Se oía el rumor de las olas. El suave raspar de arena contra arena, de agua contra rocas, de oscuridad contra las estrellas. Un infinito negro se extendía frente a mí. Espuma blanca salpicaba mis pies, se retiraba y volvía a besarme. La arena húmeda se hundía bajo mi peso. Y la brisa nocturna jugaba con mi pelo.
Bajo el suave rutilar de las estrellas, de la negrura pareció surgir una voz.
“Tú… Tú…” Decía. Suave. Como el cantar de un niño. Inocente y amable, convidante y deseosa de conocer. De conocer el mundo del que venía.
“Tú… Tú… Tú…”
Y yo sabía que decía mi nombre. Pues nadie más me llamaría así. Me conocía. ¿Quién otro si no diría mi nombre con esa entonación, con la seguridad perfecta de saber que reconocería ese “Tú” entre cualquier “tú”?
Y su voz crecía y crecía. Como las olas crecía. Y sentía una luz, un nuevo alba acercarse desde el horizonte. Un alba que crecía y desvelaba el azul del manto de oscuridad que cubría sus dominios.
El mar me hablaba. Y allí, montada en un nuevo amanecer, vi a su hija, diciendo mi nombre.
“Tú”
Montada en una ola, mirándome fijamente a los ojos con sus iris aguamarina y su cuerpo de vida salada. Su vestido del color de la soledad se agitaba al son del mismo viento que me llevaba su voz.
“Tú”.
Corrí hacia ella. Chapoteando, me empape las ropas con tal de alcanzar a aquella niña, que conforme crecía la ola que montaba se tornaba en doncella, joven, adulta. Una mujer gloriosa de puro mar que se precipitaba hacia mis brazos extendidos.
La ola me alcanzó. Me golpeó con la intensidad de un huracán. Me zambulló en las aguas revueltas heladas. Todo a mi alrededor era frío, soledad, temor. Y una calidez envolvente. Que crecía. Que se expandía. Un agua tibia que combatía la hiel a mi alrededor. Me chillaban los huesos por el frío, pero la calidez se abrió camino, se coló bajo mis ropas, hacia mi piel. Me inyectó fuego en las entrañas y acarició mi pecho. Mi cuello recibió su amable beso y mi vientre su dulce abrazo.
Sentí la calidez envolverme. Perderme. Me olvide. De todo. Solo estábamos yo y la calidez.
Y la calidez se concentró en mis labios. Y el suspiro de sus labios, que gritaban “Tú” en el idioma de las mareas, envolvió el suspiro de los míos. Sentí el calor llegar hasta mi boca. Traspasarla, gozarla, entregarse. Un embate de voluntades que retorcía carne y sal. Sintió mi lengua. Jugó con ella. Y yo jugué con la calidez. Con la calidez que era carne. Carne salada y ardiente.
Y ya no veía la luz de las estrellas. Y ya no veía más que la belleza y el deseo y el calor. ¿Qué era arriba? ¿Qué era abajo? ¿Me había enamorado?
Solo sabía que nos hundíamos. Que el aire frío que debí respirar ya no existía. Que mis pulmones eran todo ella. Su calidez. Su humedad y su sal.
Un océano revuelto me envolvía, nos envolvía. Un océano en calma que en su furia nos cantaba. Y yo le cantaba a ella. ¡Oh, cómo le cantaba!
Besé su cuello, sus tiernos lóbulos y le susurré mi amor, mi vida y mi corazón. Sentí sus manos atravesar mi espalda. Su boca en mi pecho. Bajando. ¿O era subiendo? Una calidez que me envolvía hasta llegar a donde solo podía gemir en éxtasis. Y la animaba. Y ella me hacía perderme en nubes de tinta. Y notaba su pecho contra mi piel. Y yo lo besaba. Notaba su pezón entre mis labios disolverse en agua salada, formarse su cuerpo tras el mío y ella agarrar mi miembro. Acariciarlo, cuidarlo. Con ternura y con pasión. ¡Con ardor lo hacía!
Y me susurraba en el oído mi nombre.
“Tú”.
Y era todo lo que oía de ella. Mi nombre en sus salados labios. Mientras su mano me exploraba y mis labios la encontraban.
Me giré y la noté tensarse. Prepararse.
No había cómo alejarse más de las estrellas y su luz. Solo podíamos volver a ellas. Al amanecer que llegaba. Que ella había traído.
Sus labios me encontraron. Mis manos recorrieron su espalda. Bajando. Noté sus nalgas. Las amé. Y ella amó mi cuello. Y nuestra respiración se entrelazaba. Y yo sentía sus piernas envolverme, abrazarme, desearme.
Su pubis contra mí. El mástil de mi velero solitario enfrentándose al voraz remolino de Ella, la hija del mar.
Y empezó a moverse.
Hacia delante.
Y yo entré.
Calidez. Calidez sagrada.
Dos se convirtieron en uno. Y yo sentía mi valiente velero encallar.
¡Y yo lo encallaba!
Y el velero se retorcía, buscando la profundidad del remolino que en su furor lo destruía. Y se alzaba orgulloso, se alzaba único y eterno, en este, su último viaje.
Arqueé la espalda. Todo era Ella. Nada era yo. Pero ella insistía. Y yo le declaraba su sola existencia. Pero la soledad no era lugar para espíritu tan libre. Y así sus caderas me decían, obedeciendo ansiosas el ritmo de mi deseo. Y noté la luz de las estrellas volviendo. Y las aguas dejándonos pasar. Y noté su respiración agitada.
No podía parar. Y el calor subía y subía. Me envolvía. Igual que ella me envolvía. El mar estallaba en respuesta a su hija. Y nosotros subíamos cada vez más. En amor. En pasión. En las aguas.
¡Buscábamos las olvidadas estrellas!
No podía más. Sentía la explosión gestarse donde ya no tenía sentido hablar de ella o de yo. Solo un nosotros. Un santo nosotros. ¡Un santo sí!
Las aguas se abrieron y la noche fría nos recibió. Su aire nos cortaba. Y el amanecer nos cegó. Pero en nosotros ya nada importaba. Solo sus iris aguamarina.
¡Eso y el bendito ardor!
Su cuerpo se tensó. Se apretó contra el destino. ¡Dulce cuerpo salado que en su grito encontró el mío!
¡Todo era calor! ¡Ardiente y mortal infierno! Sal, agua, carne, cielo y viento.
Moría yo en ella. Y ella en mí renacía.
¡Su existencia contra mí! ¡Toda mi vida ella!
¨
Me despertó el aire frío. Y la arena polvorienta.
No había rastro de Ella.
No había susurros oceánicos. No había agua salada.
No había agua.
Solo un viento frío, oscuridad, y el suave rutilar de las estrellas que me revelaban el metal contra el que estaba recostado. Maltrecho estaba el metal. Y maltrecha mi garganta estaba. De dos metálicas alas quedaba una.
Y lo mismo quedaba de las dos almas.
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