Por. Karol Bolaños
El arte de controlar empieza por detectar debilidades; en este sentido, toma tiempo la observación porque fija sus ojos sobre la simpleza de los actos, los mecanismos de comprensión y la asimilación de la presión.
El programador tiene como objetivo limitar la flaqueza que pone en peligro sus deseos, todo ello, mediante el control que genera la dispersión y confusión.
Una herramienta para mantener en sus manos la conducción del proyecto es la captación de la pureza de las materias primas; sin embargo, le es difícil. Por eso utiliza aquella gente que sin mayor piedad se pone al servicio voluntario de los placeres de aquello que brilla hasta la ceguera. Pone trampas, hace sufrir, intenta someter, hace llorar, incita a la muerte, contagia el desahucio, provoca peleas, miente, instiga, roba, propaga disturbio, rota drogas, ofrece jaulas, niega, olvida y se cansa. Utiliza el espejismo como táctica, la pérdida como estrategia para atrapar. Las gentes vulnerables caen presas del delirio, mas los sosegados se ofrecen como voluntarios creyendo poder cambiar su lamentable destino.
El programador es aparente, siempre con una faceta, una máscara apropiada para cada escenario, un invisible, un intento de lo que no existe, una proclama al aire, un grito desesperado.
Sin embargo, en su larga carrera ha soltado los planos, por aquí y por allá, ha soltado sus tácticas y estrategia, se domina así mismo, pero no tiene poder sobre el amor, la libertad, la justa rebeldía y le teme a la unidad. Por decisión, aunque este rodeado de muchas gentes, esta solo. Todo lo contrario contra aquellos que no logró poseer como un par de zapatos.
El programador no responde a Kakafier aunque lo simula, tampoco controla a 125 aunque lo imagina. ¿Qué podría pasar si Kakafier cae y 125 se levanta? ¿Para donde irá el programador y sus productos vivientes?
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