Ordenando Personales

Ordenando Personales

E. H. Lewis

13/07/2025

Prefacio

En el instante justo antes de comenzar esta historia, debo advertir que es bastante verdadera, en un extremado por ciento y de acuerdo a mi experiencia personal y en vinculación directa a los eventos reales aquí narrados, en el orden que a mí me ha parecido más oportuno.

Por ciento que es para mí próximo a un misterio, aunque resulta muy exagerado en la vecindad de su límite máximo.

Quiero decir, este por ciento parece encontrarse cerca del ciento y uno… ¿mil? ¿Verdad?

Correcto.

Y muy por encima del valor intrínseco e innegable de su totalidad total.

No obstante, en ocasiones, ni siquiera yo estoy muy seguro de que haya ocurrido de la forma en que hoy la refiero, incluyendo, pero no limitado, al orden de sus factores muy objetivos, subjetivos y circunstancialmente circunspectos en relación al dilatado resto de nuestra humanidad, regulada por la imprecisa eficacia científica de cada uno de los cinco sentidos, los estrictos márgenes del espacio en el cual sucedieron, y las nocivas variables de su corto tiempo.

Digamos, entonces, ​¿un noventa y nueve? ¿Ocho?

¡Noventa y tres!

¿Sin mil?

O no. Etcétera.

Y ochenta y cuatro, pues los mentirosos no entran en el Reino de los Cielos, tal y como dice La Biblia, casi al final, pues la puerta es estrecha y el camino angosto, empinado, como el lomo de un camello pasando por el ojo de una aguja de regulares dimensiones, si se me permitiese parafrasear las frases de ese mismo libro.

Nadie ha protestado hasta ahora, así que setenta y cinco, y me abstengo. Es mi última oferta.

Y sálvese quien pueda, que el que admite, acepta. Y el que calla, otorga.

Sin más preámbulo ni advertencia pues, aquí va esta historia a la que hice referencia un poquito más arriba, al inicio del principio.

La cual debo recalcar que es bastante cierta. Incluso, lo suficiente para creerla.

Aunque resulta necesario también aclarar, e incluso reiterarlo, poco antes de comenzar con el inicio de esta historia muy verdadera, real e irrefutable, fiel a los eventos que ocurrieron casi en el mismo orden ahora narrados por mí, que estaba allí mismo en presencia material y física, en el espacio temporal acertado y con todos mis sentidos disponibles y en pleno uso de mis facultades autodidactas profesionales e inteligencia naturalmente restringida a los rudimentos de la biología anatómica y las precipitaciones químicas de mi cerebro humano, con otros muchos etcéteras, valga la reiteración… debo aclarar, dije y repito otra vez, y lo ratifico todavía más, que los personajes incorporados en la narrativa idéntica a la realidad que describen y su correspondiente locación geográfica son puramente ficticios, lo que disminuye la veracidad de lo ocurrido solamente en un 2.7854318 por ciento, para un total, si lo redondeamos a números redondos, cero, pues no existe otro número más redondo que ése, si intentamos ser tan exactos, exactamente como es necesario e imprescindible, de la misma forma ya explicada desde el punto preliminar más distante.

En fin, aquí les va:

La historia

Yo soy una persona del género humano, como ya habrán podido imaginar por la introducción de esta historia. No una planta, o algún que otro animal introdoméstico, o siquiera extradoméstico, en cautiverio voluntario, involuntario, relativo, periódico, silvestre o circunstancial al dorso, con fe de erratas y bibliografía anexa…

Aclarado pues este punto, veamos si podemos pasar al siguiente:

Mi contribución laboral diaria a la economía nacional consiste en reparar ordenadores personales en el taller de reparación de ordenadores personales, por su puesto, “A la orden”, localizado en el sótano del edificio en cuestión, y sobrepasado verticalmente por una fábrica de huecos para rosquillas huecas, una clínica veterinaria especializada en padecimientos psiquiátricos, y una ferretería con más iluminación que la multiplicación de fotones en la cúspide de cada día de verano.

“A la orden” es pues el nombre del taller en donde permanezco atrapado durante ocho horas, como también habrán podido imaginar, pese a que allí también reparamos los personales a la misma y en el mismo, valga la obligatoria redundancia poética.

Quiero decir, a la orden y en el mismo orden de llegada y admisión. Aunque esto no tiene nada qué ver con nada personal, pues somos profesionales muy profesionales, y nos resistimos a alterarnos y alterar el orden de los factores para no afectar el producto del producto final.

A no ser, claramente, que el cliente pague un poquito extra de su propio bolsillo a uno de los nuestros, especialmente el del gran jefe, alias el dueño.

Entonces el orden se vuelve personal, y el ordenador personal de inmediato se transfiere al principio de la lista de reparaciones, y el orden preestablecido por el orden de llegada sale por la ventana más próxima, ignorando de paso los factores de cada producto anterior en un fenómeno exclusivo, donde el efecto precede a la causa, y la causa se excusa por su repentina ausencia y se niega de volver a presentarse.

En sentido figurado, debo aclarar, pues les recuerdo a todos que nos encontramos en el fondo de un sótano.

Y aquí estábamos bien temprano cuando este cliente, de cuyo nombre no puedo acordarme, pero que era el número 1, 238, 394c, o decimotercero del día siguiente, bastante sábado a partir de la medianoche, decidió influenciar de forma artificial y premeditada el flujo natural de los eventos de la mañana del presente viernes.

El gran jefe del taller, alias el dueño, se me acercó con una sonrisa muy baja, de hombro a hombro, y pavoneándose como si se le hubiese olvidado el cinto del pantalón en cabotaje a media asta.

-Marquito -dijo.

Me sentí sospechosamente atrapado.

-¿Qué hay? -respondí, observándolo sobre mis anteojos con intenciones de estrangularlo de una mirada, pues yo carezco del nivel básico de paciencia requerida para tratar con otros seres humanos contemporáneos.- Estoy muy ocupado. Tengo trabajo como para siete generaciones. Hasta los nietos de mis nietos van a estar arreglando tarecos.

­-Marquito, Marquito, ¿me puedes ayudar con algo?

Respiré bien profundo por última vez, llenándome de la tanta paciencia que no tenía, que el oxígeno me llegó incluso a los cordones de ambos zapatos.

Dos veces mi nombre, perseguidos de cerca por una demanda de ayuda significaba una trampa, pues de acuerdo a situaciones anteriores similares, “me puedes ayudar” debía ser traducido al lenguaje casi coloquial de “hazlo tú solo, mientras yo me voy a comer huecos de rosquillas y a fingir contestar llamadas telefónicas imaginarias de seres ilusorios muy importantes con propuestas comerciales inexistentes, y a ser el jerarca inapelable de todos los empleados esclavos y siervos en los cimientos de la edificación”…

Yo reúno algo de inteligencia para hacer las cosas que quiero, pero se me escapa con el oxígeno ante aquellas que no, y son obligatorias. Quiero decir, en este mundo existen dos tipos de personajes, y son contendientes: ellos en un extremo, incluyendo el jefe, y yo aquí abandonado, en el otro, rumiando ansiedades y mascullando sinsabores, incluso durante las horas de almuerzo. Así que bufé el mayor desencanto que pude imaginar.

-Marquito, Marquito -el jefe me obligó a regresar a la realidad. Y repitió:- ¿Me puedes ayudar con algo?

Me encogí bruscamente de un hombro, conservando el otro en estado de alerta en caso de que me fuese imprescindible chillar por refuerzos.

-La demora causada por esta conversación ha provocado un evidente efecto irreversible de las variables de retraso en el consiguiente futuro, extendiendo el trabajo que me queda a otras dos generaciones adyacentes adicionales -le advertí, apuntando con un gesto desesperado a los tres ordenadores dispuestos sobre mi mesa de trabajo.- Debo proseguir de inmediato con mis presentes funciones elementales con el objetivo de recuperar el tiempo perdido y así proteger mi árbol genealógico de otros contratiempos imprevistos y obvias repercusiones en la amalgama del universo, los cuales indudablemente afectarían el balance gravitacional de las partículas operacionales en la discontinuidad de los concurrentes, de acuerdo con la teoría del eminente experto filatélico, doctor pediátrico y renombrado especializado en las influencia de la Vía Láctea en la alimentación preliminar de infantes, duque de Albañales, Albóndigas y Caños, don D. E. Insten., de procedencia obviamente pinareña…

-No entiendo nada de lo que dices, pero… -él irguió un dedo y enarcó ambas cejas, interrumpiéndome.

Observé el techo, o el fondo del primer piso, de acuerdo con otras perspectivas un poco más visionarias y esperanzadas.

La distracción resultó más intrigante y eficiente de lo que jamás pude haber esperado, así que insistí en descifrar el misterioso objetivo de aquel dedo, calculando posibles interpretaciones lógicas e imaginarias.

-Aquí tienes la orden. Tiene preferencia extrema, ¿sabes?, porque está algo atrasada -añadió el jefe con voz muy rígida.- Lleva un día entero en admisión, así que deja todo lo que crees que estás haciendo y concéntrate en terminarla como si fuese lo último que vas a hacer en el universo, y tu vida en el planeta dependiese de esto nada más… ¿Me entiendes bien? Bájate de la Vía Láctea.

“¿En el planeta?”, repetí mentalmente, todavía observando el techo del taller en el mismo nivel de incomprensión. O el fondo del próximo, como ya quedó establecido.

-Aquí tienes -insistió aquel planetícola maleducado.

Un papel color rosa y casi transparente fue a parar a mi mano derecha, seguido por una copia amarillenta y otra exageradamente verde.

-Tienes un par de horas -concluyó él.- ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Solamente lo básico. Bien sencillo. Aprieta un par de tuercas por ahí, algunas otras por allá, y aplícale un poquito de la manteca de magia que te quede, sin mucha algarabía ni desperdicio, ¡y se acabó! Recuerda que esto es un negocio comercial, no una agencia de caridad para rescatar ballenas huérfanas.

-Ballenas -asentí, fingiéndome cómplice.

Él agitó ambos párpados en direcciones opuestas:

-No, ignora las ballenas, ¿está claro? ¡Nada del otro mundo, y sí mucho de éste! ¡Bien rápido!

El jefe desapareció por donde mismo había llegado, en esta ocasión sin tanto bamboleo, pero dejándome en un estado emocional muy impreciso, entre confusión, desagrado y violencia psiquiátrica al borde de una revolución industrial de nervios.

-Ballenas huérfanas del otro mundo -observé los papeles, apretándolos hasta que se pusieron blancos.- Ignoradas, jóvenes y… ¡el planeta, caramba!

La orden número 1, 238, 394c consistía en el diagnóstico y reparación de un ordenador personal que había decidido tomarse unas vacaciones, y que por razones desconocidas ahora se negaba a iniciar el proceso básico de encendido.

Volví al techo.

-¡Hmfb djmk ñklme prndl, y trlwfgh! -me dije, finalmente aceptando mi mala fortuna.- ¡QXZ!

Los tres equipos que todavía permanecían en mi mesa de trabajo fueron a parar al suelo con la delicadeza artística que semejante tarea parecía requerir en situaciones similares, y en correspondencia directamente proporcional a mi presente estado de ánimo casi secreto e introvertido, aunque manifestado de forma espontánea mediante el irregular despliegue de arrugados fragmentos de aquellas emociones más sobresalientes, arrebatadas y rústicas que ahora desbordaban el microscópico receptáculo de mi paciencia.

Adicionalmente, desconecté todos los cables que encontré, incluyendo los que me pertenecían, reorganicé las herramientas de acuerdo a la fecha de su manufactura, respiré dos veces en descenso, conté hasta tres grupos, retiré las piezas sobrantes y las archivé en el cesto del otro lado del taller mediante el sofisticado empleo de trayectorias parabólicas poco acertadas, organicé un poco más lo ya organizado, miré a la derecha por un rato, consideré un poquito las posibilidades de su izquierda, encontré un tornillo que se me había extraviado la semana anterior y lo volví a esconder, intenté ensamblar un par de otras tolerancias imprevistas, me las subí en cada oreja, exploré su variedad de excusas, las coloqué también en el suelo junto a los tres ordenadores, y concluí que había llegado al final de todos los pretextos posibles para ignorar de forma satisfactoria el cumplimiento de las últimas instrucciones del gran jefe de los sótanos.

Así que no me quedó otra opción que arrastrar ambos pies por turno, en orden alternado, repetitivo y bastante inconforme, hasta el otro lado del fondo del edificio, donde se encontraba la recepción justo a la derecha de la puerta principal del taller, siempre seductora, prometiendo conducir a una emancipación laboral casi absoluta, y un desequilibrio económico tan apetecible como sobrevivir a la intemperie y descalzo en la región más inhóspita de un glacial de pedacitos de vidrio ilustrados por pingüinos de brocha gorda con inclinaciones muy esotéricas al altruismo democrático.

Allí también se encontraba el equipo en cuestión, número 1, 238, 394c, lo cual no resultó inesperado para mí, especialmente porque éste era el área improvisado para tales funciones en el segmento inicial del complejo procedimiento de admisión de tarecos rotos, que constituía asimismo parte integral de la larga cadena de reparaciones y otros etcéteras burocráticos bastante absolutos, si es posible de alguna forma ignorar los adicionales sobornos, chantajes, esclavitudes, torturas, humillaciones, y otras acciones criminales afines en extremo premeditadas y terriblemente ofensivas ahora injertadas en el referido sistema administrativo. Recuerden, por favor, que somos muy profesionales.

En conclusión, allí estaba esperándome aquello, reservado y desafiante, en la esquina más inaccesible, rodeado de otros tarecos igual de inútiles y bajo una mesa cubierta de dos y media capas de polvo y variados motivos rupestres casi sinónimos de primitiva actividad de seres humanos evidentemente aburridos, a los cuales se les había adjuntado también una maquinilla deforme para la producción doméstica de infusiones psiquiátricas matinales, un juego de tacitas rojas para la dispensación de líquidos hervidos y humeantes, medio batallón de cucharitas pigmeas y agitadores verdes, todos en estado de alerta guerrillera, y un tazón de azúcar tan blanca y sútil, que casi parecía bicarbonato pasado por un colador de increíbles intenciones diseñado para laboratoristas muy exigentes.

Detrás de esta mesa, y armoniosamente organizada paralela a ella, quedaba la pared, muy similar a las otras muchas paredes que es acostumbrado encontrar en edificaciones terrestres subterráneas. Aunque debo reconocer que la única y quizás más relevante diferencia es que esta pared estaba exageradamente desnuda, y tenía una ventana, incluso abierta. Por supuesto, todavía permanecíamos en el sótano, en el mismo fondo inferior de su arquitectura, rodeados por toneladas del resto del planeta, y este orificio no conducía a ninguna parte real, sino a un sistema de proyección electrónico que mostraba la apacible imagen de una montaña coronada de blanco y guarnecida por árboles verdosos repletos de enormes pájaros entrometidos, hipócritas y desorientados.

De regreso por última vez a la mesa, y sin lugar a dudas con el propósito de agotar todos los recursos de mi resignación y concluir lo poco que nos faltaba, permanecían además una planta carnívora y anacrónica, de dudosa procedencia biológica y peores modales gregarios, siempre altiva y meditabunda; y un gato excesivo, posiblemente tan blanco como la montaña, aunque gris de churre, reposando cómodo y nobiliario en el marco de la ventana falsificada y medio derretido de sueño, que abrió un ojo y extendió una de sus garras como saludándome por obligación y de acuerdo al reservado estilo de este último día laboral.

