Hoy vi a un nene jugando con un envoltorio de alfajor en una baldosa floja. Lo hacía patito, como si fuera un autito de colección. Tenía las uñas negras, la mirada ida, y el buzo dos talles más grande. A su lado, una mujer sentada en el suelo pedía monedas. Nadie le daba. Algunos ni la miraban. Otros apuraban el paso, como si el hambre fuera contagioso.

La calle está dura. La vida, más.

Un poco más allá, un obrero tirado en la banquina. El casco a un costado. Dicen que un camión se lo llevó por delante. Dicen que venía a laburar por 8 lucas el día. Nadie dice que no había luces, ni señalización. Nadie habla de las rutas destrozadas, de los caminos que se cobran vidas. Sólo dicen que fue un accidente. Como si no fuera parte de lo mismo.

Y en una esquina, de esas donde antes se jugaba a la bolita, hoy hay un abuelo con un cartel colgado del cuello. “Jubilado. No llego a fin de mes. Cualquier ayuda sirve.” Está ahí, temblando. Le tiembla la voz, le tiembla la esperanza. Nadie debería mendigar después de haberlo dado todo.

Duele ver que cada vez somos más los que tenemos poco y menos los que tienen todo. Que los que mandan se burlan de la miseria ajena, mientras sus amigos convierten pesos en dólares como si dios mismo les hiciera el cambio. Duele la represión, el silencio, el cinismo.

Y duele más cuando esos pies descalzos pisan frío. El mismo frío que los congela, que los muerde, que los mata.

Lo peor es que nos quieren convencer de que así tiene que ser. Que es normal. Que es el precio. Que hay que aguantar. Como si el hambre fuera una etapa. Como si el frío no doliera. Como si los pibes no tuvieran derecho a jugar con juguetes de verdad.

Pero esto no es un juego. Porque cuando el nene llora, llora de verdad. Porque cuando el laburante cae, no siempre se levanta. Porque cuando el abuelo estira la mano, es porque ya no le queda nada.

Y mientras todo esto pasa, una nación entera llora con nosotros. Porque, aunque no lo digamos, todos lo sentimos.

Duele.

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