La Primera Mirada
La traición es el único acto que puede convertir a un amigo en un extraño en un instante.
Alina
28 de enero de 2025
La primera vez que la vi ese día, la nieve aún caía tras ella, como si el invierno también la siguiera. Madeleine entró al comedor con su habitual energía, riendo con sus amigos, y el corazón me dio un vuelco. Había sido mi amiga más cercana durante dos años, hasta que Owen, su novio, se interpuso entre nosotras. Ahora, verla a la distancia siempre me llenaba de emociones encontradas.
La pregunta, «¿Qué nos pasó?», se repite en mi mente mientras la observo desde la distancia. El eco de Madeleine susurrando, «Siempre estaré a tu lado, Lina», resuena en mi mente. «Siempre.»
«Mentirosa»
Desde mi rincón junto a la ventana, donde suelo refugiarme para evitar el bullicio de la cafetería, jugueteo distraídamente con mi cuchara mientras mis pensamientos giran en torno a ella. Frunzo el ceño al verla besar a Owen. ¿Por qué tenían que hacer eso públicamente? Me resultaba desagradable.
–¡Lina! –escuché mi nombre y levanté la vista.
–¡Math! –respondí, sonriendo al ver a Mathias abrirse paso entre las mesas. Me levanté rápidamente para recibirlo con un abrazo. Su presencia siempre lograba calmarme.
–¿Cómo estás? –preguntó, observándome con esos ojos azules llenos de preocupación.
–Mejor ahora que estás aquí –admití, dejando escapar una sonrisa sincera mientras la tensión en mis hombros se desvanecía un poco.
Victoria llegó justo detrás de él, con su característica sonrisa traviesa.
–¿Ya nos estabas extrañando, Lina? –bromeó mientras se sentaba a mi lado.
–Como no tienen idea –reí, aunque mi atención pronto se desvió. Hice contacto visual con Madeleine por un instante. Un destello de reconocimiento pasó por sus ojos, y me apresuré a mirar hacia otro lado, sintiendo un torbellino de emociones que no quería enfrentar.
Suspiré ruidosamente, intentando concentrarme en la conversación con mis amigos. Sin embargo, de reojo, seguía lanzándole miradas furtivas a Madeleine. Su cabello cobrizo le caía en cascada por los hombros mientras lucía una sonrisa despreocupada. Siempre envidié su facilidad para sonreír; yo apenas podía desenvolverme con tranquilidad en momentos así.
Mathias notó mi distracción y me dio un suave empujón con el codo.
–¿Todo bien? –preguntó con una sonrisa ladeada.
–Sí, solo… –empecé a decir, pero me detuve. –Solo pensando en el semestre –mentí.
Él alzó una ceja, claramente incrédulo.
–Ajá, ¿entonces tu distracción no tiene nada que ver con Judas? –insinuó, acompañando su comentario con una mirada significativa.
–¿Judas? –repetí, divertida.
Mathias rodó los ojos.
–Ya sabes, Madeleine.
Reí a pesar de mí misma.
–No era necesario que me lo aclararas. Era obvio de quién hablabas.
–¿De qué hablan? –interrumpió Victoria, mirando de uno al otro con curiosidad.
Mathias y yo nos miramos, compartiendo una sonrisa cómplice. Victoria siempre lograba mantenernos conectados a la realidad con su espontaneidad, pero incluso con sus bromas, no podía deshacer el nudo en mi pecho cada vez que pensaba en Madeleine.
–Nada importante, Tori –respondí rápidamente.
–Alina está pensando en Madeleine –contradijo Mathias.
Victoria abrió los ojos sorprendida y negué con la cabeza, resignándome al interrogatorio.
–Oh, ¿aún la quieres? –exclamó Victoria.
–Más que quererla, extraño la amistad que pensé que teníamos –suspiré.
Volteé a verla una vez más, encontrándome con los fríos ojos de Owen. Rodé los ojos irritada, ¿Cómo a alguien le podía gustar un hombre como él?
–Ese imbécil tiene cara de psicópata –murmure para mi misma.
–¿Quien?
–Owen .
–Bueno…es un maldito psicópata – bromeó Victoria –¿Recuerdan lo que le hizo a ese niño en décimo grado?
Hice una mueca.
–¿Te refieres a Tyler? todos recuerdan eso – respondí.
Me quedé en silencio y rodé los ojos con exasperación cuando uno de los amigos de Owen empezó a reír histéricamente.
–Alguien, por favor, póngale cinta adhesiva –supliqué.
–¿A cuál de todos? –Bromeo Mathias.
Victoria soltó una carcajada y negué divertida.
–¿A todos?
–Deberían ponerles pegamento en la boca – afirme – Dicen tantas estupideces que me llegan a sorprender.
Las risas no se hicieron esperar y me sequé las lágrimas que salían de tanto reírme. La atmósfera en la mesa se sentía más ligera con las bromas y las risas, ellos siempre han sabido cómo sacarme de mi burbuja.
sentí una mirada fija sobre mí. Al levantar la vista, me encontré nuevamente con los ojos de Madeleine. Esta vez, en lugar de desviar la mirada, sostuve su mirada por un instante, tratando de leer lo que estaba pensando. Pero antes de que pudiera discernir algo, Owen la llamó y ella se volvió hacia él, rompiendo el contacto visual.
–Entonces, ¿Qué planes tienen para este semestre? –preguntó Victoria, intentando cambiar el tema.
–Sobrevivir –respondí con una sonrisa irónica.
–Además de eso –dijo Mathias riendo–. Podemos hacer alguna escapada de fin de semana o algo así.
–Me parece una idea genial –asentí.
–A ti todo lo que tenga algo que ver con salir te gusta, Lina –rio Mathias
–Es cierto –admití–, pero este semestre quiero centrarme también en mis estudios. No quiero dejar que nada me distraiga.
Victoria arqueó una ceja, escéptica.
–¿En serio? ¿Nada de distracciones? –preguntó con una sonrisa juguetona.
–Bueno, tal vez algunas –respondí, encogiéndome de hombros–, pero quiero asegurarme de no descuidar nada importante.
Mathias y Victoria intercambiaron miradas cómplices, como si supieran algo que yo no. Decidí ignorarlo por el momento y me concentré en el sándwich que estaba en mi plato, si había algo que amaba más que salir era comer.
–¿Dónde metes toda esa comida ? –bromeó victoria.
Rodé los ojos.
–Tengo un estómago mágico –respondí con una sonrisa mientras tomaba otro bocado.
Mathias y Victoria rieron, pronto el receso terminó y me encontré caminando al salón de francés, la profesora leroy odia la impuntualidad y no me apetece estar en malos términos con ella.
Entré al aula justo a tiempo, y encontré mi asiento habitual. La profesora Leroy ya estaba escribiendo en la pizarra, y al verme entrar, asintió brevemente en señal de aprobación. Me senté y saqué mi cuaderno.
–Salut les étudiants –Saludo la profesora – es-tu prêt?
dibuje distraídamente e ignore la clase, francés no es una materia que se me complique ; solo asisto por aburrimiento y porque es obligatorio.
De repente, la voz de la profesora Leroy me sacó de mis pensamientos.
–Alina, ¿puedes leer la siguiente frase en francés, por favor? –dijo, señalando una oración en la pizarra.
Me enderecé en mi asiento y leí la frase con facilidad. La profesora Leroy asintió, aparentemente satisfecha, y continuó con la lección. Suspiré aliviada de haber podido responder sin problemas, a pesar de mi distracción.
Cuando finalmente sonó la campana anunciando el final de la clase, recogí mis cosas y salí del aula rápidamente. Me encontré con Mathias y Victoria en el pasillo, y juntos nos dirigimos a nuestra siguiente clase.
–¿Cómo estuvo francés? –preguntó Mathias mientras caminábamos.
–Aburrido, como siempre –respondí encogiéndome de hombros–. ¿Y ustedes?
–Lo mismo de siempre –dijo Victoria–. Aunque parece que este semestre va a ser más difícil.
–Podremos con ello –dije con una sonrisa–. Siempre lo hacemos.
–No lo sé, este es nuestro último semestre antes de ir a la universidad –suspiro victoria.
–¿Aún no sabes qué estudiar? – preguntó Mathias.
victoria asintió derrotada y la abracé tratando de consolarla.
—Tranquila, aún tienes tiempo para decidir, no te compliques – le dije.
Mathias sonrió y añadió:
–Y además, sea lo que sea que decidas, serás increíble en ello.
Victoria nos devolvió una sonrisa débil.
–Díganle eso a mi tia – se burló –¡Dios! me tiene harta con su insistencia para que estudie derecho.
Mathias levantó una ceja y comentó:
–El derecho no es para todos. ¿Hay alguna carrera que te interese más?
Victoria se encogió de hombros.
–Me gustan muchas cosas, pero aún no estoy segura. A veces me siento perdida entre tantas opciones.
–Te entiendo completamente, yo aun no me decido la verdad – afirmó.
–¿Entre qué carreras estás?
–Administración y medicina – me encogí de hombros.
Ambos me miraron incrédulos y sonreí juguetona.
–No jodas –exclamó Mathias, riendo.
–¡Es una combinación extraña! –se burló Victoria–. Pero creo que podrías ser buena en cualquiera de las dos.
–Soy buena en todo.
–¡Cuánta humildad!
sonreí de forma burlona y caminé hasta el salón de matemáticas, lamentablemente no me tocaba con ninguno de los dos y en cambio me tocaba con Madeleine.
—¿Por qué estás tan pensativa? —preguntó Victoria.
—Nada, solo recordaba algo.
—¿Qué cosa?
Medité mi respuesta por un momento.
—Umm… el día que nos escapamos a una fiesta justo antes de los exámenes —sonreí al recordarlo.
Victoria puso los ojos en blanco y negó con diversión.
—Ese fue el peor día de mi vida.
Enarqué una ceja.
—¿Recuerdas cuando Mathias se puso a vomitar y tuvieron que repetirle el examen? ¡Eso fue lo mejor!
Solté una carcajada. ¿Cómo olvidar ese momento? Estábamos a mitad del examen de matemáticas cuando Mathias vomitó sobre su hoja. Mi resaca se esfumó en un instante y me eché a reír hasta las lágrimas. Los días siguientes estuvieron llenos de apodos y bromas a su costa.
—¿Lo llamaban Vomitías, o no? —pregunté. Eran tantos apodos que ni siquiera estaba segura.
—Joder, pero qué pesadas son —se quejó Mathias, rodando los ojos.
Victoria y yo nos miramos con complicidad antes de estallar en risas otra vez.
—Vamos, Math, admítelo. Fue legendario —dije, dándole un codazo amistoso.
—Para ustedes, tal vez —bufó él—. Para mí, fue un infierno.
—Bueno, podrías haber pasado a la historia de la escuela por tus notas… pero lo hiciste por otra cosa —se burló Victoria.
Mathias nos fulminó con la mirada, pero la esquina de sus labios tembló en una sonrisa. Sabíamos que, en el fondo, también le hacía gracia.
—Que la fuerza te acompañe —dijo Mathias con dramatismo.
—Qué nerd eres —bufó Victoria, sacudiendo la cabeza.
Mathias la miró, fingiendo ofensa.
—¡Star Wars es la mejor saga de películas! ¡Inculta!
—Claro que sí, Vomitías, claro que sí —respondí, riendo mientras entraba al salón.
Al entrar al salón de matemáticas, vi a Madeleine sentada en su lugar habitual. Nuestras miradas se cruzaron por un instante antes de que ella desviara la vista. Una punzada de resentimiento me recorrió el pecho.
La profesora comenzó a explicar los nuevos temas del semestre, y traté de concentrarme, esforzándome por apartar mis pensamientos.
—¡Grives! Preste atención a la clase —me reprendió la profesora.
Asentí distraída y empecé a dibujar un patrón prolijo en mi cuaderno. No podía concentrarme, y los constantes reclamos solo lograban fastidiarme aún más.
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Madeleine
Fruncí el ceño, frustrada, mientras intentaba resolver el bendito problema de matemáticas. Levanté la vista del cuaderno y miré de reojo a Alina. Tenía el cabello negro revuelto y parecía completamente aburrida con la clase.
La profesora seguía explicando, pero yo no podía concentrarme. Los pensamientos sobre Alina y nuestra amistad me distraían. Suspiré y volví a enfocarme en el problema, intentando dejar a un lado los recuerdos.
Al mirarla, me pregunté si alguna vez podríamos recuperar lo que habíamos perdido, pero la respuesta parecía escaparse de mi alcance.
Conocí a Owen en una fiesta hace dos años. Recuerdo cómo nuestros ojos se encontraron desde el otro lado de la sala y sentí una conexión instantánea. Era atractivo, carismático y tenía una confianza en sí mismo que me resultaba irresistible. Empezamos a salir poco después y, sin darme cuenta, terminé envuelta en su mundo.
¿Quién no encontraría atractivo a Owen? Con su cabello negro azabache y esos ojos azules que atrapaban a cualquiera.
Pero, con el tiempo, empecé a notar algo que antes pasaba desapercibido: Owen tenía opiniones muy firmes sobre quién debía formar parte de mi vida. A veces, parecía que le preocupaba demasiado mi bienestar y trataba de protegerme de lo que él consideraba malas influencias. Me hablaba de mis amigos, de las personas que habían estado conmigo durante años, y me hacía ver cómo algunas de ellas no eran buenas para mí, cómo podrían hacerme daño, aunque de una manera que no siempre comprendía. Yo, cegada por el amor y por su aparente preocupación, le presté atención. Pensaba que si estaba tan pendiente de mí, debía ser porque me quería.
De alguna manera, sus palabras empezaron a hacerme dudar. Se refería a algunas de mis amistades como malas.
Recuerdo una noche en la que Alina me llamó, sollozando por algo que estaba pasando en su vida. Necesitaba mi apoyo y, aunque mi primer impulso fue ir a verla, Owen me lo impidió. Me explicó, con ese tono calmado y protector que tanto me había cautivado, que debía poner límites, que Alina estaba pasando por un momento difícil y que no era justo que yo me sacrificara constantemente por los demás.
«No puedes ser su salvadora», me dijo. «Ella solo te usará».
Fue doloroso.
Luego vino el tema de la salida del armario de Alina. Cuando Owen se enteró de que Alina era lesbiana, comenzó a mostrarse renuente respecto a nuestra amistad. No expresó su desagrado de manera clara, pero lanzaba indirectas o, simplemente, interrumpía nuestras salidas. Si tenía planes con ella, él se las ingeniaba para invitarme a comer o proponer cualquier cosa que me alejara de ella.
Y yo… simplemente lo dejé ser. Me dejé llevar. No me quejé, ni siquiera cuando Alina me lo reprochó.
Es extraño, porque en ese momento pensé que estaba tomando la decisión correcta, pero con el tiempo me di cuenta del error que había cometido. No siempre la extraño, pero cuando la veo, el deseo de recuperar nuestra amistad reaparece.
Con el tiempo, esa sensación solo se intensificó. La extrañaba, pero ya era tarde para lamentarme. Ella me odiaba… y aún me odia por lo que hice.
La clase terminó y salí rápidamente, tratando de ignorar la culpa que pesaba sobre mí.
—¡Maddy! —me llamó Owen.
Me detuve en seco y giré lentamente, encontrándome con su mirada.
—¿Cómo estuvo tu clase? —preguntó, sonriendo como si nada hubiera cambiado.
—Estuvo bien —mentí, forzando una sonrisa.
Owen tomó mi mano y me llevó a un lado del pasillo, donde podríamos hablar sin que nadie nos escuchara.
—He notado que has estado un poco distante últimamente —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Todo está bien entre nosotros?
Su tono y su mirada intensa hicieron que la culpa dentro de mí se hiciera aún más pesada. No quería entrar en una discusión en ese momento, así que asentí rápidamente.
—Sí, todo está bien. Solo estoy un poco estresada con el comienzo del semestre —respondí, esperando que la excusa fuera suficiente.
Owen me observó por un instante antes de suavizar su expresión y asentir.
—Entiendo. Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti, ¿de acuerdo? —dijo, apretando mi mano—. Vamos a almorzar juntos, te hará bien.
Lo abracé, aspirando el aroma de su perfume. A veces, esos pequeños gestos de cercanía me daban una sensación de consuelo temporal, aunque en el fondo sabía que no solucionaban nada.
Verdades dolorosas
Las verdades más dolorosas son aquellas que nos obligan a enfrentar nuestros propios errores.
Madeleine
Al entrar, el ruido de la cafetería es abrumador y el olor a comida inunda todo el lugar.
–¿Quieres que te compre algo? –me pregunta Owen.
–Umm, un jugo natural de fresa –sonrío.
Owen asiente y se dirige a la tienda de comida. Hay una fila medianamente larga, así que me siento en la mesa junto a Grace.
–Mads –me saluda sin apartar la vista de su libro.
Suspiro.
–¿Sigues enojada?
–Sí.
–¿Lo puedo compensar?
–Claro, como las otras cuatro veces –espetó irónica.
Despegó los ojos del libro y me fulminó.
–Owen me necesitaba –me excusé, abatida.
–Siempre es lo mismo contigo, Madeleine –se queja–. Estoy harta de que me canceles porque tu novio quiere pasar tiempo contigo.
Desvío la mirada, avergonzada.
–No es así, Grace… –susurro.
Grace frunce el ceño y me mira incrédula.
–¿En serio llevas dos años con él y aún lo defiendes así?
–Es respetuoso –respondo, defendiendo a Owen. Su actitud conmigo siempre ha sido cuidadosa.
Grace vuelve a centrarse en su libro, pero la tensión entre nosotras es palpable, haciéndome sentir incómoda. Owen regresa con el jugo de fresa y se sienta a mi lado, ajeno a la atmósfera cargada que hay entre Grace y yo.
–Aquí tienes, Maddy–dijo Owen, entregándome el jugo con una sonrisa.
–Gracias –murmuré, tomando el jugo con manos temblorosas.
Grace cerró su libro de golpe y se levantó de la mesa.
–Tengo que irme –anunció bruscamente–. Nos vemos luego.
La miré irse, sintiéndome impotente. Owen me tomó de la mano y me dio un apretón suave.
–Todo estará bien, Mads –me aseguró.
–Lo sé…
Bebí mi jugo mientras hablaba con Owen y su amigo Christian, casi todo era sobre la universidad planes a futuro así que los deje hablar y mire alrededor, fije la mirada en victoria que me fulmino con la mirada cuando me vio mirando a Alina.
suspire frustrada y tomé un sorbo de jugo.