Al parecer, el individuo que lo había colocado allí era mi enemigo. No, no me refiero al gato, sino a ese ordenador personal número 1, 238, 394c, al que ya he hecho mención por largo tiempo. Pero también al gato. Y además a la carnívora. Y hasta a aquella ventana falsificada, que cambió de montaña a la vista nocturna de una ciudad hormigueando de gente tan desorientada como los pájaros iniciales.

-Odio mi vida, odio el trabajo, odio las herramientas, odio la recepción, odio los vegetales, odio el planeta, odio las ballenas, y odio también… hasta el odio al odio… -recité.

Me sentí un poquito mejor. Pero se me pasó de inmediato.

La puerta de salida me resultó más atractiva que nunca. Maquillada a la penúltima moda arquitectónica y bastante estirada en las mismas galas de la inauguración original, su misteriosa personalidad romántica y frágil reclamaba a gritos mi atención intelectual inmediata.

Consideré mis opciones, formulé odas prófugas y susurré plegarias epistolares con anotaciones en cada margen y plenas de elementos poéticos inesperados y otros argumentos distinguidamente ficticios que justificasen un desinterés muy astuto y retrógrado, aunque peculiar y aprensivo. Y así me le acerqué, sin atreverme a revelar mis intenciones verdaderas, o siquiera fingir mirarla directo a sus bisagras, como quien va con más inclinación a volver que llegar.

-Pues muy buenos días, joven -le gruñí, bojeando a la deriva en el brusco archipiélago de mi escape furtivo.

Nada en respuesta. Sólo apatía absoluta, de fósil vertical extinguido en el segundo horizonte de donde no cuecen habas(1).

-¿Qué te parece si nos extraviamos juntos? -insistí.- ¡Vamos, dame una oportunidad y no seas tan hermética!

Y la empujé con la punta de un dedo rígido, cual supersticioso cavernícola en ayunas, doctor de encrucijadas y brujo de su propia tribu, ahora bruscamente inspirado por este dilema literalmente metafórico.

El gato elevó ambos párpados y alargó el cuello, concluyendo aquel esfuerzo con un bostezo descomunal de consulta de dentista y una pata bien tiesa, con la lengua afuera. Exactamente, no la pata, sino el sujeto de la oración anterior, acomodado en el extremo de la extremidad extendida.

Escuché un inesperado ruido metálico y la puerta se abrió de un tirón, golpeándome el dedo. Exhalé un par de gemidos entrecortados, muy semejantes al estertor de un marsupial explorador de autopistas durante un período de excesivo tráfico.

-Buenos días -dijo la recién llegada, evidentemente sorprendida por el recibimiento.

-Buenos “esos”, Be -respondí.

Ella apretó los labios, y colocó sobre una silla su bolso relleno de cosas inservibles, incluyendo pócimas de enmascaramiento facial urbano, enjuagues de olores enigmáticos, conductos de plomería nómada, contenedores de antimateria portátil, regadíos pésimos para zonas plegables con síndrome de asedio marítimo, y muchos otros enseres misteriosos de primeros auxilios afines a nivel de emplazamiento familiar, toque de queda en día feriado y binoculares de altura por correspondencia telegráfica con pértigas gramaticales reversibles de dos tonalidades, y se acercó a la inútil exageración macroscópica de células holgazanas, aplastándole ambas mejillas en paralelo.

-Pues muy buenos días especialmente a ti, precioso -concluyó.- ¿Cómo está hoy mi reyecito?

El gato chirrió inerte, fingiendo encontrarse desfallecido del agotamiento y listo para varias sesiones de masaje mandibular en todas las restringidas categorías clásicas del ocio.

“A este mamífero no le queda nada de vergüenza”, confirmé, angustiado.

Interrumpiendo la recién iniciada disertación terapéutica entre especies y mi escarpado procedimiento de fuga abstracta con atributos de impresionismo concreto y otras tendencias poco equivalentes, el dispositivo de comunicación remota vibró, saltando sobre la mesa.

-“A la orden” -respondió Be, descolgando el extremo de aquel esotérico artefacto.­- Muy buenos días. ¿En qué podemos servirle?

Un murmullo ininteligible e interminable emanó del mismo. Lo escuché con claridad, aunque no alcancé a comprender nada, cual era de esperar, pues era “ininteligible” en el sentido más estricto del término. Aunque “interminable” puede considerarse un poquito exagerado.

Intenté prestar mejor atención:

-Sí, por supuesto… ¿Me puede usted repetir el número? -pidió Be.

Y yo completamente en blanco ante aquellos crujidos, sin alcanzar a descubrir ninguna similitud con los fonemas más comunes de nuestro idioma cotidiano.

Ella apuntó entonces hacia mí, y me hizo una seña muy singular, apremiante y egoísta, arrastrando el puño en círculos sobre el aire y casi obligándome a despertar de mi imprevisto análisis filológico, rayando ya en etnografía espontánea.

Me encogí de hombros, estiré el rostro tanto como me fue anatómicamente posible y le mostré una larga retahíla de volúmenes de ignorancia académica, especialmente ilustrados por farandurelos daltónicos entendidos en flora silvestre de tubérculos y dicotiledóneos análogos.

Ella no se dio por vencida, ejecutando nuevos malabares y a punto de establecer su propio sistema folclórico de contradicciones, que probablemente poseían algún significado legal en la reducida jurisdicción de sus fantasías histriónicas.

No obstante el evidente apremio de las circunstancias, yo decidí entregarme a la completa desobediencia secular sin intenciones de remordimiento ascético: abrí los ojos todavía más, elevé las cejas, retorcí los labios, y mostré con exactitud las dimensiones de aquel pez que casi se volvió pescado debido a mis esfuerzos completamente inútiles en esta realidad inmediata, al igual que su pantomima.

-Sí, por favor… -insistió.

Y me siguió apuntando con tanta incoherente vehemencia, que yo me sentí acorralado y en la obligación de ejecutar una espiral empleando apenas el extremo superior de mi torso hasta que pareció digno de servicios ortopédicos de emergencia, pretendiendo adicionalmente perseguir la dirección de sus exagerados argumentos escénicos.

-Papel -concluí, evaluando el espectáculo y sus posibilidades, y casi presintiendo un destello de deducción detectivesca inundando mi cráneo desde zonas irreconocibles tan pronto imité aquellas brujerías ornamentales.- Claro, papel, y algo para escribir, ¿no es verdad? ¿O con qué escribir? Porque papel es para escribir, aunque un lápiz también… O la pared. No obstante es más en-qué que para-con-qué… el papel, ¿correcto? ¿Y la pared? ¿Tan poco, o demasiado?

Be entornó los ojos, y agitó la cabeza varias veces empleando un plano vertical bastante obvio.

-¿Por qué no dijiste eso? -vociferé, incómodo.

El gato brincó, y Be ejecutó entonces una versión más escueta y apremiante de la misma obra dramática anterior.

Obedecí a regañadientes.

-Sí -afirmó, garabateando columnas de jeroglíficos quebrados, elegantes y cortos-, ¿me dijo uno? Y dos, tres-ocho…, anjá, sí… ¿Tres? Sí, tres y nueve… cuatro… ¿cuatro? Correcto… Sé.

“¡Sé que se nada en círculos”, concluí para mi interior. “¡Y no! ¡Es imposible que esto sea posible!”

Aunque sí, pues se trataba de la misma serie de dígitos de mi orden de piratería asignada: ¡1, 238, 394c!

-¡Qué impertinencia!

Be me lanzó una mirada de compasión religiosa. La devolví con entusiasmo.

-Un momentico, por favor…

Se dirigió a mi:

-¿Esa es tuya?

Suspiré profundo.

-La acabo de encontrar -confesé.

Ella regresó al cliente.

-Sí, al mediodía… Estamos cerrados entre las once y media y la una de la tarde debido al horario de almuerzo, pero no… sí…, ¿sí? O no, como usted desee… ¡Por supuesto!, la puede recoger después de la una, ¿bien? ¿Una y media? ¡Perfecto!

Elevé tres dedos entre nosotros.

Be denegó con entusiasmo.

Los estiré más. Añadí otro y medio.

-Muchas gracias por su negocio -concluyó ella.- Hasta luego.

-¿Por qué no dijiste a las tres de la tarde? -me ofendí.- ¡O a las cuatro y treinta y doce mil ochocientos noventa y nueve con cinco centavos en kilómetros de círculos cuadrados!

-¡Porque no tienes un día entero para arreglarla, sino un par de horas! -me gritó el gran jefe desde el otro extremo de aquel lugar, en un ángulo incógnito perfecto para aspirantes al espionaje anónimo clandestino.

Intenté adaptarme a la situación, e improvisar aprovechando esta excusa recién descubierta:

-Ay, ¡qué susto me diste! Tengo que sentarme por un rato… Me duele el corazón del pecho… y un hígado en este costado… No puedo casi respirar… Todo me da vueltas contrario a las manecillas del reloj de arena en la ribera del destino. Y se me escurre la vida por un bolsillo entreabierto… ¡Oh! ¿Qué son esas luces enceguecedoras? ¿Y las voces? ¿Son los treinta y dos angelitos del cielo… de la boca?

El jefe suspiró muy despacio.

-¡Qué cansado me tienes, Marcos!

-Además, ay, me duele también este dedo -recordé.- Be me golpeó con la puerta cuando llegó. Ya no puedo trabajar por el resto del día de hoy, ni tampoco los subsiguientes. De seguro, ahora tendré que ver a un doctor especializado en puertas, porque apenas puedo doblarlo… ¿Ves?

Aquello me traicionó, desobedeciendo mis últimas instrucciones.

Lo intenté de nuevo.

-Ay, ay, ay…

Nada.

Ignorando mi dedicación humanitaria, el jefe denegó con vehemencia de anarquista medieval, extraviando en el proceso la poca ternura que le quedaba de humanoide residente y terrícola obligatorio. Le lanzó una patada al planeta, que obviamente no tenía la culpa, aunque era un mejor candidato a los maltratos de lo que jamás desearía ser yo; y finalizó, con voz sospechosamente melodiosa de barítono en prensa hidráulica:

-¿Tengo que decirle de nuevo a tu madre que no quieres trabajar?

Me estiré de un brinco.

-¡Que extraño! -fingí sorpresa.- Me siento mucho mejor, gracias por el desinterés. ¿Dónde está ese ordenador desordenado, que lo voy a poner en el sitio que le corresponde!

-¡Una hora! -gritó él, y salió del taller tan rápido que dejó un surco en el clima.- ¡Tu madre!

Bufé un desafío casi equino:

-¡Qué tiene que ver mi madre con nada de esto!

Be pretendía estar ordenando la mesa.

-¡Yo soy un artista! -rumié.- ¿Así que se lo va a decir a mi mamá? ¡Qué se habrá creído! Pues lo voy a desheredar. Y va a tener que buscarse otro hijo único.

-¡Tanto polvo! -comentó Be.

-Los primogénitos están en escasez -concluí victorioso.- ¿O es hijo-génitos? Porque primos debe ser algo distinto. Y no creo que tengamos ninguno.

-Yo limpié todo apenas ayer por la tarde, ¡y mira cómo se ha puesto! -ella continuó ignorándome.

Decidí regresar a los torbellinos de los eventos contemporáneos, mientras distribuía la mayor porción de mi cuello, el prefacio de un codo y ambas rodillas en dirección al ordenador inaccesible:

-La culpa la tiene ese mamífero peludo con propiedades absorbentes de barroco omitido -sugerí, sin poder determinar si estaba bromeando o no.- Es tres partes ladrillo en talco.

Mi cabeza produjo un sonido hueco al intentar ocupar el espacio de la superficie inferior de la mesa, aspirando inútilmente a contradecir las características mas esenciales y dolorosas de la materia sólida, incluyendo las de algunos reforzamientos metálicos cubiertos de ángulos tanto defensivos como exorbitantes en zonas estratégicas capaces de desalentar hasta turbas accidentales de conquistadores pobremente calzados blandiendo hachuelas manufacturadas a la intemperie.

-Estos átomos están muy apretados y firmes -deduje desorientado.- Necesitan bastante lubricación en cada esquina. Especialmente, en las que duelen…

-Marquitos, ¿te puedo confesar un secreto, por favor? -ella interrumpió mis reflexiones, también deteniendo por un instante sus actividades sanitarias.- Mi nombre no es Be.

Un gozne en mi espalda crujió mientras arrastraba el ordenador en dirección a un área menos abstracto.

-¿Qué quieres decir? -exclamé, perplejo de la impaciencia.

-Mi nombre no es Be -repitió ella, evidentemente afligida.

-No te preocupes -intenté consolarla, reanudando mi disparatado intento con mayor entusiasmo.- Yo respeto la privacidad personal de casi todas las personas. Nadie se va a enterar.

-No, no me estás escuchando -y reiteró:- Mi nombre no es Be. Nunca ha sido Be.

-Claro que es Be -declaré, irritado, dándome otro golpe muy concreto y permanente.- Siempre ha sido Be. Be por aquí, Be por allá, ¡Be por dondequieras!

Al parecer, mi respuesta fue muy poco satisfactoria:

-Mi nombre es Verónica -aseguró, convencida.- Si acaso, sería “Ve”.

-Eso es exactamente lo mismo que yo digo: “Be” -mugí.

-No. Es “Ve”. “Be” es completamente distinto.

-Pues a mí me suena “Be” las dos veces.

-No. Mira: “Be”… -explicó, atrapando una esquirla de oxígeno pusilánime y fugitivo con inclinaciones al saqueo fiscal en aguas internacionales. Movió entonces las manos a un lado en un exagerado ángulo obtuso, y atrapó otro igual de arisco, añadiéndole múltiples detalles en cursiva errante:- “Ve”.

Presté atención, pero no vi nada.

-¿A dónde quieres que vaya?

-¡Eres imposible!

Terminé de empujar el tareco con un pie todavía embutido en el zapato derecho.

-Esto pesa más de lo que pude concebir, incluso exageradamente y añadiendo cada una de mis peores ristras de malas intenciones -reconocí.- Es probable que el andamiaje de soporte externo emplee una aleación de aluminio y algunos otros metales nocivos para el consumo humano en condiciones clínicas de golpiza accidental obligatoria. Por lo tanto, pronostico, con un riesgo aceptable del tres por ciento de error, que sea picadillo de plomo reforzado con osmio en crema de bacalao muy dócil, y añadido por proceso de decantación a un tumulto complementario de muchos electrones rítmicos dominicales de hasta cinco milímetros de circunferencia magnética anexos al núcleo galáctico residual de cada átomo, y elevados a la potencia del ene… err… gúmeno…, quiero decir número, y otros definidos valores primarios de admoniciones rectangulares en la hipotenusa del hipotálamo… ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal? ¿Quieres que te alcance una silla?

Be sostenía la mesa pegada al suelo, con los ojos apretados, y movía los labios articulando muecas.

¿Se le estaría ocurriendo algún nuevo secreto?

Sentí pánico.

-Estoy exhausta… -musitó.- Apenas acabo de llegar… Y tengo tanto que hacer…

-Pues no esperes por mi aprobación ni ayuda -intenté consolarla, recíprocamente escurridizo.- Ya nada más me queda una tajada de minutos… Voy a requerir un par de milagros bien urgente, pues son casi las diez.

-Las nueve -me rectificó ella.

-En lo que arrastro este implacable bulto de una tonelada y media de tornillos infelices a través del infinito, amargo y lúgubre desierto de mi pálida agonía hasta el mustio oasis del exageradamente remoto área de consulta, diagnóstico y reparación, olvidado en los confines del hastío y la indiferencia, extraviado al dorso de regiones inhóspitas, fraudulentas e imprevisibles, disimulado tras el escarpado laberinto de cualquier fútil expectativa de esperanza real y las emboscadas de ilusiones malheridas por la fatal insensatez de la errada certidumbre de los ingenuos, incultos e ignorantes poco instruidos en sastrería de bolsillos, exterminados por su propia inconsistencia decadente en alusión a las reglas comúnmente reconocidas, aceptadas y establecidas en civilizaciones pretéritas clásicas, ya son las diez -profeticé, descorazonado.-¡O hasta las once y media!

