comenzaron a volverse rojos como la sangre derramada en Butik Merah hacía cientos de años. Pero antes de que el sueño desapareciese por completo, Bimo vio lo más horrible de todo: la cara depredadora de la Mem.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS