Cuando se me cruzo por la mente construir un hogar, lo imaginaba muy distinto.

Pensaba en visitar varios terrenos amplios o pequeños, con mucho verde alrededor. Dibujar los planos de nuestro hogar, debatir en donde iba a estar ubicada la cocina, el baño y la habitación.

Creía muy ingenuamente que iban a llegar muchos constructores, para así terminar nuestro hogar muy pronto.

Tambien pensaba en la decoración que ibamos a elegir, en los cuedros que ibamos a colgar y los colores que podiamos pintar.

¿Que estilo le dariamos a nuestro hogar?

Rápido entendí que la única opción era pedir un préstamo en el banco. 

Lo conseguí.

Que ingenua, no era para nada lo que me imaginaba, de rosa paso a gris oscuro en poco tiempo.

El lugar disponible era el terreno de mis padres, tenía que pedir permiso a la familia y pagar todo tipo de impuestos.

Segundo paso, conseguir un arquitecto que supiera lo que hacía y no me sacara el dinero por de más.

Empieza la obra, demolición de habitaciones vacías y levantar las pareces de un hogar aún vacío. 

Todo mundo queriendo aprovecharse de una mujer soltera con dinero disponible, cualquier paso en falso y no tendría ni ventanas.

Después de demasiados presupuestos, materiales, puertas y ventanas, pisos, techos, un electricista, de idas y vueltas, de estrés,  de angustias… 

Al fin construimos nuestro hogar y un 24 de diciembre, para festejar y curar viejas heridas nos mudamos.

Así a medio acabar, una cama una cocina, una mesa y poco más.

En lo único que no me equivoque es en que si iba a construir un hogar para dos, una niña y una madre cumpliendo el sueño de la casa propia. 

Solas, unidas… es lo único que puedo ofrecer.

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