-¿Quieres que oremos para que Dios lo arregle?

Be, o Ve, alias Be-Ve en algunos círculos muy confidenciales, ejecutó aquella pregunta tomándome la mano con tanto sigilo e inesperado entusiasmo, que yo no pude contener mi sobresalto al otear en derredor temiendo descubrir que Dios estaba allí mismo, y que de la misma manera tan enigmática en que el gran jefe de ordenadores había pasado por espía furtivo unos minutos antes, ahora me escuchase muy serio, desaprobador y algo frustrado porque yo lo había ignorado.

Contrario a mis sospechas, la conclusión inmediata de este elaborado análisis visual empíricamente fulminante del escenario durante la más mínima extensión de casi la decimocuarta parte del tercio de un primer segundo de largo por la raíz geométrica de apenas la mitad del próximo, fue que no había moros en la costa. Tampoco Dios, ni jefe, ni costa. Al menos, visibles.

No obstante, debo considerar y también admitir, con mucha sinceridad completamente involuntaria y honestidad adicional de especialista fortuito, teniendo en cuenta además las evidentes limitaciones de nuestros sistemas sensoriales humanos y sin ignorar jamás aquellas otras impredecibles condiciones circundantes de los rudimentos arquitectónicos naturales de este evento histórico tan presente como real, aquí descrito con lujo de modestos detalles de primera punta a cabo extremo, que… ¡quién sabe!

Yo menos.

Así que progresé en un instante de reparador comercial asalariado con ínfulas de prófugo intelectual inaccesible, a agnóstico de fe gratuito, pasando por los distintos estados materiales de un ateo asintomático, desconfiado y terco, desbalanceado emocionalmente en el apogeo de su madurez nominal regresiva y colmado de una gran variedad de dudas didácticas bastante heterogéneas y desfavorables:

-Bueno, es que yo no sé ni que en dónde… -me mordí un labio a la carrera, enredándome entre mis ideas casi a punto de cometer eutanasia.

Y quedé tan pensativo que hasta yo mismo lo noté, pues…, ¿qué podía ser más espiritualmente comprometedor? ¿Que mi respuesta fuese “sí”? ¿Que añadiese un “no”? ¿O tal vez “quizás”?

Sospeché que el “no” conduciría a una confusión interminable, las miradas reprobatorias del gato y una última cruzada. El resto resultaba igual de inconveniente.

-Pues ya no sé ni lo que sé que sé -admití, a la defensiva, intentando armar una excusa del aire.- Porque cuando a lo mejor aunque diferente pero que en esto, ¿entiendes? Pues si Dios lo arregla, entonces, ¿qué otra patética función me quedaría reservada en la universalidad universal de este universo? ¡Sería pues un elemento completamente inútil! ¡Un auténtico despilfarro de actividades culinarias, adjuntas también a muchas otras cualidades neurológicas inoperativas, absolutamente obsoletas, destinadas al libre albedrío no obstante fallando miserablemente a su servicio directo en el uso y abuso de una verdadera predestinación impredecible de independencia en cada decisión exclusiva, desperdiciando además este espacio astronómico diario por la duración del tiempo asignado que sea imprescindible! ¡Apenas como si todo fuese casi nada incluso aunque nunca ahora mismo eternamente! ¿Me explico, Be? ¿Ves? ¡Claro que sí, cuando y como en donde…! Aunque no en horario de trabajo. Sería ilícito.

-No temas, más esfuérzate y sé valiente… -me interrumpió ella, apretándome un dedo con energía. Y añadió, haciendo un énfasis muy preocupante:- ¡Dios está aquí!

¡Ya lo sabía yo!

Sin embargo, y teniendo en cuenta el veredicto de mi rudimentario examen anterior, añadidos al evidente positivismo básico de los valores intrínsecos de mi decisión adicional de no confesar nada comprometedor o ligeramente sospechoso, debí concluir de inmediato que había alcanzado mejores resultados de lo que jamás pude haber soñado o incluso fingido con ambos ojos muy abiertos en paralelo, etcétera. Y eso sin siquiera insinuar el grosor de mi humilde sencillez de genio policial, experto en diplomacia alternativa y otras tácticas suplementarias rechazadas con entusiasmo por la mayoría de la gente común, valga la invalidez de semejante epíteto.

Desafortunadamente, la consecuencia inmediata más concreta era que ya tenía dos dedos malheridos, convalecientes de la presión social, moral y religiosa de la… la… y también del…

Un suspiro concluyó mi desacuerdo crítico.

-No tiene que ser tan complicado -insistió Be.- Sonríe: Jesús te ama.

Levanté los ojos, ahora un poquito más pensativo, aunque empleando tanto esfuerzo, que el fondo del primer piso quedó en perspectiva directa.

-Vamos, ¡ten fe! Y no te preocupes tanto. Todo va estar bien -insistió ella.- Cambia esa expresión de amargura.

Intenté obedecer, e imaginar algún evento agradable, recuerdos placenteros, colinas cubiertas de hierba uniforme y monocromática de verde, balanceadas al ritmo de la brisa vespertina, con la playa al fondo, vibrante de interminable azules y estampidos de blancos, y el horizonte cubierto de la luz anaranjada del atardecer de cada día.

Súbitamente, el agricultor de hierbas silvestres aparece a la carrera…, y danzando de gozo, entona un alarido de esperanza, tropieza con una piedra puntiaguda, y cae rodando hasta la orilla del mar, atinándose toda clase de golpetazos en su brusco descenso y perseguido por una nube de abejas armadas hasta los dientes y con pantaloncitos a rayas.

Aquel pobre hombre entonaba armoniosamente chillidos de horror en mi imaginación, agitando los brazos en todas direcciones y chapoteando de un lado al otro con gran frenesí, ya no tan entusiasmado.

No, aquello no funcionaba en el techo. Descendí un piso, de regreso al sótano.

-¡Marcos! -gritó Be.- ¿Por qué miras con tanto odio al cesto de basura?

Bueno, es cierto que estaba observando aquello. Me toqué ambas cejas y pude comprobar que se encontraban sospechosamente retorcidas.

-Es absurdo -denegué, valorando otros detalles.- Yo no le tengo odio a ninguno de esos.

-¡Pues tu cara dice todo lo contrario!

-Be, te prometo que es solamente tu interpretación -persistí.- Mi cara y el cesto son como hermanos mellizos dicigóticos, separados en estricta obediencia a los mecanismos celulares correspondientes y con muy buenos modales. Compartimos los mismos sentimientos, e incluso hasta las intenciones.

Regresé al ordenador personal con grave resignación, advirtiéndome sinónimo clásico .

-¡En fin…! -grité.- Tu apreciación es menos precisa que apreciada.

Súbitamente, ella me atrapó la otra mano. Escondí horrorizado el resto de mis dedos.

-Oremos, antes de que cambie de idea -concluyó.- Vamos a cerrar ahora nuestros ojos, e inclinar las cabezas en reverencia a Dios…

Me limité a no incluir ni siquiera una sílaba adicional, con la absurda ilusión de que ella se olvidase de que yo estaba todavía allí.

Be abrió los ojos:

-¿Oramos? -preguntó, sus dos pupilas puntiagudas acorralando mis evasivas retóricas.

-Oramos -respondí, obediente, con el cuello bastante apretado en solidaridad con el segundo dedo víctima y sospechándome descubierto.

Contrario a las últimas amenazas, prosiguieron unos doce segundos de completo silencio, como si ella intentase adquirir alguna clase de impulso emocional.

Aproveché aquella brusca interrupción para ejecutar con los dedos restantes dos o tres cálculos del posible impacto en la cantidad de minutos que me quedarían disponibles para iniciar, desarrollar y concluir el diagnóstico del ordena…

-Padre y Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y Dios nuestro, gracias por estar aquí… y porque siempre estás presente con nosotros -me interrumpió Be, con una vocecita inesperada de aguda, cual agraviada vendedora ambulante de alpargatas inevitables que ha descubierto en la acera una gran comparsa de lagartijos insípidos y descalzos disfrutando del sol durante el próximo solsticio de verano, dejándome completamente ordinario y perplejo.

¿En dónde nos quedamos? ¡Ah, sí! Creo que en el de la cual indicando ciertos límites muy intransigentes de ternura laboral…

-… y porque siempre atiendes a nuestras necesidades diarias -me atropelló además ella sin ninguna misericordia-, y siempre escuchas nuestras peticiones, y nos respondes con tu bondad infinita, revelándonos tu amor eterno en las enseñanzas, muerte y resurrección de tu hijo Jesucristo, por quien hoy tenemos perdón de pecados, redención y entrada al trono de tu inmensa gracia…

“¡Qué serio se ha puesto de pronto el tono de la mañana!”, determiné, cordial. “Y ya me queda nada más la mitad de algunas horas… ¿O una o dos menos de la séptima fracción de semejante horario, no es cierto? Pues sí, ¡aunque probablemente en el sentido lineal a tales efemérides existenciales!”

-Gracias te damos por tu favor y tu perdón -continuó ella, barrenándome ambos tímpanos-, pues tú nos perdonas y olvidas nuestras transgresiones de la misma forma en que hoy perdonamos a todos aquellos que nos han faltado, y herido, y ofendido…

“Sobornado, ultrajado, humillado, esclavizado y primogenetizado”, añadí mi propio conglomerado de ideas. “Y al que trajo al ordenador. Y al desordenado que lo recibió. Y al mismísimo jefe, aunque… no sé… No, no mi madre, porque ella… no ha hecho nada malo… ¿Ya son las diez? ¡Probablemente! O no. Pero sí… Eso creo. Y si creo, que es un producto suplementario del pensamiento cognoscitivo contemporáneo, entonces existo, que puede ser también alguna cosa de eso siempre y cuando lo sea, pues es obvio que deberíamos esperar que ocurra lo mismo cuando pasa igual… ¿De verdad yo odio al cesto? ¡No, eso es una tremenda calumnia! ¡Mis mejores amigos son cestos! Yo incluso estoy firmemente convencido de la igualdad profesional complementaria de cada sexto asalariado, sin importarnos su procedencia social ni casta reforzada por las inhumanas maquinarias de grupúsculos inoperantes de esdrújulos en determinados círculos utópicos asintomáticos…”

Intenté comprobarlo. Un nuevo apretón de dedos casi me dejó inconsciente:

-Danos hoy el pan nuestro de cada día…

“El pan, y la mantequilla para el desayuno, y también para la merienda. Y no olvidemos algo de tomar, por favor, para bajar el pan con mantequilla, y además… ¿yo ya desayuné?”, proseguí.

Asimismo ella:

-Y no nos metas en tentación, sino rodéanos con tu infinita paz, cúbrenos con la sangre de tu Hijo Jesús, haznos habitar en el hueco de tus manos, y que tu Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos proteja bajo sus poderosas alas…

¿Hueco? Seguro que no había desayunado. ¿Ya será la hora del almuerzo? ¡Tiene que ser! Esta oración nunca va a terminar, ¡y yo tengo tantas cosas por ahí, que hacer, y responsabilidades, incluyendo…, ¿verdad? ¡Pues claro que sí! Por ejemplo, el… eso… de… y lo del… otro…

-Padre, tú prometes en tu Palabra que dondequiera que estemos dos o tres reunidos en tu santo Nombre de Jesús, el gran Emanuel, Mesías de la nación judía y Cristo del mundo, aquí estás. Y que si te pedimos algo en acuerdo, creyendo, de cierto lo recibiremos… Es por esta razón que ahora venimos ante tu presencia y te rogamos que ayudes a Marcos… a reparar el ordenador lo más pronto posible, y que le entregues de tu paz, entendimiento y sabiduría para que todo lo que toque funcione como es debido. Y si de alguna manera encuentra oposición, sea humana o espiritual, te rogamos que pongas tu mano directamente, y seas Tú quien… arregle este sistema…

“Sí, claro, como si Dios no tuviese más nada qué hacer en su tiempo libre que trabajar en este taller mugriento”, consideré. “¡Ni siquiera el gato quiere estar aquí!”

Ay, ¡mis dedos!

Y otro instante de absoluto silencio, hasta que pareció que el planeta había dejado de funcionar. Y a mí no se me ocurrió nada.

-… en el Nombre de Jesús te pedimos todo esto -concluyó Be-, para que nuestro gozo sea completo, en obediencia a tus instrucciones y voluntad, porque tu voluntad es buena, perfecta y favorable a todos nosotros… Amén.

¡El final, gracias a Dios!

-Amén-á, amén, Be, y amén-cé -rematé yo.

Y ni corto ni perezoso, le ofrecí una mirada de despedida a la puerta seductora, abracé el ordenador difunto y me empeciné en proveer la mayor cantidad de espacio mental entre aquel inesperado acontecimiento y el resto de mis pasos, exactamente en la pared más distante del sótano, donde se encontraba mi mesa de trabajo.

Allí conecté de inmediato todos los cables imaginables, incluyendo también aquellos que no tenían nada qué ver con el asunto en cuestión, pero permanecían colgando por las gradas cual espectadores complementarios, reflexivos y burlones. Luego activé de inmediato el receptáculo general de interrupción del fluido de electrones, y por último el exclusivo al equipo en cuestión, en la parte posterior del mismo.

El incremento de la más imprevista ausencia de ningún resultado positivo práctico, ni siquiera en nimiedades básicas irrisibles de faltantes, incitó en mí un inmediato auge de frustración y gran exuberancia de incertidumbres vocacionales.

Consulté el reloj:

“¡Las diez de la mañana de ahora mismo!”

Lo desconecté todo. Repetí la operación media decena de veces. Escuché con atención absolutamente exagerada hasta que olvidé mi propósito inmediato. Y aun acaricié la superficie del andamiaje de soporte externo en busca de vibraciones artificiales acompasadas, o alguna señal de actividad intracraneal, por insignificante, tímida o desapercibida que fuese, presintiéndome pionero explorador de una nueva realidad colindante y absurda, aunque plena de expectativas.

¡Nada!

Valoré todas mis opciones con la rapidez de aquel marsupial deslumbrado antes aludido, en carretera de dos vías y ocho carrileras de camiones arrastrando embarcaciones terrestres y casitas portátiles en medio de un bombardeo desenfrenado de chinchillas bien anchos, higiénicos, peludos y parlanchines. Y establecí un proyecto mental de posibilidades, incluyendo desde las variables más modestas a la complejidades más escandalosas de la ciencia científica de cientos de centenas de celosos científicos célebres, acérrimos, acertados, acefálicos y enardecidos, hacinados en convención anual, aunque en verdad todavía permanecía un poquito distraído por el espectáculo imaginario del previo ataque de mamíferos.

Además, calculé, determiné y medí los valores más óptimos del potencial inevitable, desconecté la unidad física de almacenamiento de electrones, comparé la impedancia equivalente, la profundidad magnética, los niveles de transmisión subatómica, la interacción de pesantez gravitacional al dorso del frente posterior, la radiación de depreciación energética en estado ideal pasivo, la difusión de la conductividad exotérmica con valores paralelos abstractos, la resonancia divisoria de las energías internas, el valor de impacto primario en tercera persona del singular colectivo, la repercusión ambiental a la fuerza, la aceleración de las partículas ambidextras residenciales, el grado normativo fraccional de la inercia horaria per cápita, la trascendencia emocional al microclima, el desarrollo etimológico de las consonantes cacofónicas adversas, la dinámica de los neutrones extraviados más prejuiciados y pendencieros, la humectancia de aquellas zonas sumergidas en su propio ostracismo cultural… y alcancé la conclusión, ya exhausto y casi sin aliento, de que aquel tareco no servía ni para organizar espacios en el infinito, o siquiera reproducir silencios en biblioteca de sordomudos soñolientos a medianoche, clausurada desde hacía medio siglo producto de la brusca extinción de la atmósfera circundante.