–¡Mads!
me sobresalte y gire a ver a Christian.
–¿Qué pasó? me asustaste – me queje.
sonrió burlón .
–Llevo cinco minutos preguntándote lo mismo –arqueo la ceja.
–Lo siento, estaba distraída –dije, sintiéndome avergonzada–. ¿Qué querías saber?
Christian se rio y negó con la cabeza.
–Solo quería saber si ya has pensado en qué estudiar.
Tomé un momento para pensar antes de responder.
–Realmente no estoy segura pero me interesa mucho el arte y el diseño –dude.
–¡Mierda! –Gritaron a lo lejos.
voltee a ver qué pasaba y me encontré con Alina y victoria discutiendo en mitad del pasillo, todos estaban viendo la discusión con curiosidad.
–Malditas Desviadas –murmuró Cristian con desdén, sin molestarse en bajar la voz.
El comentario me atravesó como una aguja. Sentí cómo mis mejillas ardían mientras sus palabras se repetían en mi cabeza. Sin decir nada, aparté la silla con un ruido seco y me levanté, dejando mi jugo a medio terminar.
–Mierda, lo siento –se disculpó Cristian, sin mostrarse realmente arrepentido.
Ignoré a Owen y a Cristian y seguí a Alina cuando caminó a zancadas hacia el patio trasero del instituto.
–¿Qué crees que haces? –cuestionó Victoria, deteniéndome.
Me solté de su agarre con brusquedad y la encaré irritada.
–Ir a verla, claramente –aclaré.
soltó una risa sin gracia.
–¿Realmente crees que ella te quiere cerca? no me hagas reír – se burló.
abrí la boca .
–Vic, déjala –interrumpió Mathias –si ella quiere ir entonces que vaya.
victoria bufo pero camino al lado contrario .
–Gracias.
Mathias me fulminó.
–No lo hago por ti –escupió –Lo hago por ella.
Hice una mueca y seguí mi camino hacia Alina, camine con nerviosismo ,sin saber como reaccionaria con mi presencia teniendo en cuenta como terminaron las cosas.
Al llegar al patio trasero del instituto, encontré a Alina sentada en un banco, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Me acerqué lentamente, intentando no hacer ruido.
–Alina… –llamé en voz baja.
Ella levantó la cabeza y me miró con sus ojos celestes enrojecidos, un cigarrillo encendido entre los dedos. Su pelo negro contrastaba con su pálido rostro. Parecía sorprendida de verme y frunció el ceño.
–¿Qué demonios haces aquí? –espetó, con la voz cargada de irritación.
juguetee con el anillo en mi dedo.
–Solo quería saber como estabas .
–Pues ya lo viste así que vete con tu noviecito – escupe despectiva.
Me sentí herida por sus palabras y apreté los puños, tratando de mantener la calma.
–¿Por qué estás siendo tan cruel? –le reproché, con la voz temblorosa–. Solo intento ayudarte.
Alina me miró con dureza, exhalando otra nube de humo.
–¿Ayudarme? –rio amargamente–. No necesito tu ayuda ni tu lástima, Madeleine croft. Solo déjame en paz.
–¡Eres una idiota! ¡Siempre alejas a los que intentan ayudarte! –brame.
Alina me miró incrédula, sus ojos celestes abiertos como platos. Por un instante, el cigarrillo en su mano tembló, pero su rostro pronto se torció de furia.
–¿¡Yo soy la que aleja a las personas!? ¿En serio, Madeleine? –gritó Alina, sus ojos celestes brillando con ira contenida.
–Solo estoy tratando de ayudarte.
Alina rio sin gracia.
–No me importa tu ayuda, me dejaste de importar cuando preferiste a un imbécil que acababas de conocer –aclaro seria – ¡es más! no entiendo porque sigues acá.
Sentí que sus palabras me atravesaban como dagas. Quise defenderme, explicar mis razones, pero algo en su mirada me detuvo.
–Alina… –comencé, pero ella me interrumpió.
–No quiero escuchar tus patéticas excusas –dijo, lanzando el cigarrillo al suelo.
Se irguió en el asiento, tomando una postura defensiva y contuve las lágrimas.
–Lo siento…
tenso la mandíbula Y me volteo a ver con los ojos enrojecidos.
–El daño ya está hecho –masculló Alina.
Asentí, derrotada.
–Perdóname por romper mi promesa –añadí, levantándome.
Caminé hasta la entrada que daba al pasillo, pero me detuve, lanzándole una última mirada antes de perderme en el pasillo. Quiero odiarla por hablarme así, pero no puedo , porque me lo merezco.
El eco de las palabras de Alina resuenan en mi cabeza, filadas como cuchillas: «Me dejaste de importar cuando preferiste a un imbécil que apenas conocías»
Me detuve en el pasillo, apoyándome contra una pared mientras trataba de controlar mi respiración. Sentía un nudo en el estómago, como si cada acusación de Alina fuera un peso que se me clavaba en el corazón.
Ella tenía razón. Había prometido que siempre estaría ahí para ella, pero cuando apareció Owen, todo cambió. Dejé de responder sus mensajes, de buscarla, de preocuparme por las cosas pequeñas que solían unirnos.
De repente, oí pasos acercándose y levanté la vista. Owen apareció frente a mí, con una expresión de preocupación en su rostro.
–¿Madeleine? –preguntó, con el ceño fruncido–. Te he estado buscando por todas partes. ¿Estás bien?
—Sí, solo… Tengo un dolor de cabeza —mentí, apartando la mirada.
Owen frunció el ceño, obviamente no convencido por mi respuesta.
—Maddy, sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —dijo con voz suave, acercándose un poco más—. ¿Qué ha pasado?
Suspiré, sintiendo que las emociones que intentaba contener empezaban a desbordarse.
—Es Alina… tuvimos una pelea —admití, tratando de mantener la voz firme—. No puedo evitar sentirme culpable por todo.
Owen apretó la mandíbula, mostrando su desagrado.
—¿Alina otra vez? —dijo con un tono amargo—. Madeleine, ella no hace más que complicarte la vida. No entiendo por qué sigues preocupándote por ella.
Sentí un nudo en el estómago ante sus palabras, pero no repliqué. no estoy de humor para discutir . Owen me miró durante unos segundos más, luego suspiró y asintió.
–Está bien, solo… cuídate, ¿de acuerdo? –dijo finalmente, colocando una mano en mi hombro–. No quiero verte lastimada por ella otra vez.
beso mi cabeza y trotó hasta el salón de química, suspire frustrada y camine hasta mi clase de lenguaje, es el primer día de clases y ya quiero que termine el semestre.
Toqué la puerta y esperé a que el profesor terminara de explicar. Mientras aguardaba, observé el aula a través del vidrio de la puerta. Los escritorios estaban dispuestos en filas ordenadas, y la pizarra al fondo estaba cubierta con notas y esquemas de la lección. Algunos estudiantes levantaron la mirada al escuchar mis golpes y susurraron entre ellos.
–Señorita croft –Saludo el profesor con una sonrisa sarcástica –¿Se puede saber porque el atraso?
Asentí vacilante. Sentí las miradas de mis compañeros clavarse en mí, algunos con curiosidad y otros con evidente fastidio por la interrupción. El profesor, un hombre de mediana edad con gafas y cabello canoso, me observaba con una ceja levantada, esperando mi respuesta. Tomé aire y traté de dar una explicación coherente.
–Tuve un problema en casa y estaba en llamada con mi madre –me excuso –Perdón por la interrupción.
El profesor suspiró y asintió, señalándome con la mano para que entrara. Caminé hacia mi asiento, tratando de ignorar los murmullos que me rodeaban. Al sentarme, saqué mis libros y cuadernos, intentando enfocarme en la lección que había comenzado. La voz del profesor resonaba en el aula mientras explicaba la poesía del siglo XIX.
–Hoy, vamos a hablar sobre la expresión de los sentimientos y el yo a través del arte y la literatura –dijo el profesor, captando la atención de todos–. La poesía, en particular, es un medio poderoso para explorar las emociones humanas. Los poetas del siglo XIX, como Gustavo Adolfo Bécquer y Emily Dickinson, utilizaron sus escritos para transmitir sus más profundos sentimientos y reflexiones sobre la vida.
hizo una pausa y observó a los estudiantes.
–Para ilustrar mejor lo que estamos discutiendo –dijo, tomando un libro de poesía de su escritorio–, quiero compartir un poema con ustedes. Este poema es un ejemplo perfecto de cómo los poetas utilizan sus escritos para reflejar sus emociones más profundas.
Abrió el libro y comenzó a leer con voz clara y pausada:
Tú dijiste: «Solo un nombre » un silencio en la casa, una sombra en la casa, una hija que mira su infancia en un cuarto vacío. Él miedo lame su espalda, susurra su nombre con voz de piedra rota.¿Dónde está la miñaque soñaba con cielos de tinta y palabras como lamparás? queda el eco de su propio abandono, solo queda su nombre perdido entre las hojas.
El aula quedó en silencio mientras los estudiantes digerían las palabras del poema. El profesor cerró el libro y miró a sus alumnos.
—Este poema de Alejandra Pizarnik es un claro ejemplo de cómo la poesía puede transmitir emociones profundas y universales —continuó el profesor, recorriendo con la mirada a sus estudiantes—. Pizarnik era una poeta cuya obra exploraba temas como la soledad, la identidad y el vacío existencial.
Se apoyó en el escritorio y dejó el libro a un lado.
—¿Qué les transmitió este poema? ¿Alguien quiere compartir su interpretación?
El silencio se extendió por unos segundos hasta que una mano se alzó. Era Alina.
—El poema habla sobre el abandono… —dijo en voz baja, como si aún estuviera procesando las palabras—. Sobre una pérdida que no solo es física, sino también emocional. La niña del poema… parece haber perdido algo más que su infancia.
El profesor asintió con una leve sonrisa.
—Es una lectura interesante. ¿Alguien más quiere agregar algo?
Bajé la mirada y apreté el bolígrafo entre los dedos. El aula se sentía más pequeña de lo normal, como si las paredes se cerraran lentamente a mi alrededor.
«Solo queda el eco de su propio abandono…»
Las palabras del poema seguían resonando en mi cabeza, clavándose como pequeñas agujas. No era solo un verso. No era solo literatura. Era mi realidad.
Me removí en mi asiento, incómoda. Quería dejar de pensar en ello, quería apartar la culpa como quien sacude el polvo de la ropa, pero era imposible.
—Madeleine —la voz del profesor me sacó de golpe de mis pensamientos—. ¿Tienes algo que decir sobre el poema?
Tragué saliva y levanté la vista. Alina me observaba desde el otro lado del aula, su expresión era indescifrable. No podía sostenerle la mirada.
—Creo que… —mi voz sonó más frágil de lo que quería— habla de una ausencia que todavía pesa. De alguien que se ha perdido a sí mismo o que ha perdido a alguien más… pero sigue sintiendo su sombra.
El profesor asintió con interés.
—Muy bien. La poesía de Pizarnik está llena de esa sensación de vacío, de pérdida. ¿Crees que la niña del poema puede recuperar lo que ha perdido?
Sentí un nudo en la garganta.
—No lo sé —admití.
El profesor esbozó una sonrisa leve y desvió la atención hacia otro alumno. Yo, en cambio, no podía sacudirme la sensación de que Alina y yo éramos exactamente como la niña del poema. O tal vez, solo yo lo era.
–Señorita Grives –llamó el profesor –Tengo entendido que usted escribe ,¿me equivoco?.
Alina abrió los ojos sorprendida. Imagino que no esperaba ser llamada frente a toda la clase. Se levantó de su asiento y caminó con seguridad al frente, con un cuaderno en la mano. Su cabello negro estaba trenzado, lo que me pareció curioso, porque justo antes, cuando discutimos, no lo llevaba así.
Se quedó allí, en el frente de la clase, con la vista fija en el cuaderno, como si intentara encontrar las palabras que decir. Yo, desde mi asiento, no pude evitar sentir un extraño retortijón en el estómago. ¿Por qué se sentía tan extraño verla tan tranquila? ¿Por qué me parecía que todo lo que había entre nosotras, toda esa distancia y resentimiento, se manifestaba más claramente ahora que compartíamos el mismo espacio sin decirnos una palabra?
El profesor la observaba, expectante.
—¿Qué vas a leer, Alina? —preguntó, con esa calma que parecía tan ajena a la tensión en el aire.
Alina levantó la vista hacia la clase, respiró hondo y comenzó a leer.
Su voz, aunque baja, era clara y llena de seguridad, lo que me sorprendió. El tono de Alina era firme, casi poético, y las palabras fluían con naturalidad, como si estuviera recitando algo que había dicho mil veces.
—El silencio se arrastra, pesado y denso, en cada rincón de la habitación. Y yo, entre las sombras, busco un reflejo de lo que fuimos, de lo que aún queda. Pero todo lo que encuentro son recuerdos rotos, ecos de un tiempo que ya no existe.
Pude sentir la mirada de todos los estudiantes sobre ella, pero Alina no pareció inmutarse. Seguía leyendo, su voz marcando cada palabra con un peso distinto, como si se estuviera liberando de algo que llevaba dentro.
El aula permaneció en silencio. Yo, desde mi asiento, apenas podía respirar. Las palabras que acababa de escuchar, tan cargadas de dolor, me atravesaron como cuchillos, y una parte de mí deseó que dejara de leer. Pero al mismo tiempo, no pude apartar la mirada.
Cuando terminó, hubo unos segundos de silencio que se alargaron demasiado. Alina cerró el cuaderno con suavidad y volvió a mirarnos, su expresión ahora difícil de leer.
—Gracias, Alina —dijo el profesor, rompiendo el silencio—. ¿Alguien quiere comentar sobre lo que acaba de escuchar?
Yo no podía hablar. No podía pensar. Las palabras del poema se quedaban flotando en mi mente, haciendo que todo lo que sentía se intensificara. No solo era la distancia que había entre nosotras, sino la sensación de que, quizás, no había nada que pudiera hacer para sanar lo que se había roto.
Alina regresó a su asiento sin mirarme, y sentí el peso de esa ausencia, como si su lectura hubiera sido un grito silencioso que solo yo podía oír.
Aparté la mirada de ella, suspiré y miré el cuaderno en blanco. La voz del profesor se ahogaba entre mis pensamientos y dudé un momento antes de tomar el lápiz y comenzar a trazar líneas sin sentido. Miré de reojo a Alina, pero ella no me devolvió la mirada. Me ignoró por completo, como si no existiera.
Un nudo se formó en mi pecho. Sabía que todo estaba roto, pero me costaba aceptar que ya no había nada que pudiera hacer para arreglarlo. La distancia que se había creado entre nosotras parecía insalvable, y cada vez que intentaba acercarme, ella se alejaba más.
Y todo por mi culpa.
No puedo culpar a nadie más que a mí, y eso me duele el doble.
Porque fue mi decisión que nuestra amistad se fuera a la mierda.
Tal vez, si hubiera hecho algo diferente… tal vez, si no hubiera permitido que Owen me alejara de ella, las cosas serían distintas. Pero la realidad era que no podía cambiar lo que ya había sucedido.
Aversión
Kalon (griego):
se refiere a una belleza que va mas allá de lo superficial.
Alina
Inhalé el humo del cigarro y maldije para mis adentros al divisar al imbécil que se hace llamar Owen Ross. Desvié la mirada tratando de ignorarlo.
—¡Alina!
Rodé los ojos, exasperada, y finalmente lo miré.
—¿Qué quieres? —pregunté con tono mordaz.
Se detuvo frente a mí, evaluándome de pies a cabeza. Crucé los brazos, incómoda pero desafiante.
—Quiero que te alejes de mi novia —dijo Owen con seriedad—. Ya hablamos de esto. No quiero repetirlo.
Me reí, sarcástica.
—¿Qué yo me aleje? Fue ella quien se acercó, no yo.
—No me importa quién lo haga —replicó, su ceño fruncido como una marca registrada—. Solo ignórala. Así de simple.
Lo observé en silencio por un momento, saboreando la rabia que se acumulaba en sus ojos.
—Owen, no soy responsable de lo que haga tu novia. Si ella viene a mí, es su decisión, no la mía.
—¿Es que no entiendes? —gruñó entre dientes—. Te estoy pidiendo, por última vez, que la ignores.
—¿Y qué vas a hacer si no lo hago? —repliqué con una sonrisa burlona—. ¿Vas a pelear conmigo? Sería divertido verte intentarlo.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia de manera intimidante.
—No juegues conmigo, Alina —advirtió, su voz baja pero amenazante—. No sabes de lo que soy capaz.
Retrocedí medio paso, no porque me intimidara, sino porque su aliento olía a cigarro barato.
—Aléjate, Owen, te apesta la boca —me burlé.
Apretó los puños, furioso, pero no avanzó. Después de unos segundos tensos, dio un paso atrás.
—Esto no ha terminado —gruñó antes de alejarse.
Lo observé mientras se alejaba, sintiendo una mezcla de alivio y frustración. No podía entender por qué Owen estaba tan empeñado en joderme.
Gruñí frustrada y encendí otro cigarro. El humo se elevaba en espirales, llevándose consigo parte de mi enojo. No podía dejar que Owen me afectara de esa manera. Tenía cosas más importantes en las que concentrarme.
Mientras inhalaba profundamente, mi mente comenzó a divagar. Recordé los días en los que todo era más sencillo, antes de que Owen y su novia se convirtieran en una constante molestia en mi vida. Pero esos días parecían tan lejanos ahora.
De repente, escuché pasos acercándose. Giré la cabeza y vi a Victoria, acercándose con una sonrisa en el rostro.
–¿Todo bien? –preguntó, notando mi expresión tensa.
–Sí, solo lidiando con Owen –respondí, apagando el cigarro y soltando un suspiro.
Victoria asintió, comprendiendo perfectamente. Ella también había tenido sus roces con Owen y sabía lo difícil que podía ser.
–Vamos, salgamos de aquí –sugirió–. Necesitas despejarte.
negué con la cabeza.
–No, prefiero estar sola –respondí rígida –De todas maneras debo ir a casa.
–Bueno, si necesitas algo, no dudes en llamarme –dijo, dándome un ligero apretón en el brazo antes de irse.
Observé cómo se alejaba, suspire cansada y monté mi moto negra, el frío metal reconfortante bajo mis dedos. Cuando el motor rugió, me sentí viva. Aceleré por las calles, dejando atrás el caos del día. El viento despeinaba mi cabello, la adrenalina bombeaba en mis venas, y por un breve instante, me sentí libre.
