La nieve caía sobre Viena como si alguien hubiera dejado abierta la puerta de un mundo de algodón. Desde el ventanal de su apartamento en la Ringstraße, Samuel miraba el cielo blanco que, sin embargo, no traía luz. En su copa reposaba un vino tinto que apenas había probado, y sobre la mesa, desordenada de papeles y carpetas, quedaban los vestigios de lo que había sido su vida profesional: contratos firmados, actas notariales, invitaciones a cenas de gala y tarjetas de agradecimiento con sellos dorados. Todo eso, pensaba, era ahora poco más que basura elegante.
—¿Y para qué? —murmuró, sin apartar la vista de la calle desierta.
La voz le salió ronca, quebrada, y el sonido se perdió entre los muros altos y silenciosos del salón. Llevaba puesto un traje oscuro que no había cambiado desde la mañana, aunque ya eran casi las ocho de la noche. El nudo de la corbata, flojo, le colgaba como si se hubiera rendido en medio de una batalla.
—Samuel —dijo en voz baja, como si fuera otra persona—, lo has conseguido todo. Todo. ¿No es eso lo que querías?
En el cristal se reflejaba su rostro: un hombre de cincuenta y ocho años, pelo plateado cuidadosamente peinado, piel cuidada, ojos claros pero sin brillo. No había arrugas profundas, solo las suficientes para que pareciera un retrato de un hombre que había vivido lo suficiente para saber que nada de lo que poseía podía salvarlo.
En otro tiempo, la ciudad le había parecido un escenario perfecto. Las fachadas barrocas, los tranvías que avanzaban como reliquias vivas, las cafeterías donde el aroma a café se mezclaba con murmullos cultos y periódicos desplegados. Pero ahora, incluso en Navidad, Viena parecía un teatro vacío.
Se apartó del ventanal, fue hasta la chimenea y encendió un fuego breve, más por costumbre que por calor. La leña crepitó un instante antes de que el silencio volviera a ocupar la habitación. Se dejó caer en el sillón de cuero junto al fuego, hundiéndose en un cansancio que no venía del cuerpo, sino de algo más profundo, más viscoso.
—La vida… —dijo, como quien pronuncia un diagnóstico.
—¿Qué vida? —respondió otra voz dentro de él.
—Esta. La mía.
—¿La tuya? ¿Seguro que es tuya?
—Es… lo que he construido.
—No te engañes, Samuel. Lo que has construido es una jaula de lujo.
Se removió incómodo. Ya no sabía si ese diálogo interno era un recurso para ordenar sus pensamientos o un síntoma de que su soledad estaba alcanzando un nivel peligroso. Tomó un sorbo de vino. El sabor era profundo, casi amargo, como si hubiera estado esperándolo demasiado tiempo.
Recordó sus primeros años en Viena, recién llegado desde Salzburgo con una maleta de cuero y la convicción de que podía conquistar el mundo. Y, de algún modo, lo había hecho. Empresas, inversiones, contactos influyentes, viajes a ciudades donde lo recibían con trajes a medida y sonrisas interesadas. Pero todo eso había perdido significado.
—No hay más. —La voz dentro de él sonó definitiva.
—Siempre hay más —replicó él, aunque no lo creía.
—Mentira. Has subido hasta la cima, y la cima es una meseta helada.
Se levantó y caminó hasta el piano de cola que presidía la sala. Levantó la tapa, dejó que sus dedos rozaran las teclas frías. No tocaba desde hacía meses. Antes solía hacerlo cada noche, improvisando hasta perder la noción del tiempo. Ahora, hasta la música parecía un esfuerzo.
—¿Y si todo esto fuera un error? —preguntó en voz alta.
—Lo es —contestó la voz.
—¿Y si no hubiera querido realmente nada de esto?
—No lo sabrás. Ya es tarde.
Sintió un peso en el pecho. Caminó hacia la cocina, se sirvió otro vaso de vino, lo bebió de un trago. Luego otro. El cristal frío en la mano le recordaba lo sólido que era el mundo exterior, mientras que él se sentía como una sombra pegada a los muebles.