Aunque a mí no me crean esta minuciosa lista de conceptos y definiciones tan elaboradas.

Confíen simplemente en que los resultados más inobjetables de semejante retahíla de experimentos y longaniza de pruebas científicas, consistente con mis recientes conclusiones finales, fueron que el tareco nunca se activó, reveló el más ínfimo interés en semejantes manipulaciones, o siquiera se dio por aludido.

-La inoperancia debe ser causada por una obstaculización umbilical del sistema de distribución electrodinámica en el dispositivo de inteligencia culminante -declaré en voz alta, intentando pensar perpendicularmente.

Aunque ya me encontraba vacío de iniciativas, derrotado por al inutilidad de cada procedimiento técnico y proyección, operación y cálculo moderno apenas concebido.

Pues la sutil diferencia que existe entre el que hace y el que hace es el conocimiento; y entre el que sabe y el que sabe, es la práctica. Y la práctica de la practica hace del que hace y sabe un práctico. Quiero decir…

-Ni idea -concluí entonces, muy irrefutable.

Le dí una patada con algo de timidez y estudiada delicadeza al ordenador, pues no era mío. Porque si lo fuese, modestia aparte, de seguro ya le hubiese ofrecido una tremenda paliza de ignorante bien bruto, entendido en procedimientos occidentales accidentales.

Traté otra vez, presintiéndome algo más extravertido gracias a los inmediatos beneficios terapéuticos de semejante actividad física.

Tampoco ahora encendió.

-¡Qué raro! -admití.- Bueno, es obvio que esta solución tampoco sirve, y que mi zapato no constituye la herramienta más acertada para situaciones semejantes.

Intenté entonces otras cositas, algo supersticiosas y rayando en magia de humanoide primitivo y desesperado, como fingir abandonar el taller y regresar de pronto, permanecer inmóvil y cultivar una actitud positiva, recitar la tabla periódica de multiplicación de adversarios con las manos entrecruzadas a la espalda, soplar en varias direcciones, ejecutar gárgaras con tornillitos de rosca intermitente, declamar el ser que no es, tararear una melodía plena de ánimos, zigzaguear con ternura célibe, urgarme los bolsillos; y por último incluso balanceos en una sola extremidad inferior extendida, promesas, dedicatorias, ruegos, secuestros, hurtos, alevosías, y también desordenar y luego reordenar dos ocasiones más todo lo que descubrí… hasta que logré sentirme definitivamente derrotado, sin recursos para ninguna otra intención y ni siquiera suficientes deseos de formular esotéricos esbozos cuneiformes de ideas microscópicas, correspondientes a organismos unicelulares muy independientes, aunque en estado de hibernación límite, añadiéndole de paso otros símbolos gramaticales poco utilizados en la literatura moderna.

-Pues si no se arregla, entonces no la arreglo -determiné, aguerrido.- ¡Para que aprenda bien que conmigo este juego no se juega ni jugando!

Aquella amenaza tampoco sirvió para nada.

-¡Las diez y cinco!

Revisé con rapidez todas las soluciones anteriores, enumerándolas con los dedos.

“¡Ya sabía yo que la oración no funcionó!”, advertí mentalmente apagado y espiritualmente cabizbajo, al borde de una crisis religiosa de persecución cristiana del primer siglo. “Claro, estaba muy larga y empalagosa… Además, Dios a mí nunca me oye… ¡ni cuando me responde!”

-Buenos días -apareció otro de los inoportunos empleados de este taller subterráneo.

Apreté ambos ojos a mi nariz con desagrado.

Creo que ya he descrito en pormenores la razón por la cual no me quedaba ánimo alguno ni para insinuar formalidades sociales, corresponder a las banalidades diarias de las actividades humanas, o reciprocar la más mínima interacción cordial; sino una extensa gama de intenciones salvajes, inclinaciones involuntarias e irrefrenables deseos de rodear mi ámbito natural de dispositivos horribles, llenos de dientes y lanzas y peores intenciones, elevar al firmamento mi puente levadizo y emancipar un codicioso contingente de cocodrilos cósmicos colgando en bicicletas de dos tonos, destinados al acoso desenfrenado de cualquiera que mostrase la más remota intención, inclinación o deseo de acercarse, incluso por correspondencia televisiva.

Así que mi única respuesta fue un gruñido de troglodita feroz y analfabeto, ingenioso en su propio mal genio, acompañado de una exhalación discontinúa:

-Grrrmmm…

-Dije: “buenos días”… -insistió él.

Pues yo también:

-Grrrmmm…

-¿Qué pasa? -preguntó entonces.- ¿Estás trabado?

“No se trata de nada personal contra tu personalidad o persona, pero sería mucho mejor para tu correspondiente salud psicológica, presentes instintos de sobrevivencia física y futura trascendencia espiritual que te alejes un par de miles de kilómetros, hasta que quedes bien lejos del área de exposición a radiación atómica, gritos de cólera e impredecibles objetos voladores, pues estoy a punto de estallar como petardo en día feriado”, le aconsejé telepáticamente.

Pero él ignoró mis pensamientos:

-No te preocupes, hermano. Verónica me lo contó todo.

“Be”, recordé. “¡Tiene que ser Be!”

Aunque no, porque ella reunía todas las características psicosomáticas más adecuadas para constituir una Be-a-triz, o tal vez una Be-rtha, o también una Be-renice… O incluso hasta una Be-rnardina.

¡Y jamás ni la más mínima de las otras!

-Buenos días, Arsénico -rumié, absorto en la nueva posibilidad de nombres y tratando de descubrir más Bes iniciales. Y repetí en voz alta: – Bes…

-Creo que sí -consideró él.- Veo que estás trabado.

-Nada de nada -mentí.- Todo perfecto. ¡Viento en popa, y a toda vela!

Pues él no tenía ninguna en este entierro.

No obstante, su turno al parecer se aproximaba:

-¿Quieres que le oremos a Dios?

Retorcí las pupilas en respuesta, imaginándome ser un motor de combustión interna, en pleno verano de zonas desérticas y carente de sistema de refrigeración o conductos destinados para el escape de gases nocivos.

“Sí, claro, a orar más y más, en interminables círculos aritméticos concéntricos”, rumié a escondidas. “Y a sonreír a pierna suelta y a mandíbula colgante, que Dios me ama, Jesús me ama, y todo el mundo me ama. Y yo lo que quiero es brotar alas y salir volando como bala por tronera, y desaparecer antes de que la una de la tarde nos alcance… ¡El que me ofrezca orar de nuevo lo excomulgo del barrio!”

-Sí, por favor -me traicionaron mis buenos modales, saltando de explosivo indómito a afable hipócrita.- Creo que voy a necesitar toda la ayuda disponible.

Recapacité de inmediato, y decidí detenerme en seco y alterar mi rumbo, condenando el enorme atrevimiento de mis propios labios. Me lancé entonces una bofetada imaginaria capaz de abarcar varias generaciones en ambos sentidos genealógicos, pero la pude evitar con un salto atrás y una serie de autocríticas prácticamente perpendiculares. No obstante, decidí ignorar las futuras evidencias del efecto originado en la vasta lista del resto de mi familia, especialmente porque quedaron secuelas bien concretas en algunos cromosomas rezagados que no alcanzaron a escapar semejante acometida…

De pronto, amenazando cada sinónimo de decencia gregaria e incitando abundante disgusto al decoro, Arsénico colocó una mano sobre mi hombro derecho y otra sobre el ordenador roto, sin ofrecerme ninguna opción, mucho menos oportunidad o espacio, para regresar en desacuerdo a la realidad:

-Dios Padre, te pido en el Nombre de Jesucristo que arregles este equipo. ¿Amén?

“¡Pero qué clase de basura es esta!”, vociferaron todas mis sinapsis. “¡No me diste tiempo ni para siquiera entrecerrar a la carrera un ojo! Tu oración fue un chasquido insignificante de inútil, bastante innecesario, mucho menos efectivo y todavía más miserable. ¡Es incluso tan corta, que de seguro carece hasta de fe! ¿​Y todavía tienes la osadía de concluirla en interrogación?”

Lo observé con hincapié de remordimientos, accidentándolo de un vistazo muy penetrante que revelaba la profunda vergüenza que sentía de compartir el mismo periodo geológico con semejante arquitrabe, pero solamente logré descifrar varios niveles de injustificable satisfacción esbozados en su rostro, estancado ahora en una larga mueca que semejaba algo parecido, aunque nada similar a eso mismo que había logrado imaginar poco antes.

“¿Cuál es la emergencia?”, insistí. “¿Acaso vas a apagar un fuego? ¿O te está persiguiendo una turba de horticultores engalanados con hachas romas y coronados de antorchas a media asta? ¿Por qué estamos tan apurados? ”

Observé el reloj de reojo. Pues sí, lo estábamos: eran las diez y diecinueve. Aquí el tiempo vuela cuando no corre. Y cuando no corre ni vuela, ¡asalta!

-Amén -concluí. Y me mordí ambos labios con frenesí de caníbal en ayunas, extremadamente ofendido por la hospitalaria inocencia de mi propia actitud y a punto de fingir un accidente cardiovascular, y desaparecer en camilla por un par de semanas, precisamente hasta que los sapos críen pelos y la ranas vayan a misa. O viceversa, quiero decir, hasta que las ranas críen sapos, y las misas… y los pelos… ¿¡qué!?

Arsénico me ofertó una palmada bien fuerte en el mismo hombro religioso de poco antes, que vibró en mis sentimientos psiquiátricos, igual de adoloridos.

-No temas, ten fe y sé valiente -me aconsejó, pendenciero de oreja a oreja.- Dios está aquí. Confía, y Él hará.

Alcé mis manos al techo, presintiendo mi rostro arrugarse en actitud de mártir incompleto:

“¿Por qué?”, pensé, emocionalmente agotado. “¿Por qué yo? ¡Estoy rodeado de fervientes oradores, negligentes, audaces, decorativos e inoportunos!”

-Sí -otra palmada, segundada por una serie de irregulares apretones.- Adora a Dios: busca su reino y su justicia primero, y todas las demás cosas te serán añadidas.

“Si me me añaden una más”, lloriqueó mi voz interior desde su apartada recámara en el hipotálamo, “¡me reviento!”

Aparentemente, él insistía en nadar de un lado al otro en el corto estanque originado por el caldo de su propia arrogancia, chapoteando de satisfacción. Yo sentí deseos de empujarlo con un pie hasta el fondo, y mantenerlo allí por un rato. O por lo menos cogerlo por el cuello y arrastrarlo hasta un contenedor de escombros en algún callejón distante de una nación paralela en proceso de remodelación tectónica; y abandonarlo allá, bien amarrado, magullado e inmóvil, en compañía de aquel equipo testarudo.

Aunque debo confesar, por motivos legales, que tanto allí como allá exclusivamente en sentido metafóricamente figurado, hipotéticamente poético y muy espiritualmente pacífico.

-Y mi nombre no es Arsénico -concluyó él, intentando marcharse mientras exhibía un último esbozo de aquella sonrisa, todavía enredada alrededor de su rostro.- Es Arsenio.

Sentí un brusco escalofrío de ira inconforme, que me recorrió desde la punta de una rodilla hasta el codo del otro extremo, pues esto ya era el colmo límite en la enciclopedia del límite de los colmos. Al parecer, en añadidura a mi agotadora responsabilidad diaria de contribuir a la economía nacional, ¿ahora también tendría que sufrir recordarle a cada uno de ellos sus propios nombres?

¿Primero aquello, y ahora esto otro?

¡No, me niego!

Empujé mis pupilas en blanco, alcanzando un nivel de malestar, frustración y disgusto en dosis jamás experimentadas por un ser humano fuera de las prácticas de laboratorios en condiciones hipotéticas altamente reguladas por chimpancés histéricos con escaso nivel educacional:

-¿Tú también? -chillé.- ¡Be no es Be, y ahora tú no eres tú! ¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde estoy? ¿Quién yo o no soy ustedes?

La idea del accidente cardiovascular parecía ahora más y más atractiva. Me le aproximé. Era de color oxígeno, y exhibía un par de dolores apretados en un brazo…

-Es Arsenio -insistió el muy ignorante.

-No, es Arsénico -lo contradije, tratando de ser lo más discreto posible.

-Arsenio.

-Arsénico.

Aparentemente, yo no tenía nada importante que hacer, ¿no es verdad?

Decidí concluir el altercado improvisando algunos detalles etimológicos:

-A ver, explícame, por favor, ¿cómo te llamaba tu mamá?

-Arsenio -respondió él, con inocencia de paquidermo extinto.

“¡Qué madre más rústica y despistada, que ni siquiera conoce el nombre de su propio hijo!”, pensé.

No obstante, no me rendí a rendirme:

-¿Y tu abuela?

-Arsenito -confesó, desorientado.

-¡Anjá! -grité, victorioso.- ¡Arsénico!

-Dije “Arsenito”, no “Arsénico” -se defendió él.

-Pues eso mismo dije yo también -esquivé sus excusas con la fingida capacidad de un calamar atleta en hipódromo improvisado:- Porque eso irrefutablemente suena a algo muy nocivo, incluso omitiendo los otros productos a los cuales hayas sido expuesto en el transcurso de tus procesos orbitales básicos. Y no me puedes negar que tu abuela es la persona humana más sabia de todos los que se atrevieron a domesticarte desde el mismo instante en que nos desafiaste con tu nacimiento de agrícola arbitrario. Aunque yo de ninguna manera me atrevería ahora a contradecir las decisiones de tu gremio familiar, específicamente por respeto de tu extrema madre correspondiente y tu excelsa abuela inmediata; no obstante, dicho lo anterior, y etcétera, también añado y corrijo que ustedes debieron apreciar el riesgo asumido en el uso desenfrenado de tu nomenclatura, probablemente varias veces al día. O por lo menos consultar a un veterinario.

Él me observó, deslumbrado por el inesperado destello expansivo de mi explosivo argumento.

Y no era para menos.

Porque ahora era yo quien exhibía señales de absoluta satisfacción, desbordando de orgullo equino y del tercero al trono, ya que resultaba indiscutible que había ganado la competencia. Lo pude contemplar con claridad en el espejo de sus ojitos vidriosos de catálogo perpetuo, cancelado en primera edición por el desvanecimiento de fondos y el eclipse del reducido interés público.

-¡Dios te bendiga! -concluyó él.

Y despareció con la boca entreabierta, mascullando la amargura de su repentino fracaso y sin apenas llegar a alcanzar a comprender el real significado y la envergadura histórica de nuestra recién concluida actividad matutina.

“Arsénico y bien, bruto venenoso”, pegué el desenlace al fondo de su capitulación y despedida. “Para que aprendas que las oraciones del tipo telegrama no son aceptables en ningún sótano que se respete.”

Finalizado pues este episodio y de vuelta a mis reales obligaciones secundarias, intenté activar el ordenador desordenado, empezando por la parte más elevada, hasta que concluí en el suelo, con la cabeza embutida en esta pesadilla interminable.