Aceleré por las calles, sintiendo cómo el viento ondeaba mi camiseta negra como una bandera de rebelión. Esquivando autos y autobuses, cada curva, cada aceleración, aliviaba un poco más la tensión que se había ido acumulando durante el día.
La sensación de libertad crecía con cada kilómetro que recorría. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas en un cielo urbano, y la adrenalina corría por mis venas. En ese momento, nada más importaba. La presión que había sentido todo el día se desvanecía, y por fin podía respirar con tranquilidad.
Llegué a casa, una enorme construcción victoriana que se alzaba imponente entre las sombras. Su fachada gris oscuro parecía devorar la poca luz que quedaba, y su atmósfera melancólica se hacía aún más pesada con la noche.
Abrí la puerta con desgana. La casa estaba vacía, como siempre. Subí las escaleras, cada paso resonando en el silencio sepulcral, y me dejé caer en la cama.
La vista de la Torre CN a lo lejos era un recordatorio constante de la vibrante vida que rodeaba la ciudad, pero dentro de esas paredes, todo parecía estar en un mundo aparte.
Recorrí el pasillo principal, pasando junto a las paredes adornadas con cuadros antiguos que parecían observar cada uno de mis movimientos. La sala de estar, con sus muebles elegantes y desgastados, mantenía un aire de grandeza marchita. El gran reloj de péndulo en la esquina marcaba el paso del tiempo con su tic-tac monótono, llenando el vacío de la casa.
Al llegar a la cocina, encontré la misma desolación. Las encimeras limpias y ordenadas contrastaban con el desorden de mis pensamientos. Me apoyé en el fregadero y miré por la ventana hacia el jardín trasero, donde las sombras de los árboles se movían lentamente con el viento nocturno.
Subí las escaleras con fastidio, cada paso sentía como un esfuerzo monumental. Al llegar a mi habitación, dejé caer mi chaqueta sobre la silla y me desplomé en la cama. La casa, con toda su grandiosidad y misterio, reflejaba mi propio estado: imponente por fuera, pero vacía por dentro.
—Puta casa —murmuré con amargura.
Me levanté para encender los tocadiscos. La música llenó la habitación con una melancolía que encajaba perfectamente con mi ánimo.
«Bingo» celebré para mis adentros.
Me dejé caer en el sofá, cerrando los ojos y dejándome llevar por la música, transportándome a otro lugar, lejos de las sombras y la soledad de la casa. Por un momento, todo parecía estar en su lugar, y pude encontrar algo de paz.
Las horas pasaban en cámara lenta mientras escuchaba música. Miré el reloj en mi teléfono.
19:28
Me levanté, sintiendo el cuerpo adormecido, y caminé hasta el armario. Me deshice de la ropa con movimientos lentos y me puse un pijama de invierno, sintiendo el suave tejido contra mi piel. Justo en ese momento, el sonido de las llaves en la puerta me devolvió a la realidad.
Papá había llegado.
Me mordí el interior de la boca. No es que me importe su presencia, pero estar con él era incómodo. El ambiente siempre se volvía tenso cuando estábamos los dos juntos.
Escuché cómo la puerta se abría y sus pasos resonaban en el pasillo. Respiré hondo, preparándome para la incomodidad. Entré al baño y me observé en el espejo; las pecas esparcidas en mi rostro le daban cierta suavidad, pero mis ojos lucían cansados e indiferentes.
Gruñí, fastidiada, y me hice un moño.
Odio tener el pelo muy largo, y ahora me llega a la mitad de la espalda. Cada vez que lo recogía, parecía recordarme cuánto tiempo llevaba postergando un corte que siempre decía que haría pero nunca concretaba.
Con el cabello recogido, me sentí un poco más aliviada, aunque la tensión no había desaparecido por completo. Salí del baño y escuché a mi padre moviéndose por la casa.
Bajé las escaleras y contemplé a mi padre, que para tener cuarenta y tres años luce de treinta. Su cabello oscuro apenas mostraba signos de canas, y sus rasgos juveniles le daban una apariencia sorprendentemente joven. Compartía la mayor parte de mis rasgos con él: el pelo negro y lacio, las pestañas largas, la nariz recta, la altura y la forma de los ojos.
Al verlo ahí de pie, era imposible no notar las similitudes, aunque nuestras personalidades fueran diametralmente opuestas. .La cicatriz en su ceja le daba un aire de severidad, y me observó con un deje de irritación en su mirada.
La tensión era palpable mientras nos quedamos ahí, en silencio. Finalmente, rompí el contacto visual y me dirigí a la cocina, tratando de evitar la tensión e incomodidad.
Mientras me movía por la cocina, sentí la presencia de mi padre acercándose. El aire se llenó de un silencio pesado y lleno de expectativas no dichas. Abrí la nevera y saqué una botella de agua, tomando un sorbo mientras intentaba calmar mis nervios.
–¿Te fue bien en tu primer día de instituto? –preguntó mi padre, su tono neutral.
–Todo bien –respondí, seca.
Él asintió, su rostro intentando algo que parecía una sonrisa. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, como una barrera invisible que ninguno de los dos sabía cómo atravesar.
–¿Quiere algo de la nevera? –pregunté vacilante.
Mi padre me miró por un momento antes de responder.
–No, gracias. Estoy bien –dijo, su tono algo más suave.
El silencio volvió a caer entre nosotros, pero esta vez no se sentía tan opresivo. Quizás, de alguna manera, el simple acto de ofrecer algo había ayudado a aliviar un poco la tensión. Me volví hacia la encimera, tratando de encontrar algo que hacer para mantener mis manos ocupadas y mi mente distraída.
La relación con mi padre siempre había sido complicada, llena de altibajos y momentos de incomprensión. Aunque los altibajos eran muchos y casi siempre nuestra interacción era incómoda, sigo queriéndolo; es mi padre después de todo.
–Alina…–me llamó mi padre.
–¿Qué pasa?
–¿Quieres hacer ejercicio mañana antes de ir a clases?
deje la botella en el mesón y voltee a mirarla. La pregunta me tomó por sorpresa. No solíamos compartir muchas actividades juntos, y menos algo tan rutinario como el ejercicio.
–Claro –respondí después de un momento, tratando de ocultar mi sorpresa y curiosidad–. Podemos intentarlo.
Mi padre asintió con una leve sonrisa, una expresión rara en su rostro.
–Como en los viejos tiempos –bromeó.
reí burlona.
–»Viejos tiempos» suenas como un señor de sesenta – me burlé, esbozando una sonrisa irónica.
Mi padre rio suavemente, un sonido que no solía escuchar muy a menudo.
–Quizás tengas razón –admitió con un tono juguetón–, pero no te olvides de que tú también te estás haciendo mayor.
Hice una mueca tratando de ocultar una sonrisa pero mis labios esbozaron una sonrisa divertida.
Mi padre me devolvió la sonrisa, y por un momento, la tensión que siempre parecía estar presente entre nosotros se desvaneció. Era un pequeño avance, pero a veces, esos momentos de ligera conexión podían significar mucho.
Esperando que el ambiente se mantuviera ligero, busqué algo más para decir.
–Entonces, ¿Qué tipo de ejercicio tienes en mente? –pregunté con curiosidad, intentando prolongar la conversación en este tono más amable.
Mi padre se rascó la cabeza y sonrió.
–Estaba pensando en algunos de los ejercicios que solía hacer en el ejército –dijo–. Ya sabes, cosas como flexiones, abdominales, y una buena carrera matutina. Aunque quizás podamos empezar con algo más suave.
No pude evitar reírme un poco.
–¿Intentando revivir tus días de gloria? –dije en tono de broma.
Él se rio también, y asintió.
–Algo así. Pero también es una buena manera de mantenerse en forma, y pensé que podría ser algo que podríamos hacer juntos.
Aunque la idea de hacer ejercicios de estilo militar a primera hora de la mañana no era mi idea de diversión, aprecié el esfuerzo de mi padre por encontrar una manera de conectarnos.
–La carrera matutina suena bien por ahora, tal vez podamos ir subiendo de nivel de a poco.
Mi padre asintió, visiblemente aliviado por mi respuesta.
–Perfecto, podemos empezar así y ver cómo nos va –dijo con una sonrisa genuina.
Asentí satisfecha.
–Entonces mañana a….
Mi padre sonrió y asintió.
– A las seis –dijo, fijando la hora.
Era una hora temprano, pero sabía que era el momento perfecto para hacer ejercicio.
–A las seis está bien –confirmé, antes de dirigirme a mi habitación.
Prendí las luces de mi cuarto y busqué un libro. Saqué Carrie de la estantería y observé la cantidad de marcadores que había. Cada uno representaba un momento en el que la historia me había atrapado, un pasaje que me había resonado o una escena que me había dejado sin aliento.
Me acomodé en la cama con el libro en las manos, pasando las páginas lentamente. Era uno de esos libros que, no importa cuántas veces lo lea, siempre me atrapa de la misma manera.
Cada línea, cada diálogo, parecía cobrar vida con una intensidad única.
La habitación se llenó con la familiaridad de las palabras y, por un rato, me perdí en el mundo de Carrie. La inquietante historia de Stephen King me absorbía; la religión obsesiva de Margaret White y la difícil adolescencia de Carrie siempre me fascinó, en especial porque muestra cómo Carrie siempre quiso ser una adolescente normal, aunque su madre nunca la dejó.
La lectura era una especie de refugio, un lugar donde podía perderme y encontrarme al mismo tiempo. En esos momentos, sentía que el peso del mundo se desvanecía, dejando solo el poderoso vínculo entre las palabras y mi imaginación.
Pasé las páginas lentamente, inmersa en los pensamientos de los personajes y las situaciones tensas que enfrentaban. Llegué a una de las partes más impactantes del libro, donde Billy Nolan, el novio de Chris , pronuncia una frase que siempre que lo releo me deja con un sabor amargo en la boca.
«sangre de puerco para los puercos». Brutal, directa, imposible de ignorar, como muchas cosas en mi vida.
Cerré el libro, dejando que esa línea quedara suspendida en mi mente, un recordatorio de que la crueldad humana podía ser tan implacable como cualquier monstruo de ficción.
Rupturas y Cicatrices
Si te tragas todo lo que sientes al final te ahogas.
Alina
El frío de la madrugada me caló hasta los huesos mientras corría por las calles vacías. A cada paso, mi respiración se volvía más pesada, como si intentara escapar de algo que me consumía desde adentro. Mi padre corría a mi lado, su silueta firme bajo las luces parpadeantes de las farolas.
—¿Siempre tienes que correr como si huirás de algo? —preguntó sin jadear.
Lo ignoré, acelerando el paso. Si supiera cuánto anhelaba huir, no solo de él, sino de todo: de Owen, de esa casa, de las miradas inquisitivas que Victoria intentaba disimular. Pero no podía decirlo; ni sabía cómo expresarlo.
El amanecer tiñó el cielo de naranja cuando llegamos a casa. Entré primero y dejé caer mi cuerpo sobre el sofá. Mi padre se quedó en el porche, encendiendo un cigarro; su forma silenciosa de distanciarse.
—Hoy no vas a clases —dijo, entrando con el cigarro apagado entre los dedos.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, incrédula.
—Quiero hablar contigo.
Se cruzó de brazos y se apoyó en la pared. El tic-tac del péndulo marcaba cada segundo como una sentencia.
—¿De qué quieres hablar? —pregunté, esforzándome por sonar indiferente, aunque sentía un nudo formarse en la garganta.
—De ti, Alina. De cómo siempre estás en una carrera contra todo. Contra mí. Contra ti misma.
La rabia me invadió.
—¿Y ahora soy un proyecto de autoayuda o qué? —espeté, levantándome del sofá.
—No se trata de eso —respondió, apretando la mandíbula—. Pero hay cosas que ya no puedes ignorar.
La miré fijamente, buscando una grieta en su fachada impasible, y añadí:
—Si tienes algo que decir, dilo ya.
Mi padre suspiró y se pasó una mano por el cabello, como cuando está a punto de perder la paciencia.
—No podemos seguir así, Alina. Siempre estás a la defensiva, y eso debe cambiar.
Solté una risa sin gracia.
—¿Tanto te cuesta entenderlo?
—¡Deja el sarcasmo! —gritó, haciendo eco en la habitación.
El silencio fue absoluto. La tensión se apretó en mi pecho mientras sus palabras dejaban una huella amarga.
—¿Y qué esperas que haga? —pregunté, tratando de controlar mi voz.
—Quiero que dejes de huir de todo y de todos.
Gruñí y me giré, ignorando la mirada fija de mi padre. La furia burbujeaba en mi interior. Sin decir más, subí al baño. El calor de la ducha alivió mis tensos músculos, pero no lograba silenciar el torbellino de pensamientos que me asediaba. Cerré la puerta, dejando que el vapor me envolviera y disipara, aunque fuera por un instante, parte del dolor.
Gruñí irritada y me giré, ignorándolo. Sentía la furia burbujear dentro de mí, una mezcla de frustración y cansancio. Mi padre no se movió, pero pude sentir su mirada fija en mi espalda.
–Alina, no puedes seguir evadiendo esto.
Lo ignoré y subí al baño. El sudor corría por mi cuerpo como un recordatorio del ejercicio. Me sentía atrapada en mis propios pensamientos, en la maraña de emociones que intentaba desentrañar. Cerré la puerta detrás de mí y encendí la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre mi piel, llevándose consigo parte de la tensión acumulada.
Mientras el vapor llenaba el baño, cerré los ojos y traté de respirar profundamente. Odiaba que se metieran en cosas que no les incumbían. No podía venir a abordarme de la nada, exigiendo que le hablara sobre mis problemas, cuando tuvo diecisiete años para hacerlo.
El inicio de la jaqueca se hizo presente, mientras el dolor latía con intensidad creciente. Me aferré al borde del lavabo, intentando mantenerme en pie. La conversación reciente aún resonaba en mi mente, cada palabra clavándose como una espina. El vapor seguía llenando el baño, envolviéndome en una niebla densa. Suspiré, dejando que el calor calmara mis tensos músculos, aunque mi mente seguía en guerra. Siempre había querido que me escucharan, pero ahora que alguien finalmente parecía interesado, se sentía más como una invasión que un consuelo.
Envolví mi cuerpo con la toalla y salí del baño directo a mi cuarto. El tocadiscos en la esquina, con su apariencia retro, me llamaba. Una colección de discos de vinilo perfectamente alineados junto a él, esperando ser reproducidos. Al otro lado de la habitación, un estante de libros abarrotado de historias y conocimiento, proporcionando un rincón de escape. Entre ellos, clásicos como Dune de Frank Herbert, Carrie e It de Stephen King, y It Ends with Us de Colleen Hoover.
El color gris de las paredes me daba una sensación de calma y serenidad, algo que necesitaba urgentemente en este momento. Me dirigí hacia el tocadiscos, seleccionando un disco de The Neighbourhood. Coloqué la aguja sobre el vinilo y la habitación se llenó con las relajantes notas de «Sweater Weather».
Ya vestida con mi look habitual –pantalones negros holgados, camiseta oversize, sudadera con capucha, zapatillas deportivas y gorro beanie– salí de mi cuarto. El tocadiscos retro y el estante lleno de libros me ofrecían un refugio momentáneo. Seleccioné un disco de The Neighbourhood y pronto la suave melodía de «Sweater Weather» llenó mi habitación, ayudándome a recuperar la calma.
Bajé a la sala de estar, donde mi madre, en su uniforme de doctora, hojeaba un periódico con ojeras marcadas.
—Buenos días —saludé, incómoda.
—¿Irás al instituto? —preguntó, mirándome de arriba abajo.
Crucé los brazos.
—Sí, ¿por qué no iría? —contesté con tono cortante.
—Tu padre dijo que hoy no asistirías —murmuró.
—Pues se equivocó —dije tajante y salí sin esperar respuesta.
El aire fresco de la mañana me recibió al salir de casa. Me subí a mi moto, sentí el frío metal bajo mis manos y encendí el motor. El rugido del motor me llenó de una sensación de poder y libertad mientras recorría las calles aún despobladas, dejando atrás el peso de la conversación con mi padre. La luz dorada del amanecer pintaba el asfalto oscuro, y por un breve instante, el dolor se transformó en alivio.
El rugido del motor resonaba en mis oídos mientras la moto avanzaba por las calles todavía vacías de la ciudad. El aire frío de la mañana me golpeaba el rostro, pero no me importaba; de alguna forma, ese frío se sentía reconfortante, como si me mantuviera alerta, viva. La luz del sol comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte, tiñendo todo con un suave tono dorado que contrastaba con el asfalto oscuro.
Las calles eran un reflejo de mi mente: a ratos tranquilas, a ratos llenas de baches y giros inesperados. A medida que aceleraba, sentía una especie de alivio, como si dejara atrás, aunque fuera por un momento, el peso de las conversaciones recientes con mi padre.
¿Por qué no puedo sentirme así todo el tiempo?, pensé, ajustando el gorro beanie en mi
Al llegar al instituto, el ambiente cambió. El tráfico y los estudiantes bajando de los autos contrastaban con la soledad de la madrugada. Aparqué mi moto en mi lugar habitual y, con audífonos puestos, lancé mi lista de reproducción. La canción «Sex, Drugs, Etc.» de Beach Weather me acompañó mientras caminaba hacia la parte trasera del instituto, mi refugio donde podía fumar y leer en paz. Sin embargo, mis pensamientos se volvieron hacia Madeleine Croft.
El recuerdo de la discusión de ayer me mordía por dentro. Habíamos acordado en silencio que nada podía volver a ser lo mismo desde que ella me ignoraba a favor de Owen. Pero ahora, su presencia insistente desafiaba ese pacto tácito:
No me mires.
No me hables.
No me busques.
No me extrañes.
Sin embargo, ella estaba allí, rompiendo ese silencio. ¿Qué quería de mí, ahora, después de tanto tiempo?
Me senté en nuestro lugar habitual, apoyada contra el frío muro de ladrillo. Encendí un cigarrillo y, tras inhalar profundamente, traté de ahogar los recuerdos con la música. Pero cada nota traía consigo un eco amargo.
Madeleine siempre supo lo que temía: el abandono. Y, sin embargo, eligió a Owen, rompiendo no solo su promesa, sino también mi confianza. La traición se hacía presente en cada bocanada de humo, en cada acorde que no lograba calmar el torbellino en mi interior.