La nieve seguía cayendo, pero ahora más espesa, casi como si quisiera borrar Viena. Pensó en salir a caminar, perderse entre las calles silenciosas. Pero no se movió.
Su teléfono vibró sobre la mesa: un mensaje de una mujer con la que salía a veces, recordándole una cena que tenían esa noche. No respondió. No podía soportar la idea de una conversación superficial, de sonrisas que solo servían para disimular el vacío.
—Samuel, tienes que hacer algo —se dijo.
—¿Para qué?
—Para seguir vivo.
—No hay diferencia entre seguir vivo y dejarse caer.
El fuego se había reducido a brasas. Samuel volvió al sillón, con la copa en la mano. Cerró los ojos y se dejó llevar por un torbellino de pensamientos: el olor de la oficina en la que había firmado su primer contrato importante, la sensación de tener el control, la euforia de ser deseado y respetado. Y después… el lento apagamiento.
—Tal vez esto sea lo que significa llegar a la meta —dijo—: quedarse sin camino.
—O quedarse sin ganas de seguir caminando.
—Es lo mismo.
Sintió el impulso de escribir algo, como si ponerlo en palabras pudiera salvarlo. Abrió un cuaderno que había en la mesa y escribió: No es que no haya futuro. Es que el futuro ha dejado de importarme. Lo leyó varias veces, como si fuera una confesión.
La noche avanzaba, y Viena se hundía en el silencio blanco de la nieve. En algún lugar, a lo lejos, sonó una campana de iglesia. El sonido le atravesó como un eco de algo perdido.
—¿Qué harás mañana? —preguntó la voz.
—Lo mismo que hoy.
—Entonces cada día será igual.
—Sí.
—Y un día dejarás de preguntarte por qué.
El vino se acabó. Se levantó, apagó las luces y se quedó junto al ventanal, observando cómo la nieve cubría las huellas en la calle. Viena era un lienzo limpio. Samuel se preguntó si su vida podría limpiarse así, borrando todas las huellas que había dejado, empezando de nuevo.
Pero sabía que no. La nieve se derrite. La vida no olvida.
Y allí, con la ciudad rendida al invierno, Samuel entendió que lo que más le asustaba no era la muerte. Era la idea de seguir vivo sin querer estarlo.
La noche había avanzado lo suficiente como para que la ciudad pareciera un decorado abandonado. Samuel se puso el abrigo largo de lana, la bufanda oscura y los guantes de cuero. Al salir, el frío le golpeó el rostro con una precisión quirúrgica, como si quisiera despertarlo a la fuerza. Cerró la puerta despacio, bajó las escaleras del edificio y salió a la Ringstraße.
La nieve bajo sus pies crujía en un silencio casi religioso. Los tranvías pasaban despacio, con apenas dos o tres pasajeros dentro. Las farolas proyectaban círculos amarillentos sobre el suelo blanco, y en las vitrinas cerradas de las tiendas quedaban reflejos apagados de un lujo que, incluso para él, se había vuelto inútil.
—¿Y si me pierdo esta noche? —susurró.
—Ya estás perdido —le respondió la voz interior.
—No hablo en ese sentido. Digo, perderme físicamente, no regresar.
—¿Crees que importaría?
Cruzó hacia el Stadtpark, donde las esculturas parecían fantasmas cubiertos de nieve. El césped estaba oculto bajo una capa intacta, y las ramas desnudas de los árboles parecían manos que imploraban al cielo. Caminó por el sendero hasta el monumento a Strauss, cuya figura dorada brillaba bajo el halo tenue de las farolas. Se quedó mirándola largo rato, recordando las noches en que, más joven, se prometía a sí mismo que viviría rodeado de belleza y música.
—¿Y la belleza? —preguntó la voz.
—Está ahí.
—No la ves.
—No sé cómo verla.