Y como era de esperar, y yo también esperaba, otra vez nada. Y como nada multiplicado por la cantidad de veces que había ya intentado provee como resultado la misma profusión del valor nulo inicial, eso fue exactamente el resultado obtenido al finalmente alcanzar el final exacto del susodicho cálculo previamente calculado y descrito. Nada por aquí, nada por allá, nada por acullá, en sentido lineal indirecto recíproco con la inferencia geométrica del coseno de la articulación del nada por arriba, nada por…

Presentí un chispazo brotar en mi interior, que se avivó con rapidez imprevista a deseos desesperados de viajar por dondequiera, ver lo que quedaba del mundo, disfrutar de la brisa marítima en un velero con motor fuera de borda en dirección a los distritos más aislados de los archipiélagos del Himalaya, y erigir allí una primitiva choza de desechos plásticos, con recursos aborígenes, fragmentos de periódicos prehistóricos bimensuales y agua bien potable, rodeado de sus respectivos habitantes, bastante saludables aunque endémicos por decisión unánime, los himalayantes y las himalayantitas, con sus respectivos bebés himalayantunences; y persistir sumergido indefinidamente en tal comunidad, muy distante de la tecnología moderna rellena de electrones, neutrones, positrones, cerotrones, negatrones, mastrones, menostrones, algotrones y casi nadatrones…

O de declararme en huelga, que quedaba mucho más cerca a la región donde yo vivía, y de seguro me iba a salir bastante barato en comparación.

-¡Soy un gran genio! -exclamé, extremadamente convencido.

-Pues aquí tienes, gran genio -escuché una voz muy seria a mis espaldas.

Salté un salto del sobresalto.

Era el gran jefe del taller subterráneo, sosteniendo un dispositivo portátil para comunicaciones remotas.

-¿Qué pasa ahora? -gruñí.- Estoy muy ocupado evitando pensar en cualquier cosa.

-Es tu madre -insistió él.

Obedecí, arrimando una oreja. Y me disfracé con la sonrisa más natural que alcancé a concebir en el estado de galimatías turística en que me encontraba.

El jefe permaneció allí mismo, a la expectativa, sosteniendo aquello.

-¡Hola, mamá! -exclamé a todo diente.- Te habla y escucha tu hijo favorito y apenas único, en persona. Quiero decir, esto no es una grabación y… ¿Cómo estás? Pues te diré antes de que me preguntes y previendo las ya acostumbradas, que hoy estoy mucho mejor que ayer, y que me siento muy bien, y hasta me levanto con tremendo cuidado, en el mismo lugar de antes, contribuyendo además a la preservación del desarrollo tecnológico de la topografía económica contemporánea del país que nos corresponde, etcétera, empezando siempre desde aquí abajo, desde la auténtica región de los topos…

-Marquito, mi hijito lindo, mi caramelito de chirimoya… -me interrumpió una voz autoritaria, femenina y bastante familiar.

-…gráficos -intenté insertar yo.

-Tu padre me dice que hoy estás muy nervioso -prosiguió ella.- Dime, por favor, mi cariñito precioso, ¿te tomaste las pastillas de por la mañana?

-¡Claro que por supuesto! -grité, metiendo una mano en un bolsillo en busca de algún tareco abstracto con propiedades adecuadas a este repentino evento de investigación policial.- Y también las polivitamínicas contra la sordera genética, y una triple dosis de hormonas para la paciencia laboral en viernes fijos, y el extracto de regulación neuropática al disgusto crónico, y la infusión de buenos modales en condiciones desfavorables y ambientes con alta densidad de aflicción patriarcal por trozo cuadrado; y por último, aunque no por esta razón menos importantes, incluí una loción de cordura en polvo para los dedos de ambos pies y hasta calcetines refrigerados, con extracto de peatones fijos y sabor a menta senil…

-Marquito, por favor, cálmate un poquitico y escúchame: te hice una sola preguntita, mi amor -indicó la voz.- ¿Las tomaste o no?

-Pues mucho más que sí, evidentemente, como ya admití en el interrogatorio previo -me exasperé, ofendido.- Por supuesto. Claro. Me calmo, e insisto. Eso creo. Tal vez. Quizás, o no sé, sea cual sea la que sea, y es, o será, o pueda ser, o no, la respuesta acertada. Una de esas… ¡Y todas bien juntas, al unísono! ¿Cierto?

Contrario a mi tempestad de argumentos en extremo convincentes, ella se resistió a coincidir en las conclusiones:

-Aquí están, en la casa. Se te quedaron junto al reloj despertador, al lado de tu camita…

-Ah, por eso no las vi. ¡Pues esa siempre está metida entre nosotros! -bromeé, intentando atenuar las circunstancias y así reducir el veredicto final.- Y no trates de justificarlo, que el reloj ése me tiene bien molesto. Estoy a un segundo de… y de… ¡pues no me deja dormir con sus ronquidos!

Sin embargo, fue de inmediato evidente que mi táctica de desorientación no había logrado encontrar la tierra fértil prevista en mis vaticinios imaginarios de filósofo especialista en trirremes de eslora variable durante la memorable ausencia de sus respectivas proas en marea desafiante:

-Marquito, mi tajadita de pericoche verde, siempre tienes que tomar tu medicinita, ¿entiendes, preciosura? -me amenazó mi madrísima madre.

El jefe me tendió un vaso con agua medio vacío y una mano abierta con veintisiete píldoras de distintos colores y diferentes tamaños, de mediano a exagerado. No tengo idea de dónde sacó todo aquello, ni con cuál extremidad superior adicional todavía sostenía el dispositivo de comunicación remota.

No obstante, decidí asentir levemente, y lo ignoré todo, imaginando haberlo imaginado.

La medicina se aproximó más a mi rostro.

-Marquito -siguió mi madre-, mi amorcito lindo, broche de mi alma, esquirla de mi corazón, tómate las pastillitas, por favor, mi niño lindo. Ponlas en la puntica de la lengüita, respira profundo, y bebe un sorbito de agua…

Recorrí el taller con la vista, temiendo encontrarla escondida detrás de una puerta entreabierta, pues era evidente que esta familia mía le gustaba actuar de manera semejante, y provocarme sobresaltos triples de naturaleza violenta y casi mortales.

No obstante mis sospechas y de acuerdo a las conclusiones inmediatas, pude confirmar que los moros en la costa todavía brillaban por su ausencia.

-Pero mamá… -intenté protestar, casi admitiendo mi culpabilidad emocional y pronosticando una ventolera de ruegos, amenazas y otros argumentos de naturaleza teórica.

-¡Sin excusas! ¡Trágatelas ahora mismo, malcriado! -gritó ella.

Ejecuté pues el esperado brinco, aterricé con el rostro congelado al borde del pánico, y atrapé aquellos colores y los engullí sin pensarlo dos veces. El jefe me tendió el vaso medio vacío, pero yo lo rechacé con denuedo:

-Es tu culpa si muero ahogado -carraspeé, ascendiendo por aire.

Una de las pastillas decidió permanecer en algún lugar recóndito de mi garganta, apenas descubierto por las nuevas sensaciones. Tosí, redirigiéndola hacia la entrada, y la mastiqué varias veces hasta que pude determinar el sabor correcto. Era extrañamente similar a un dolor de cabeza originado por una flecha de indígena bien alimentado y calzando sandalias de importación. Extraje mi lengua con un par de dedos y la sacudí sobre la mesa.

-¿Ya? ¿Te las tomaste? -preguntó la voz remota.

-Sí, mamá -exclamé, a punto de desmayarme producto de la ausencia de oxígeno en mis alvéolos pulmonares.

Volví a toser con frenesí, ejecutando convulsiones felinas bastante abigarradas. El gran jefe insistió en tenderme el vaso de agua medio lleno. Lo empujé con el codo lo más lejos que pude.

-Es tu culpa si muero atragantado -le recordé, valorando el desvanecimiento de probabilidades de sobrevivir la leyenda de mi propia obstinación.

Él me ofreció un coscorrón de recompensa en la parte más elevada del cráneo.

-¡Eh, mucho cuidado! -amenacé, arrastrándome de regreso a las zonas menos sumergidas.- ¡Eso es violencia en el área de trabajo! Está penado por el código penal para la regulación de golpizas a obreros asalariados, en consideración especial a las agravantes del inciso anexo, que incluye sótanos, mazmorras y catacumbas con limitada ventilación y exceso de verdugos carentes de la más mínima popularidad o recato indispensable.

-Qué cansado me tienes, Marcos -dijo él en voz muy baja.

-Pues yo también estoy bien cansado de todos nosotros, incluyendo de ti, de mí y hasta del resto, así que no tienes justificación -contesté en el mismo tono, tratando de mantenerme a flote.- Himalaya, huelga, o aprendiz de ermitaño, para cuya especialidad considero poseer algunas cualidades naturales. Aunque todavía no he logrado descubrir ninguna comunidad que preserve su matrícula abierta.

Contrario a todo aceptable nivel de lógica, el agua pareció ser la solución para ahogados en tierra firme. Y el líquido se deslizó evidenciando cualidades profilácticas inmediatas contra la tos de lengua adolorida.

-Terminado, mamá -dije, bastante apacible.- Pastillas abajo, guardia en alto, listo para la batalla del próximo lunes.

Un minuto de silencio desde el otro lado. Por fin:

-¿Seguro?

Percibí un rasgo de súbita coherencia flotando en el aire.

-Sí, mamita linda -respondí.- Perdón por olvidarlas. No va a pasar nunca jamás.

-¿Te sientes mejor? -insistió mi buena madre.- ¿Más calmado?

-Me siento más pacífico que el Mar Muerto -afirmé, poniéndome de pie.

-Me alegro mucho -por supuesto que se conformó ella, porque por algo era ella misma, y yo, yo.- ¿Quieres que oremos?

Me puse más firme:

-Pues no es necesario, mamá superiora, queridísima y amada -expliqué horrorizado.- Ya hemos orado tantas oraciones, que casi terminamos el libro. Incluso, me parece que es muy posible que Dios quiera que detengamos un poquito la retahíla de peticiones y ruegos y súplicas, y mostremos algo de iniciativa con ribetes de paciencia, a ver si le damos la oportunidad de responder una a una, en vez de saturarnos con una avalancha poco higiénica y menos saludable de respuestas, que no haya quien las entienda, ¿entiendes? Porque Be oró, Arsénico oró, y yo dije “¡Amén!” a los dos. Empero, luego y además, debo admitir que Arsénico ora bien corto y más rápido que…

-¿Quién es Arsénico? -me interrumpió mi madre remota.

Me reí un poquito de lado, pero no pude controlarme. Cubrí entonces el extremo de la entrada sonora de aquel dispositivo de comunicación, solté una larga carcajada, y le grité al jefe:

-¡Ella no sabe quién es Arsénico!

Ignorando lo obvio, él giró ambos ojos en blanco, y preguntó:

-¿Quién es Arsénico?

Le hice un gesto de que guardase silencio, pues yo me encontraba muy ocupado.

-Sí, mamá, siempre y cuando lo que tú digas -afirmé, de regreso al otro extremo de mi familia.- Y hasta lo que pienses. O incluso te imagines. Y sueñes. Estoy bastante de acuerdo, y te obedezco. ¡Ciento por ciento veinte mil!

Afortunadamente, las mamás tienen un nivel muy reducido de atención cuando se les acata, y éste fue el nuevo tema que logró llegar a la superficie:

-Ahora dime, pachuli mío, ¿te abrigaste bien para ir a trabajar esta mañana?

-Claro que sí -admití, ya aburrido de su monólogo acusador-, de acuerdo a los estereotipos del presente uso horario y coordenadas geotérmicas del aludido microclima en la región actual del período correspondiente.

-Por favor, Marquito, estoy hablando en serio, que hoy está haciendo mucho frío. No quiero que te me enfermes.

-Aquí nadie tiene frío, ni tampoco quiere -intenté recordar.- Eso así sí, porque… sino…

-No salgas sin abrigarte bien, prometémelo, por favor, mi lindo, precioso de alpurria… Mira que está anunciada una ola polar. ¿Me lo prometes?

-Yo no le tengo miedo a nada -bramé, molesto.- Yo soy un animal adulto. Altamente laborioso, con un instintivo instinto de preservación y un sentido de responsabilidad civil casi a punto de efervescencia.

-No es cuestión de miedo. Esas son muy peligrosas, ¿me entiendes? Nosotros no estamos habituados.

-Mira, mamá, yo siempre miro para todos lados cuando voy a cruzar la calle de este lado para el otro del frente. Y para arriba también. Incluso, si las circunstancias me lo permiten, valoro el futuro con la premeditada precaución de un dromedario alpino con zapatillas recién estrenadas en día nublado. Te juro que si aparece una de esas, llamo urgente a la policía y a los bomberos, ¿ves? Y hasta a las agencias de noticias. Aunque lo más lógico sería contactar al primer zoológico que me parezca. O mejor, a la sociedad protectora de animales originarios de regiones bajo el punto de congelación del agua tibia…

-¿Al zoológico? -noté cierta incertidumbre en su tono.- ¿Sociedad protectora?

-¡Claro que a todos ellos! -me comencé a irritar el doble, pues esta conversión me estaba haciendo sentir como un total fracaso patológico humano.- ¡Quién puede estar mejor calificado para encargarse de la osa polar esa que mencionaste!

-¡Ola! -vociferó mi madre, arrasando con ímpetu varios pares de mis códigos genéticos hasta nivel celular.- ¡Ola!

Cubrí de nuevo el extremo de la entrada sonora, y me dirigí al jefe, quien me observaba con ojos viscosos de bizcocho bizco:

-Ella dice: “¡Hola!” -comenté.- Pero no creo que me oiga, porque lo sigue repitiendo…

El gran esbirro de subterráneos me tendió la tercera mano, demandando el dispositivo.

-¡Ola! ¡Ola! -continuaban del otro lado.

-No tienes que gritar tanto, madre mía -rogué, volviendo a ella casi inconsciente, eternamente enceguecido por aquel escándalo.- Te oía antes. Pero ahora no oigo nada, ni siquiera en dirección contraria.

Prosiguió un silencio tan acentuado y extenso, que el interrogatorio pareció haber llegado a su ansiada conclusión por ambas parte.

-En fin -se lamentó ella-, déjame hablar con tu padre.

Contrario a mi instinto de supervivencia, se me ocurrió un par de penúltimas ideas:

-¿Quieres saber que descubrí? Pues te diré, y escúchame bien, que no quiero repetirlo debido a la presencia de inoportunos elementos de espionaje, a los cuales no me siento inclinado a hacer referencia directa debido al evidente conflicto de interés conyugal -expliqué en voz baja, dedicándole una mirada acusadora al cabecilla de la mano extendida-: descubrí que la comida sabe mejor cuando le añades sal, ¿no es verdad? Pero la comida sin sal sabe diferente. Incluso mal. Entonces lo que realmente nos gusta a todos es la sal. Considerando pues semejante irrefutable evidencia, podemos deducir que sería mucho mejor que comiéramos solamente sal, porque sabe mejor, mientras que la comida sola sabe casi siempre mal, ¿sabes? ¿Qué te parece? Obviamente, negar esto sería de muy mal gusto, así que no es recomendable…

-Déjame hablar con tu padre -insistió su cónyuge-, antes de que las pastillas te empiecen a hacer efecto.

-Además, hablando todavía del sabor, ¿sabes que de acuerdo con las estadísticas más confiables de los estadistas menos desconfiados, que la gigantesca mayoría de los accidentes domésticos modernos suceden en la cocina o el baño de las correspondientes residencias humanas donde ocurren en aquel momento exacto en que suceden?

-Tu padre -repitió la voz remota.- No me hagas perder la ecuanimidad, ¿me entiendes?

-No, no entiendo nada, ¡pero encontré una solución! ¿Quieres que te cuente?

-¡Ahora mismo! -aquel grito me puso ahora el oído medio del otro lado, y el interno en órbita al mismo fondo del oleaje de las células previas, incinerándolas en multitudes complementarias.