Tarareé la letra de la canción mientras intentaba distraerme:
«‘Cause one day you’ll wake up and then you’ll say
I wanna be your lover, I don’t wanna be your friend
You don’t know what you’ve got ‘till it’s gone, my dear
So tell me that you love me again…»
Apagué el cigarrillo y, sacudiendo la ceniza de mi ropa, me levanté. El día apenas comenzaba y no podía quedarme atrapada en el pasado, aunque las heridas aún dolieran.
Madeleine
El murmullo de los estudiantes se desvaneció mientras mis ojos seguían a Alina en la distancia. La observé caminar hacia nuestro rincón habitual, ese lugar donde solíamos refugiarnos del mundo. Me dolía ver la tensión en sus hombros y la forma en que evitaba mi mirada.
Desde que elegí a Owen, supe que estaba rompiendo una promesa sagrada. Alina siempre fue clara sobre lo que necesitaba en nuestra amistad, y aun así me alejé. Cada intento de reconectar se veía devuelto con un rechazo que me golpeaba sin piedad.
Me acerqué despacio, tratando de no parecer intrusiva. Sabía que mi sola presencia la perturbaba, pero algo en mí me impulsaba a intentar arreglar las cosas, a demostrarle que estaba dispuesta a luchar por lo nuestro, aunque su resentimiento se alzara como una barrera invisible.
La encontré sentada en el suelo, con los ojos cerrados y un cigarrillo entre los dedos. La música sonaba en sus audífonos, pero en su rostro se dibujaba una batalla interna. Quería acercarme y decirle cuánto lamentaba mis decisiones, pero sabía que las palabras vacías no sanarían las heridas.
Me detuve a unos pasos de distancia, sin interrumpir su momento de soledad. Tenía que ser paciente y ganarme su confianza de nuevo; no sería posible de la noche a la mañana. Solo podía esperar, con la esperanza de que algún día, Alina me perdonara.
El peso de la traición seguía presente. Para ella, el perdón era un concepto complicado, y aunque me dijera que me perdonaba, el rencor quedaría como un muro entre nosotras.
Con un suspiro frustrado, retrocedí sin arruinar su paz. El frío viento en mi rostro acompañó cada paso, cargado del peso de mis errores y remordimientos. Mientras me dirigía hacia el edificio principal, las dudas se arremolinaban en mi mente: ¿podría reparar el daño hecho? ¿O estaría condenada a vivir con esta culpa para siempre?
Sabía que Alina necesitaba espacio para sanar, pero el deseo de demostrarle cuánto había cambiado me quemaba por dentro. No podía forzarla a aceptar mis disculpas, aunque tampoco podía quedarme de brazos cruzados.
Llegué al aula antes de que comenzaran las clases y me senté en mi lugar habitual.
Reminiscencia
La distancia separa cuerpos, no corazones.
Madeleine
18 de mayo 2023
La mano de Owen se aferraba a la mía mientras caminábamos por Kensington Market. Su perfume masculino impregnaba mi nariz, envolviéndome en una mezcla de emociones contradictorias. Las calles vibraban con colores y sonidos, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en la última discusión con Alina.
Alina siempre había sido la amiga protectora, la voz de la razón. Pero desde que Owen entró en mi vida, todo cambió. Nuestros encuentros en Kensington Market se convirtieron en mi escape, aunque sabía que cada momento feliz con Owen significaba una nueva pelea con Alina. Recordé su última advertencia:
—No te fíes de él, Madeleine. No quiero verte herida.
Flashback
—Ali, por favor, ya basta con esto —supliqué, cansada.
—¡No, Maddy! Date cuenta de una vez de lo que está pasando —exclamó Alina—. ¡Llevas dos malditos meses con ese idiota y es como si yo hubiera dejado de existir!
Me pasé la mano por el pelo, intentando contener la frustración.
—Eso no es verdad.
—Sabes perfectamente que lo es.
El silencio cayó como un peso insoportable entre nosotras. Nunca había visto a Alina tan vulnerable. Intenté procesar sus palabras, pero el enojo y la confusión nublaban mi juicio.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que elija entre ustedes dos?
Alina soltó una risa seca y amarga.
—¿Esto es una maldita broma? —preguntó sin rastro de humor.
Crucé los brazos, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en el aire.
—¿De verdad crees que sería capaz de hacerte elegir?
—Yo…
Mis ojos comenzaron a humedecerse.
—Ali, perdóname. No debí decir eso.
Intenté acercarme y tomar su brazo, pero ella se zafó bruscamente.
—¡No! ¿Sabes algo, Madeleine? —soltó una risa sarcástica—. ¡Jódete! Quédate con tu noviecito.
—Lina…
—No quiero que te acerques —exigió con dureza—. No quiero verte la maldita cara, Madeleine Croft.
Alina caminó a grandes zancadas hacia la puerta de mi habitación y salió dando un sonoro portazo.
—¡Mierda! —grité, frustrada, mientras el eco de la puerta resonaba en mi mente.
La discusión con Alina seguía repitiéndose en mi cabeza como un eco doloroso. Cada palabra suya era un puñal clavado en mi pecho. Caminaba junto a Owen, pero sentía una desconexión entre nosotros. Mi mano estaba en la suya, sí, pero mi corazón estaba atrapado en la maraña de culpa y enojo que había dejado esa pelea.
—¿Estás bien? —preguntó Owen, interrumpiendo mis pensamientos.
Lo miré, obligándome a sonreír.
—Sí, claro —mentí, aunque sabía que mi respuesta no era convincente.
Owen frunció el ceño. Era una expresión sutil, casi imperceptible, pero suficiente para darme cuenta de que no le engañaba.
—Maddy, te conozco. Algo te pasa.
Suspiré, soltando su mano suavemente.
—No es nada, solo estoy cansada.
Él se detuvo, girándose hacia mí con un gesto firme.
—¿Es por Alina?
El sonido de su nombre hizo que un nudo se formara en mi garganta. Asentí, incapaz de mirarlo directamente.
—No sé cómo arreglar esto —murmuré.
Owen se acercó, colocando sus manos sobre mis hombros.
—Ella está exagerando, Maddy. No tienes por qué sentirte mal.
Sus palabras deberían haberme consolado, pero solo hicieron que el nudo en mi pecho se apretara más.
—No lo entiendes —dije en voz baja, apartándome—. Alina ha estado conmigo desde siempre. Hemos pasado por todo juntas.
—Y ahora no puede aceptar que tienes una relación. Eso no es justo para ti.
Su tono era tranquilizador, pero en el fondo había algo que me inquietaba. ¿Era posible que Alina tuviera razón? ¿Que Owen no fuera quien aparentaba ser?
Sacudí la cabeza, intentando despejar esos pensamientos. Miré hacia las calles de Kensington Market, buscando algo que me distrajera. Los colores vibrantes de los murales, el aroma de las especias, las risas de los transeúntes… todo se sentía irreal, como si yo estuviera fuera de lugar.
—¿Quieres que volvamos? —preguntó Owen, preocupado.
Negué con la cabeza.
—No, quiero seguir caminando.
Y seguimos. Pero mientras avanzábamos por las calles llenas de vida, no podía evitar sentir que algo dentro de mí se estaba desmoronando.
—Maddy, no quiero sonar duro, pero… tal vez deberías replantearte tu amistad con Alina.
Me detuve en seco, girándome para mirarlo.
—¿De qué estás hablando?
Owen suspiró, colocando una mano en mi mejilla con un gesto aparentemente cariñoso.
—No digo que dejes de ser su amiga, pero ¿no crees que ella está siendo demasiado controladora? Cada vez que estamos juntos, parece que encuentra una excusa para meterse en nuestra relación.
—Ella solo quiere protegerme… —empecé a decir, pero él me interrumpió.
—¿Protegerte de qué? ¿De mí? —Owen dejó escapar una risa sarcástica—. Maddy, si de verdad te valorara, respetaría tus decisiones.
Sus palabras resonaron en mi mente. Parte de mí sabía que Alina solo estaba preocupada por mí, pero otra parte —la más vulnerable— se sentía atraída por el consuelo que Owen ofrecía.
—No lo sé… —susurré, sintiéndome confundida.
Owen tomó mis manos, mirándome con intensidad.
—Escúchame, lo único que quiero es que seas feliz. Pero no puedo hacerlo si sigues dejando que Alina te haga sentir culpable por estar conmigo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Sentirte atrapada entre nosotros?
Negué con la cabeza, sintiéndome al borde de las lágrimas.
—No… claro que no.
—Entonces necesitas tomar una decisión —dijo con suavidad, pero su tono era firme—. No estoy diciendo que la elimines de tu vida, pero tal vez necesitas un poco de distancia. Al menos hasta que ella acepte que estás conmigo.
Mi mente estaba hecha un lío. ¿Era eso lo que debía hacer? ¿Alejarme de Alina para salvar mi relación con Owen? Cada vez que intentaba encontrar claridad, las palabras de Owen se mezclaban con la voz de Alina, creando una cacofonía que me hacía sentir aún más perdida.
—Está bien —dije finalmente, mi voz apenas un susurro.
Owen sonrió, inclinándose para besarme en la frente.
—Todo estará bien, ya lo verás.
Seguimos caminando, pero algo dentro de mí se había roto. Mientras Owen apretaba mi mano con fuerza, no pude evitar sentir que había cedido algo importante, algo que nunca podría recuperar del todo.
El bullicio del mercado me parecía lejano. La conexión que alguna vez sentí con Owen ahora estaba teñida de duda. Sus palabras resonaban en mi mente, pero la voz de Alina seguía presente, advirtiéndome, reclamándome.
29 de enero de 2025
Suspiré melancólica, observando a Alina a lo lejos coquetear con una chica de mi clase. Su risa resonaba entre las voces indistintas del pasillo, una melodía que solía consolarme y ahora parecía estar fuera de mi alcance. No podía evitar sentir una punzada en el pecho, una mezcla de celos, tristeza y algo que no lograba descifrar.
«¿Por qué me afecta tanto?», me pregunté mientras apartaba la mirada, fingiendo revisar el teléfono.
Desde la ruptura de nuestra amistad, había intentado convencerme de que estaba bien con el espacio entre nosotras, pero la verdad era que me dolía. Había algo en la forma en que Alina estaba tan despreocupada, tan libre, que me hacía sentir como una pieza rota de un rompecabezas que ya no encajaba.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando Owen apareció a mi lado, su presencia imponente llenando el aire.
—Buenos días, cariño —me saludó, inclinándose un poco para buscar mis ojos.
Antes de que pudiera decir algo, sus manos se posaron suavemente en mi rostro, y sus labios encontraron los míos.
El beso fue inesperado, pero no me aparté. Al contrario, me dejé llevar, cerrando los ojos mientras el mundo a mi alrededor se desvanecía.
Cuando se separó, su frente quedó apoyada contra la mía.
—Te amo, Maddy —susurró con una intensidad que me dejó sin palabras.
Pero mientras esas palabras resonaban en mi mente, un destello de movimiento al final del pasillo captó mi atención. Giré la cabeza apenas lo suficiente para ver a Alina, de pie, observándonos. Su expresión era indescifrable, pero el brillo en sus ojos me dejó helada.
En cuestión de segundos, se dio la vuelta y se marchó apresuradamente, dejando tras de sí un vacío que ni siquiera el beso de Owen pudo llenar.
Maldije para mis adentros, pero no la seguí.
—¿Dónde están Devine y Grace? —pregunté curiosa.
Owen se encogió de hombros.
—Ni puta idea.
Reí divertida.
—No entiendo cómo se escabullen tan fácilmente.
—Mejor para nosotros —declaró, acercándome a su cuerpo.
Beso la comisura de mis labios y dejó besos a lo largo de mi mandíbula y cuello hasta llegar a la clavícula.
—¡Exhibicionistas!
Me sobresalté.
—¡Joder! —gritó Owen, sorprendido.
Cristián soltó una sonora carcajada y se agarró el estómago entre risas.
—¡Cristián, te voy a matar!
Reí divertida viendo cómo Owen lo perseguía por los pasillos del colegio entre risas y amenazas.
—La inmadurez de tu novio y su amigo me sorprende.
Volteé a ver a Grace.
—Solo se divierten, no es nada malo, Grace.
Grace rodó los ojos y sonrió burlona.
—¿Solo juegan? ¿En serio, Mads? —negó con la cabeza y señaló a Owen.
Abrí los ojos, sorprendida al ver a Owen encima de Cristián, forcejeando y riendo. A su alrededor, otros estudiantes los miraban con extrañeza, como si fueran lo más raro del mundo.
Decidí intervenir antes de que un profesor llegara a la escena y las cosas se complicaran más. Me acerqué y, con firmeza pero suavidad, separé a Owen de Cristián.
—¡Ya basta, chicos! —dije, tratando de no reírme de la situación.
Owen se levantó, ayudando a Cristián a ponerse de pie. Ambos seguían riendo a carcajadas. Era difícil mantenerse seria cuando sus risas eran tan contagiosas.
—Lo siento, Mads —dijo Owen entre risas, mientras Cristián asentía.
—No hay problema —respondí—, pero será mejor que se calmen antes de que nos metan en problemas.
Cristián miró a Grace y le dedicó una sonrisa juguetona.
—Vamos, Grace, admítelo, nos amas.
Grace bufo.
–Ni en tus mejores sueños–replicó burlona.
Cristian se acercó con una sonrisa maliciosa.
—Eso es lo que tú crees, Grace. Pero quién sabe, tal vez un día te sorprenda —dijo con un guiño.
Grace se rio y le dio un suave empujón en el hombro.
—Sigue soñando, Cristián. Aún tienes mucho que aprender.
Owen, que había estado observando la interacción con una sonrisa, añadió:
—Bueno, chicos, dejemos las bromas y vámonos a clases.
–Aguafiestas –se quejo Cristian.
Negué divertida. Caminamos juntos hasta el salón donde nos tocaba Biología y entramos bajo la mirada juzgadora del profesor Philips, un hombre de treinta y tantos. Su clase es una de las más molestas y tediosas; odia poner notas altas y siempre hace exámenes sorpresa.
Philips carraspeó, interrumpiendo nuestras risas y charlas.
—A sus asientos, por favor —ordenó con tono severo.
Nos dirigimos rápidamente a nuestras mesas, tratando de no llamar más la atención de la necesaria. Apenas nos habíamos sentado cuando el profesor anunció:
—Hoy tendremos un examen sorpresa.
Se escucharon suspiros y murmullos de desaprobación por todo el salón. Miré a Owen y a Cristián, quienes compartían la misma expresión de resignación que yo. Grace, por otro lado, parecía un poco más preparada, aunque no menos molesta por la sorpresa.
—Tomen una hoja y comiencen —dijo Phillips mientras comenzaba a distribuir los exámenes.
Respiré hondo y me concentré en el papel frente a mí, dispuesta a enfrentar otra tediosa clase de biología.
—Srta. Lee —llamó Philips.
Grace miró al profesor con una mezcla de miedo y molestia.
—¿Sí, profesor?
—Usted puede irse —informó seco—. Está eximida de este examen.
Abrí la boca sorprendida.
—Umm, gracias —murmuró incrédula.
Grace salió del salón con la mirada de todos fija en su espalda. Todos la miraban con envidia, incluyéndome. Daría un riñón para saltarme la clase de este profesor.
Pensé en lo afortunada que era Grace. Estábamos en nuestro último semestre de clases en Canadá, el último año antes de graduarnos. Este era el momento en que todos los exámenes y proyectos finales se acumulaban, y cada oportunidad para librarse de una de esas pesadillas era una bendición.
Me sacudí esos pensamientos y traté de concentrarme en mi examen. Philips caminaba entre las filas, observando a cada estudiante con su mirada crítica. Los minutos pasaban lentamente, y las preguntas del examen parecían más complicadas de lo habitual.
De repente, el timbre sonó, señalando el final de la clase. Solté un suspiro de alivio y empecé a recoger mis cosas. Owen y Cristián se acercaron a mí, también aliviados de que la clase hubiera terminado.
—Vaya, eso fue brutal —dijo Owen, sacudiendo la cabeza.
—De tanto pensar me dio hambre —soltó Cristián.
—¿Tú piensas? —respondí, apretando los labios para contener la risa.
Owen y Cristián se miraron y luego se unieron a mi risa. Mientras caminábamos por los pasillos del colegio, empezamos a planear dónde iríamos a comer. Con nuestro último semestre en marcha, cada día parecía una mezcla de emociones: la presión de los exámenes finales, la emoción de la graduación y la incertidumbre del futuro.
–Daria lo que fuera por un batido de chocolate y una hamburguesa –Suspiro Cristian.
—Vayan ustedes, debo ir al baño —dije, mientras me dirigía hacia el baño.
Owen y Cristián asintieron y se dirigieron a la cafetería del instituto. Tarareé la letra de mi canción favorita y entré al baño. Había dos chicas frente al espejo retocándose el maquillaje y charlando.
Me dirigí a uno de los lavabos y aproveché para refrescarme un poco. Mientras me lavaba las manos, escuché el sonido de jadeos y gemido venir de uno de los cubículos.
Una de las chicas soltó una risa nerviosa y miré el cubículo con curiosidad y sorpresa. La puerta se abrió y por ella salió una rubia con el cabello desordenado, el rostro sonrosado y la ropa desarreglada.
La chica se detuvo un momento, notando nuestras miradas, y trató de arreglarse un poco antes de salir del baño apresuradamente. Las otras dos chicas intercambiaron miradas y sonrisas cómplices, pero no dijeron nada.
Borré la sonrisa divertida al ver salir a Alina del mismo cubículo, con una sonrisa arrogante; tenía el cabello negro desordenado y sus labios estaban húmedos e hinchados.
La escena me dejó perpleja por un momento. Alina notó mi mirada y me lanzó cuchillas con los ojos.
–¿Se te perdió algo? –Preguntó bruscamente.
Abrí la boca y la cerré al instante, sin saber cómo responder. La tensión en el aire era palpable, y las otras chicas en el baño se quedaron en silencio, observando la interacción.
–Nada…no es nada.
Seguí con mi labor de lavarme las manos mirándola de reojo, habían dos marcas de color rosado en su cuello .Alina se dio cuenta de mi mirada y se ajustó el cabello, tratando de cubrir las marcas.
Se lavó las manos apresurada y salió de la misma forma, no sin antes aniquilarme con la mirada. me trague el mal sabor y suspire, tratando de dejar atrás el incómodo encuentro.
