¿Desde cuándo comer se volvió un acto tan doloroso?

¿Desde cuándo comer se volvió un acto tan doloroso?

No siempre fue así. Recuerdo cuando era niña y la comida era simplemente comida. No existía el miedo ni la culpa. Comer era una parte natural del día, sin remordimientos, sin cálculos mentales, sin esa ansiedad que ahora se instala antes de cada bocado. ¿En qué momento cambió todo? ¿Cuándo pasó de ser un momento de disfrute a una pelea interna que me deja agotada?

Supongo que empezó con los comentarios. Esas frases que parecían inofensivas, pero que se fueron quedando en mi cabeza y repitiéndose una y otra vez. “Parece que usted se está comiendo la comida de su hermana.” “¿De verdad te puedes comer todo eso?” “Yo no podría, pero tú sí, claro.” “Deja de comer, que te vas a engordar.” Palabras que no parecían tan crueles al decirlas, pero que me dolían más que cualquier golpe. Porque no eran solo sobre la comida, eran sobre mí. Sobre mi cuerpo. Sobre mi valor.

Y entonces empecé a esconder el hambre. A decir “no tengo apetito”, aunque el estómago me doliera. A dejar comida en el plato solo para sentirme mejor conmigo misma. A sentir vergüenza si terminaba todo cuando alguien más no podía. ¿Qué tenía de malo tener hambre? ¿Qué tenía de malo querer comer algo que se veía delicioso?

Con el tiempo, la culpa se volvió compañera. Si comía mucho, me sentía mal. Si comía poco, me sentía débil, pero culpable igual. Cada vez que termino un plato me pregunto si no comí demasiado. Cada bocado se transforma en una amenaza: vas a engordar, estás perdiendo el control, no deberías haberlo hecho. A veces ni siquiera disfruto la comida. A veces dejo de comer no porque no quiera, sino para no tener que lidiar con la culpa después.

Mis amigos me dicen que tengo que comer para tener energía. Que es “solo comida”. Pero, ¿alguna vez se han preguntado por qué es tan difícil para mí? ¿Cómo se sentirían si comer los hiciera sentir como si estuvieran fallando?

A veces he vomitado después de comer. Otras veces me digo que solo me sentía enferma. Pero la verdad es que muchas veces no es el cuerpo, es la mente la que está enferma. No me gusta tener que vivir así. No quiero seguir disfrazando el miedo de autocontrol, la culpa de disciplina, la tristeza de “me siento llena”.

No quiero seguir sintiéndome culpable por disfrutar algo que alguien más decidió no terminar. No quiero temer salir a la calle y ver comida deliciosa y sentir que no tengo derecho a probarla.

Lo que quiero —y sé que no es fácil— es volver a comer en paz. Quiero recuperar esa parte de mí que no analizaba cada bocado, que no se pesaba con el pensamiento después de cada comida. Quiero aprender a escuchar mi cuerpo sin miedo. A tener hambre y no sentir vergüenza.

Sé que este camino será largo. Pero hoy, al menos, estoy escribiéndolo. Estoy dejando de esconderlo. Y eso, aunque pequeño, ya es un comienzo.

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