Empujé el equipo portátil de regreso al referido culpable:

-Gran jefe -indiqué-, mi madre, la jefa mayor. No la polar.

Él apretó aquello contra su oreja, apuntó a las manecillas del reloj, y ejecutó un par de malabares que no pude descifrar, pero que incluían gestos reiterados de último corredor de fondo y movimientos horizontales alrededor de su mandíbula inferior.

Bueno, al fin solo.

Eran casi las once y veinticinco.

¿Hora de almuerzo? Sí, claro.

En relación directa con los razonamientos de la dialéctica aplicable y el hormigueo desenfrenado percibido en las encías de la boca de mi estómago, apenas transformado en manifestaciones primordiales de dolor e inseguridad económica de pordiosero doméstico desembarcando por una ventana entreabierta con intenciones de sabotaje… ¿qué era lo que estaba haciendo?

Ah, ahora recuerdo: el ordenador.

Las cosas comenzaron a adquirir sentido, aunque todavía estaban muy borrosas y ninguna funcionaba.

Intenté una vez más, y por primera ocasión percibí un trocito de pánico pronosticado en el futuro inmediato.

-Calma -me susurré-, que mucho más se perdió en la guerra, y el hambre es una percepción intrasensorial del sistema nervioso, y yo no puedo darme el lujo de sentirme más nervioso de lo que ya estoy experimentando. Pues yo, desde el punto de vista objetivo y ético, poseo conocimiento, experiencia, y conozco y reconozco las técnicas profesionales aplicables y tengo a mi alcance todas las herramientas perfectas para arreglar este tareco indisciplinado en el tiempo que me queda. Y eso es sin exageraciones ni alardes. Por ejemplo, esta se llama…

Levanté en alto uno de los utensilios y lo observé tan de cerca que me golpeé un ojo. Por fortuna, jamás lo había visto antes, de modo que pude apreciar el valor de esta nueva experiencia óptica.

Le otorgué entonces vueltas por todos lados a aquello en busca de algún punto de referencia reconocible. Parecía un destornillador de ángulo convexo, con una empuñadura muy similar a la de un martillo para enderezar perifollos de vidrio escueto, aserrado en el dorso y recubierto de rudimentarios ornamentos longitudinales y enumeración ascendiente, pero que concluía en un par de puntas retorcidas en declinación, con un bombillo diminuto a corta distancia y un interruptor en el otro extremo del próximo epítome de enigmas.

-Esta se llama… pues… ¡Paco! -improvisé, más decidido.- O Pata del Paco, para ser exactos de acuerdo a la estricta clasificación de los artilugios de talleres de ordenadores personales. Y se usa para… lo mismo que las otras. Pero se me ocurre que si Paco fuese rey, entonces sería mucho más honorable, y se llamaría Pie del Rey Paco, o simplemente, Pie de Rey, entre sus conocidos más próximos. Aunque todavía esto sería muy desafortunado y crearía una confusión tremenda, porque me parece recordar que ese pie ya existe, y es muy célebre midiendo cualquier tipo de hueco donde el rey pueda accidentalmente colocar su monárquica… equivalente. No obstante, el Rey Paco es pobre aunque rey, y tiene dos, ¿no es verdad? ¡Pues éste es el izquierdo! Así que, en resumidas cuentas y al final del presente discurso, mi consejo final es que debo pensar con ecuanimidad, prever las opciones, escenarios y posibles consecuentes consecuencias e ignorar intenciones reticentes y otras disímiles distracciones imaginarias, por muy atractivas e interesantes que parezcan parecer… Adicionalmente, espero que Paco no sea un ferviente atleta, porque esto puede constituir el inicio de una molestia crónica irremediable.

Me exprimí ambas sienes, percibiendo que semejantes reflexiones eran muy ridículas y exageradamente innecesarias, superficiales y con peores intenciones, y que no añadirían nada positivo a nuestra historia, de modo que es muy posible que deban ser ignoradas por completo en el futuro. Así que esto sirva de advertencia a los que las puedan leer por casualidad. No obstante, si ya las leyeron, no vuelvan a hacerlo y traten de olvidarlas con obstinación, que tal vez lo logren. Pero recuerden el consejo, para que no les ocurra de nuevo cuando se les olvide aquello otro y no esto, de la manera ya aconsejada.

Intenté pues enumerar en voz alta, mientras remaba desesperadamente en dirección contraria:

-Ya he activado, desactivado, y aplicado todo el inmenso conglomerado de variables, soluciones y alternativas, excepto… esta siguiente…

Sí, por supuesto. De regreso a los instrumentos más elementales, quiero decir, mi cerebro y un destornillador cruzado, desarmé aquel equipo posiblemente en menos tiempo de lo que era legal, distribuyendo cada pedazo por orden de llegada.

Incluso la unidad reguladora primaria de instrucciones lógicas, los cuatro soportes aleatorios de funciones activas, los dos mecanismos magnéticos de almacenamiento pasivo, los dieciocho artefactos de refrigeración timbrada, un receptáculo de distribución de electrones y hasta la puerta frontal encontraron un lugar sobre la mesa de trabajo, guarnecidos por 73 tornillos cubiertos de roscas, y más cables, tiritas de plástico adhesivo, gavetas, conectores y moticas de polvo revestidas de lo mismo…

-¡Pero tú te has vuelto loco! -chilló alguien detrás de mí.

Ejecuté un salto digno de una función matemática de pretérito imperfecto en circo ambulante. Por supuesto, como pude haberlo imaginado, se trataba del gran esclavista de la tribu subterránea de empedernidos trabajadores.

-No te preocupes -intenté calmarlo.- Yo soy un profesional innato, y creo encontrarme consciente de mis propias intenciones, y hasta saber lo que estoy tratando de hacer y deshacer por ahora, aunque apenas puedo ya responder ni por mí mismo, mucho menos por ustedes.

Lo cual constituía verdad. Aunque debo añadir que era muy probable que yo también fuese el integrante más modesto de este taller, jefe incluido. Así que era mejor no pretender compararme o intentar competir con ninguno de ellos. Es más, rehusaba la competencia, prefiriendo permanecer entre los que no compiten. Quiero decir, los incompetentes. Pero no enteramente. Y concluiría, para ser más exacto, que la cifra correcta sería en un cincuenta por ciento del argumento primario. No obstante tampoco me encontraba muy convencido de estas otras estadísticas recién consideradas.

-¿Tú has visto la hora que es? -prosiguió él su declamación acusatoria.

Bueno, era la una de la tarde.

-¡La una! -me sorprendí otra vez.- ¡El tiempo se puso un cohete en ambas manecillas!

-Sí, Marquito. El cliente ya está aquí.

-¡No puede ser! Él dijo que venía a la una y media. Todavía me queda media hora para acabar con todo esto.

Presentí que el jefe se iba a echar a lloriquear como niño en orfanato cerrado.

-Mira a ver qué vas a hacer, pero míralo bien rápido -me alertó, con voz entrecortada.- Yo voy a entretenerlo por un rato, y entramos en media hora. ¿Está bien? ¡Confío en ti!

No esperó respuesta.

“¡Qué tremendo error!”, reflexioné. “Acertar semejante compromiso con tanta premura es equivalente a fracaso… Y claro, ¡ahora la culpa es mía! La cadena siempre se rompe por el eslabón más débil, y la exposición de pintores abstractos por el Marco más humilde e instruido.”

En fin, me armé con el primer atornillador que encontré y me dediqué a apretar tornillos de vuelta, redistribuyéndolos en posiciones estratégicas, de mayor a menor, y comenzando por los de colores más oscuros y ceremoniosos hasta aquellos que me parecieron más comunes y rústicos. Las manos me temblaban un poquito de la impaciencia, y la gravedad tampoco me favorecía en nada, arrebatándome las piezas a la fuerza, y esparciéndolas por el suelo.

Ocho minutos más tarde, ya había terminado.

-Soy un profesional, ¿o no soy un profesional? -sonreí, pleno de orgullo, pronosticando la respuesta.- ¡Un verdadero genio de cualquier lámpara!

Observé alrededor, esperando una bien merecida ovación. No obstante, en la mesa todavía quedaban once tornillos de los setenta y tres, uno de los dos mecanismos magnéticos de almacenamiento, algunas tiritas de plástico y dos de los dieciocho artefactos de refrigeración timbrada, sin contar las moticas de polvo, que a este punto eran obviamente innecesarias.

-¿De dónde habrán salido estos tornillos? -me escarbé la frente.

¡Una y once de la tarde!

Tomé el destornillador y desarmé de nuevo aquello lo más rápido que pude, tratando de mover nada más las partes indispensables, aunque menos imprescindibles. Deslicé entonces el mecanismo de almacenamiento en su canal correspondiente, apreté sus cuatro tornillos con el atornillador, acoplé las conexión de transferencia de dígitos, y me concentré en encontrar el lugar más propicio para los dos artefactos de refrigeración timbrada.

Sentí deseos de vociferar de la alegría cuando descubrí el primer espacio. Pero pronto se me pasaron porque no pude encontrar dónde iba el segundo.

-Es probable que sea de uno de los otros equipos -determiné, pensativo.- Pues resulta evidente que no es de éste, por ninguna parte. ¿Sí? ¿O no? Tal vez, pues asunto resuelto, ¡y el muerto al clásico hoyo, y el vivo al pollo!

Activé el ordenador. En mi cerebro se aglomeraron esperanzas y desilusiones, peleando por supremacía política. En el campo de batalla quedaron muchas ideas malheridas, moribundas de la expectativa y la extrema ausencia de diplomacia civilizada.­

¡Nada!

¡Tan apático como el que se fue al hoyo unos párrafos atrás!

Me mordí los codos de la angustia, dejé de parpadear para siempre, estiré los dos antebrazos encorvados sobre mi cráneo estéril, ya a punto de saltar de este pegajoso trampolín de pánico, y me apreté ambas sienes hasta que mis intenciones comenzaron a gemir, asfixiadas por la montaña de calamidades aderezada con insondables precipicios, accidentes terráqueos, eventos históricos, cataclismos tectónicos, exterminios masivos y sublevaciones feudales, entre otros.

Mientras tanto, el reloj seguía girando, moviéndose paradójicamente en línea recta al futuro de la una y media de la tarde de este día sin beneficios que nunca jamás debió haber existido ni siquiera en la imaginación de un escritor convaleciente de una repentina embolia cerebral.

-¿Por qué yo? -vociferé, cabizbajo y conmovido hasta el suelo del entresuelo.- ¿Por qué yo? ¿Qué hice para merecer este horrible castigo? ¡Yo siempre me he comportado de forma bastante aceptable! Cruzo las calles por la misma esquina de cada esquina, cedo el paso al que pasa incluso cuando no quiere, les abro la puerta a las ancianas desesperadas por alejarse, me cubro la boca para toser exabruptos, digo por favor y agradezco en cantidades irrisorias, aunque siempre proporcionadas a su evento correspondiente…

Desde la mesa me desafiaba el bulto restante de tornillos, dirigidos por el gran emperador del ejército de los ordenadores, estratega absoluto y gran dispensador de victorias interminables de infinitas pérdidas, fundador de la última dinastía de mis confusiones, el exaltado líder Artefacto de Refrigeración, rodeado por su escuadrilla mortal de cuatreros personales, las empolvadas moticas de polvo. Y Paco.

-¡Ay, eterno Dios mío…! -susurré.- De esta sí me despiden hasta del género humano. Ya me puedo ver en un puente sobre una calle poco transitada en medio del invierno, algo descalzo y vestido de papel periódico, con un pedazo de cartón corrugado colgando del cuello izquierdo, que modestamente proclama: “Sin trabajo, sin casa, y sin pastillas. Ya ni mi madre me soporta en esta economía. Tengo hambre, sueño y ganas de llorar, porque me sobraron demasiados tornillos. Por favor, ayúdeme en lo que pueda. Gracias por algo. Por nada no le doy muchas, porque ya tengo bastante de esas.”

Pensándolo mejor, en realidad no tenía sueño. El resto de la lista constituía una historia muy diferente y acertada.

¡La una y veintitrés con tantos segundos de la tarde!

Bloqueé la puerta con algo que hasta este mismo momento había considerado parte del edificio y no sabía que podía moverse. Pero mi desesperación fue más que suficiente para arrastrar algunos pedazos de la arquitectura e interrumpir el flujo de la realidad.

-Ay, ay, ay -me dije-, ay, Dios mío…, ¡ayúdame, por favor!

Ejecuté círculos en el taller por un par de minutos, alteré la ruta, descubrí atajos, reinventé la cartografía del lugar y diseñé nuevos trayectos alternativos. Mis piernas parecieron adquirir propiedades calmantes. Hasta que alcancé a concluir que había obtenido el primer lugar al fondo de la última competencia de mi absoluta destrucción emocional.

-Hola, Dios, ¿cómo estás? -pensé en voz alta, deteniéndome.- Espero que estés bien al recibo de esta misiva oratoria en el Nombre de Jesús. Y perdóname por atreverme a interrumpir tus diarias actividades, pues…, como puedes ver, yo pasaba por aquí, y vi la puerta entreabierta, y me dije…, sí, claro que debes encontrarte muy ocupado, con tantas galaxias, sistemas planetarios, planetas y planetícolas terrestres inconformes, corriendo de aquí para allá y creando escaseces y conflictos y rompiendo lo que les viene en gana… Por supuesto que tienes cosas más importantes que hacer, ¿no es verdad? Así que olvídalo. Soy tan insignificante, que casi ya ni existo… Solamente te molesté porque… es que yo, pues si deseas saberlo y te intriga un poquito, estoy muy angustiado por la escasez de huecos. ¿Pero qué valor tiene un problema más en el desorden del vacío? Lamento pues la distracción, y nos veremos en la próxima oportunidad, si Dios quiere… ¡Ah, que casi se me olvidaba: también te deseo muy buena suerte con tu siguiente creación universal, pues esta, bueno, como quien dice que está bien linda, aunque, para serte sincero, me parece algo bajita de sal y plena de sinsabores! Aunque a mí no me creas, pues yo no tengo experiencia ninguna haciendo nada de eso que Tú haces, y mucho menos…

Alguien trató de abrir la puerta.

-¿Marcos? -gritó Be desde el otro lado.- ¿Ya terminaste?

-¡Un momento! ¡No entres! -y esto fue lo único que se me ocurrió:- ¡Estoy desnudo!

“¿Desnudo?”, me sorprendí. “Bueno, eso es correcto de alguna forma, pues me siento así, y frágil, expuesto, vulnerable…”

-¿Desnudo? -gritó ella.

“¿Qué digo? ¿Qué digo?”, me dije.

-Es hiperbólico -expliqué, doctoral.- En sentido directo a las manecillas de este reloj infinito. Aunque ya casi estoy terminando. Dile al jefe que… dile lo que quieras… O se te ocurra. Acepto sugerencias, aunque cero críticas, porque soy muy insensible aunque emocionalmente inestable. Sí, eso es exactamente lo que quise decir… ¿Estás ahí?

El silencio me respondió desde el otro lado.

Apreté las manos, y entrecrucé sus dedos:

-Ay, Jesús Cristo de Nazaret, Santo de Israel, Mesías de los judíos, Príncipe de Paz, Rey de los hijos de Abraham, Isaac y Jacob, Excelso Monarca de las Huestes Celestiales, Creador del Universo, Verbo Divino…, ¡en que lío me he metido!

“¿Qué hacemos?”, gritaban mis células más unicelulares, tirándose de sus metafóricos pelos y organizadas en estampida loma abajo.

Porque cualquier dirección parecía aceptable. Excepto aquí.

“Es posible que ellos se olviden de que existo si permanezco inmóvil”, aventuré.