Volví a la cafetería y encontré a Owen y Cristián disfrutando de sus comidas. Me senté con ellos y empecé a comer mi hamburguesa y beber mi batido de chocolate.
—¿Te pasa algo? —preguntó Owen, notando mi expresión.
—Solo tuve un encuentro incómodo en el baño —respondí, encogiéndome de hombros—. Nada importante.
Cristián se rio, tratando de aliviar el ambiente.
—Bueno, al menos tenemos comida deliciosa para animarnos.
Asentí de acuerdo y me concentré en disfrutar de mi comida. Pero no pude evitar que mis pensamientos volvieran a la escena en el baño. ¿Qué estaba haciendo Alina? Y más importante aún, ¿por qué me afectaba tanto?
La conversación en la mesa siguió siendo animada, con Owen y Cristián haciendo bromas y compartiendo anécdotas. Sin embargo, mi mente estaba en otro lugar, atrapada entre la curiosidad y la confusión.
A pesar de que intenté sumergirme en la conversación y disfrutar de la comida, mis pensamientos seguían volviendo a la escena en el baño. La imagen de Alina y su actitud brusca no dejaba de rondar por mi mente.
Finalmente, decidí que necesitaba aclarar mis pensamientos. Me dirigí a Owen y Cristián con una sonrisa forzada.
—Chicos, creo que necesito un momento a solas. Me siento un poco abrumada —dije, tratando de sonar lo más tranquila posible.
Owen frunció el ceño, preocupado.
—¿Estás segura? Podemos acompañarte si quieres.
Negué con la cabeza.
—No, de verdad. Necesito pensar un poco.
Me levanté de la mesa y salí de la cafetería, buscando un lugar tranquilo donde pudiera reflexionar. Encontré un banco en el patio del instituto y me senté, tratando de ordenar mis pensamientos.
¿Por qué me afectaba tanto lo que había visto en el baño? Alina siempre había sido una persona importante en mi vida. Aunque nuestra amistad había terminado hace dos años, no podía ignorar lo mucho que ella todavía significaba para mí.
Mientras estaba perdida en mis pensamientos, sentí una presencia a mi lado. Levanté la mirada y vi a Grace, quien se sentó en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
Suspiré, agradecida por su compañía.
—Solo estoy tratando de entender algunas cosas.
Grace asintió con una sonrisa comprensiva.
—Sabes que siempre puedes hablar conmigo.
Suspiré, frustrada.
—Realmente no es importante —murmuré.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no lo es, Grace —repetí, exhalando con pesadez—. Solo tuve un encuentro incómodo con Alina, eso es todo.
—¿Qué pasó exactamente?
—La vi salir de un cubículo en el baño —Grace enarco una ceja—, detrás de una rubia que parecía bastante… satisfecha.
Grace me miró con sorpresa y diversión.
—¿Quieres decir que tuvieron sexo?
—Ajá —murmuré, cruzándome de brazos.
—¿Y por qué eso te importa? Para empezar, eran amigas. Ya no lo son e incluso si lo fueran, no tienes razones para molestarte… o sentir celos.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. ¿Celos? ¿Era eso lo que sentía? La idea me dejó perpleja.
Grace me observó unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Mads, ¿alguna vez sentiste algo más por Alina Grives?
La miré, incrédula.
—¡Claro que no!
Grace alzó una ceja, escéptica.
—¿Segura? ¿Nunca sentiste ni una leve atracción? Digo, ella es atractiva, muy atractiva.
Aparté la mirada. No estaba segura. Alina siempre había sido mi amiga, pero… ¿realmente nunca había sentido algo por ella?
—No lo sé —admití en voz baja.
Fruncí el ceño, intentando recordar, pero Grace interrumpió mis pensamientos.
—Tranquila, Mads, solo piénsalo con calma y luego me cuentas —dijo suavemente—. Lo importante es ser honesta contigo misma.
Asentí, aunque no dije nada. Sabía que necesitaba tiempo para procesar todo lo que estaba pasando en mi cabeza.
Después de un rato, me levanté del banco y Grace me siguió.
—Vamos con los chicos —dije, tratando de sonar más segura de lo que me sentía.
Caminamos de regreso a la cafetería, donde Owen y Cristián todavía conversaban animadamente. Al cruzar la puerta, mis ojos recorrieron el lugar casi sin pensarlo… hasta que la vi.
Alina estaba allí. Y, como si sintiera mi mirada, alzó la vista y nuestros ojos se encontraron.
Mi estómago se tensó.
No supe si fue por rabia… o por algo más.
Tiempos rotos
Una persona que lo dio todo no merece estar preguntándose que hizo mal
Alina
19 de junio 2023
Inhalé el humo del cigarro y suspiré, estresada por el ruido dentro de la casa. La fiesta de fin de semestre es más caótica de lo que pensé. Es mi primer año asistiendo y ya puedo decir que no me gustaría volver, a menos que necesite olvidar algo, justo como ahora. Tiré la colilla del cigarro y saqué un chicle de menta de mi chaqueta. Entré a la sala principal de la casa, donde estaba la mayor parte de los invitados. La mayoría estaba tomando alcohol y los que no, bueno, ellos estaban drogándose con hierba o pastillas que vendía Sally Wilson en el segundo piso de la fiesta.
De repente, la puerta se abrió y Madeleine entró con Owen a su lado. Apreté el vaso de plástico, derramando el líquido en el piso. Me di vuelta y caminé hasta la mesa donde estaban jugando Beer pong. Tomé la botella de tequila que estaba encima y me la empiné, tratando de ignorar la presencia de Madeleine en la fiesta.
Observé a Madeleine de reojo mientras seguía charlando con Owen. No podía evitar sentir una punzada de celos y enojo. Recordé los momentos en que Madeleine y yo éramos inseparables, y cómo todo cambió cuando Owen entró en escena. Ahora, aquí estaban ellos, actuando como si nada hubiera pasado.
El alcohol empezó a hacer efecto y sentí el impulso de confrontarla. Sin embargo, decidí mantener la compostura. No quería darle el gusto de verme afectada. Me uní al juego de Beer pong, intentando concentrarme en los tiros y las risas a mi alrededor, pero mi mente seguía volviendo a Madeleine y Owen.
–Alina —me llamó una chica– ¿Quieres divertirte?
Me di la vuelta y vi a Sabrina, una de las chicas más animadas de la clase. Llevaba una sonrisa traviesa y sostenía una botella de tequila en la mano. Asentí, pensando que quizás distraerme un poco no sería una mala idea.
Me acerqué a ella e intenté tomar la botella de tequila.
–No, esto no funciona así –me detuvo Sabrina.
–¿Y cómo funciona? –pregunté, esbozando una sonrisa juguetona.
–Sácate la blusa –ordenó, buscando sal y limón entre todo el alcohol.
Me saqué la blusa roja, quedando solo en brasier. Sabrina sonrió satisfecha y pasó el limón por mi clavícula hasta llegar a mi mandíbula. Puso sal por el recorrido de limón y me puso la mitad del limón en la boca.
–¿Puedo?
Asentí sin entender.
Me tomó de la cintura y me acercó a su cuerpo. Pasó su lengua por el recorrido del limón y jadeé, sorprendida al sentir su lengua caliente contra mi cuello. Al separarse, se tomó el chupito y acercó su boca a la mía.
Inclinó un poco la cabeza y rozó mis labios con los suyos. Al principio fue un contacto suave, casi tímido, pero rápidamente se volvió más intenso. Sus labios eran cálidos y firmes, y su beso tenía un ritmo pausado, como si quisiera prolongar ese momento indefinidamente.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Coloqué mis manos sobre sus hombros, dejándome llevar por el instante. Por unos segundos, el ruido de la fiesta desapareció, las miradas dejaron de importar, y solo estábamos ella y yo.
Cuando finalmente nos separamos, todavía podía sentir el sabor del tequila en mis labios. Sabrina me miró con esa expresión traviesa que parecía ser parte de su esencia.
–Eso fue… inesperado –dije, tratando de sonar casual.
–¿Lo fue? –replicó Sabrina, arqueando una ceja. –No parecías sorprendida.
Reí nerviosa.
–Creo que me toca a mí ahora –afirmé.
Sabrina sonrió con ese aire de seguridad que siempre lograba desarmar a cualquiera. Dio un paso hacia mí, reduciendo aún más la distancia que nos separaba. Sentí cómo mi pulso se aceleraba, pero me mantuve firme, decidida a no dejarme intimidar.
–Claro –murmuró sonriente, pasándome otra mitad de limón.
Repetí el mismo proceso y pasé mi lengua por su escote hasta llegar a su cuello, saboreé el jugo de limón antes de empinarme el chupito. Hice una ligera mueca y acerqué mi boca a la suya tomando el limón entre mis labios, lo mordí ligeramente y junté mis labios a los de ella.
En un beso ansioso con sabor a tequila, el limón danzaba entre nuestras lenguas y mordí su labio inferior provocando que soltara un jadeo de sorpresa.
–Mierda…
Abrí la boca para hablar, pero de repente sentí que alguien me agarraba la mano con firmeza. Antes de que pudiera reaccionar, me arrastraron lejos de Sabrina. Giré la cabeza y vi a Madeleine con una expresión de enojo.
–¿Qué crees que estás haciendo? –pregunté, intentando soltarme.
Madeleine me soltó bruscamente, sus ojos llamearon con una mezcla de furia y algo más profundo. Di un paso atrás, sintiendo la intensidad de su mirada.
–¡Lo que me estoy preguntando es qué te pasa a ti! –gritó Madeleine– ¡Qué se te está pasando por la cabeza, Alina!
–¿Perdón? No entiendo por qué te metes en algo que no te incumbe –respondí ofendida.
–Estás ebria, Alina –me reprochó.
Gruñí fastidiada.
–¡Ese no es tu maldito problema!
–Lina, por favor, escucha –dijo Madeleine, su tono más suave ahora.
Maldije, y me pasé la mano por el pelo, mirando de reojo a mi alrededor, algunos habían volteado a vernos al escuchar los gritos.
–Acá no.
Asintió y me siguió hacia el segundo piso de la casa, pasando entre parejas en su momento apasionado y borrachos. Entré a una habitación y la cerré con llave cuando Madeleine entró.
–¿Por qué te importa tanto? –le respondí, tratando de ocultar el dolor en mi voz. –Tú elegiste estar con él, me dejaste atrás.
Madeleine frunció el ceño, su voz llena de reproche.
–Eso no significa que no te quiera, Alina.
Me reí sarcásticamente, mi voz goteando ironía.
–¿Ah, no? –espeté con sarcasmo. –Solo es elegir a un completo desconocido en vez de tu amiga de dos años, Madeleine.
Madeleine cruzó los brazos, su expresión se endureció.
–Alina, tú siempre has sido controladora. Siempre metiéndote en mi vida, en mis relaciones. No tenías derecho a decidir por mí.
Sentí cómo la rabia burbujeaba dentro de mí.
–¡Eso no es cierto! –grité. –Solo quería protegerte, cuidar de ti porque me importas. ¡Eras mi maldita mejor amiga, Madeleine!
–¡Pero no soy tu maldita madre, Alina! –respondió con furia. –No voy a cometer los mismos errores.
Sus palabras me golpearon como un balde de agua fría. La rabia se mezcló con una profunda tristeza, pero antes de poder responder, Madeleine continuó.
–Yo no necesito que me salves.
–Tú… –comencé, pero Madeleine me interrumpió, su voz ahora más suave y llena de resignación.
–Lo siento, pero lo elijo a él –murmuró derrotada, bajando la mirada.
El silencio en la habitación era ensordecedor. Sentí cómo una ola de dolor y desilusión me invadía. Madeleine había tomado su decisión.
–Vete al diablo, Madeleine –dije, mi voz llena de amargura y tristeza.
Madeleine se quedó quieta, sus ojos llenos de dolor al escuchar mis palabras.
–Alina… –comenzó, pero la interrumpí.
–No, no quiero escuchar nada más. Has hecho tu elección –le dije, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a brotar de mis ojos.
Madeleine dio un paso hacia mí, pero me alejé, cruzando los brazos sobre mi pecho como una barrera protectora.
–Solo quiero que sepas que nunca quise hacerte daño –dijo Madeleine, su voz temblando. –Pero tengo que seguir adelante con mi vida.
Sentí una mezcla de rabia y desesperación burbujear dentro de mí.
–Haz lo que quieras, pero después no vengas a mí arrepentida –amenacé, mi voz cargada de resentimiento. –Tú elegiste, ahora asume las malditas consecuencias.
Madeleine levantó la mirada, sus ojos llenos de dolor.
–No me mires, no me hables, no me extrañes –añadí. –De ahora en adelante somos simples desconocidas.
La tensión y el dolor en la habitación eran palpables. Madeleine bajó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas.
–Si eso es lo que quieres, Alina, así será –dijo con un hilo de voz, la tristeza evidente en cada palabra.
El silencio volvió a caer entre nosotras, pesado y doloroso.
–Espero que no te arrepientas de esto, Croft –dije con una voz monótona, tratando de ocultar el dolor.
Madeleine me miró, sus ojos llenos de una tristeza infinita.
–Yo también… –murmuró, con palabras cargadas de resignación.
Con esas últimas palabras, sentí cómo un vacío se formaba en mi pecho. Ambas habíamos dicho lo que necesitábamos, pero el dolor seguía siendo igual de intenso.
Salí de la habitación, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi interior. Caminé directamente hacia la mesa, donde tomé una botella medio llena de vodka.
El líquido ardía en mi garganta mientras bebía, tratando de ahogar el dolor que sentía. La fiesta continuaba a mi alrededor, pero todo parecía distante, como si estuviera en una burbuja de sufrimiento.
Sabrina me siguió, su expresión preocupada.
–Alina, esto no es la solución –dijo suavemente, tratando de alcanzar la botella.
La aparté, mi mirada fija en el suelo.
–Déjame en paz, Sabrina –murmuré, mordaz.
–Solo quiero ayudarte –respondió, su voz suave, pero no insistió más.
Me quedé sola con la botella de vodka en la mano, sintiendo cómo el dolor y la rabia se mezclaban en mi interior. Bebí un trago largo, tratando de ahogar las emociones que me consumían.
La fiesta continuaba, la música a todo volumen reventaba mis oídos, y los cuerpos se movían demasiado cerca del mío. El sudor y el éxtasis me invadieron, creando una mezcla de sensaciones que me hacían olvidar, aunque solo fuera por un momento, el dolor que sentía.
Me tambaleé hasta el segundo piso y miré fijamente a Sally Wilson, que le estaba dando una bolsita de algo a un borracho. Hicimos contacto visual y sonrió maliciosa al verme.
Me acerqué lentamente, tratando de mantener el equilibrio.
–¿Qué haces, Sally?
Sally se encogió de hombros, su sonrisa no desapareció.
–Solo divirtiéndome un poco, Alina. ¿Quieres divertirte tú también? –respondió sugestivamente.
Tragué saliva.
–Sí…
Me perdí en las palabras que decía a mi oído, su voz era un susurro hipnótico. Se separó con una sonrisa traviesa aún en sus lindos labios y se puso una pastilla diminuta en la lengua.
Antes de que pudiera reaccionar, impactó su boca contra la mía en un beso que me dejó atontada. Su lengua jugueteaba con la mía, y en un movimiento hábil, dejó la pastilla en mi boca. Sin darme cuenta, la tragué.
El sabor amargo se mezcló con la confusión en mi mente. Me aparté, tratando de entender lo que acababa de suceder. Sally me miraba con una sonrisa maliciosa, sus ojos brillaban con una mezcla de triunfo y desafío.
–Relájate y disfruta del viaje –dijo, su tono despreocupado.
Sentí una ola de calor recorrer mi cuerpo, seguida de un ligero mareo. La música y las luces de la fiesta parecían distorsionarse a mi alrededor, como si todo se moviera en cámara lenta. Los colores se volvieron más intensos, y las sombras parecían alargarse y retorcerse.
Mi corazón comenzó a latir más rápido, y una sensación de euforia mezclada con pánico se apoderó de mí. Intenté mantener la calma, pero mi mente se nublaba cada vez más. Las voces de las personas a mi alrededor se volvían ecos distantes, y me costaba concentrarme en lo que decían.
El suelo parecía moverse bajo mis pies, y tuve que apoyarme en la pared para no caer. Sentí cómo mis pensamientos se volvían confusos y desordenados, y una sensación de irrealidad se apoderó de mí. Era como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
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La luz del sol me despertó, atravesando las cortinas y golpeando mi rostro. Sentí un dolor punzante en la cabeza y un mareo persistente que me hacía difícil recordar los eventos de la noche anterior.
Me incorporé lentamente, dándome cuenta de que estaba en una habitación desconocida. El cuarto estaba desordenado, con ropa y botellas vacías esparcidas por el suelo. Miré a mi alrededor, tratando de ubicarme y entender qué había sucedido.
Las imágenes de la fiesta comenzaron a regresar en fragmentos, distorsionadas y confusas. Recordé a Sally, el beso, y la pastilla que me había dado. Sentí una mezcla de temor y arrepentimiento mientras intentaba recordar más detalles.
Con esfuerzo, me levanté y me dirigí al baño, esperando que el agua fría me ayudara a despejar la mente. Mientras el agua corría, miré mi reflejo en el espejo, viendo una versión de mí misma que apenas reconocía.
Mis ojos estaban rojos, las ojeras de un color púrpura intenso y los labios secos. Mi cuerpo tenía marcas de manos y chupetones por todo el abdomen y los muslos.
—Mierda. Mierda. Mierda —susurré, sintiendo cómo el pánico me invadía.
El dolor de cabeza punzante y el mareo no ayudaban. Las imágenes de la noche anterior seguían siendo borrosas, y cada intento de recordar solo aumentaba mi ansiedad.
Sentía el peso de la culpa y la desesperación aplastándome. Había perdido el control y ahora debía enfrentar las consecuencias, tanto físicas como emocionales.
Miré mi reflejo una vez más, tratando de encontrar alguna señal de la persona que solía ser. Pero todo lo que veía era a alguien quebrada y asustada.
—Joder, soy un puto desastre —murmuré.
Suspiré por última vez y busqué mi ropa. Me puse el sostén negro y la falda del mismo color. La blusa se había perdido antes de que todo se fuera a la mierda. Me puse las Converse negras y salí de la casa, pasando entre personas desnudas y vómito.