El frío se le metía en las piernas, pero no le importaba. Siguió avanzando hacia el río. El Danubio, oscuro y pesado, corría como un pensamiento interminable. Se apoyó en la baranda helada del puente, mirando cómo el agua se tragaba la poca luz que caía sobre ella. Sintió que si se inclinaba lo suficiente, podría dejarse caer sin resistencia.
—No tiene sentido —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—Seguir fingiendo que me importa.
—Entonces deja de fingir.
—¿Y luego?
—Luego no hay luego.
Se apartó del borde, no porque temiera caer, sino porque temía no temerlo. Cruzó el puente lentamente y se adentró en calles más estrechas, donde apenas había señales de vida. Un perro lo miró desde un portal, y un anciano con un gorro de lana pasó sin saludar. Todo parecía flotar en una especie de suspensión temporal, como si Viena se hubiera convertido en una maqueta.
Pensó en su infancia, en las tardes en que su padre lo llevaba a patinar sobre el hielo. Recordó el olor a lana húmeda, la risa de su madre desde la orilla, los dedos entumecidos bajo los guantes. Había sido feliz entonces, pero esa felicidad no había sido algo que pudiera conservar. Se había evaporado, como un respiro en el aire frío.
—Todo lo que tuve se fue —dijo.
—Todo lo que tienes se irá.
—Entonces, ¿para qué?
—No hay para qué.
Llegó a Stephansplatz. La catedral se alzaba como un dedo acusador contra el cielo encapotado. Se sentó en un banco, sintiendo cómo el frío del metal le atravesaba los huesos. No había nadie alrededor. El eco de sus pasos anteriores se había desvanecido.
Imaginó cómo sería cerrar los ojos y no volver a abrirlos. El mundo seguiría su curso: los tranvías, la nieve, los turistas con sus cámaras, las cenas caras, los contratos. Todo sin él. Y no pasaría nada. La idea no le asustaba; le aliviaba.
—¿Y si hoy fuera el último día? —preguntó la voz.
—No sería tan diferente de cualquier otro.
—¿Entonces?
—Entonces… tal vez no valga la pena seguir buscando un motivo.
Se levantó y caminó hacia una cafetería que todavía estaba abierta, más por instinto que por deseo. Entró y el calor le envolvió, pero no lo reconfortó. Pidió un café negro y se sentó junto a la ventana, desde donde veía la plaza cubierta de nieve. En la mesa de al lado, una pareja joven reía con una intimidad que parecía indestructible. Samuel los miró con una mezcla de envidia y desdén.
—Ellos también se romperán —dijo la voz.
—Quizá.
—Seguro.
—Pero ahora no lo saben.
—Tú tampoco lo sabías.
Tomó un sorbo de café. El sabor amargo le recordó que aún podía sentir algo, aunque fuera desagradable. Miró su reloj: las once y media. Afuera, la nieve no cedía.
Cuando terminó, pagó y volvió a salir. Esta vez se dejó guiar por calles que no solía recorrer. Pasó frente a un teatro cerrado, con carteles viejos en las paredes. Una de las puertas estaba entreabierta. La empujó y entró. El interior estaba oscuro, pero el olor a madera y terciopelo le resultaba familiar, como si hubiera estado allí antes. Caminó hasta el escenario y subió los escalones con pasos lentos. Desde allí, miró las butacas vacías.
—Ahí estás, Samuel —dijo la voz—. En tu escenario. Pero sin público.
—El público nunca estuvo de verdad.
—Solo pagaban por verte representar algo que no eras.
—Y lo hice bien.
—Demasiado bien. Tanto que ahora no sabes quién eras antes de actuar.
Se quedó en silencio. La sensación era tan real que casi esperaba escuchar un aplauso que no llegaba. Y entonces lo entendió: había vivido interpretando un papel, uno que se había vuelto inseparable de su piel. Y ahora que la obra había terminado, no sabía quién quedaba detrás.
Salió del teatro con un frío más hondo que el de la noche. El cielo parecía aún más bajo, la nieve más densa. En un momento, sintió que su respiración se mezclaba con el aire helado como si formara parte de la ciudad misma.
