Esta nota cierra una semana distinta. Una semana que no vino a resolverlo todo, sino a abrir espacio para escucharse, para pausar, para mirar hacia adentro. No fue una guía mágica, ni una fórmula… fue una invitación. Y hoy, la más honesta de todas: date permiso para sentirlo todo.
Desde este lado —como hombre que observa, admira y aprende cada día de mujeres que enfrentan tanto— quiero decirte algo con claridad: no tenés que filtrar lo que sentís. No tenés que minimizar tus emociones para ser “fuerte”, ni esconder tu dolor para no incomodar.
Estás hecha para sentir. Para emocionarte, enojarte, reír, cansarte, ilusionarte, frustrarte y volver a empezar. Ninguna emoción te hace menos. Sentir no es debilidad, es presencia. Y darte permiso para transitar lo que te duele es también abrirle paso a lo que te sana.
Vivimos en un mundo que aplaude la autoexigencia y silencia la vulnerabilidad. Pero no hay reencuentro posible sin emociones reales. Sin reconocer lo que te pesa, lo que aún no entendés, lo que esperás. Y también lo que ya no querés cargar más.
Sentirlo todo no significa quedarte atrapada. Significa atravesarlo. Y al otro lado del dolor, del cansancio, del silencio… hay una versión tuya más auténtica, más conectada, más libre.
Gracias por permitir que esta semana existiera. Por hacer espacio para vos. Ojalá que este sea apenas el inicio de muchas otras reconciliaciones internas. Porque no estás rota. No estás sola. Estás viva. Y eso ya es motivo para seguir.
«Jehová está cercano a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.»
Salmos 34:18
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