Al salir, me topé con una señora mayor. Al verme solo con el sostén y la falda, su rostro se llenó de horror.
—¡Dios mío! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Estás bien, querida?
Sentí una mezcla de vergüenza y desesperación.
—Sí, estoy bien —mentí, tratando de evitar su mirada.
La señora me observó con preocupación, pero no insistió.
Seguí caminando, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda. Caminé con la sensación de que todos me miraban y me juzgaban. Pronto, estaba frente a la gran casa que era mi «hogar».
Al entrar, me recibió la mirada furiosa de mi padre.
—¿Dónde estabas? —preguntó bruscamente.
El tono de su voz resonó en el silencio de la casa, dejando claro que no habría excusas aceptables. Las palabras se atoraron en mi garganta mientras trataba de encontrar una respuesta que no alimentara su ira aún más.
—Estaba en la fiesta de fin de semestre —respondí vacilante.
Mi padre me miró fijamente, con incredulidad.
—¿Una fiesta? —repitió, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
Me miró de arriba a abajo, soltando una risa seca y sin humor.
—Mírate, pareces una puta —se burló—. ¡Caminando por la jodida calle en sostenes como si nada!
Su mirada crítica me hizo desear poder desaparecer en ese momento. Bajé la vista, incapaz de sostener su mirada.
—Eres igual de puta que tu madre —espeto.
Apreté los labios.
—No hables así de mi madre.
—¿Perdona? ¡Yo voy a hablar como se me dé la gana! —gritó furioso—. ¡Tú eres la hija, no al revés!
Sus palabras me golpearon como un puño en el estómago. Sabía que la relación con mi madre siempre había sido un tema sensible, pero escuchar su desprecio tan abiertamente me dolió más de lo que quería admitir.
—No tienes derecho a hablar así de ella —dije, tratando de mantener la voz firme.
Él se acercó, la furia en su rostro palpable.
—Yo tengo derecho a decir lo que quiera en mi casa. No te olvides de eso —su voz se convirtió en un susurro amenazante.
Sentí mis manos temblar de la rabia contenida. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero me negué a dejar que las viera. No le daría la satisfacción de saber cuánto me afectaban sus palabras.
—¡Si tanto la odias, entonces vete! No te necesitamos.
Pegué un grito de sorpresa al sentir su mano impactar contra mi pómulo. El dolor fue instantáneo, y el shock me dejó paralizada por un momento. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras me llevaba una mano a la mejilla, sintiendo el ardor y la hinchazón.
—¡No vuelvas a hablarme así! —gritó, su voz llena de furia y desesperación.
Retrocedí un paso, el miedo y la tristeza mezclándose en mi interior. No podía creer que todo hubiera llegado a este punto. La relación con mi padre siempre había sido tensa, pero nunca imaginé que se tornaría violenta.
—¡Te odio!
Ignoré los gritos y subí a mi cuarto, cerrando la puerta con pestillo. El sonido de sus pasos resonaba en el pasillo mientras me apoyaba contra la puerta, tratando de calmar mi respiración agitada. Las lágrimas corrían por mis mejillas, y el dolor en mi pómulo palpitaba con cada latido de mi corazón.
—¡Alina, abre la puta puerta! —gritó mi padre.
Golpeó la puerta con fuerza, y cerré los ojos tratando de ignorarlo.
—¡Abre o la abro a patadas!
Me alejé de la puerta, sabiendo que él sería capaz de hacerlo.
—¡Abre!
El silencio llegó de repente, pero no duró mucho. La puerta se rompió con estrépito, y mi padre entró, con el rostro contorsionado por la ira.
—¡Si te digo que abras, entonces abre! —bramó.
Me acurruqué en un rincón mientras gritaba, empeorando mi dolor de cabeza. De la nada, tomó mi computadora y la dejó en el piso. Sus botas impactaron contra la pantalla, rompiéndola, haciendo que los pedazos de cristal se dispersaran por toda la alfombra gris.
Miré mi computadora con ira.
—Ordena tu maldita habitación —espeto, mirándome con suficiencia—. Parece un chiquero.
Apreté los puños, viendo su espalda desaparecer. El nudo en mi garganta se hizo más doloroso y contuve las lágrimas, repitiendo mi mantra:
Llorar es debilidad. No le des el gusto de verte mal.
Cada palabra resonaba en mi mente, una y otra vez, como un escudo frágil contra el dolor emocional que me invadía. La casa, que alguna vez fue un refugio, ahora se sentía como una trampa. Me dejé caer en la cama, abrazando la almohada con fuerza, tratando de encontrar consuelo en el silencio de mi habitación.
Las palabras de mi padre seguían resonando en mi cabeza, una y otra vez. Con los ojos cerrados, intenté recordar un tiempo en el que las cosas eran diferentes, cuando la casa era un hogar lleno de risas y amor. Pero esos recuerdos parecían tan distantes, como un sueño al que ya no podía aferrarme.
Especialmente porque muchos recuerdos son de sus discusiones. El trabajo como doctora de mi madre no me permitía verla seguido, y mi padre prefería hacer cualquier cosa menos jugar conmigo. La soledad es algo con lo que he vivido toda mi vida. Ya me acostumbré.
Los ecos de las peleas entre mis padres llenaban la casa, dejando poco espacio para el amor y la calidez. En los momentos en que mi madre estaba presente, su atención siempre estaba dividida entre su trabajo y nuestras necesidades. Mis intentos por acercarme a mi padre a menudo resultaban en desilusiones, ya que él encontraba cualquier excusa para estar ocupado y evitar pasar tiempo conmigo.
La soledad se convirtió en mi compañera constante, una sombra que nunca desaparecía. Aprendí a llenar mis días con actividades solitarias, refugiándome en libros y fantasías para escapar de la realidad que me rodeaba. Los pocos momentos de alegría parecían fugaces, eclipsados por la sensación persistente de estar sola.
A medida que crecí, esa soledad se convirtió en una parte fundamental de mi identidad. Aprendí a no depender de los demás para mi felicidad y a encontrar consuelo en mi propia compañía. Pero, aunque me había acostumbrado a esta existencia solitaria, una parte de mí siempre anhelaba la conexión y el amor que parecían tan inalcanzables.
Madeleine fue un error garrafal. Me arrepiento de haberla dejado entrar. Es igual que todos, siempre prometiendo quedarse cuando solo me decepcionan y se van como si nunca hubieran existido.
Cada vez que alguien nuevo entraba en mi vida, llevaba consigo la esperanza de que esta vez sería diferente. Pero una y otra vez, esa esperanza se desvanecía, reemplazada por la amargura de la decepción. Con Madeleine, había creído que sería distinto. Sus promesas parecían sinceras, y su presencia había traído un destello de luz a mi oscura realidad. Pero, al igual que los demás, se había ido, dejando tras de sí un vacío aún mayor.
Sentía que la culpa era mía, por confiar en ella, por abrirme y mostrarle mis vulnerabilidades. Cada nueva relación que terminaba me dejaba más herida y desconfiada. La soledad que alguna vez había sido mi refugio, ahora parecía una prisión. La desconfianza había echado raíces profundas en mi corazón, y cada intento de arrancarlas solo las hacía crecer más fuertes.
Me pregunto si alguna vez seré capaz de encontrar a alguien que realmente se quede, alguien que no me abandone cuando las cosas se vuelvan difíciles.
Solté una risa burlona.
—Como si esas cosas pasaran —dije en voz baja, sintiendo la ironía de mis propias palabras.
El silencio en la habitación era ensordecedor, y mis pensamientos se arremolinaban sin descanso. La sensación de vacío se intensificaba, y me di cuenta de que, a pesar de todo, seguía anhelando esa conexión, esa esperanza de que alguien, en algún lugar, pudiera romper el ciclo de decepciones.
Por ahora, mi compañía solo será la música y mi preciada libreta de poemas.
Me acerqué a mi escritorio, donde mi vieja radio y mi libreta descansaban en su lugar habitual. Encendí la radio, dejando que las melodías suavemente llenaran el espacio vacío de la habitación. La música tenía un poder curativo, una forma de transportarme lejos de mis problemas y conectar con mis emociones más profundas.
Abrí mi libreta de poemas, sintiendo el familiar crujido de las páginas al deslizar mis dedos por ellas. Era mi refugio, el lugar donde volcaba mis pensamientos y sentimientos más íntimos. Con cada palabra escrita, sentía una pequeña liberación, un alivio de la carga emocional que llevaba.
Busqué entre las gastadas páginas hasta encontrar un sitio vacío donde escribir mis pensamientos.
Me recosté en la cama, dejando que la música siguiera envolviéndome mientras cerraba los ojos. Los pensamientos seguían revoloteando en mi mente, pero poco a poco la calma comenzaba a instalarse. Sentía el cansancio acumulado del día y la liberación que había sentido al escribir mis pensamientos.
La melodía suave me arrullaba, y mi cuerpo finalmente empezó a relajarse. El peso emocional de la jornada se desvanecía lentamente, y la tranquilidad se apoderaba de mí.
Mis párpados se hicieron pesados, y la oscuridad se fue apoderando de mi visión. Con un suspiro profundo, me dejé llevar por el sueño, esperando que la mañana trajera consigo una nueva oportunidad para empezar de nuevo.
La noche se extendía silenciosa y protectora, ofreciéndome un momento de paz y descanso.
Discusiones apasionadas
Que suerte tienen las personas que se gustan mutuamente
Alina
03 de febrero 2025
Bostecé ruidosamente, cubriéndome la boca con la mano. Deseaba con toda mi alma que la semana pasara rápido. Segunda semana y ya quiero mis preciadas vacaciones de vuelta. Me ajusté la chaqueta al sentir que el viento helado se colaba por las rendijas.
Amo el invierno, y quien diga que el verano es mejor, es un ignorante. Para mí, los días invernales son hermosos: el frío, los cielos nublados, la sensación de confort…
Caminé entre la nieve, sintiendo ese familiar olor a café. Me ajusté la gorra y, con entusiasmo, entré a la cafetería. Al entrar, me recibió el ambiente cálido y el aroma a pasteles y café recién hecho. Se me hizo agua la boca y caminé hasta la caja.
Mientras esperaba mi turno, observé a los demás clientes disfrutar de sus bebidas calientes y sus conversaciones animadas. El bullicio del lugar contrastaba con la quietud de las calles nevadas afuera. Finalmente, pedí un cappuccino y un croissant recién horneado, y me dirigí a una mesa cerca de la ventana.
Saqué mi libro de la mochila y me puse los auriculares. La música suave que comenzó a sonar me ayudó a relajarme mientras abría las páginas del libro. Afuera, la nieve seguía cayendo, creando una escena perfecta para disfrutar de un buen libro y una bebida caliente.
Suspiré satisfecha y observé el paisaje que se extendía por las calles. No estaba ni muy llena ni muy vacía; algunos niños que iban al colegio corrían de aquí a allá con bolas de nieve en las manos y grandes sonrisas.
Terminé mi café y mi croissant y salí una vez más al frío. Ya casi era la hora de entrar a clases, y no me apetecía llegar tarde. Tocaba mi materia favorita: Literatura.
Apuré el paso y, con cada bocanada de aire frío, sentí cómo me despertaba más. Llegué a las puertas del St. Clair Academy y las crucé rápidamente, sintiendo el cambio de temperatura al entrar al edificio. Caminé por los pasillos, ignorando el bullicio de mis compañeros, hasta llegar al aula de Literatura.
Tenía el nuevo horario de clases en la mano. Al entrar, el profesor Adrián Anderson me recibió con una sonrisa. Le devolví el gesto y lo saludé antes de sentarme en mi lugar habitual: junto a la ventana.
La clase comenzó y, pronto, el salón se llenó. Victoria no había venido al instituto, así que no estaba a mi lado como de costumbre, y Mathias tuvo que ir al hospital. El asiento junto a mí estaba vacío, o lo estaba… pensé con amargura.
Madeleine se sentó sin dirigirme la mirada, y yo la fulminé con los ojos. Qué manera de arruinarme los ánimos, joder.
—Buenos días a todos. Hoy vamos a hablar sobre la importancia de la literatura en nuestras vidas —dijo el profesor Anderson—. La literatura no solo nos ofrece entretenimiento, sino que también nos ayuda a entender mejor el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué piensan ustedes sobre el papel de la literatura en la sociedad?
El profesor tenía un libro en la mano y estaba sentado en la mesa de forma relajada.
—La literatura nos permite explorar diferentes culturas, épocas y perspectivas. Nos ayuda a desarrollar empatía y a ver el mundo desde los ojos de otros. ¿Quién quiere compartir sus pensamientos sobre cómo la literatura ha impactado sus vidas?
Una mano se levantó en el fondo del aula. Era Alex, uno de mis compañeros en el club de literatura.
—Creo que la literatura nos ofrece una forma única de reflexionar sobre nuestras propias vidas. Al leer sobre los desafíos y triunfos de los personajes, podemos aprender lecciones valiosas y encontrar consuelo en saber que no estamos solos en nuestras luchas.
Levanté la mano.
—¿Sí, Alina?
—Creo que la literatura es una forma de escape. Leer sobre mundos paralelos o romances que uno sabe que no son reales, pero que deseamos tener, es fascinante. Nos transporta a aventuras maravillosas que quizá nunca vivamos.
El profesor Anderson sonrió, satisfecho con mi respuesta.
—Exactamente, Alina. La literatura tiene esa capacidad de transportarnos a otros mundos y ofrecernos experiencias que, de otro modo, no podríamos vivir. Es un refugio donde exploramos nuestros deseos y sueños más profundos.
Miró alrededor del aula.
—¿Alguien más quiere compartir su opinión?
Madeleine levantó la mano.
—La literatura es buena, pero también nos hace olvidar la realidad. Leer sobre romances perfectos o mundos fantásticos nos da una imagen falsa de la vida.
—Qué tontería más grande —exclamé ofendida.
—Pues es mi opinión —replicó Madeleine.
—Para tu inculta información, la literatura no siempre trata sobre cosas perfectas. Deseamos lo que no podemos tener; no es inmadurez, es humanidad.
—Claro, pero la literatura nos aleja de la realidad —espetó ella.
—¡Ese es el punto! ¡Escapar de una realidad que no deseamos!
El profesor Anderson intervino, calmando la discusión.
—Ambas tienen puntos válidos. La literatura tiene el poder de ofrecer una vía de escape y, al mismo tiempo, enseñarnos lecciones importantes sobre la vida y la condición humana. No se trata de evitar la realidad, sino de encontrar un equilibrio. La lectura puede ser una forma de entretenimiento, pero también de reflexión y crecimiento personal.
Se dirigió a la clase con una sonrisa.
—Quiero que piensen en un libro que haya tenido un impacto significativo en sus vidas. ¿Qué les enseñó y cómo les hizo sentir? La literatura nos ofrece tantas perspectivas y nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
Apreté los dientes, tragándome las ganas de seguir discutiendo.
—Alina, tengo entendido que tú lees y escribes poesía —añadió el profesor, dudando un poco—. ¿Te importaría decirnos qué te enseñó y cómo te hizo sentir leer y escribir tus propios poemas?
Sentí las miradas de mis compañeros posarse sobre mí, expectantes. Tomé aire y, con un poco de nerviosismo, comencé a hablar:
—Leer y escribir poesía ha sido una forma de expresarme y entender mis propias emociones. A veces, las palabras no son suficientes para describir lo que siento, pero la poesía me permite explorar esos sentimientos de una manera más profunda y significativa. Escribir mis propios poemas me ha enseñado a observar el mundo con más atención y a encontrar belleza en lo cotidiano.
Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas.
—La poesía también me ha dado una voz, una manera de comunicarme cuando siento que no puedo hablar directamente. Ha sido un refugio y un escape.
El profesor Anderson asintió con una sonrisa, alentándome a continuar.
—Así que, para mí, la poesía es tanto un escape como una herramienta de auto-reflexión.
—¿Tienes un escritor favorito? —preguntó.
Me tomé un momento para pensar antes de responder.
—Es difícil elegir solo uno, pero si tuviera que nombrar uno, diría que Alejandra Pizarnik es una de mis favoritas. Me gusta cómo ella logra capturar la belleza y el dolor de la vida de una manera única y conmovedora.
El profesor Anderson asintió, satisfecho con mi respuesta.
—Alejandra Pizarnik es una elección excelente. Su poesía es un ejemplo perfecto de cómo las palabras pueden ser poderosas y evocativas. Gracias por compartir, Alina.
La clase continuó entre anécdotas y discusiones en las que no participé. Madeleine, a mi lado, solo me miraba de reojo, miradas que ignoré de forma fascinante.
La voz del profesor Anderson se deslizaba entre los murmullos de la clase, pero mi mente estaba atrapada en otro lugar. Las miradas de Madeleine, cada vez más insistentes, perforaban mi tranquilidad. Sabía que estaba esperando algo, aunque no podía precisar si era una reacción, una explicación, o simplemente la confirmación de…
Por un momento, giré apenas mi rostro hacia ella, como si fuera a hablar, pero la intensidad de sus ojos me detuvo. Había algo afilado y contenido allí, algo que no lograba descifrar. Fue entonces cuando Madeleine rompió el silencio entre nosotras con un comentario casi susurrado.
—¿Siempre tienes que ser perfecta? —murmuró, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Su tono no era particularmente agresivo, pero había un filo en sus palabras que me hizo apretar los labios. No respondí. Me limité a deslizar la mirada hacia el frente, encontrando que su comentario no me había afectado, aunque sentí una punzada de incomodidad.
La clase continuó como si nada. Anderson proyectaba entusiasmo al hablar de la estructura poética, pero yo apenas escuchaba. En mi mente, el comentario de Madeleine resonaba como un eco.
Cuando sonó la campana, Madeleine se levantó con rapidez, pero no se fue. Me esperó en la puerta, apoyada contra el marco con los brazos cruzados. Yo reconocí mis cosas despacio, prolongando el momento, aunque sabía que serían inevitablemente diez segundos más.
Cuando por fin llegué a la puerta, me miró con una ceja alzada, como si estuviera evaluando algo en mí.
—Pizarnik, ¿eh? —dijo con un tono casual que no disimulaba del todo su ironía—. Nunca pensé que te gustara algo tan… visceral.
—Y yo nunca pensé que realmente te importara lo que me gusta —respondí, sin mirar atrás.
Escuché una risa breve, baja, detrás de mí, y sentí su presencia siguiéndome un par de pasos más antes de desaparecer. Por alguna razón, esa risa me quedó en la cabeza el resto del día.