No obstante lo atractiva que me resultó aquella idea, me pareció muy sospechosa, basado en la consideración de que hasta este momento no se me había ocurrido nada decente y mucho menos beneficioso.

-¿Estoy desnudo? -repetí, lleno de vergüenza.

Escondí el rostro entre las manos.

Repentinamente, percibí una ecuanimidad completamente absurda. Mis ideas descendieron hasta mis pies, mis emociones permanecieron estáticas, y palpité imitando un ritmo apacible de flujo sanguíneo apenas despierto y poco alerta.

-Dios mío -dije en voz alta-, ¡te ruego que me ayudes! Mira que he tratado todo lo que humanamente pude imaginar como solución para arreglar este ordenador, y hasta también lo inhumano. ¿Tú lo has visto? Pues yo también. Pero ya no se me ocurre nada más que venir a Ti. Perdón por haberme comportado como un necio, y juzgar de forma negativa a Be y a Arsénico, y estar siempre descontento con su ayuda, cuando ellos me ofrecieron lo mejor y único que tenían y podían ofrecer… Quiero decir, a Verónica y al Arsenio ése… ¡Socorro, que no puedo más! ¡Y por favor de los favores, ayúdame, en el Nombre de Jesús Cristo, como Él mismo dijo…! ¿Amén? ¡Y amén, y amén, y muchos más amenes, y…!

¡Y nada!

¡Sólo un silencio pacífico, sepulcral y prácticamente definitivo!

Percibí una gran inspiración de sollozar y lamentarme trepándome por las piernas, pero me contuve respirando profundamente repetidas veces con denuedo de párvulo desaliñado y cejijunto, olvidado junto a la carretera en un barril propuesto para comunidad de gatos imaginarios. Así que nada más gemí sin mucho estrépito, reservando la plausible abundancia hidráulica para el resto de mis próximos fracasos.

Tomé entonces el artefacto de refrigeración timbrada con intenciones de lanzarlo contra el fondo del primer piso y obligarlo a desaparecer del universo objetivo. Pero me contuve, sosteniéndolo por el cable de contacto. Estudié sus dimensiones, geometría, influencia…

Y a duras penas, completamente aturdido, derrotado, humillado, malherido, afrentado, compungido y sediento, me arrastré hasta el ordenador difunto a lo largo del campo de batalla del taller subterráneo. Moví entonces aquello otro sobre este aquello como tantas veces antes… cuando, para mi horror, mi mano descendió exactamente en un espacio abierto en el interior del equipo, que coincidió con las dimensiones de la misteriosa estructura.

-¡El qué! -grité.- ¡Cómo puede ser posible!

Incrédulo y despavorido, apreté los tornillos que me quedaban más próximos, reconecté ambas extensiones de electrones y cerré el andamiaje de soporte externo lo más rápido que pude concebir, desfalleciendo de expectativa, emoción y hambre.

Era éste el momento exacto del instante decisivo. La encrucijada de posibilidades, disponibles entre un modesto y leve por ciento de esperanza de un ciclo de encendido eficiente, contra el absoluto de una respuesta contraria basada en las reiteradas últimas evidencias de la derrota habitual, pues ya no me quedaba otra opción que un milagro.

Me froté las mejillas, musité un par de continuos porfavores, ejecuté una reverencia a lo asiático, y activé el receptáculo de interrupción del fluido de electrones en la parte superior del ordenador.

Casi me caí de espaldas fuera de esta historia:

-¡El qué dequequé!

Alguien empujó la puerta con energía, arrastrando el edificio, y el gran jefe introdujo su cabeza en el taller, intentó estudiar el interior, suspiró profundo, y susurró con voz entrecortada:

-¿Marquito? ¿Estás vestido?

Terminé de remover la barricada todavía más desorientado y sin atreverme a procesar el concepto más elemental de lo que había acabado de suceder. Sentimientos de victoria, júbilo, vergüenza y derrota parecían ahora todos aceptables.

-Sí, por favor, adelante, damas y caballeros -balbucí.

El jefe invadió el taller cautelosamente, seguido por alguien de apariencia muy lejos de lo ordinario o socialmente aceptable, y ambos perseguidos por Verónica y Arsenio.

Aquel visitante fue un brusco despertar de mi presente confusión a una mucho más accidentada y profunda. Se trataba de un diminuto sujeto, tan excéntrico como elegante, quien sostenía las manos con dedos cruzados al frente, fingiendo recato, alcurnia y desinterés, más claramente delatándose cual desheredado en busca de inmediato refugio político por un bigote blanco en canas que le abrazaba la nariz, tan anacrónica como el resto. Gruesos espejuelos, capa negra y sombrero del mismo color culminaban su disfraz de evaluador ferroviario extraviado en un curso intensivo de superación pedagógica acerca del cultivo de avestruces en jugo de limón.

De inmediato me sobrecogió una avalancha de emociones totalmente contradictorias al intentar fingir ecuanimidad y simpatía. Horror con admiración, e incluso curiosidad infantil con repulsión magnética de acelerador de partículas poco digeridas se volvieron mis sinónimos.

“Nunca debemos juzgar a nadie, porque de esa misma manera Dios nos va a juzgar. Ni por esta razón ni por la otra, ni tampoco por lo feo, raros y contagiosos que parezcan, presente compañía incluida”, consideré, ahora más cristiano y religioso que el mismo Cristo, a punto de ejecutar yo solo el Rapto ese del que hablan por ahí, pues estaba muy agradecido por la respuesta que Dios le había otorgado a mi oración de unos segundos antes.

La onomatopeya de cliente me tendió un prolongado brazo derecho cubierto de cicatrices asimétricas y poco decorativas. Respondí imitando el gesto con torpeza. Pero no pude evitar mirarlo directamente a los ojos, sin atreverme a comprender qué veía, pues sus rasgos no se asemejaban ni siquiera remotamente a nada antes presenciado, incluso en fotografías de esporádicos eventos poco fotográficos en regiones alérgicas a la civilización y la más mínima lógica.

Es decir, podía identificar la silueta de los ojos, la línea de la sonrisa, el contorno de la nariz… pero la composición de los detalles me hacía perder el aliento. Percibí incluso un vértigo inexplicable al detenerme apenas unos segundos en el estudio del aquel rostro apacible e hipnotizador, pero desordenado y terrible.

-Etimologildo Adoptado, a su servicio -graznó él, en dialecto casi humano.- Mucho gusto en conocerle.

Su voz sonaba a sonrisa y afabilidad aprendida en pupitre de cátedra nocturna durante varios episodios de estudios diferidos por causa de epidemia internacionalmente sincronizada y embriaguez gubernamental imprescindible.

-Marcos -respondí escuetamente, con cada palabra evaporándose en una larga serie de intenciones extremadamente imprecisas.- Es un… placer… placenta… placentamiento… quiero decir, es muy ni mucho bien placer al que es de la que la era…

Capturé mis labios de una mordida. Apreté un poco más, hasta que mi alma empezó a sangrar de las carcajadas. Mi lengua se agitó indómita, intentando recrear ideas audaces, infantiles, apenas disimuladas bajo avalanchas de ambigüedad social y aversión a su público resultado, especialmente porque los demás parecían no percibir la evidente indisciplina estética de aquel estafador de estereotipos humanos.

-¡Usted es un verdadero héroe! -añadió eso, complacido.- El perito en informática que el mundo necesita conocer y reconocer. ¡Muchas gracias, Marcos al rescate de nosotros, los mucho menos afortunados!

Me agitó el brazo desde ambas rodillas, produciendo un bamboleo transversal de capitán de una flota de bergantines improvisados que ha descubierto el repentino impacto emocional que la aurora produce sobre las pupilas gustativas de los papilares ópticos, en el mismo instante en que alguien alerta a gritos de la presencia inesperada de arrecifes intolerantes, poco visibles, medio superficiales y bastante sumergidos.

Escurrí un vistazo sobre el hombro del visitante hacia el jefe de mi gran padre, quiero decir, mi padre el gran jefe, con interrogación de políglota instantáneo colgando del estribo intermedio y a punto de perder un zapato de un zapatazo.

Él abrió los ojos hasta la parte superior de su propia mandíbula, agitó ambos dedos pulgares en frente de los labios, indicando silencio absoluto; y de inmediato procedió a apretar fuertemente su propio cuello, insinuando que yo sería el próximo.

Verónica y Arsenio lo secundaron con una larga coreografía danzaria de improvisación muy elocuente, empleando accesorios al azar, que era bastante probable argumentara una turba frenética en fin de semana no laboral, y el consiguiente linchamiento encabezado por mismo populacho todavía más enloquecido, aunque ahora patrocinado por varias organizaciones gubernamentales exportadoras de cordones eléctricos, y un largo peregrinaje final a una pira espontánea, mucho más próxima de lo jamás sospechado…

No comprendí absolutamente nada. No obstante me resistí al desaliento, porque aquello tenía que significar todo lo contrario de lo que no alcancé a imaginar.

El Etmilogildo etcétera soltó finalmente mi mano desde ambas rodillas, me circunvaló dando tumbos en varias direcciones y se acercó al ordenador recién ordenado.

-¡Perfecto! -exclamó.

Dirigió su rostro en mi dirección, armó una segunda sonrisa, y a mí se me congeló hasta el alma.

-Veamos… -prosiguió el escueto intento de humanoide terrestre, probablemente reconstruido usando los planos incompletos de un ornitorrinco histérico en salsa de murciélago priorizado a última plana.

De inmediato, sus dedos elaboraron una sinfonía de apretones sobre el mecanismo de admisión. Obedeciendo su embestida, oraciones y párrafos se precipitaron en el sistema de proyección electrónico conectado al ordenador personal. La velocidad de los golpes delineó ideas y sus respectivas variantes, originó páginas, entrelazó capítulos, precipitó una explosión de compendios, provocó una irrupción de volúmenes… Las imágenes saltaban de un lado al otro, pasaban al frente, regresaban al fondo, desaparecían por unos segundos, y volvían a alinearse de un lado, para de inmediato extinguirse fuera de vista. Finalmente, una serie de ilustraciones muy técnicas, con fondo azul oscuro y líneas bien blancas, llenaron la superficie disponible.

-Mejor de lo que esperaba -admitió Etiloeso.- Los proyectos están todos aquí, como si el equipo jamás se hubiese dañado.

Suspiró con satisfacción y perfecto entusiasmo.

-¡Muy bien! Es un día histórico, sin lugar a dudas. No se perdió ninguno de mis diagramas. ¿Comprenden lo que eso significa? Son diez, veinte, quizás hasta treinta años de ilusiones, estudios y aplicaciones prácticas de los más atrevidos descubrimientos científicos del presente siglo. Es el futuro, y ustedes lo han redimido. Lamentablemente, yo no había guardado copia de ninguno de ellos. Reconozco y acepto toda la responsabilidad. Pero eso va a cambiar desde hoy mismo. Voy a hacer la documentación pública, y quien quiera la podrá acceder, modificar y adaptar de acuerdo a las necesidades de su comunidad, sociedad, y nación, sin precio, compromiso político, ni importar fronteras. Y eso es gracias a ustedes, queridos amigos, en este taller de reparaciones… Excepto, por supuesto, los artículos referentes a los estudios del tiempo. Esos no están aún terminados, y por tanto prefiero contener su divulgación hasta un momento más oportuno.

Mi gran padre jefe parecía rebosante de orgullo, Verónica permanecía extasiada, y Arsenio tenía la expresión de que no sabía cómo ni dónde ponerse, si de pie o flotando, de este lado o del otro.

Sin embargo, yo… yo lo pensé mejor.

-Gracias, muchísimas gracias -no dejaba de repetir aquel apéndice inhumano.- ¡No se imaginan cuánto les agradezco el servicio que le han prestado a las naciones de la tierra!

En verdad, yo ni deseaba enterarme, así que decidí volver a prestarle atención al fondo del primer piso, mientras él regresaba a su musical de apretones, casi embutiendo su rostro en el sistema de proyección.

Sin embargo, su próxima declaración me obligó a tomar el primer ascensor de regreso al sótano de esta realidad:

-Ustedes son verdaderos héroes. Campeones de nuestra civilización moderna, quienes no sólo han asegurado el futuro y garantizado nuestro lugar en los anales del Sistema Solar, sino que también lo han hecho mucho mejor de lo esperado, y de forma completamente desinteresada…

“¿Desinterequé la dónde?”, salté apenas se abrieron las puertas del susodicho compartimiento de transporte vertical.

¿Qué significaba esto? ¿Sin sobornos, pagos ilícitos extras, y otras actividades criminales de índole comprometedora, con riesgo a cadena perpetua, o incluso vitalicia por causa de participación involuntaria, complicidad honoraria y activismo abstracto de oteador emérito?

¡En donde se ha visto semejante cosa!

-¡D…! -gruñí , pero no pude concluir la frase, pues el gran jefe me lanzó algo.

Intenté evitarlo, tropecé con los otros tres ordenadores en fila junto a la mesa de trabajo, y apenas pude recobrar el equilibrio al decidir adaptarme a la situación, concluyendo mi trayectoria descendiente al sentarme sobre uno de ellos y quedar pensativo. El escándalo final enmascaró el lamento de mi orgullo magullado y el repentino deterioro de mi vergüenza de empleado profesional.

Y allí permanecí, inmóvil, sintiéndome como el clásico objeto de todas las burlas, digno del lugar más relevante en el museo de los fracasos.

-¿Está bien, Marcos? -preguntó el Eteregildo, sacando la cabeza de su ordenador y asomando ambos ojos alternadamente sobre el borde de los gruesos espejuelos.

-¡El pobre! -afirmó el jefe, muy nervioso.- Está exhausto… ¡Tanto trabajo! ¿No es verdad? ¡Y la tremenda responsabilidad sobre sus hombros! Pero su sacrificio no ha sido… ¡inútil! -me gritó.- ¿No es así? ¡Marcos merece un aplauso!

Mi progenitor comenzó a batir palmas, secundado inmediatamente por Verónica y Arsenio, y concluyendo con el extraño cliente.

No obstante, yo no me sentía héroe del futuro, de los análisis del Sistema Lácteo ni de ningún otro producto bovino que se le pareciese. Así que recobré mi apariencia acostumbrada, el equilibrio y la verticalidad, tan escueto como ofendido, aunque muy honorable y ausente.

-Si me permiten una pregunta -interrumpió el informe visitante-, ¿qué pasó? ¿Qué se había roto? ¿Cómo lo arreglaron?

-No sé -respondí con sinceridad de zarigüeya acorralada, fingiendo sufrir una repentina reacción adversa a esta realidad en específico.

Eteliése abandonó su carrera musical sobre el mecanismo de admisión. Todos los ojos se detuvieron en mí con un brusco frenazo. El silencio inmediato duró algunos minutos de altura.

-¿Qué quiere decir? -casi deletreó el adoptivo visitador.

-Marcos quiere decir… -intervino el gran jefe, muy confundido y alerta.- Pues, él, sí, claro, quiere decir… Es decir, lo que dijo… es… muy… complicado…

Extendió su mano hacia mí, tal vez invitándome al baile. Pero yo desaprobé la melodía.

-¿Qué pasó? -insistió Eterlomualdo.

No me quedó más remedio que intentar algo. Así que dejé de respirar, apreté los ojos y balbuceé a la carrera:

-Pues, lo que sucedió es que, verán, yo estaba, y entonces ella, pues, y la llamada, a las diez, pero no, ¡no!, y a las once, ¿verdad? Eran las once, o más tarde, aunque era horario de almuerzo, o no, que sí, que sí, y tal vez sal, y cambió a la una, y por fin a la una y media, ¡mi madre!, lo que significa que el tiempo, y también él, y yo, y él otro mismo, y yo de nuevo, y… y dije que desnudo, y lo confirmo… y el Pie de Paco…

-¿Quién es Paco? -interrumpió el gran jefe, sospechoso.

