Después de vencer a las serpientes con el agua sagrada de la Teta de Niquitao, Timoto emergió del pozo con el corazón encendido por la memoria de Cuicas, aún atrapada en el trance de sombras. La luz de la luna que lo guiaba parecía ahora más urgente, como si el tiempo y la verdad caminaran a su lado.
Timbis, la sabia curandera, lo recibió con solemnidad en el sendero hacia la cueva de eternidad. Le entregó un objeto envuelto en tela de fique: un espejo de obsidiana#bocadillo tallado por los ancestros de Escuques, pulido con fuego y cantos. Su superficie contenía no solo reflejos, sino recuerdos, verdades ocultas y las huellas del alma.
—Este espejo no es para ti —dijo Timbis—. Es para el dios que ha olvidado quién fue. Colócalo donde sus ojos vean su herida.
Timoto comprendió. El dios de las sombras no podía ser derrotado por fuerza, sino por reconocimiento: tenía que enfrentarse a sí mismo.
En el corazón de la cueva, colocó el espejo sobre una piedra donde antaño se hacían los juramentos de paz entre tribus. Encendió un fuego ritual con ramas de Durí y hojas de Cheregué. Luego, tocó su flauta de carruzo, invocando la memoria de los niños liberados, los colibríes mensajeros, y el amor incorruptible de Cuicas.
El dios emergió entre la neblina, con forma cambiante: un jaguar sin pupilas, una serpiente de ojos humanos, un rostro que imitaba el de los ancestros para sembrar culpa.
—Tu reflejo no me alcanzará —rugió.
Pero al mirar el espejo, algo cambió. El dios vio no solo sus sombras, sino los llantos que provocó, las divisiones que sembró, las juventudes que encarceló. Gritó con rabia, y trató de destruirlo. Pero el espejo no se rompía: estaba forjado con la verdad de la memoria colectiva.
En su desesperación, tomó la forma de Cuicas, intentando quebrar el corazón de Timoto. Él cerró los ojos, y desde lo más profundo de su ser pronunció:
—Tu imitación no tiene alma. Mi Cuicas vive en la verdad.
Con esas palabras, el dios fue fragmentado. Cada parte fue absorbida por el espejo, que brilló como nunca antes. El silencio se apoderó de la cueva. Del centro del cristal emergió una brisa tibia, como el aliento de la Teta de Niquitao.
Cuicas despertó en la entrada de la cueva. Al reencontrarse, se abrazaron sabiendo que no solo habían vencido una sombra ancestral, sino que habían restaurado el vínculo entre los pueblos, entre los sueños y la historia. Las niñas que estuvieron en cautiverio fueron liberadas de la cueva y, junto a Cuicas y Timoto, emprendieron el camino hacia la zona alta para reunir a todas las tribus y celebrar una gran fiesta de casamiento. Así fue como el amor y la valentía unieron para siempre las almas de Timoto y Cuicas. Estos grandes líderes de la Cordillera Andina gobernaron durante generaciones hasta la llegada de los españoles a América. Colorín colorado, esta historia ha terminado.

Próximo proyecto de novela:
“Aitana y el Último Venado del Cielo” Una fábula espiritual sobre la sabiduría ancestral que sobrevive a la conquista.

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