Crónica de una mano muerta: Y el hemisferio que le devolvió la vida

Crónica de una mano muerta: Y el hemisferio que le devolvió la vida

Alruvaro

28/02/2025

«Esta es la historia de un cadáver sujeto a mi muñeca izquierda, relegado al desuso, al silencio. Tenía color, pero sin fuerzas; presencia, pero sin privilegios en un mundo de diestros. Fue un espectro en el olvido durante años… hasta que el cuerpo calloso de mi cerebro—ese puente neuronal entre lo complejo y lo posible, si tienes determinación y lo crees— jugó a ser Dios devolviéndole la vida.»

Todos nacemos con un hemisferio dominante, pero la vida se encarga de recordarnos que las fronteras del cuerpo son ilusiones negociables. Yo nací diestro, aunque mi madre cuenta que de niño garabateaba el mundo con la izquierda, hasta que mi padre, con su voz de trueno, me enseñó a corregir el trazo. “Este es un mundo tallado para diestros”, decía, y aunque su advertencia tenía razón —las tijeras, los cuadernos, los relojes de pulsera—, algo en mí guardó la pregunta: ¿y si las manos pueden aprender a ser dos idiomas?  

Años después, un libro me habló de neuroplasticidad: esas redes neuronales que, como raíces hambrientas, se extienden para colonizar territorios nuevos. Lo comprobé dibujando con la izquierda. Mis trazos eran torpes al principio, pero el lápiz pronto dejó de temblar. El hemisferio derecho, ese jardín descuidado, empezó a florecer. Me propuse entonces un desafío: vivir días enteros gobernados por la mano zurda. Escritura, comida, cepillado de dientes… Cada acto cotidiano se volvió un ritual lento, como si desaprender fuera la única forma de avanzar.  

Dos meses bastaron para que la memoria procedural hiciera magia. La letra dejó de ser código morse; el tenedor ya no caía al vacío. Pero hubo un momento de verdad: el esmeril angular. Lo tomé con la izquierda, desafiante, hasta que el disco girando en sentido horario escupió chispas hacia mi pecho. Ahí entendí que algunas herramientas son poemas con rimas fijas: su diseño es una ley física, no un prejuicio. Mi padre, desde algún lugar del tiempo, asentía. Ahora uso esa máquina con la derecha, pero la izquierda aprendió a sostener la pieza, a medir ángulos, a ser cómplice sin protagonismo.  

Han pasado ocho meses. Hoy escribo versos con una mano y firmo documentos con la otra. Como un náufrago que aprende a nadar en dos mares, descubrí que la ambidextría no es una hazaña, sino un diálogo: la izquierda pinta, la derecha talla; una abre puertas, la otra las cierra. Y aunque no soy más inteligente, sí soy más libre. El cerebro, al fin, es una orquesta: aunque el violín lleva la melodía, sin el contrabajo no hay profundidad.  

Y sí, hoy me limpio el trasero con la izquierda. Es mi pequeña guerrilla cotidiana, un recordatorio de que hasta lo más innombrable puede volverse arte con práctica. Al principio, fue un acto de concentración épica; ahora es un baile automático, casi elegante. La vida es así: lo que empieza como un desafío termina siendo un pacto silencioso entre las manos, una coreografía donde nadie lleva la batuta.

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