Caminó sin rumbo hasta que volvió a su edificio. Subió las escaleras despacio, como si cada peldaño fuera un año de su vida. Cuando entró en su apartamento, todo estaba igual: el fuego apagado, la copa vacía, el cuaderno abierto sobre la mesa. Se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre una silla.
Se acercó al ventanal una vez más. La nieve seguía cayendo, silenciosa y obstinada. En la calle, las huellas se borraban casi al instante. Y allí, de pie, sintió que algo en él también se estaba borrando.
—Samuel —dijo la voz—, todo esto no es el final.
—¿No?
—No. Es el después del final.
—¿Y qué se hace después del final?
—O se empieza otra historia… o se apaga la luz.
Samuel no respondió. Se quedó mirando la calle hasta que el cansancio le cerró los ojos.
La noche había avanzado lo suficiente como para que la ciudad pareciera un decorado abandonado. Samuel se puso el abrigo largo de lana, la bufanda oscura y los guantes de cuero. Al salir, el frío le golpeó el rostro con una precisión quirúrgica, como si quisiera despertarlo a la fuerza. Cerró la puerta despacio, bajó las escaleras del edificio y salió a la Ringstraße.
La nieve bajo sus pies crujía en un silencio casi religioso. Los tranvías pasaban despacio, con apenas dos o tres pasajeros dentro. Las farolas proyectaban círculos amarillentos sobre el suelo blanco, y en las vitrinas cerradas de las tiendas quedaban reflejos apagados de un lujo que, incluso para él, se había vuelto inútil.
—¿Y si me pierdo esta noche? —susurró.
—Ya estás perdido —le respondió la voz interior.
—No hablo en ese sentido. Digo, perderme físicamente, no regresar.
—¿Crees que importaría?
Cruzó hacia el Stadtpark, donde las esculturas parecían fantasmas cubiertos de nieve. El césped estaba oculto bajo una capa intacta, y las ramas desnudas de los árboles parecían manos que imploraban al cielo. Caminó por el sendero hasta el monumento a Strauss, cuya figura dorada brillaba bajo el halo tenue de las farolas. Se quedó mirándola largo rato, recordando las noches en que, más joven, se prometía a sí mismo que viviría rodeado de belleza y música.
—¿Y la belleza? —preguntó la voz.
—Está ahí.
—No la ves.
—No sé cómo verla.
El frío se le metía en las piernas, pero no le importaba. Siguió avanzando hacia el río. El Danubio, oscuro y pesado, corría como un pensamiento interminable. Se apoyó en la baranda helada del puente, mirando cómo el agua se tragaba la poca luz que caía sobre ella. Sintió que si se inclinaba lo suficiente, podría dejarse caer sin resistencia.
—No tiene sentido —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—Seguir fingiendo que me importa.
—Entonces deja de fingir.
—¿Y luego?
—Luego no hay luego.
Se apartó del borde, no porque temiera caer, sino porque temía no temerlo. Cruzó el puente lentamente y se adentró en calles más estrechas, donde apenas había señales de vida. Un perro lo miró desde un portal, y un anciano con un gorro de lana pasó sin saludar. Todo parecía flotar en una especie de suspensión temporal, como si Viena se hubiera convertido en una maqueta.
Pensó en su infancia, en las tardes en que su padre lo llevaba a patinar sobre el hielo. Recordó el olor a lana húmeda, la risa de su madre desde la orilla, los dedos entumecidos bajo los guantes. Había sido feliz entonces, pero esa felicidad no había sido algo que pudiera conservar. Se había evaporado, como un respiro en el aire frío.
—Todo lo que tuve se fue —dijo.
—Todo lo que tienes se irá.
—Entonces, ¿para qué?
—No hay para qué.
Llegó a Stephansplatz. La catedral se alzaba como un dedo acusador contra el cielo encapotado. Se sentó en un banco, sintiendo cómo el frío del metal le atravesaba los huesos. No había nadie alrededor. El eco de sus pasos anteriores se había desvanecido.