Cuando llegué a la biblioteca, la calidez del lugar me envolvió de inmediato. Caminé entre los estantes hasta encontrar una mesa junto a la ventana y dejé caer mis cosas con un suspiro. Mi cabeza aún estaba dando vueltas con la clase de literatura, con la discusión, con… Madeleine.
Fruncí el ceño y saqué un cuaderno de mi mochila. No iba a permitir que ella me distrajera.
«¿Siempre tienes que ser perfecta?»
Apreté el bolígrafo con más fuerza de la necesaria. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Era una provocación, un ataque, o simplemente un comentario sin importancia? Porque si era lo último… ¿por qué me había afectado tanto?
Exhalé lentamente y me obligué a concentrarme en la hoja en blanco frente a mí. La poesía solía ayudarme a despejar la mente, pero esta vez, las palabras no llegaban. Madeleine estaba ahí, en cada intento fallido de verso, en cada pausa frustrante.
Finalmente, cerré el cuaderno de golpe y me dejé caer contra el respaldo de la silla. A través del cristal, la nieve seguía cayendo, indiferente a mis pensamientos caóticos.
Y por primera vez en mucho tiempo, me pregunté qué significaban realmente esas discusiones entre nosotras.
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Madeleine
El sonido de mis botas resonaba en los pasillos del St. Clair Academy mientras avanzaba sin prisa, con la misma calma medida con la que me había quedado esperando a Alina. Sus respuestas siempre tenían ese filo afilado, como si cada palabra que decía estuviera cuidadosamente calculada para mantenerme a raya. Y, sin embargo, ahí estaba ella, robándome espacio en la cabeza sin siquiera intentarlo.
Afuera, la nieve cubría el campus con una capa de blanco impoluto. Metí las manos en los bolsillos de mi abrigo y observé las calles a través de las ventanas de la academia. Todo lucía tan pacífico, tan perfecto… y, sin embargo, esa perfección siempre terminaba sintiéndose sofocante.
—Hey, Maddie.
Levanté la vista y encontré a Sophie acercándose con una sonrisa despreocupada. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño alto, y su bufanda azul contrastaba con su abrigo negro. Me apoyé en la pared, mirándola de reojo.
—Hey.
—Vi que estabas en clase con Alina. ¿Volvieron a discutir?
Sophie tenía esa forma de preguntar las cosas sin rodeos, como si su voz no llevara juicios implícitos. La miré con una sonrisa ladeada.
—¿Desde cuándo se considera una discusión tener un intercambio de ideas apasionado?
Ella rodó los ojos.
—Por favor, Madeleine. Todos en el aula sintieron la tensión. No sé qué ocurre entre ustedes, pero a veces parece que están a punto de matarse, y otras veces… no sé. No parece odio exactamente.
Suspiré, desviando la mirada a los copos de nieve que caían del cielo. Sophie tenía razón en una cosa: lo nuestro no era odio. Pero tampoco era simple.
—Alina cree que la literatura es un escape. Yo creo que puede ser una distracción peligrosa —dije, cruzándome de brazos—. Supongo que ambas tenemos razón.
—O que ninguna de las dos lo está del todo —replicó Sophie con una media sonrisa.
No respondí. En su lugar, miré hacia el final del pasillo, donde Alina dobló la esquina sin siquiera notar nuestra conversación. Algo en la forma en la que caminaba, con esa postura firme pero apresurada, me hizo querer llamarla. Pero no lo hice. No todavía.
Sophie me miró con suspicacia.
—Cuidado, Maddie. No quiero sonar como una novela barata de romance juvenil, pero… a veces creo que te gusta discutir con ella más de lo que quieres admitir.
Reí sin humor, empujándome de la pared y ajustándome la bufanda.
—Por favor, Sophie. No empieces con tonterías.
Ella solo sonrió con picardía antes de encogerse de hombros.
—Solo digo que hay una línea muy delgada entre la rivalidad y otra cosa.
—Y tú deberías leer menos novelas rosas.
Dejándola atrás, me dirigí a mi siguiente clase. Pero, aunque quise ignorarla, su comentario se quedó conmigo más tiempo del que me gustaría admitir.
Caminaba por los pasillos de St. Clair Academy con la cabeza llena de pensamientos que no terminaban de encajar. Las palabras de Sophie seguían repitiéndose en mi mente, insidiosas, como una canción que no puedes sacarte de la cabeza.
Y entonces, sin previo aviso, un recuerdo se deslizó entre mis pensamientos.
Era una noche de invierno, igual que ahora. Alina y yo estábamos en mi habitación, envueltas en mantas, con un bol de palomitas a medio terminar entre nosotras. La pantalla del televisor iluminaba nuestras caras mientras nos reíamos sin control de una escena absurda de la película.
—Dios, eso fue terrible —jadeó Alina, cubriendo la boca con la mano mientras intentaba recuperar el aliento.
Me limpié una lágrima de risa y asentí.
—Si alguna vez actúo así por alguien, dame una bofetada.
Alina me lanzó una almohada sin pensarlo dos veces.
—Lo haría con gusto.
Nos quedamos así, riéndonos, hasta que la película cambió de tono. En la pantalla, los protagonistas dejaron de bromear. Hubo un momento de silencio, una mirada intensa, una cercanía inesperada.
Sentí que el ambiente en la habitación también cambiaba. El bullicio de nuestras risas se apagó, sustituido por algo más… algo denso, algo que no sabía nombrar.
De reojo, vi a Alina moverse ligeramente. Se acomodó la manta sobre las piernas, pero no dijo nada. Yo tampoco. De repente, me di cuenta de lo cerca que estábamos. De cómo nuestras piernas se rozaban bajo la tela, de cómo su respiración era más suave, más medida.
No sé por qué me fijé en esas cosas. No sé por qué mi pecho se sentía extraño, como si algo en mi interior se hubiera tensado sin previo aviso.
La escena de la película terminó. El momento pasó.
Nos quedamos en silencio unos segundos más antes de que Alina hiciera un comentario cualquiera, rompiendo la sensación de que flotaba en el aire. Me aferré a esa normalidad como si nunca hubiera existido otra cosa.
Pero ahora, con la distancia del tiempo, la melancolía me azota.
Extraño esos momentos.
Las salidas, las risas… y extraño el confort que me traía estar con ella.
Trago saliva y me detengo frente a una ventana del pasillo.
A lo lejos puedo verla, tomándose ese asqueroso café sin azúcar mientras le quita la ceniza a su cigarro. Los auriculares negros cubren sus oídos, aislándola del mundo como siempre hacía cuando quería desaparecer.
Esbozo una media sonrisa al verla escribir en su cuaderno.
Siempre me gustó su forma de escribir.
Aún recuerdo los poemas que me leía cuando la iba a visitar a su casa, su voz suave dándoles vida, como si cada palabra hubiera sido escrita solo para ser pronunciada por ella.
Por un instante, casi puedo escucharla de nuevo.
Casi.
Pero esa Alina es solo un fantasma del pasado. Y la que tengo frente a mí… ya no sé si sigue siendo la misma.
Cierro los ojos por un momento. En mi mente, su voz resuena, clara y perfecta.
Respiro hondo.
Mi mano se apoya en la ventana, mientras el frío me recorre por dentro. Pero es el calor de esos recuerdos lo que más me quema. La tristeza me envuelve, es un peso que no puedo soltar. Y a pesar de todo lo que pasó, la mayor pérdida, la que más me duele, fue la de ella.
Alina, mi amiga, mi confidente… La persona que pensaba que nunca perdería. Pero esa Alina ya no está. Y la que tengo frente a mí… es un fantasma que me observa con los ojos de alguien que ya no me conoce.
Ambivalencia
Entre lo que fuimos y lo que somos, hay un silencio que pesa más que las palabras que nunca nos dijimos
Alina
5 de febrero 2025
Sostengo el paraguas con fuerza; la lluvia cae a mi alrededor, pero no hago ningún intento de moverme. El agua me cala hasta los huesos y esbozo una mueca.
-Te vas a enfermar si sigues aquí -susurra Mathias, cuyo tono delata preocupación-. Vamos, Ali, te vas a enfermar.
-Ya voy, solo estoy contemplando la lluvia.
-Puedes hacerlo desde las ventanas.
Suelto una carcajada.
-No es lo mismo -replico, estirando la mano para que unas cuantas gotas caigan en mis dedos-. Es mejor así, donde puedes oírla con claridad, donde sientes el aroma a tierra mojada.
Mathias suspira. Me giro para mirarlo y sonrío divertida al ver cómo intenta olfatear.
-No siento ningún aroma -se queja.
-Mejor vámonos -responde, y niego con la cabeza.
-No tienes olfato, realmente me sorprendes.
Él rueda los ojos con falsa molestia y camina hacia el pasillo del colegio. He tratado de faltar a cuantas clases puedo; mis ánimos están por el piso y mi cansancio, aún peor. Los ojos me pesan y me arden. Realmente me arrepiento de haberme quedado despierta hasta tan tarde. Dormí, con suerte, unas tres horas, si no es que menos.
-¡Sígueme! -me dice.
Respiro hondo antes de hacerle caso. Al mirarlo con más detalle, no me sorprende lo abrigado que está, lo cual es gracioso, porque yo solo llevo una sudadera marrón y una chaqueta de cuero negra, mientras que él viste camiseta de cuello alto, sudadera y chaqueta. Es interesante ver el contraste entre nosotros, no solo en personalidad, sino también en apariencia física. Yo soy de estatura promedio (1,72 m) y él es alto (1,86 m). Yo soy pelinegra y él tiene el cabello castaño, casi rubio. Sus ojos son color miel y los míos, celestes. Un cliché de amigos, pero no me quejo. Mathias Munich es el mejor amigo que podría haber pedido.
-¿Admirando mi belleza? -pregunta con una sonrisa arrogante.
Ruedo los ojos.
-Más bien la falta de esta.
Él se toca el pecho, ofendido.
-Tu crueldad no tiene límites -dice, exagerando.
-Ya vámonos, drama queen -respondo, escondiendo mis manos en los bolsillos de mi chaqueta.
Mathias y yo caminamos en silencio por el pasillo del colegio, el eco de nuestros pasos resonando en las paredes mientras nos dirigimos hacia la salida. La lluvia ha bajado un poco, pero el cielo sigue gris y cargado. Me saco la capucha y dejo que el aire húmedo me golpee el rostro; es un alivio, aunque el frío me cala hasta los huesos.
-Te vas a resfriar si sigues así -Mathias suelta una risa, dándome una mirada de reproche mientras abro la puerta de salida.
-Yo soy más dura de lo que crees -le digo, encogiéndome de hombros mientras damos un paso afuera, ya sintiendo la lluvia de nuevo. Me molesta un poco, pero, al mismo tiempo, es casi reconfortante. Es extraño cómo algo tan sencillo puede traerme algo de paz.
-¿Te recogerá tía Stella? -le pregunto, al ver cómo busca a alguien entre nuestros compañeros de curso.
-Sí, deberías venir, mi mamá te adora -me sonríe-. Creo que más que a mí, de hecho.
-Tonto -respondo con una sonrisa ladeada.
-«Oh, pero Alina escribe poesía», «Tu amiga es tan servicial», «Tu amiga me leyó uno de sus poemas» -imita de forma exagerada la voz de su madre, haciéndome reír.
-Claro, tal vez tu mamá me adopte y a ti te regale -bromeo mientras seguimos caminando.
Río por lo bajo. La forma en que tía Stella siempre parece tener un cariño especial por mí, más que por Mathias, me hace sonrojar un poco. Es extraño, pero también reconfortante.
-Creo que es porque eres la hija que siempre quiso y nunca tuvo -suspira Mathias.- Ya sabes, eres mi amiga para muchos, pero realmente eres como una hermana para mí, Lina.
Me detengo un momento, sorprendida por su tono sincero. Mathias rara vez dice cosas tan directas, siempre lo disfraza con bromas o comentarios sarcásticos, pero esta vez su voz es tranquila, honesta.
-Eso fue… inesperadamente tierno de tu parte -digo, intentando aliviar el peso del momento con una sonrisa.
Él se encoge de hombros.
-No te acostumbres.
Suelto una risa ligera antes de seguir caminando. La lluvia sigue cayendo, el aire está frío y, en el fondo, me alegra tener a Mathias a mi lado, con su calidez y su lealtad inquebrantable.
Pero entonces, cuando estamos a punto de llegar a la salida del colegio, la veo: Madelaine.
Está un poco más adelante, apoyada contra la verja, con los brazos cruzados y el rostro parcialmente oculto por la bufanda. Su cabello cobrizo está suelto, algunas hebras húmedas se le pegan a la mejilla. Está sola.
No está ninguna de sus amigas ni tampoco el idiota de su novio.
-Vamos, Sam -lo jalo, apartando la mirada de Madelaine.
Mathias me mira extrañado.
-¿Sam?
-Sí, ya sabes, el del Señor de los Anillos -respondo, en tono obvio.
-¿Me estás diciendo que soy tu fiel sirviente?
-Más bien mi soporte emocional con patas.
-¿Y tú quién se supone que eres? ¿Frodo?
-Nah, soy demasiado hermosa para ser Frodo -me mofo-. Además, no tengo un anillo maldito, pero sí traumas y una mala gestión emocional -añado.
-Oh, genial. Justo lo que quería ser: el cuidador de una dramática con tendencia a la autodestrucción.
-Lo dices como si no hubieras firmado ese contrato desde que nos hicimos amigos.
-Supongo que ya es tarde para renunciar, ¿no? -suspira.
-Demasiado tarde, Sam. Demasiado tarde.
Mathias apoya su brazo en mi hombro y ruedo los ojos; el contacto físico realmente no me gusta mucho. Lo deja abrazarme mientras tía Stella llega. Sonrío al verla detener su auto. Al salir, no puedo evitar pensar que Math es una copia exacta de su madre: el color de cabello, los ojos y la forma de la cara.
-¡Ma’! -Math chilla como un niño al ver a su madre. Se acerca para abrazarla, y me río cuando tía Stella lo aleja con fastidio.
-Ya, ya -rueda los ojos-. Nos vimos hace un par de horas, no seas exagerado.
-Te extrañé mucho -insiste él, aferrándose a ella.
-¡Me sofocas! -se queja.
Me acerco a ellos con una sonrisa divertida.
-Alina -suspira ella antes de abrazarme-. ¿Vendrás a cenar con nosotros?
-Oh, no, no puedo ir. Tengo trabajo que hacer.
-No te sobrecargues, te conozco -me regaña-. ¿Has comido algo?
Las mejillas se me encienden y bajo la mirada.
-¿No…? -contesto con una risa nerviosa.
-¿Qué te he dicho yo? -se tapa la cara con exasperación-. Bien, ve a casa y ponte ropa más gruesa, o tomarás un resfriado.
-Sí, señora.
Ella se ríe antes de entrar nuevamente al auto con Mathias como copiloto.
-Ven a casa uno de estos días -se despide Mathias-. En casa te extrañan.
-Ya veré. Nos vemos mañana, Sam.
El auto desaparece, y corro hacia el mío: un Mercedes negro. El leve aroma a perfume y cigarro aún persiste en el interior y, al entrar, suspiro. La lluvia se intensifica, golpeando el parabrisas con fuerza. Arranco el motor y enciendo las luces, viendo cómo las gotas se deslizan por el vidrio. Ajusto el retrovisor con un gesto automático antes de salir a la carretera.
Las calles están desiertas, brillando bajo las farolas, con charcos que reflejan las luces rojas y amarillas de los semáforos. Las llantas surcan el pavimento mojado y el sonido de la lluvia contra la carrocería se mezcla con el murmullo del motor. Tomo una curva con cautela, sintiendo cómo el auto se desliza apenas sobre el asfalto resbaladizo. Aprieto el volante, concentrada en el camino. A lo lejos, las luces de la ciudad parpadean a través de la neblina ligera que la lluvia deja atrás.
El silencio dentro del auto se vuelve pesado. Solo el sonido del limpiaparabrisas acompaña mis pensamientos, barriendo las gotas con movimientos precisos.
No tengo prisa por llegar. O tal vez, simplemente, no quiero hacerlo.
Me detengo en un semáforo y, sin quererlo, mi mirada se desliza hacia la acera. Frunzo el ceño, incrédula. Allí está Madelaine, inmóvil bajo la lluvia, sin impermeable, sin paraguas, sin nada que la cubra del frío aguacero que cae sin piedad sobre la ciudad. Su cabello, empapado, se le pega al rostro, y sus brazos cruzados sobre su pecho apenas parecen darle algo de calor.
-Joder… -susurro, frustrada. Aprieto el volante con fuerza antes de soltarlo con un suspiro cansado. -Me arrepentiré de esto.
Con un movimiento rápido, enciendo las luces intermitentes y muevo el auto hacia la orilla. Bajo la ventanilla y la lluvia golpea el borde de la puerta.
-¡Madelaine! -llamo, pero ella no se mueve.
Hundo la cabeza en el reposacabezas un segundo, exhalando pesadamente antes de abrir la puerta y salir bajo la lluvia.
El frío me cala hasta los huesos en cuanto piso la acera. Camino hacia ella y la sujeto por los hombros, sintiendo su piel helada bajo mis manos.
-¿Qué demonios haces aquí? -pregunto, sonando más preocupada de lo que me gustaría.
Madelaine frunce el ceño, visiblemente confundida.
-¿De qué hablas ahora?
-¡Estás empapada! -chillo-. ¿Nadie vino por ti… ni tu novio?
-No, y no entiendo por qué te importa -responde, cruzando los brazos en un intento inútil por calentarse.
-No importa -murmura, negando con la cabeza-. Súbete al coche. -Señalo el auto-. Si te quedas aquí, vas a terminar con hipotermia.
Me mira con inseguridad.
-¿Vas a entrar al auto o no?
Duda un segundo antes de hacerlo. Ruedo los ojos y me subo al asiento del piloto.
No hablamos en el trayecto, y ni siquiera me molesto en intentar iniciar una conversación. La lluvia sigue golpeando el parabrisas, y el sonido del motor es lo único que rompe el silencio.
Conduzco concentrada en el camino y, medio suspirando, llego a casa. Madelaine me observa con incomodidad.
-Vamos, necesitas cambiarte y calentarte -digo mientras salgo del coche.
-No sé…
-Solo entra, no muerdo.
Ella suspira y me sigue hasta la entrada. La casa está oscura, así que enciendo las luces de toda la casa.