-Eso no viene al caso. Paco no cuenta -concluí yo.- Es ficticio. Y tampoco me ayudó en nada.

Mi padre apretó los puños.

-¿Qué cuenta entonces?

No se ocurrió ninguna opción de respuesta, así que me encogí de hombros.

-No comprendo -retornó a la carga el cliente.-¿Qué pasó?¿Cómo lo arreglaron?

El jefe me apuntó con mucho más denuedo.

Muchos pares de ojos se detuvieron sobre mí una segunda ocasión, ahora amenazadores. Comprendí que debía decir algo importante, digno de epígrafes medio eruditos, dedicatorias casi espontáneas, o epitafios convenientemente inconclusos.

-No tengo idea -confesé.- Intenté todo lo que sabía, lo que no sabía y también lo que se me ocurrió, y hasta lo que no. Pero Be, quiero decir, Verónica oró para que Dios reparase el ordenador. Y Arsenio igual de igual. Yo no estaba muy convencido de algo mucho menos que nada. Hasta que no me quedó otro remedio que hacerlo yo también. Y después de tanta insistencia y oración, Dios lo arregló. Fin del cuento. Todos felices, y cada uno para su casa, a disfrutar del pollo proverbial. O de su tipo predilecto de ganado avícola, incluyendo, pero no limitado, a codornices, perdices, o incluso hasta lombrices…

Etiloldo se ajustó sus anteojos, frunció en su rostro algo que parecía pretender sostener sus cejas, y me atravesó con una interrogación de medio siglo de largo.

-Por favor, defina el concepto del verbo “orar”, al que acaba de hacer referencia -recitó, moviendo un dedo largo y lleno de nudos.- Y si fuese tan amable, ¿puede ilustrarnos con un ejemplo práctico del uso de esa palabra?

Verónica apretó las manos y los párpados. Arsenio me hizo una señal revelando su incuestionable apoyo psiquiátrico. Y el gran jefe se recostó a la pared a punto de desmayarse.

En cuanto a mí, llegué a la repentina conclusión académica y bastante autodidacta de que el destino me había preparado una emboscada bien perversa, y ahora trataba de obtener de mí una confesión comprometedora y hacerme cómplice intelectual de un delito que solamente existía en algunas de las anotaciones al margen de las calendas griegas.

-¿Orar? -expliqué, aunque sonó más como una pregunta.

Especialmente porque lo fue.

-Pues orar… Yo oro, él oro, y la plata, y nosotros oramos, vosotros horadamos…

Verónica elevó una hilera de pestañas.

Comprendí su insinuación. Decidí cambiar de rumbo:

-Orar es como… Es cuando… ¿en dónde? ¡Pues aquí, aquí mismo!

Me volví a trabar. Estaba convencido de que conocía la respuesta. Aunque probablemente permanecía escondida en alguna de las ya referidas notas. Intenté revisarlas en el justo momento que alcancé a recordar su documentada ausencia histórica de evidencia inexistente.

La hilera de pestañas determinó recostarse, agotada por la larga espera.

“¿Por qué yo?”, concluí, mirándome las manos.

Era evidente que orar podía ser muy peligroso, conduciendo a eventos adversos, controvertidos y… Es decir, orar, porque si oramos y oramos y oramos, entonces…

-¡Orar! -grité, despertando a Verónica.

“Ay, Dios mío, ayúdame, que esto es peor que ordenar el ordenador desordenado”, rogué, a punto de un ataque de pánico.

-¿Orar? -pregunté, intentado ganar más tiempo.

-Sí, orar -respondió Etilalgo Activo.- ¿Qué significa?

Como era su costumbre, el gran jefe le lanzó una patada al suelo, aunque en esta ocasión con algo de delicadeza y ternura exagerada:

-Vamos, Marcos, que no tenemos todo el día. ¿Qué nos dices?

Respiré tan hondo, que alcancé a descubrir nuevos colores en el espectro de luz visible sin emplear ningún otro recurso del sistema sensorial. Los peiné entonces, arropé, y hasta les canté un par de canciones de cuna para fotones inadmisibles en sugeridas vacaciones.

-Pues orar -arranqué a toda velocidad, desesperado por llegar al final de mi horario de trabajo-, es como…

-¿Cómo qué? -reventó el impertinente del diminuto visitante.- ¡Prosiga!

-¡Exactamente como se dice! -aclaré, sintiendo deseos de acabar con el ordenador culpable.

No tenía idea de cuál podía ser la respuesta correcta, ni que ellos la conociesen, así que resolví inventar una:

-Pues es muy sencillo: orar es la palabra que usamos en el presente idioma para definir el concepto de intentar comunicarnos con Dios, o sea, con el Ser Supremo, eterno, creador de toda la realidad existente circundante, de sus ciclos, las partículas imperceptibles, las leyes naturales que regulan el universo, y el misterio de los tiempos. Y cuando intentamos comunicamos con ese Ser Supremo, siempre usamos el Nombre de Jesús Cristo, porque fue Él quien creó, con Su sacrificio y muerte en la cruz, y Su posterior resurrección, que para resucitar hay que primero estar bien muerto, un acceso directo a la presencia de Dios y Su exclusiva atención, y garantizarnos respuesta y oportuno socorro…

-¿En el Nombre de Jesús Cristo? -repitió el Eterinalisto.

Un vistazo a Verónica me confirmó que mi explicación no debía estar muy lejos de la verdad, así que me llené de valor mamífero:

-Todos nosotros vivimos en un estado de ignorancia y limitación diaria que nos aleja del Ser Supremo. Jesús es Dios, la culminación del plan divino, el único camino a Él, y el catalizador de una relación de nuevo tipo cimentada en la ley de Moisés y confirmado por las profecías de la antigüedad, desde Isaías a… ¡todo el resto, desde mayores a menores, pasando sin ignorar a los medianos, cortos y los menos prolongados otros! -prorrumpí.- Jesús personifica a Dios, ya explicado, y es también Su único Hijo, o manifestación en forma humana, y confirma de esta manera que podemos hablarle directamente sin necesidad de otro intermediario que Él mismo, ni condiciones o en un lugar específico, quiero decir, ¡exacto!

-Interesante concepto -aceptó el visitante, extasiado.- Jesús.

-¡Interesantísimo! -grité yo.- Verónica oró, quiero decir, le pidió a Dios en el Nombre de Jesús que arreglara el ordenador. Arsenio oró también lo mismo, en la autoridad del mismo Nombre. Y yo. Así que Dios arregló el equipo. No tengo idea cómo, ni qué tenía mal, o qué se había roto, así que… Él asume toda la responsabilidad. Remitan el resto de sus preguntas al cielo.

El gran jefe había adquirido una postura inexplicable, de tecla de máquina de escribir después de un evento cósmico de índole marítima, herrumbre errante y un artículo rudimentario de reportaje inconcluso con tonalidades crónicas hereditarias.

-Pues si Dios lo arregló, entonces… -aceptó el diminuto Etécsera, observando a todos de reojo con una sonrisa de medio lado-, entonces… ¿muchas gracias Dios?

-En el Nombre de Jesús -recordé yo.- Sin el Cristo, no hay acceso.

-Claro, en el Nombre de Jesús -concluyó él.- Y gracias también a ustedes, que tuvieron tanta paciencia y oraron una y otra vez, hasta que obtuvieron una respuesta satisfactoria… de Dios, nada más y nada menos.

Pensativo, y con una lentitud desacostumbrada, el Etimoloalgo apagó el ordenador, desconectó todas las conexiones y lo levantó con una soltura y agilidad verdaderamente imprevista, mostrando niveles de competencia física más allá de su endeble apariencia. Se dirigió entonces hacia la puerta, deteniéndose en el umbral.

-Así que Dios, ¿eh? -masculló.

Pensé que lo habíamos ofendido. De lo cual me alegré mucho, porque yo no quería ni podía tener ningún nivel de complicidad, por leve que fuese, con las decisiones que Dios asume en su soberana autoridad y excelsa eficiencia de empedernido Creador de todo el Universo.

Y porque yo, además, soy nada más un modesto empleado económicamente dependiente, indefenso y frágil, esclavizado por su familia de esclavistas desconsiderados en el sótano de un taller bien lejos de los eventos de la sociedad moderna y el lapso a la próxima civilización galáctica.

Sin embargo, justo antes de abandonar el taller, el referido Eterilamualdo con su carga se volvió hacia nosotros y concluyó la conversación añadiendo detalles bastante intrigantes:

-Yo también -comenzó- he notado durante el curso de mis estudios y repetidos experimentos una tendencia inexplicable hacia un orden universal, aunque en decadencia definitiva. Es decir, como si existiese una presencia muy sutil, inteligente, incluso predecible, no obstante, imprecisa y elusiva, que controla la coherencia de nuestra realidad y la mantiene en un curso que de lo contrario sería caótico y bruscamente autodestructivo. Este inesperado concepto de que podamos usar algún tipo de comunicación con semejante personalidad, si bien a un nivel bastante primitivo, como es el empleo de la palabra hablada, es algo digno de considerar seriamente para todo científico que se respete. Al fin y al cabo, lo único que en verdad sabemos a ciencia cierta hasta el día de hoy es que no sabemos todavía nada de la manera que deberíamos.

Lo cual coincidía perfectamente con mis conclusiones.

Y al fin se largó.

El gran jefe corrió a seguirlo, pero lo pensó dos veces y se acercó hasta quedar encima de mi oreja derecha:

-¿Así que Dios lo arregló, eh, Marquito?

Be y Arsénico se desaparecieron, multiplicados por la completa ausencia de valores positivos, mientras yo fingía quedar sordomudo de nacimiento, y bastante ilusorio.

Esto no pareció desalentar al gran jefe, quien me apretó el hombro hundiendo un dedo puntiagudo en mi clavícula hasta interrumpir el flujo de sangre a mi cerebro, y casi concluyó:

-Pues Dios está contratado. A Él le voy a pagar por su trabajo. En cuanto a…

-En el Nombre de Jesús -aclaré yo, rompiendo milagrosamente mi interpretación de testigo silencioso.

Él apuntó al techo:

-En cuanto a ti, repito, estás en la calle veremos con esquina a que te vayas y no vuelvas, principalmente porque tu actitud deja mucho que desear. De esta, ni tu madre te salva.

El jefe abandonó a la carrera del taller, pero no perdió la oportunidad de una última carga al degüello:

-¡Tú…! ¡Tú procura que esto no sea un problema con Don Etimologildo Adoptado, porque es él representante del gobierno científico internacional en este hemisferio! ¡Es más, pídele a Dios que no sea un problema!

-En el Nombre de Jesús -reafirmé yo.

El gran jefe comenzó a echar humo por el extremo superior de su cráneo.

-Tengo que hablar muy seriamente con tu madre -explicó.- Yo no sé a quién habrás salido, tan pazguato, insensato y engreído, pero de seguro no fue a ninguno de nosotros en esta familia. Sí, me queda bien claro ahora que tú tienes que ser adoptado, ¡pues aquí hasta el gato es más confiable que tú, y ése no hace nada!

-Padre -grité-, ¡eso es lo más horrible y cruel que le puedas decir a ningún hijo! ¿Cómo me puedes comparar con ese gato medio cerdo?

El gran jefe ejecutó un gesto que probablemente significaba: “Estoy harto”.

-No -afirmó-, te aseguro que no es lo más horrible, ni tampoco lo que te mereces.

Permanecí allí, trabado en aquel sótano profundo, confirmando de esta forma mi previa conclusión de que orar es mucho más peligroso de lo que nadie espera, y mucho menos se imagina. Sobre todo, cuando Dios responde.

¿A lo mejor fue por esa misma razón que se resistió a hacerlo las dos primeras ocasiones?

No obstante, yo tenía que comportarme como un necio, e insistir, e insistir, e insistir…

“Dios, ¿por qué me respondiste?”, protesté. “¿Por qué tuviste que hacerme caso ahora, cuando tú siempre me has ignorado? ¿Fue para llevarme la contraria?”

Cual era de esperar, silencio de respuesta.

-¿Por qué? -carraspeé.- ¿Por qué yo? ¿Y no algún otro?

Me acosté a lo largo en el fondo del edificio, y me quedé mirando un cielo oculto por tanto concreto, invenciones artificiales e ideas falsificadas, decidido a jamás intentar recibir una respuesta de ninguna de mis futuras oraciones en el Nombre de Jesús. Quiero decir, para reducir los riesgos de caer todavía más bajo que este sótano.

Orar sí, pero esperar, no, de eso nada.

Epílogo

De la misma manera que todo inicio tiene final, y todo final tuvo un inicio, aquí justo estamos, en el otro extremo:

La sangre pues no llegó al río, y por alguna misteriosa razón hasta ahora encubierta, digamos también de procedencia divina, el referido Don Etrilomualdino Adaptadísimo de esta misma historia y muchas otras anteriores, se refrenó de atraer atención a las circunstancias aquí narradas e inducir al pánico a nivel internacional, promocionando en cambio los servicios del taller “A la orden”, a los que calificó empleando adjetivos, y sus correspondientes equivalentes en sucesión de sinónimos, de “extraordinarios”, “elevados”, “celestiales”, “gloriosos”, “transcendentales” y “épicos”.

Así las cosas, y para concluir el recuento de estos acontecimientos muy verdaderos, Dios ejecutó un elegante giro de ciento ochenta grados sobre la eficiencia comercial del negocio de reparación de ordenadores, otorgándome a mí también una exuberancia complementaria del doble de semejante cantidad de grados, muy considerada y generosa. Es decir, yo no perdí mi trabajo, especialmente porque mi contribución laboral diaria a la economía nacional se volvió muy apetecida para los clientes en las más altas esferas del planeta en que vivimos, pero permanecí estancado en el mismo punto inicial del mismo inicio, etcétera.

Cada día de trabajo ahora comienza con la inclusión en nuestras actividades de Dios, en el Nombre de Jesús Cristo, claro está, y culmina de la misma forma, con reverencia, dolores de espaldas y agradecimiento, porque Él siempre nos ayuda de forma muy desinteresada, lo cual resulta muy estimulante para el gran jefe y su gran bolsillo.

Adicionalmente, y con el objetivo de acelerar este proceso aún más y sacarle el jugo a nuestro servicio hasta dejarnos secos, al jefe se le ocurrió establecer varios niveles para la aceptación de las órdenes de reparación, que consisten en un código de colores organizados de menos a más complejos, de la manera siguiente: “básicos”, “oración opcional”, “oración requerida”, “oración indispensable”, “oración y ayuno”, y “vamos a necesitar un exorcista”.

Hasta este momento no hemos encontrado ningún sistema de ordenador personal que Dios no haya sido capaz de arreglar, y su trabajo ha sido tan efectivo, que nuestro taller se expandió hasta ocupar la fábrica de huecos y la clínica psiquiátrica. La ferretería todavía permanece allí, pero sabemos que algún día también será nuestra, pues estamos orando por el espacio. Eso, y un funicular de aceite.

Notas:

(1): En todas partes cuecen habas, lo que significa que en dondequiera se hace lo mismo que en otros lugares. Si no las cuecen, entonces es muy posible que sea un lugar poco amigable, y las cuezan a escondidas porque no las quieren compartir con nosotros, que acabamos de llegar. Así que “en el segundo horizonte de donde no cuecen habas” es, valga la aclaración, un lugar distante e inhóspito.

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12/18/2024 @ 2:49 A.M.
01/27/2026 @ 7:17 P.M. (Revisión final. Gracias a Dios, en el Nombre de Jesús Cristo, claro está, porque fue bien difícil con el constante déficit de memoria.)

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