Imaginó cómo sería cerrar los ojos y no volver a abrirlos. El mundo seguiría su curso: los tranvías, la nieve, los turistas con sus cámaras, las cenas caras, los contratos. Todo sin él. Y no pasaría nada. La idea no le asustaba; le aliviaba.
—¿Y si hoy fuera el último día? —preguntó la voz.
—No sería tan diferente de cualquier otro.
—¿Entonces?
—Entonces… tal vez no valga la pena seguir buscando un motivo.
Se levantó y caminó hacia una cafetería que todavía estaba abierta, más por instinto que por deseo. Entró y el calor le envolvió, pero no lo reconfortó. Pidió un café negro y se sentó junto a la ventana, desde donde veía la plaza cubierta de nieve. En la mesa de al lado, una pareja joven reía con una intimidad que parecía indestructible. Samuel los miró con una mezcla de envidia y desdén.
—Ellos también se romperán —dijo la voz.
—Quizá.
—Seguro.
—Pero ahora no lo saben.
—Tú tampoco lo sabías.
Tomó un sorbo de café. El sabor amargo le recordó que aún podía sentir algo, aunque fuera desagradable. Miró su reloj: las once y media. Afuera, la nieve no cedía.
Cuando terminó, pagó y volvió a salir. Esta vez se dejó guiar por calles que no solía recorrer. Pasó frente a un teatro cerrado, con carteles viejos en las paredes. Una de las puertas estaba entreabierta. La empujó y entró. El interior estaba oscuro, pero el olor a madera y terciopelo le resultaba familiar, como si hubiera estado allí antes. Caminó hasta el escenario y subió los escalones con pasos lentos. Desde allí, miró las butacas vacías.
—Ahí estás, Samuel —dijo la voz—. En tu escenario. Pero sin público.
—El público nunca estuvo de verdad.
—Solo pagaban por verte representar algo que no eras.
—Y lo hice bien.
—Demasiado bien. Tanto que ahora no sabes quién eras antes de actuar.
Se quedó en silencio. La sensación era tan real que casi esperaba escuchar un aplauso que no llegaba. Y entonces lo entendió: había vivido interpretando un papel, uno que se había vuelto inseparable de su piel. Y ahora que la obra había terminado, no sabía quién quedaba detrás.
Salió del teatro con un frío más hondo que el de la noche. El cielo parecía aún más bajo, la nieve más densa. En un momento, sintió que su respiración se mezclaba con el aire helado como si formara parte de la ciudad misma.
Caminó sin rumbo hasta que volvió a su edificio. Subió las escaleras despacio, como si cada peldaño fuera un año de su vida. Cuando entró en su apartamento, todo estaba igual: el fuego apagado, la copa vacía, el cuaderno abierto sobre la mesa. Se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre una silla.
Se acercó al ventanal una vez más. La nieve seguía cayendo, silenciosa y obstinada. En la calle, las huellas se borraban casi al instante. Y allí, de pie, sintió que algo en él también se estaba borrando.
—Samuel —dijo la voz—, todo esto no es el final.
—¿No?
—No. Es el después del final.
—¿Y qué se hace después del final?
—O se empieza otra historia… o se apaga la luz.
Samuel no respondió. Se quedó mirando la calle hasta que el cansancio le cerró los ojos.
Lucio, si quieres, puedo añadir un último tramo en el que Samuel tome una decisión drástica —ya sea desaparecer, comenzar algo completamente nuevo o dejarse ir— para que el relato cierre con un golpe fuerte y definitivo.
¿Quieres que lo lleve ahí?
Dijiste:
hazo siii
ChatGPT dijo:
Perfecto, Lucio.
Vamos a llevarlo a ese final drástico, sin perder el tono existencial y la atmósfera de Viena en invierno. Lo haré como si fuera la prolongación natural de lo que te escribí, para que todo fluya hasta el desenlace.
