LA HABITACION Nº 11

LA HABITACION Nº 11

Dani Usech

22/08/2025

Capítulo I – La puerta sin nombre

La primera noche no fue el silencio lo que inquietó a Elías, sino el sonido.
Un golpeteo leve, como dedos tamborileando sobre madera vieja, provenía del pasillo. No era constante. No era urgente. Pero tampoco parecía humano.

La residencia tenía doce habitaciones, según el plano que le entregaron al llegar. Sin embargo, frente a la suya —la número 10— había una puerta sin número, sin cerradura visible, sin marcas de uso. La madera estaba más oscura que las demás, como si hubiese absorbido años de humedad y secretos.

Elías no preguntó por ella. No aún.
Los otros residentes evitaban el pasillo después de las nueve. Decían que era por respeto al silencio creativo, pero él notaba cómo sus miradas se desviaban cada vez que pasaban frente a esa puerta. Como si temieran que algo los mirara desde dentro.

Esa noche, mientras escribía, escuchó el golpeteo por segunda vez.
Se levantó, cruzó el pasillo, y se detuvo frente a la puerta sin nombre.
No había viento. No había nadie. Pero el sonido cesó justo cuando él apoyó la palma sobre la madera.

Sintió un pulso.
No como el latido de un corazón, sino como el eco de una idea que aún no había pensado.

Volvió a su habitación sin abrirla.
Pero al día siguiente, encontró una hoja escrita a máquina sobre su escritorio.
No tenía título. No tenía firma.
Solo una frase:

“No abras si no estás dispuesto a recordar.”

Capítulo II – Ecos de papel

Elías no durmió.
La hoja seguía sobre el escritorio, intacta, como si esperara una respuesta. La frase —“No abras si no estás dispuesto a recordar”— parecía escrita para él, aunque no sabía qué debía recordar. O qué había olvidado.

Al amanecer, salió al pasillo. La puerta sin número seguía allí, silenciosa, pero distinta. El marco parecía más estrecho, como si la madera se hubiese encogido durante la noche. O como si la habitación estuviera respirando.

Durante el desayuno, intentó hablar con Clara, la pintora de la habitación Nº 9.
—¿Sabes algo de la puerta frente a la mía? —preguntó, fingiendo casualidad.
Clara dejó la taza en la mesa con un gesto lento.
—¿La puerta sin número? No deberías prestarle atención. Nadie la usa.
—Pero está justo frente a mí. ¿Nunca ha estado ocupada?
Clara lo miró como si acabara de pronunciar una blasfemia.
—Esa habitación no existe, Elías. No en este plano.

No en este plano.
La frase se le quedó pegada como una astilla bajo la piel.

Volvió a su cuarto. La hoja había desaparecido.
En su lugar, había un cuaderno viejo, de tapas negras, con su nombre escrito en la primera página.
Pero no con su letra.

Lo abrió.
Las primeras líneas describían su llegada a la residencia, con detalles que él no había escrito.
Luego, una escena que aún no había vivido:
“Elías entró en la habitación Nº 11. La puerta se cerró detrás de él. No hubo sonido. Solo la certeza de que ya había estado allí antes.”

Cerró el cuaderno.
La puerta sin número parecía más cercana.
Como si el pasillo se hubiese acortado.
Como si la historia lo estuviera empujando hacia ella.

Capítulo III – El umbral

La tercera noche, Elías dejó la puerta de su habitación entreabierta.
No por descuido, sino por necesidad.
Quería escuchar. Quería ver. Quería saber si la puerta sin número se movía cuando nadie la miraba.

A las 3:17 a.m., el cuaderno volvió a aparecer sobre su escritorio.
Esta vez, con una sola página escrita.
“Hoy recordarás. No por voluntad, sino por deuda.”

El pasillo estaba en silencio. La puerta sin número parecía más alta, más estrecha. Como si se hubiese estirado para alcanzarlo.
Elías caminó hacia ella. No llevaba linterna. No llevaba cuaderno. Solo llevaba la certeza de que algo lo esperaba.

Apoyó la mano en la madera.
Ya no estaba fría.
Era tibia. Palpitante.

La puerta se abrió sin ruido.
Dentro, la habitación Nº 11 no tenía muebles. No tenía ventanas. Solo una máquina de escribir en el centro, sobre un escritorio de hierro oxidado.
Encima, una hoja en blanco.
Al lado, una silla que parecía haber sido usada por alguien que nunca se levantó.

Elías se sentó.
La máquina se activó sola. Las teclas comenzaron a moverse, escribiendo sin manos.
“Bienvenido, Elías. Tu historia comienza donde la memoria termina.”

La puerta se cerró detrás de él.
No hubo sonido.
Solo la certeza de que ya había estado allí antes.

Capítulo IV – Donde termina el nombre

La máquina de escribir se detuvo.
Elías no sabía cuánto tiempo había pasado. No había reloj. No había luz natural. Solo la hoja frente a él, llena de palabras que no recordaba haber pensado.

Cada línea narraba momentos de su infancia, detalles que creía olvidados: la voz de su madre llamándolo desde la cocina, el olor a salitre en los días de lluvia, el cuaderno que perdió a los ocho años y que ahora aparecía descrito con precisión enfermiza.

Pero había algo más.
Entre los recuerdos, se colaban fragmentos que no eran suyos.
Nombres que no reconocía.
Sueños que no había tenido.
Muertes que no recordaba haber presenciado.

La habitación Nº 11 no era un espacio.
Era un archivo.
Una memoria colectiva.
Un lugar donde las historias no se escribían… se absorbían.

Elías se levantó.
La puerta seguía cerrada.
La máquina de escribir comenzó a escribir sola de nuevo, sin papel.
Las teclas golpeaban el aire, como si transcribieran algo invisible.

En la pared, apareció una grieta.
Pequeña.
Pulsante.

Elías la tocó.
Y entonces lo entendió.

Él no había llegado a la habitación.
La habitación había llegado a él.

Afuera, en la recepción de la residencia, una nueva hoja apareció en el registro.
Habitación Nº 11: Elías R.
Estado: Activo
Fecha de ingreso: Desconocida

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