Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de otro. Y luego dudo.
Otras veces, como ahora, me refugio en mi pequeño despacho para reafirmar, escribiendo, que no fue un sueño. Evocaciones y sensaciones del mes donde te amé o donde soñé que te amaba, desfilan ante mí. No lo soñé, no. Permanece en mí.
Fantaseo en estas evocaciones con que me hubiera gustado conocer la vida únicamente desde las noches de abril. Que la vida fuese una sucesión interminable de noches de abril y haberla disfrutado mediante jornadas que se iniciaran en sus atardeceres avanzados, siempre los de abril, todavía con el celeste dibujado en el cielo, oscureciéndose poco a poco tal color hasta que por fin se alcanzara el celeste noche. Y así, justo cuando se adivinara el sol de la mañana, saltar a otro atardecer avanzado, en una nueva jornada.
Dejo abierto el ventanal a mi espalda, en mi mantenida evocación, sabiendo que justo abajo se encuentra el naranjo de nuestros encuentros, y a pesar de estar en diciembre, imagino los aromas templados de abril e incluso anhelo la presencia de jacarandas, pareciéndome que quieren asomar ya, de entre lo profundo de los ramajes, su naturaleza colorida de morado primaveral. Y me esfuerzo en intuir en mi horizonte el jolgorio de verdes palmeras estampadas sobre un fondo celeste oscuro, muy propio de los anocheceres del sur, de cuando los cielos se tiznan de la alegría de abril.
Junto al naranjo de tonalidades melancólicas, justo bajo mi despacho, en este abril inexistente aunque añorado, te acercaste años ha con la indiferencia de tu naturalidad y de tu sereno mirar. Era una tarde clara, plena de primavera, y los dos quisimos aspirar el azahar que nos permitía amarnos así como saborear la pureza de abril: sus lunas tímidas, sus lluvias tormentosas, sus enloquecidas brisas, sus imperecederas noches. Todo ello nos estimuló de manera adolescente, adentrándonos en intimidades propias y ajenas y citándonos cada tarde de abril bajo nuestro naranjo, donde empezó y murió todo.
La pasión sostenida en la atmósfera de azahar creada nos hizo asumir paradójicamente que el embrujo primaveral desaparecería al finalizar el mes, cuando nuestras subjetividades no captasen la esencia de aprilis. Desde esa firme impresión surgía una pregunta inquietante ante la sensación de irrealidad acompañante: ¿se trataba de una fantasía a deux? Como si lo nuestro hubiera sido una ensoñación individual puesta en común, una ilusión conjunta entre tú y yo propulsada desde nuestras miradas cotidianas y que la inercia de abril permitió. ¿Los dos soñamos con amarnos en abril y nunca sucedió?
Trato de recopilar pruebas sensoriales de nuestro amor consumado, ahí mismo, bajo el naranjo, que contrastan con el halo ilusorio flotante. ¿Acaso no emanaron desde tus iris celestes lágrimas color jacaranda en forma de finos regueros?¿No fue así? Incluso tuve la sensación de que esas lágrimas se tornaban oceánicas en la isla de mi soledad, ahogándome en tu llanto.
Y aquí y ahora, volviendo eternamente a este presente de un diciembre enmarañado que va y viene, artificialmente azaharoso, confieso apesadumbrado que no sé a ciencia cierta si tus pómulos estuvieron humedecidos o si todo fue un desvarío. Me quedaré con la duda. ¿Cómo son tus lágrimas? ¿De qué color embellecen tu rostro al resbalar por tus mejillas, del color de tus iris o de color jacaranda?
El azote del viento de diciembre entrando con insolencia por mi ventana abierta me hace dudar una vez más sobre la realidad de lo vivido. ¿Fue soñado? ¿Tan concreta en lo temporal puede resultar una ensoñación que se circunscriba únicamente a abril? ¿Tan preciso puede ser un ensueño, que me proporciona hasta los detalles más vívidos? Cuando hoy día mantengo tu mirada, veo un amor contenido, incitándome a creer que no nos hemos amado aún y que tú estás dudando igual que yo. Tibia tarde de diciembre, que el hálito de abril cercano lleva…
Asomo mi cabeza por la ventana, ya anochece y el naranjo está abajo, existe; espera un encuentro nuevo, o el primero. Para convencerme, me digo que este frutal fue testigo del amor vivido, fue conocedor de los besos dados, de los abrazos prolongados, de los rostros enfrentados. Este naranjo aprehendió el romanticismo generado por ambos, transformándolo en un azahar que mantuvo latente hasta que finalmente lo exhaló hacia nosotros, retroalimentando el romance. ¿Me convenzo?
En su momento, no fui capaz de componer un estribillo adecuado para nuestra historia; y en los instantes del ahora, cuando a veces te contemplo en este presente, tampoco soy capaz de componerlo. Ni lo lograré en adelante. Y es que esta alexitimia melódica que me invade rezuma una amusia que se me antoja irreversible. En el ambiente de la noche flota ese aroma de ausencia…
Otra noche más, el amanecer conquista con timidez mis dominios, posándose por fin en el alféizar de detrás de mí.
Aún no encuentro certezas de que este amor de abril sucediera ni de que nuestras existencias por siempre divergentes convergieran durante un mes. La complicidad que sosteníamos habitualmente fue el preámbulo para una pasión fugaz y voraz, quizá soñada. La certidumbre consiste en amarte.
No sé interpretar las intersecciones de existencias por siempre divergentes que generan enamorados perpetuos y anónimos. No sé conducirme ante estas relaciones ni manejar posteriormente la nostalgia creciente con la repetición cíclica de las estaciones. Desconozco cómo separar lo real de lo soñado cuando es abril el mes extrañado.
¿Lo soñé? Está en mí, no puedo haberlo soñado. Nuestra historia fue una ilusión imaginada en un presente aún por suceder, donde hallaremos una salida al intrincado laberinto de este amor imposible; en caso contrario, será mejor que diverjamos en la eternidad hasta nunca.
Vuelvo a contemplar mi ventanal, con mi sempiterno paisaje ectópico de palmeras verdes sobresaliendo sobre un decorado celeste, propio de las noches de abril sureñas, donde quisiera pasar el resto de mi vida. Y que la existencia fueran noches de abriles infinitas para amarte en ellas.
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