Samuel abrió los ojos pasada la medianoche. No recordaba haberse quedado dormido, pero estaba sentado en el sillón, con el cuello rígido y la copa de vino todavía en la mano. Afuera, la nieve había cesado. Viena estaba cubierta por una quietud tan perfecta que parecía pintada.
La habitación estaba en penumbra. No encendió ninguna luz. Caminó hasta el dormitorio y, sin pensarlo demasiado, abrió el cajón de la mesa de noche. Allí, entre documentos y pequeños objetos olvidados, estaba el revólver que había heredado de su padre. Una pieza antigua, bien cuidada, más un recuerdo que un arma de uso real. Pero aún funcionaba.
Lo tomó con suavidad, como quien acaricia algo que siempre ha estado ahí esperando su turno. Sintió el frío del metal en la palma, un frío distinto al de la calle, más íntimo, más definitivo.
—Así que aquí estamos —murmuró.
—Aquí siempre has estado —contestó la voz.
—No. Antes había caminos. Ahora no.
—Los caminos eran círculos.
Se sentó al borde de la cama. No temblaba. No había urgencia ni desesperación; solo una calma que, en cierto modo, le resultaba seductora. Miró la pistola como si fuera un amuleto capaz de darle control sobre algo que nunca había controlado: el final.
—Podría hacerlo ahora. Sería rápido.
—Podrías.
—No vería más nieve caer sobre Viena.
—Ni tendrías que verla caer para siempre.
—No volvería a escuchar música.
—Ya no la escuchas.
Se quedó en silencio. Sintió cómo las palabras de la voz se asentaban dentro de él como piedras.
Se levantó y volvió al ventanal. La calle estaba vacía, la nieve inmaculada. De pronto pensó que esa pureza blanca era como un lienzo que lo invitaba a escribir una última línea. Una sola. Con él como autor y protagonista.
—¿Y si salgo a caminar… y no vuelvo? —preguntó.
—Ese sería tu último acto.
—El más sincero.
Tomó el abrigo, la bufanda, los guantes. Guardó el revólver en el bolsillo interior, como quien guarda una carta que planea entregar al final de la noche. Salió del edificio. El frío le mordió el rostro, pero lo recibió como se recibe a un viejo amigo.
La Ringstraße estaba desierta. Caminó sin prisa, disfrutando la sensación de ser el único habitante de la ciudad. Cada paso dejaba una marca en la nieve que sabía que pronto desaparecería.
Se dirigió hacia el puente sobre el Danubio. El río, negro y silencioso, parecía esperarlo. Apoyó los codos en la baranda y miró el agua moverse despacio. Sacó el revólver y lo sostuvo frente a él. El metal brillaba débilmente bajo la luz de las farolas.
—Aquí podría ser —dijo.
—Aquí es —respondió la voz.
—Podría dejar que la nieve fuera lo último que vea.
—O dejar que la nieve te cubra.
El silencio era tan profundo que incluso su respiración parecía un intruso. Cerró los ojos y se imaginó cayendo, sintiendo el frío del agua envolverlo antes de desaparecer. Luego volvió a pensar en apretar el gatillo.
Pero entonces algo extraño ocurrió: una ráfaga de viento levantó la nieve del suelo y la arrojó contra su rostro. Era como una bofetada helada, una sacudida. Samuel abrió los ojos. Sintió un latido fuerte en el pecho, tan vivo que por un momento le pareció ridículo estar allí pensando en dejar de sentirlo.
—¿Qué haces? —preguntó la voz, pero esta vez no sonaba como una acusación, sino como una pregunta real.
—No lo sé.
—Aún puedes dar media vuelta.
—Y mañana será igual que hoy.
—O no.
Samuel guardó el revólver, se quedó un momento más mirando el río, y luego comenzó a caminar en dirección contraria. No sabía si lo que había sentido era un rescate o una postergación. Solo sabía que, por alguna razón oscura, esa noche no iba a ser la última.
Mientras se alejaba, las huellas que dejaba en la nieve ya empezaban a borrarse. Y él, por primera vez en mucho tiempo, no supo si eso le daba miedo o alivio.
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