-Mi padre no llegará hasta dentro de un par de días, y mi mamá… no sé -murmura, observando el ambiente vacío-. Vamos a mi cuarto.
Subimos las escaleras y, al entrar a mi habitación, Madelaine se queda parada en la puerta. Recorre la estancia con la mirada, observando la decoración con sorpresa.
-Re-decoraste -susurra.
Ruedo los ojos, irritada.
-Ajá.
Se acerca lentamente y pasa las manos por mi estante de libros.
-Cambiaste muchas cosas…
-No cambié muchas cosas, solo que tú no ves mi cuarto desde hace dos años -espeto, casi arrepintiéndome de haberla traído.
-Como sea, la ropa está donde siempre. Báñate y ponte algo de mi armario -susurro-. Luego baja.
Ella asiente, un poco insegura, y salgo de la habitación. Cierro la puerta tras de mí y apoyo la cabeza en mis manos.
-Joder… -murmuro.
Bajo hasta la cocina y enciendo la cafetera. También busco uno de los sobres de chocolate caliente y leo las instrucciones antes de vaciar el contenido en una olla con leche.
El silencio se instala de nuevo. Solo el burbujeo de la leche calentándose llena la cocina. Me obligo a soltarme las uñas antes de lastimarme y revuelvo el chocolate con movimientos mecánicos.
No sé por qué estoy tan nerviosa. O sí lo sé. Solo que no quiero admitirlo.
Escucho pasos en la escalera. Me enderezo automáticamente, como si me hubieran atrapado haciendo algo mal.
Madelaine aparece en el umbral de la cocina, vistiendo uno de mis suéteres (le queda un poco grande y le cubre las manos). Lleva el cabello aún húmedo, suelto, cayendo en ondas suaves por sus hombros.
-Huele bien -dice, apenas audible.
Asiento sin mirarla directamente.
-Es chocolate caliente -respondo, como si no fuera obvio.
Ella se acerca, lenta, casi con timidez. Se sienta en uno de los taburetes frente a la barra, jugando con la manga del suéter, sin saber bien qué hacer con sus manos.
-No sabía que aún lo preparabas así… en olla.
-No me gustan los microondas -contesto, encogiéndome de hombros.
Hay un breve silencio. Largo. Cargado.
-Gracias… por no dejarme allá.
Me detengo un segundo antes de servir el chocolate en dos tazas.
-No soy tan cruel -respondo, tratando de sonar indiferente-. Mi odio no es suficiente para dejarte ahí tirada.
Madelaine deja escapar una risa corta, sin humor.
-Eso suena casi dulce viniendo de ti.
Le paso la taza sin decir nada. No tengo ganas de entrar en una discusión, y mucho menos de revivir lo que sea que quedó entre nosotras.
Ella envuelve sus manos alrededor de la taza caliente, observando el líquido oscuro como si en él pudiera encontrar las palabras correctas.
-Tu cuarto… tu casa… todo es diferente -murmura finalmente.
Ruedo los ojos.
-Las cosas cambian, Madelaine. La gente también.
Levanta la mirada y, por un momento, nuestros ojos se encuentran. Hay algo ahí, algo pesado, como si estuviera buscando algo en mí, algo que no quiero darle.
-¿Tú cambiaste? -pregunta en voz baja.
Aprieto la mandíbula y me obligo a dar un sorbo al chocolate antes de responder.
-¿Tú qué crees?
Ella suspira y aparta la mirada.
-No sé. No te reconozco.
-Bueno, entonces estamos a mano. Porque yo tampoco te reconozco a ti.
El silencio entre nosotras se siente como una pared, irrompible.
Bebo otro sorbo de mi chocolate, fingiendo que no me importa. Fingiendo que su presencia en mi cocina, con mi ropa, no me remueve por dentro.
-Joder, no puedo hacer esto sin alcohol -gruño antes de levantarme y caminar hacia el estante donde se guardan las botellas de licor.
Madelaine me observa en silencio mientras saco una botella de whisky y la coloco sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Me giro para buscar dos vasos, sintiendo su mirada fija en mí.
-¿Eso es una buena idea? -pregunta, pero su tono no es de juicio, solo de curiosidad.
-No lo sé. Pero ahora mismo no me importa.
Destapo la botella y vierto un poco en un vaso antes de llevármelo a los labios. El alcohol arde en mi garganta, pero lo agradezco. Es un fuego distinto al que siento en el pecho desde que la vi en la calle bajo la lluvia.
Madelaine sigue inmóvil, pero su expresión cambia. No sé si es nostalgia o algo más.
-¿Quieres? -ofrezco, levantando la botella.
Ella duda, mordiendo el interior de su mejilla. Luego, lentamente, estira la mano y toma el segundo vaso.
-¿Por qué no? -susurra.
Le sirvo sin decir nada.
-Entonces… ¿Cómo está tu mamá? -pregunta, intentando romper el silencio.
Aprieto los labios antes de responder.
-Igual que siempre. Ocupada. -mi tono es tajante.
Madelaine asiente lentamente, jugando con el borde de su vaso.
-Oh…
Me llevo el vaso a los labios y lo termino de un trago. El alcohol quema, pero no lo suficiente para borrar la sensación de su presencia en mi cocina, en mi ropa, en mi maldita vida otra vez.
La observo de reojo. Se ve casi igual… pero no del todo. Como una versión más cansada de la persona que solía conocer. Hay algo en sus ojos, en la forma en que baja la mirada cuando cree que la estoy observando, que me dice que no soy la única sintiendo esto. Que ella también recuerda.
-¿Por qué me miras así? -pregunta en voz baja, sin levantar la vista.
No me doy cuenta de que la estoy observando hasta que lo dice. Desvío la mirada, resoplando con molestia.
-No te miro de ninguna manera.
-Sí lo haces.
Chasqueo la lengua y vuelvo a llenar mi vaso.
-No sé qué esperabas, Madelaine. Que te rescatara de la lluvia y nos abrazáramos como si nada hubiera pasado. Como si estos dos años no significaran nada.
Ella aprieta la mandíbula.
-No esperaba nada.
-Mentira.
El silencio cae otra vez. Espeso. Pesado.
-¿Por qué lo hiciste? -pregunto en voz baja.
Madelaine parpadea, como si no hubiera entendido la pregunta.
-¿Qué cosa?
Levanto la mirada, sintiendo el peso de los años sin respuestas asentarse en mi pecho.
-Abandonarme.
Ella se queda inmóvil. Su mano se aprieta alrededor del vaso, los nudillos tensos.
-Alina…
-No -saco la cabeza, soltando una risa seca-. No me vengas con excusas baratas. No después de dos años. Solo dime la verdad.
Ella aparta la mirada, como si buscara una respuesta en los azulejos de la cocina. Pero no la hay. Solo nosotras, y lo que sea que quede entre nosotras.
-No fue así…
-Entonces explícame cómo fue. Porque, desde donde yo lo veo, desapareciste. Me dejaste atrás sin una sola jodida explicación.
Madelaine cierra los ojos un segundo y exhala lentamente.
-No era tan fácil.
-Claro que lo era -aprieto el vaso entre mis dedos, con un amargo resentimiento colándose en mis palabras-. Solo tenías que quedarte.
Ella me mira. Esta vez, sin esquivar mi mirada.
-¿Y si me hubiera quedado? ¿Qué habría pasado?
Suelto una risa amarga.
-No lo sé. Pero al menos no me habría pasado dos años preguntándomelo.
El aire entre nosotras se vuelve sofocante.
Ella se humedece los labios, como si fuera a decir algo más, pero no lo hace.
Y eso me jode aún más.
-Jamás quise hacerte daño, solo… -Madelaine suspira, girando el vaso de whisky entre sus manos-. Creí que estaba tomando una buena decisión.
Aprieto la mandíbula, sintiendo una punzada en el pecho.
-¿Y lo fue? -pregunto, mi voz más fría de lo que esperaba.
Ella deja escapar una risa sin humor.
-No. Me di cuenta muy tarde de mi error. Cuando quise hacer algo, tú ya me odiabas… y yo no tuve el valor de acercarme a ti.
Mis dedos se tensan alrededor del vaso.
-Qué conveniente -murmuro, con amargo resentimiento-. Te diste cuenta, pero decidiste seguir con tu vida porque era más fácil que enfrentarlo.
-No fue fácil.
La miro, esperando que diga algo más; que dé una maldita razón que justifique todo. Pero no lo hace. La rabia burbujea bajo mi piel.
-¿Sabes qué es lo peor de todo? Que durante meses me quedé esperando. Pensando que en cualquier momento ibas a volver, que ibas a darme una explicación, cualquier cosa. Pero no lo hiciste -me río sin ganas-. Tuve que aprender a odiarte porque era más fácil que seguir extrañándote.
Ella cierra los ojos por un segundo y, cuando los abre, hay algo roto en su mirada.
-Lo siento…
Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotras. Vacías. Insuficientes.
-Tus disculpas no borran el daño.
Madelaine aprieta los labios y aparta la mirada, pero no antes de que vea cómo sus ojos se llenan de lágrimas. Su respiración se entrecorta y, cuando el primer sollozo escapa de su garganta, algo dentro de mí se tensa.
Me duele.
Me duele verla llorar.
Y me pesa que sea por mí.
Porque, por mucho que la odie, por mucho que la desprecie, aún recuerdo a la Madelaine que venía a mi casa todos los días, que se reía conmigo en la cocina, que trataba de hacerme olvidar lo sola que estaba en esta maldita casa.
Cierro los ojos y suspiro, pasando una mano por mi rostro.
-No llores -murmuro, aunque mi voz suena más cansada que molesta.
-Lo siento… -su voz se quiebra, y me odio por cómo mi pecho se aprieta al escucharla así.
-Ya te dije que tus disculpas no sirven de nada.
Madelaine se cubre la cara con las manos, tratando de ahogar los sollozos.
Agarro mi vaso con más fuerza de la necesaria y miro el líquido dorado en su interior. Odio esto. Odio cómo aún me afecta. Odio que, después de todo este tiempo, todavía me importe.
Pero me importa.
Me importa demasiado.
-Saldré a fumar al patio. Tú termina tu chocolate caliente -digo, sin mirarla, mientras tomo el paquete de cigarrillos que descansa en la encimera.
-Pero… aún está lloviendo -responde, secándose las lágrimas con la manga de mi sudadera.
Suspiro, con el corazón apretado.
-No importa.
Camino hacia la puerta trasera sin mirar atrás, como si no me importara verla allí, llorando en mi cocina. Pero cada paso pesa. Abro la puerta y la lluvia me recibe como un viejo recuerdo: fría, familiar, castigadora. Salgo al patio, me apoyo en la baranda de madera y enciendo un cigarro con manos temblorosas. El humo se mezcla con la humedad del ambiente y con el nudo en mi garganta. Respiro hondo. El cigarro no ayuda, no calma, solo quema.
Y eso, por alguna razón, me hace sentir más viva que en toda esta noche de silencios rotos.
Pienso en ella, allá adentro. En mi cocina. Con mi ropa. Con su tristeza. Con lo que fue y lo que ya no es.
No sé cuánto tiempo pasó ahí afuera, pero no tengo prisa por volver. Porque si entro, voy a tener que enfrentar lo que sigue.
Y no sé si estoy lista.
La puerta se abre con un suave chirrido detrás de mí.
No me giro. Sé que es ella.
Sus pasos son lentos, casi dudosos, como si temiera romper algo al caminar sobre el silencio.
-Alina… -su voz es suave, temblorosa.
Me llevo el cigarro a los labios, sin responder. El humo se enreda en la lluvia como una excusa para no hablar.
-Te vas a enfermar -añade, y entonces sí, me río. Seca, cansada.
-¿Y qué más da? -murmuro, sin mirarla.
Ella se acerca un poco más, y por el rabillo del ojo la veo abrazándose a sí misma, aún con mi ropa puesta, empapada otra vez por la lluvia que no cesa.
-Solo… no quiero que te alejes otra vez -dice al fin, casi en un susurro.
-Yo no me alejé, Madelaine. Fuiste tú. Tú fuiste la que se fue. -Apago el cigarro contra la baranda con más fuerza de la necesaria-. Y ahora estás aquí, como si nada.
-¿Algún día me perdonarás?
Su pregunta me toma por sorpresa.
Me quedo en silencio.
-No… no sé… -admito en un susurro-. No creo.
Madelaine asiente lentamente, como si ya esperara esa respuesta; como si hubiera venido aquí sabiendo que no hay redención para lo que hizo.
-Lo entiendo -murmura, bajando la mirada-. Solo quería saberlo.
Algo dentro de mí se retuerce. Odio verla así. Odio que me importe.
Paso una mano por mi cabello húmedo, frustrada conmigo misma, con ella, con todo esto.
-Vamos, entremos o las dos enfermaremos -digo, tomándola del brazo.
Madelaine no se resiste y me sigue en silencio, con la cabeza baja y la ropa empapada pegándose a su piel.
El silencio pesa mientras la llevo de vuelta a mi cuarto. Solo que, esta vez, en lugar de irme, me quedo con ella. Camino hasta el armario y saco un pijama limpio, extendiéndoselo sin mirarla demasiado.
-Ponte esto -digo con voz neutra.
A su vez, tomo una toalla y una muda de ropa.
-Iré a bañarme -le aviso, sintiéndome extraña en mi propia habitación-. Probablemente no puedas volver a casa, así que quédate. Dormirás aquí y yo en el cuarto de mis padres.
Ella aprieta los labios, insegura.
-Alina…
-Solo hazlo, Madelaine -digo, con tono cansado-. No espero respuesta.
Me giro y salgo de la habitación, cerrando la puerta tras de mí.
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Madelaine
Suspiro, agotada.
Realmente no esperaba que Alina me recogiera en medio de la lluvia, y mucho menos que me trajera a su casa. Pero, pensándolo bien, tiene sentido: no sabe dónde vivo ahora.
Me paso una mano por la cara, sintiendo la humedad pegajosa de la ropa mojada contra mi piel.
-Mierda… ¿Qué estoy haciendo? -murmuro para mí misma.
El frío empieza a calarme, así que me apresuro a quitarme la ropa mojada. Me estremezco al contacto con el aire y agarro el pijama que Alina me dio, vistiéndome con movimientos automáticos. El sonido de la ducha sigue resonando a través de la puerta.
No puedo evitar pensar que aún le importo.
¿Por qué me habría ayudado si no es porque aún le importo?
Me siento en el borde de la cama, abrazando mis propias piernas, dejando que la pregunta flote en mi mente. Tal vez no sea amor. Tal vez sea solo el recuerdo de lo que fuimos. Pero sigue ahí.
Y, por primera vez en mucho tiempo, siento la más mínima esperanza de que, aunque no me perdone, tal vez… solo tal vez, no me odie tanto como dice.
Me quito el pelo de la cara y miro la habitación que, antes, fue de mi mejor amiga.
Todo en este cuarto grita «Alina»: desde los vinilos cuidadosamente colocados en una repisa hasta los libros organizados según su género. Siempre tan meticulosa, siempre con su manera ordenada de ver el mundo. Siempre siendo ella.
Pero hay algo distinto. Algo que no logro identificar del todo.
Me levanto con cautela, como si caminar por su habitación fuera profanar un espacio sagrado. Paso los dedos por los lomos de los libros, reconociendo algunos que solía ver en su mochila en el colegio; otros son nuevos, historias que nunca compartió conmigo.
Me detengo frente a su escritorio. Hay una libreta abierta con un bolígrafo encima. La tentación es fuerte, pero no toco nada.
Mi mirada recorre la habitación y se detiene en la cama. Nuestra cama. Bueno, no nuestra, pero antes lo era. Antes pasábamos horas aquí, compartiendo secretos, hablando de sueños, de todo y de nada.
Antes de que yo lo arruinara todo.
Trago saliva y me dejo caer de nuevo en el colchón, agotada.
Aspiro el aroma que impregna las sábanas, y es como si ella estuviera justo a mi lado.
Huele a café recién hecho, ese que tomaba incluso en verano, fuerte y sin azúcar; a hojas de papel, tinta y algo de canela, como si su piel hubiese absorbido todos los inviernos que pasamos juntas; y a jabón de avena, ese que siempre usaba «porque no le gustaban los olores fuertes».
Todo en esta habitación tiene su rastro. Es tan ella que me duele.
Cierro los ojos, aferrándome a ese olor como si pudiera detener el tiempo. Como si aferrarme a su esencia pudiera traerme de vuelta al lugar donde aún no la había perdido.
El sonido de la lluvia me relaja. Cierro los ojos por un segundo, solo un segundo, y sin darme cuenta dejo de escuchar el agua correr. La puerta del baño se abre con un leve chirrido y ahí está ella: Alina.
Sale envuelta en una toalla, con el cabello negro aún húmedo, pegado a su cuello. Las gotas resbalan por sus clavículas. Las pecas resaltan más que nunca en la piel blanca, después de la ducha caliente, y ni hablar de aquellas que salpican su nariz y mejillas… las mismas que siempre la hacían ver más joven, más vulnerable, más ella.
Trago saliva, incómoda. No debería estar mirándola así. Pero no puedo evitarlo. Mis ojos la siguen sin permiso. Y entonces, me mira. De reojo. Desvío la mirada de inmediato, sintiendo el rostro arder.
Mierda.
Me vio mirarla. Maldigo en silencio, deseando que la cama me trague entera. Me acomodo el pijama, como si eso pudiera borrar el momento, como si taparme más fuera a esconder la vergüenza.
Alina no dice nada. Pero la tensión flota entre nosotras como una cuerda a punto de romperse.
La observo sin cuidado alguno y, de repente, se acerca a mí. El corazón se me acelera.
Entreabro los labios al tenerla a tan solo unos cuantos centímetros. Ella hace contacto visual conmigo y me quedo admirando el celeste de sus ojos.
Es… irreal.
-Iré al cuarto de mis padres -me avisa, tomando su libreta, un lápiz y, además, un libro-. Estaré despierta, así que avísame si necesitas algo.
Abro la boca para responder, pero no sale nada. Solo cierro y abro los labios, como una tonta.
Ella se aleja. Y, cuando la puerta se cierra detrás de ella, dejo caer la cabeza entre mis manos con un suspiro.
-¿Qué carajos estoy haciendo?
Y así, Madelaine se acostó en la cama de Alina.
Lo que no sabía es que, en esta historia, nadie duerme tranquilo.
Tu tampoco deberías.
Te espero en el próximo capítulo
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