Colinas de San Miguel, 6 de marzo.
Hay que ser alguien de palabra. Cada vez que tengo oportunidad, es algo que intento transmitir a mis hijos. Y aquí me tienes, querida hermana, escribiéndote otra vez, tal como te prometí tras la muerte de Cheese.
En aquella ocasión, no te mencioné las razones por las cuales dejé de escribirte. Supongo que podría exponerlas en cada carta que te envíe, o quizás tratar de olvidarlas. ¿Es mejor simplemente dejar atrás las cosas malas o realmente ayudaría enfrentarlas?
El psicólogo de Vero le recomienda escribir como terapia. Creo que mi inconsciente me ha ganado. Ahora los niños me preguntan sobre el significado de las canciones, y finalmente me animé a explicarles una que llevan tiempo escuchando, por el video que trata de cómo creamos recuerdos a medida que pasa el tiempo, cambiando las penas por alegrías, y cómo las cosas no fueron como realmente sucedieron. Ellos solo me preguntaban por qué la novia tumbaba el pastel y les apuntaba con el cuchillo a sus invitados.
Tal vez me suceda lo mismo, y en diez años cuente estas historias como alegrías. “Solo lo que se nombra existe”, escuché hace poco. Mi posición era afrontar estos problemas, pero fracasé al hacerlo; ahora solo me concentro en el presente. Y el presente es que el bebé está en camino.
El sábado pasado llevé a Vero a su baby shower. Discutimos un poco sobre manejar a exceso de velocidad y me dijo algo que me dejó sin palabras. Le decía que, de mi parte, intento no manejar rápido, y antes me sentía obligado a hacerlo por las prisas. Pero ahora pienso que lo he dejado de hacer, algo que ella inmediatamente me refutó. En eso, salió el comentario sobre cuando es necesario llevar a alguien. Yo insistía en que, cuando llevas a otra persona, manejas con más precaución. Ella dijo que, cómo es que soy precavido con extraños, pero no con su esposa embarazada. ¿Por qué sentimos que ya no tenemos que tener cortesías y cuidados con nuestra pareja? Pasa lo mismo con nuestros hijos. Yo tontamente le respondí que era por la confianza.
Ahora, en mi memoria no tengo recuerdo de que ella me hubiera preguntado sobre tocar su vientre para sentir al bebé, o más bien, antes no se enojaba porque no lo hiciera. Tengo muy presente un momento después del nacimiento de mi primer hijo. No fue cuando lo cargué o lo vi por primera vez, sino unos días después, estando en un restaurante con los amigos de mi esposa. Uno de ellos me preguntó qué se siente ser padre. Le dije que igual, sabía que él esperaba alguna respuesta típica sobre lo que representa ser padre, pero realmente no pasa así. Nosotros, como hombres, claramente no llevamos esa carga o conexión emocional que llevan las mujeres; tú nunca lo sabrás. Conozco a varios que ni siquiera estuvieron presentes el día del nacimiento de sus hijos.
Otros, por ejemplo, veo que tienen miedo de cargarlos. Aunque, ya cuando tienes varios, ese miedo se te quita. Al final, creo que para cada quien es diferente. Para mí, tocar el vientre era algo que me daba escalofríos. Una sensación de pánico, fragilidad, temor y desconcierto, como si tuviera que tener cuidado de no romper algún cristal, lo cual me provocaba un breve estremecimiento. Una mañana, ella se recostó junto a mí, y pude sentir, no con mi mano, sino con mi cuerpo. Nuestros vientres se encontraban, y lo primero que pensé fue que esto era lo que ella sentía. Ahora, mi sensación era de paz y sosiego. Sentía que estaba en mí y no podía irse, un sentimiento de protección, sabiendo que el bebé estaba seguro. El tiempo simplemente no pasaba, y las cortinas blancas resplandecían bajo los rayos del sol, meciéndose al ritmo de una ligera brisa que entraba como un intruso inadvertido por nuestra ventana.
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